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Historias Asombrosas: Ese fantástico viaje por el Sistema Solar

el  Sábado, 05 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

1

Se siente tan afortunado que no puede más que esbozar una sonrisa perenne, sea cual sea el tema de la conversación, ya les lleve a los incómodos senderos del trágico destino de la Tierra o al liso camino de su día a día en la Explorer Enterprise, y eso le hace temer que Paco y Eli, sus dos nuevos compañeros de trabajo, piensen que es un cínico redomado al que le da igual todo, de esos que tienen una vida interior tan extenuante que no son capaces de compaginarla con las personas que se atreven a moverse por su entorno.
    ―¿Álex? ―repite Martín, tratando de reengancharse a una conversación de la que se ha salido en varias ocasiones pero que ahora quiere retomar de manera definitiva.
    ―Sí, Álex, qué cabrón, al tío le ha salido una oferta que no ha podido rechazar ―dice Paco, con el vaso de café en la mano―. Creo que en Sector 22. Se ve que echaba de menos el Norte de la Explorer y deseaba tirar hacia allí.
    ―Vaya ―dice Martín, y lo considera todo un hallazgo, ya que ha sido capaz de elaborar una sucinta réplica al comentario de su compañero, algo que no ha podido realizar hasta el momento en lo que llevan de desayuno informal.
    ―Pero no te preocupes ―dice de pronto Eli, una chica rubia de pelo muy corto, de treinta y tantos, al tiempo que se levanta y se dirige al servicio―, gracias a eso estás tú aquí.
    Martín se ríe, de manera sonora, hecho que es acompañado por las sonrisas de ellos, y trata de sentirse cómodo; después de todo son casi de la misma generación y él acaba de encontrar algo que ya creía perdido para siempre: un trabajo fijo que por fin le va a permitir a él y a su familia reducir las deudas que les han acosado en el último año, evitando así que el Banco de a bordo se quede con el camarote donde viven, adaptándose a esos plazos de la hipoteca, que ahora, con el primer sueldo cobrado, sí ve como razonables.
    ―Oye, me alegra ver este buen ambiente ―dice Martín, intentando no parecer un gilipollas, y llevándose rápidamente a los labios la pequeña taza que contiene su café, desviando la mirada a través de la cristalera que ofrece una vista inmejorable del  pequeño pero aguerrido bosque de helechos que rodea la instalación donde se encuentran, en pleno Núcleo de la nave.
    ―Bueno, sí ―responde de manera despreocupada Paco, el mayor de los tres, con una barba cuidada que puebla su rostro y unas gafas de pasta que le mantienen a la moda―, aquí donde me ves tan activo y alegre estoy enfermo, pero hay que llevarlo lo mejor posible.
    ―Claro, claro ―responde automáticamente Martín, algo aturdido por el comentario de su compañero, que le hace sentirse desubicado, sin saber qué hacer, ya que no sabe si debe indagar más o no en el origen de esa enfermedad que lo afecta, si es más procedimiento de cortesía una opción u otra.
    ―Bueno, vámonos, que hay que regresar al trabajo ―dice enérgicamente Paco, levantándose de la silla al ver que Eli ya se les acerca, saludándoles con el brazo.

                    2

Tarda poco más de media hora en salir de “El Grupo”, atravesar el pequeño bosque de helechos que parece observarle a su paso, coger el coche eléctrico y llegar al camarote donde vive con su familia. No hay mucho tráfico y dispone de plaza de aparcamiento, una plaza que por cierto por fin va a poner al día en los pagos. Cuando coge el ascensor para ir al piso 73 se da cuenta de la hora que es, y no le gusta, porque entonces le queda muy poco tiempo para disfrutar de Carlitos, su hijo, que hace poco ha cumplido su primer año de vida.
    ―No pasa nada ―le dice Julia, su mujer, amable, con una sonrisa dulce―. Te pagan muy bien y sabes que necesitamos el dinero.
    Carlitos está llorando porque se ha caído. Ahora tropieza a menudo, y aunque Martín sabe que es el proceso normal de quien se está habituando a caminar, le inquieta un poco que Julia no se sobresalte por ello, que no sea una madre protectora, algo que por otro lado siempre ha odiado, pero que ahora tratándose de su hijo ve de manera diferente. Sorprendido, en cambio, ha visto que con el primer y goloso sueldo de “El Grupo”, empresa medioambiental en la que trabaja Martín en pleno Núcleo de la nave y encargada de mantener los niveles de oxígeno, Julia ha incrementado el fondo de su armario, ha nutrido de manera notable el cuarto de baño de productos de maquillaje y colonias caras y ha sugerido que en breve deberían hacer un viaje.
    ―Al Sistema Solar. ¿Crees que podríamos? Juan y Luisa estuvieron el verano pasado en uno y me dijeron que pudieron distinguir la Tierra. ¿Te imaginas, Martín? ¡La Tierra!
    Martín asiente, una y otra vez, y entonces decide que seguirá asintiendo mientras hace cosas, porque está cansado y todavía tiene que encender el ordenador para ver si tiene algo en el buzón de correo electrónico.
    Finalmente, los gritos de Carlitos se tornan agudos, anunciando que ha vuelto a tropezar contra una de las esquinas de la casa, momento en el que Julia, no sin antes morderse el labio, se ve obligada a detener sus comentarios sobre los grandiosos y paradisíacos lugares que podrían visitar, para después salir de su campo visual.
    Martín abre la bandeja de correo y ve que tiene uno de Eli. En él le dice que ha escuchado que Vicente Blasco, el gran jefe, está muy contento con el nuevo, y además le sugiere que algún día él y su mujer deberían salir con ella y su marido, para que así se conozcan. Le dice que Roberto le caerá bien. Que es un experto en cine. Que cuando ella tuvo que operarse él le regaló la filmografía completa de Stanley Kubrick.

                    3

Martín cierra la puerta de su coche en el aparcamiento que tiene habilitado “El Grupo” para sus empleados, y después sigue el camino de tierra que atraviesa el pequeño bosque de helechos, un pequeño refugio contra la melancolía del recuerdo de la vida en la Tierra, con las hojas dóciles observando su caminar, casi invitando a que continúe hasta adentrarse en el pequeño edificio de tres plantas donde trabaja, permitiendo que incluso en ocasiones la fronde se apoye ligeramente en su espalda o en sus brazos como si se tratara de un pequeño impulso para afrontar el día de trabajo.
    ―¿Cuánto es? ―le pregunta Martín al camarero ya en la cafetería.
    ―Lo de siempre ―responde éste, mientras atiende a otro de los clientes.
    Martín deja el dinero sobre el mostrador, y entonces se fija en Chema, otro de sus compañeros, que también apura el desayuno, y con quien no ha tenido demasiado tiempo de compartir palabras.
    ―¿Todo bien? ―le dice Chema.
    ―Genial ―responde Martín, sincero―. Mucho trabajo, pero a gusto, que es lo importante.
    ―Desde luego ―responde Chema, que aún está saboreando su café matinal.
    Y entonces, es cuando Martín se fija.
    ―¿Qué… qué te pasó? ―pregunta, tímidamente, pero no por ello deja de hacerlo, porque Martín no puede dejar de mirar la mano prostética de Chema.
    ―Bah… una tontería ―responde despreocupado su compañero, al que al parecer la pérdida de la mano derecha no le ha supuesto ningún trauma―. Además, estos cacharros son geniales. De hecho, joder, se comporta mejor que cuando tenía mi propia mano: no me entran alergias, no me pican los mosquitos, no me tengo que cortar las uñas…
    Martín se ríe, pero una chispa de preocupación ha saltado en su interior y percibe que esa chispa ha encendido una mecha, y que esa mecha podría provocar una explosión.
    Sin embargo, sabe que todo podría ser una tontería, así que se lo quita de la cabeza, se despide de Chema y se dirige al piso superior, donde tiene su despacho y le aguarda trabajo hasta la última hora de la tarde.
    De hecho, es la limpiadora quien horas después lo saca de su frenesí laboral, dando con el palo de la fregona un par de golpes en su puerta, vistiendo un atuendo azul que acompaña con un pañuelo en la cabeza del mismo color. Martín se disculpa torpemente y entonces empieza a recoger, a guardar algunas cosas que tiene que llevarse en el maletín para así después echarles un vistazo.
    Por otro lado, se siente triste al ver que Julia no ha llamado, pero se da cuenta de que en realidad lo que ella no quiere es distraerle, quiere que haga su trabajo con eficacia y que vuelva lo antes posible a casa. Entonces, con ese pensamiento en su cabeza, pasa de la tristeza a la alegría en un segundo y sale de la oficina, camina por el pasillo y llega hasta la puerta exterior del ascensor, donde pulsa el botón.
    Mientras espera ―en una espera que no puede ser demasiado larga porque el ascensor sólo tiene tres pisos que recorrer― se fija en el cuadro que muestra de cuerpo entero al jefe, Vicente Blasco, vestido elegantemente, con una amplia sonrisa bajo su alargado bigote. Se trata de un hombre de unos setenta años, el escaso pelo que le queda está blanco y muy bien peinado, con una incipiente barriga disimulada por el color oscuro del traje, que a su vez contrasta con unos ojos profundamente azules. Escucha el timbre que marca la llegada del ascensor y entonces se fija en la limpiadora, una chica joven, para despedirse de ella, saludándola con su mano en alto. Ella no lo ve, porque está terminando de fregar.
    Él la ve cansada.
    Martín piensa que da igual, porque le ha parecido que la mujer de la limpieza tiene un reproductor mp12 y está escuchando música, así que si no se despide no importará.
    Las puertas del ascensor se abren y cuando ya va a entrar ve que la chica se lleva la mano al pañuelo que tiene en la cabeza, se rasca, hasta que finalmente se lo quita, y entonces Martín descubre que está completamente calva.
    
                    4

Oficialmente, Martín está obsesionado.
    Piensa que todo el mundo en su oficina ha sufrido o está sufriendo una enfermedad, o quizá ha tenido un accidente, pero nadie ha salido indemne de ese trabajo que se desarrolla en “El Grupo”. Sin embargo, no es un loco, y lo que quiere hacer es comprobar el paradero de Álex Vela, el afortunado, según las palabras de Paco, que tuvo que dejar su puesto, y que él ha ocupado. Y entonces, simplemente mirando en la intranet, no le cuesta dar con un Álex Vela, que ha trabajado en “El Grupo” dentro del Núcleo de la Explorer, y que tuvo un accidente en uno de los tramos. Un accidente del que salió ileso, pero del que al parecer su organismo ha desarrollado una extraña alergia que se le ha extendido por todo el cuerpo y le ha impedido seguir trabajando. El informe indica que “El Grupo” pagará la invalidez permanente de Álex Vela, cuya erupción recorre toda su piel, sin que hasta el momento se haya encontrado una solución para erradicarla. Al parecer, los médicos de a bordo han calificado la dolencia de Álex Vela como “una nueva enfermedad rara”.
    ―¿Qué haces? ―Es Julia, su mujer, en la puerta del pequeño despacho del camarote.
    Carlitos está durmiendo, y un sorprendente silencio recorre el espacio de su hogar.
    ―Voy a dejar el trabajo ―exclama Martín, sudando.
    Julia se ríe, incrédula, pero no es la risa dulce que Martín adora.
    ―Lo dejo ―prosigue él―. Seguro que encuentro otro trabajo. Mañana presentaré mi dimisión y empezaré a buscar en otras empresas, ya verás, todo va a ir bien, la nave es muy grande y seguro que hay mejores oportunidades…
    ―Martín ―dice Julia, que ahora está seria, firme, y cuyas palabras parecen leyes―, tú no vas a dejar ningún trabajo.

                    5

A la mañana siguiente, temprano, Martín acude a la consulta del médico en el Sector 18.
    ―Quiero que me llame por teléfono, doctor ―insiste él―, quiero que me llame si encuentra algo en los análisis.
    ―¿Se encuentra usted mal? ―le pregunta.
    ―No ―responde Martín, respirando aceleradamente―, pero sólo digo que si encuentra algo quiero que me llame…
    ―A ver, tranquilícese ―dice el doctor―, yo no voy a molestarle por tonterías. El procedimiento es el siguiente: llama por teléfono la semana que viene y pide cita. Además, usted es alguien joven, sano y fuerte, así que debería mantener la calma.
    Martín coge el coche y va hacia el Núcleo de la Explorer Enterprise, hacia la construcción de “El Grupo”, aparca el coche, sigue el camino de tierra entre los helechos y una vez entra por la puerta empieza a notar caras raras en sus compañeros. Quizá son también imaginaciones suyas, producto de una mente estresada, que no se ha acostumbrado todavía al volumen de trabajo que tiene encima, a la extraña tranquilidad económica que eso les va a proporcionar a él, a Julia y a Carlitos.
    Entonces, cuando apenas lleva un par de horas revisando documentos, alguien llama a la puerta y entra.
    Es Jacob, el subdirector.
    ―Quiere hablar contigo ―dice, escueto, serio, con esa agria neutralidad que él ha creído captar en todos los de la oficina esa mañana, en Paco, a menudo tan dicharachero y hoy sin embargo esquivo, evitando hacer contacto visual co él, y Eli, cuyo saludo de “buenos días” ha procedido de una persona diferente a la que le manda correos electrónicos insistiendo en que sus respectivas parejas tienen que conocerse―. El señor Blasco te espera en su despacho.
    ―Claro ―murmura Martín, extrañado, porque desde que entró allí a trabajar, hace algo más de un mes, no lo ha visto.
    Ni siquiera pensaba que estuviera presente en aquellas oficinas.
    ―Jacob ―dice Martín, antes de que el subdirector se vaya―. ¿Sabes por qué quiere verme?
    Jacob lo mira, con un gesto de desconcierto.
    ―Hoy has llegado tarde ―dice.

                    6

Está en el despacho del gran Vicente Blasco, una gran sala adornada de cuadros que muestran diferentes vistas de la Explorer Enterprise, de la fauna y flora que han ido cuidando para mantener de manera a un nivel correcto los niveles del ecosistema interno de la nave mientras surcan el espacio infinito; de entre todas ellas se distingue un gran tigre, cuyos ojos miran directamente a aquel que ose contemplar el cuadro. Justo como Martín hace ahora.
    ―Buenos días.
    Martín se gira hacia la mesa de despacho que hay justo cubriendo la ventana. Se ha asustado. Pensaba que no había nadie en la habitación. El señor Blasco está sentado completamente inmóvil, en un contraluz provocado por la luz artificial del exterior que finge la luz del sol, que ha camuflado su presencia, y que ahora su voz, grave y profunda, ha desvelado.
    ―Buenos días ―dice Martín, ocultando su sobresalto inicial.
    ―¿Qué tal va todo en la empresa? ¿Contento? ―La voz de Blasco es amable, pero, aun con esas cálidas palabras rebotando en su interior, Martín piensa en cómo sería si la conversación no fluyera hacia donde él desea.
    ―Muy contento ―responde Martín, esbozando una sonrisa moderada―. Muy satisfecho. Con todo. El trabajo, los compañeros…
    ―Y si todo va tan bien ―continúa Blasco, al que Martín aún no puede distinguir con claridad, aunque sí el contorno de su figura, algo más delgada de la que creyó apreciar en el cuadro donde se le retrata―, si todo le va tan bien… ¿por qué ha llegado usted hoy dos horas tarde?
    Martín se muerde el labio. Durante los cuarenta días que lleva allí trabajando jamás ha llegado tarde; de hecho, juraría que de media ha llegado quince minutos antes cada día y se ha ido del trabajo mucho después de lo que estipula su contrato. Y sin embargo, cuando por primera vez se ausenta es obsequiado con este recibimiento tan especial por parte del director de la compañía.
    ―¿Está usted enfermo? ―le pregunta directamente Blasco―. No soy ningún tirano, y si usted se hubiese encontrado mal y hubiera tenido que ir al médico lo habría entendido perfectamente.
    Martín ya no sólo se muerde el labio sino que además ha empezado a sudar.
    ―En mi empresa se trabaja duro, pero usted bien sabe que sé recompensar a mis trabajadores. Mire, he viajado por toda la Galaxia, y antes… cuando se podía vivir en la Tierra, también crucé ese mundo: pasé por los polos, crucé el África Negra, el Amazonas, la Estepa Rusa, China, Japón, Australia… he visitado islas perdidas en el Pacífico con sorprendentes hallazgos que aún permanecen ocultos para nosotros, y si hay algo en común que he encontrado en todos esos sitios, ¿sabe usted lo que es?
    Martín arquea las cejas en forma de pregunta.
    ―Conocimiento ―responde Blasco―. Hay cosas que sólo se aprenden viviéndolas, que uno no aprende en los e-books. Y una de esas cosas es el hecho de que la gente necesita recibir a cambio de dar. ¿Sabe a lo que me refiero? Uno trabaja y le pagan por ello. Uno le hace un favor a un amigo, pero ese amigo sabe que de alguna manera está adquiriendo un compromiso para devolverle algún favor en el futuro. Quid pro quo. Equilibrio. Y si ese equilibrio no se mantiene, se rompe. Y cuando el equilibrio se rompe entramos en el terreno del caos: cualquier cosa puede suceder. Por eso, querido amigo Martín, no entienda esto como una reprimenda. En absoluto. Sólo quiero recordarle algo que debería tener presente: el trabajo que tiene, lo que se le paga, y, sobre todo, estimado amigo, lo que se espera de usted.
    
                    7

Cuando Martín vuelve a casa por la noche es muy tarde, porque ha tenido que recuperar el tiempo perdido. Al entrar se fija en la pequeña mesa de la entrada en la que reposan  unos folletos de cruceros por el Sistema Solar, de los que coge uno sin mirarlo demasiado y se adentra en el pequeño salón del camarote, donde Julia tiene a Carlitos en brazos, y entonces Martín comprende que va a hacer lo que haga falta para que su hijo tenga una vida digna, para que su mujer se siente orgullosa y para que, sobre todo, él mismo pueda caminar derecho, con la cabeza bien alta.
    Y lo primero que tiene que hacer es olvidar eso que le ha obsesionado de manera estúpida, dejarse de fantasías retorcidas y tenebrosas y centrarse en lo que se tiene que centrar: en hacer bien su trabajo.
    Julia le dice con el rostro que no hable, que el niño está dormido, y entonces le hace gestos para que vaya a la cocina, donde encontrará algo para cenar.
    Martín sale del salón y cuando entra en la cocina está satisfecho, casi eufórico: ya no tendrá que pedirle dinero prestado a nadie, ya no tendrá que medir con calculadora el dinero para llegar a fin de mes; ahora podrán permitirse pequeños lujos,  viajar los fines de semana por los Sectores con ventanas al exterior, para así poder contemplar la inmensidad del espacio, y en agosto incluso podría organizar ese crucero que tanto ilusiona a su mujer, quizá regalárselo por su cumpleaños. Es entonces, justo después de mirar ese fantástico viaje por el Sistema Solar, cuando Martín levanta la cabeza, se encuentra con la puerta de la nevera y se enfrenta a una nota que le ha escrito Julia, y mientras la lee recuerda dos cosas: el extraño tacto de las hojas del bosque de helechos al rozar su piel cada vez que ha entrado en la construcción de “El Grupo”, un tacto que ahora le provoca repulsión y arcadas; y al extraño señor Blasco, su inquietante encuentro con él, y cómo su memoria ahora reconstruye lo que el contraluz ha dificultado, con una figura ostensiblemente más delgada, el rostro sin las arrugas que se le supondrían, una pequeña melena que podría haber sido la que tuviese en su juventud y unos ojos azules punzantes como único nexo con el cuadro que adorna las oficinas.

         Cariño, te ha llamado el doctor. Dice que
        por favor mañana a primera hora vayas
         a la consulta.

                            Julia

Por: J. L. Ordóñez

Y además...

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