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Historias Asombrosas: Instinto de supervivencia

el  Sábado, 05 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

El Coronel de Infantería Colonial entró a grandes zancadas en el despacho del Almirante Interestelar, mientras un capitán correteaba tras él con expresión angustiada.
―Señor, no puede entrar aquí de esa forma, verá…
Su ropa estaba sucia y lucía una casaca de combate con pequeños jirones y desperfectos. Los bombachos estaban rasgados en diversas partes. Había restos de sangre en sus botas y mostraba una mirada fiera que mezclaba el agotamiento con la adrenalina.
―Con tu debido respeto, mi Almirante ―dijo con aplomo, sin detenerse.
El Almirante Interestelar de la III Flota Colonial del Sector Inferno, dejó de contemplar el espacio exterior desde la cristalera de panorámica adaptada y giró lentamente la cabeza.
―Adelante, Marco… ¡Dios mío, vaya pinta traes! ―exclamó con sorpresa.
―Julius, ¡esta especie nos está ganando terreno!
―¿Cómo?
Desde que la III Flota Colonial había llegado a aquél archipiélago de pequeños  planetas, las cosas se habían ido complicando poco a poco. Lo que en principio parecía un territorio inhóspito de la galaxia y totalmente árido, se convirtió en una fructífera zona minera de la que se podían obtener pingües beneficios con la explotación de minerales y metales. Pero cuando las cosas parecían ir bien, una especie superior e inteligente, desconocida hasta entonces, había hecho su aparición y comenzado a complicar severamente las cosas a los terrícolas, hasta el extremo de tener que formar una sección dentro de la III Flota Colonial dedicada expresamente al control del nuevo sector, que se le llamó al partir de entonces Inferno.
―Han hecho caer otra Cohorte hoy, Julius. Esta semana he perdido casi quinientos Legionarios Siderales.
―¿Los pertenecientes a la VII de Sirius?
―No, de la V de Omega-54. La VII de Sirius ha sido desmontada por su alto número de bajas y fusionada con la VIII de Tesalónica ayer al mediodía. Ha sido trasladada al planeta enano Draco con apoyo artillero y Legionarios Nautis.
―Vaya, Marco. No tenía noticia de eso todavía… ¡mierda!
A los pocos meses del inicio de la industria minera ―según medida terrestre― había aparecido aquella especie superior, inteligente, invertebrada. En pocas horas habían diezmado la población colona e industrial y los supervivientes, agazapados en los túnel-bunker, habían emitido una señal de socorro a las Legiones Siderales. La Centuria que se envió de retén no pudo sobrevivir ni veinticuatro horas. Luego fueron necesarias un par de Cohortes. A los pocos meses, ya habían sido exterminadas dos Legiones y media. Los Emisarios Diplomáticos que se habían enviado no habían vuelto. Los intentos de pacto fracasaron incluso en sus primeros movimientos, sin dar pie a ningún tipo de negociación. Se presuponía que aquellas criaturas eran inteligentes por sus métodos de combate organizado, pero en ningún caso habían intentado establecer comunicación alguna con los humanos. Sus ataques, aguerridos, suicidas, eran devastadores como un lanzallamas calcinando margaritas de papel. Eran segadores de vidas.
El Almirante Interestelar se dejó caer en el sillón de mando. Su expresión era preocupada.
―No lo entiendo, Marco. Empezamos a meternos en una guerra de desgaste, joder. ¿Por qué no intentan ningún tipo de negociación? Incluso enemigos encarnizados de otras galaxias lo hicieron… Recuerda sino los Sanguiniis. Puedo comprender que nuestra presencia les resultase invasora, pero la guerra no es deseable para nadie, ni siquiera para el que la está ganando.
―El Estado Mayor tiene órdenes expresas de la Asamblea Política Unificada de aguantar la posición. Una retirada sería admitir una derrota ante nuestros enemigos. Si algo sustenta el Imperio es el prestigio que nos caracteriza, el miedo que infundamos. Tenemos autoridad y nos tienen respeto. Damos y somos ejemplo. Si rompemos ese equilibrio, comenzará nuestra decadencia.
―¿Sabes si nosotros les hemos causado muchas bajas?
―Hemos contabilizado el octátuple de las que nos han causado ellos.
―¡¡¿Cómo?!! ¡¿están perdiendo y ni siquiera negocian?!
―Como lo oyes, mi Almirante.
El Almirante Interestelar se quedó mirando fijamente al Coronel de Infantería Colonial. No cabía en sí de confusión. En toda su experiencia militar, en todos los años de Academia, en todos los libros de estrategia, era la primera vez que veía una civilización arrasada a fuego y sangre que no intentaba una negociación, ni un alto el fuego, nada.
―Nos está saliendo demasiado caro este archipiélago de piedras, Marco…
―Julius ―dijo el Coronel apoyando sus brazos en la mesa del Almirante y bajando un tono la voz―, vengo del frente. Los he visto con mis ojos. Feroz es un dragón hambriento. Ellos son… aniquiladores. Aparecían por doquier. Atacaban de forma coordinada, con estrategias elaboradas. No disponen de defensas ni armas. Lo hacen con sus cuerpos. Es muy sencillo abatirlos, pero por cada uno que derribamos, aparecen veinte más. Al final, acaba ganando el número.
―¿Pero de dónde salen tantos? ¿No tenemos noticias del servicio de espionaje?
―Liquidaron a todos los espías que enviamos. Bueno… hubo uno que logró escapar muy malherido, el Capitán Cícero.
―Házmelo traer inmediatamente, Marco.
―A tus órdenes, mi Almirante.
El Coronel de Infantería Colonial abandonó el despacho de mando y se perdió entre los pasillos de la astronave. El Almirante Julius se quedó pensativo. Intentaba comprender, entrar en las entrañas más profundas de la psique de aquellas alimañas y resolver el enigma de su forma de actuar. El tema del sector Inferno era la comidilla entre los círculos militares, y no tardaría en ser una verdadera preocupación para la Asamblea Política Unificada en poco tiempo. Comenzarían a preguntar por qué tardaba tanto en llegar la solución y por qué el precio a pagar era tan alto. Aunque se exterminaban colonias enteras de aquellos bichos, parecían encontrarse más y más por todas partes. Sus ataques en enjambre causaban bajas entre los humanos a cambio de enormes muertos entre los de ellos. Situaciones así no podían dilatarse en el tiempo. Se había probado de todo: proyectiles, lanzallamas, misiles, guerra bacteriológica, productos químicos… métodos clásicos que no lograban frenar la plaga. A ellos no parecía preocuparle perder a sus miembros, pero más de tres Legiones Siderales caídas en combate era un precio sociopolítico que levantaba muchas ampollas en la Capital del Imperio.
El Coronel entró de nuevo, a grandes zancadas como era su estilo, con un acompañante que lo seguía dos pasos detrás. Al ver al Almirante, se cuadró.
―Mi Almirante, a sus órdenes. Se presenta el Capitán Cícero, del Servicio de Inteligencia Intermundos.
―Está bien, Capitán, descanse.
El Capitán Cícero tenía heridas inflingidas claramente en combate. Su ojo izquierdo se ocultaba por un parche. Su cara se llenaba de cicatrices y la mejilla izquierda estaba completamente hundida. Una de sus piernas era un implante mecánico-ortopédico con chips informáticos.
―Capitán, le hice llamar puesto que ha sobrevivido usted a nuestro enemigo. Enhorabuena, Capitán. Se estudiará su caso en propuesta para una condecoración y subida salarial.
―Muchas gracias, señor.
―Capitán, ¿puede decirnos que vio?
El ojo sano de Cícero divagó mirando hacia nada en concreto, preso de una ensoñación o recuerdo desagradable. Su expresión se hizo más siniestra, evocando una memoria a la que aún temía.
―Fue duro, señor.
―Lo sé, Capitán, pero necesitamos saber cuáles son las vulnerabilidades de nuestro enemigo. Muchos compañeros suyos dependen de su información.
En ese momento, un pitido suave anunció la recepción de datos cifrados. Mirando de soslayo el Holograma de Información ―que al estar codificado, sólo podía interpretar el Almirante gracias a su monóculo de esteganografía―, pudo saber que acababa de perderse una Decuria de Artillería Psiónica y setenta Equites Flamígeros, de la unidad de caballería de apoyo. Su irritación iba en aumento. Comenzaba a dudar de aquella campaña.
―Señor ―continuó Cícero―, al sector se le ha llamado Inferno por algo. La especie Intemerata ataca constantemente, sin dar cuartel. Son unos guerreros maravillosos.
―Sabemos eso, Capitán, pero buscamos su punto débil, como comprenderá.
―Lo desconozco, señor. Lo único que puedo decirle es que combaten sin armas ni defensas. Que son inteligentes. Que no temen morir. Y que se reproducen de una forma exagerada. Eso hace que su número aumente de forma geométrica en cuestión de minutos, como un virus. Cuando llegamos aquí, el archipiélago planetario estaba saturado de esas criaturas. Son agresivos por naturaleza. Y pueden aguantar sin dormir ni comer.
―No aporta mucho, Cícero.
En ese momento, el Coronel Marco interrumpió la conversación. Parecía recordar algo súbitamente que podría ser útil.
―Señor ―dijo―. Recuerdo que capturamos tres ejemplares hace unas semanas. Usamos proyectiles somníferos de hypnos-8A para no matarlos. Al ejemplar más grande de Intemerata lo encerramos en una celda separado de los otros dos. En un par de horas, encontramos a los tres muertos.
―¿Cómo es posible, Marco? ―exclamó el Almirante, contrariado.
―Pues verás, mi Almirante… el grande se suicidó dándose dentelladas a él mismo hasta morir. Los otros dos aparecieron destrozados mutuamente. Nadie oyó nada. Es como si no tuviesen receptores de dolor.
―Santo Dios…
Los tres permanecieron callados unos segundos, pensando una solución al problema e imaginándose la escena. El Almirante tuvo una revelación súbita.
―¡Ayudante!, haga venir a Máximo, el biólogo militar.
―En un momento, señor.
El Almirante Julius tenía una intuición, pero necesitaba corroborarla con unos conocimientos que no eran de su especialidad. Miró inquisitoriamente a los hombres que estaban ante él. Sin duda eran valientes, y no mentían. Ambos habían visto al enemigo de cerca y habían arriesgado sus vidas. Incluso uno mostraba severas heridas en pos al cumplimiento de su deber. Estaba seguro de que esos soldados jamás se habían topado con un enemigo igual, y aún así lo intentaban combatir con toda su energía. Con su vida, si fuese necesario. Estaba orgulloso de ello. Pero vencer a los Intemerata, que sólo pensaban en la destrucción, iba a ser imposible. Y no podía aceptar eso.
Pasados unos instantes de tenso silencio, apareció Máximo, el biólogo. Vestía batín blanco abotonado a la altura del hombro y llevaba puestos guantes de laboratorio. En ese momento estaba diseccionando un cadáver de Intemerata intentando obtener algún dato esclarecedor.
―A sus órdenes, mi Almirante.
―Máximo, ¿sabes algo de esta calaña?
―No más que los últimos días. Hemos descubierto nueve glándulas nuevas. Todas segregan adrenalina. Poseen un estómago minúsculo y atrofiado, muy limitado. Sus cuerpos se descomponen a una velocidad anómala, rapidísimo.
―Pues parece ser que son inteligentes, agresivos, apenas comen o duermen y no temen morir. No conocemos sus estructuras sociales. Carecen de colonias, ciudades e instrumentos. Hay decenas de millones de ellos. Se reproducen de manera asombrosa. Eso es un resumen de lo que sé. ¿Existe algo así en el reino animal, Máximo?
El biólogo militar dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo, inclinando un poco la cabeza en actitud pensativa. Enarcó una ceja bajo sus gafas redondas y pequeñas, apretando los labios en evidente actitud de concentración.
―Creo que no, señor.
―Entonces, ¿cómo casamos todos esos datos?
―Bueno… ―comenzó a decir Máximo, muy lentamente, arrastrando las palabras― estamos hablando de un animal de ciclo de vida corto y reproducción rápida. Su cuerpo, como dije, se descompone a una velocidad vertiginosa. Sin embargo, sus órganos no se ven envejecidos ni deteriorados… es como… si no les diesen tiempo a envejecer…
Máximo se quitó lentamente los guantes. Los demás guardaban silencio. Conocían su forma de pensar en voz alta, hilando ideas, y sería una imprudencia romper su concentración. Subió las gafas hasta ponerlas en la posición de una diadema y se pasó una mano por la cara, aclarando ideas.
―Es lógico con esa violencia ―prosiguió―. Mueren rápido. Parece ser que los ejemplares que capturamos se suicidaron,  ¿no?
―Efectivamente ―interrumpió Cícero con timidez.
El biólogo se rascó la cabeza mirando al suelo. Todos sus conocimientos de zoología no eran suficientes para entender lo que empezaba a sospechar. Revisó unos cuantos datos en su mente a fin de no equivocarse. Quizá fuese una estupidez, pero se trataba de pensar en voz alta.
―Es como… mi Almirante… como… si no quisiesen vivir. Si no pueden matar, se matan ellos mismos.
Algo cambió en la cara de los presentes. De confirmarse ese rasgo en la nueva especie, las cosas se iban a complicar de una forma temible. Volvió a hacerse otro silencio incómodo interrumpido por el Coronel Marco.
―Máximo, dime… ¿sabemos cómo se reproducen?
―Mi Coronel… empezamos a creer que lo hacen de una forma… ¿cómo decirlo?... involuntaria. Me explico. No necesitan a otro de su especie para reproducirse.
―¿Cómo algunas células, señor? ―intervino Cícero.
―Sí, más o menos. Pero eso no es todo. Aunque habría que confirmarlo, pensamos que su reproducción tiene que ver con el agua. Guarda una estrecha relación, vamos.
Los militares comenzaron a palidecer. Una sospecha tomaba forma de realidad ante sus ojos. Y era muy siniestra.
―Máximo ―dijo lentamente el Almirante Julius dando un paso al frente―, en este archipiélago planetario llueve torrencialmente todo su ciclo solar, todos los días, a todas horas. Es ininterrumpido. ¿Me estás diciendo que por eso su reproducción es constante?
―Si queremos verlo así… pues sí, señor ―sugirió el científico, temeroso.
―Pero Máximo, eso supondría una superpoblación que en poco tiempo… ―el Almirante se interrumpió, recordando los millones de Intemerata que ocupaban esos planetas cuando los humanos llegaron.
―Tal cual, señor ―zanjó el biólogo―. Colapsaría. Pero no ha colapsado, ¿por qué?
En este instante, cuando las miradas de los militares eran una expresión sin respuesta, el biólogo se puso muy serio, abriendo los ojos. Había encontrado el quid a la cuestión, pero era absolutamente irracional. No tenía ningún fundamento y jamás se había visto algo igual. Los demás presentes en ese despacho notaron la expresión de alarma que se comenzaba a dibujar en su rostro.
―Dios mío, mi Almirante ―susurró al descubrir algo.
―¿Qué has pensado, Máximo?
―Que si no ha colapsado la sociedad de los Intemeratas es porque su evolución no lo ha permitido. ¿Cómo decirlo? ¿Es posible…? ―hizo una pausa tensa de unos segundos― ¿Es posible que su código genético les obligue a no tener instinto de supervivencia a los individuos para evitar la superpoblación? Mi Almirante… si se reproducen solos e involuntariamente debido al agua, a un ritmo demencial… ¿estoy diciendo algo plausible? Eso justificaría su ansia de morir, ¿no?

Pasados dos minutos, el Almirante Interestelar de la III Flota Colonial del Sector Inferno, Julius Primo Figlio, se acercó a su holograma codificado con parsimonia pero con seguridad. Los demás oficiales lo miraron en silencio, esperando sus órdenes. Utilizando su monóculo de esteganografía, que leía directamente los movimientos de su iris, envió un mensaje al Cuartel General del Sector Inferno sin hacer ni un solo ruido:
“Ordeno retirada inmediata de tropas y presencia en mi sector. Últimos informes demuestran existencia de enemigo imbatible. Repliegue de Infantería, Caballería y Artillería Siderales. Agrupación de Flota Interestelar. Asumo plena responsabilidad ante Tribunal Militar”.
Después, aún sin mediar palabra, se sentó en su sillón de mando. Y mientras los tres oficiales se miraban extrañados unos a otros, interrogándose, el Almirante Julius giró su asiento y contempló el espacio exterior a través de la cristalera de panorámica adaptada.
Al fin, sentía algo de paz.

Por: Jacobo Feijoó

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