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Historias Asombrosas: La eterna noche

el  Lunes, 07 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

El carguero se eleva por encima de nuestras cabezas. Las turbinas emiten un rugido sordo de luz y poder mientras la colosal maquinaria se aleja abarrotada de piedras. Con Pércival nos quedamos viendo, embelesados, cómo se aleja, y cuando se transforma en un punto más en el oscuro cielo estrellado regresamos la vista a la llanura y a nuestra realidad.
―Sólo un día más, ¿eh? ―le digo a Pércival. Él me dedica una sonrisa ligera y vuelve su casco hacia el camino.
―Sí, uno para ti. Yo en cambio tengo para rato… Y para colmo deberé entrenar a un novato.
―¡Hey! ¡Yo nunca me quejé de ti! Hice lo que debía cuando llegaste. Es justo que hagas lo mismo. Y también son justas mis vacaciones.
―Sí, por supuesto, Nat, te las mereces. Sólo hablo de puro envidioso. Ya quisiera regresar a casa yo.
―Ya lo harás. Paciencia, amigo.
Echamos a andar hacia el robot 5 y durante el trayecto mantenemos un silencio sepulcral. Sólo el pitido de nivel de oxígeno de nuestros trajes interrumpe la monotonía. Pércival debe estar imaginando mi partida y debe tener un nudo en la garganta similar al que tuve yo cuando se fue Rolando. Pero es justo que así sea y por ello no interfiero. Es parte del oficio y no hay otra manera de superarlo que viviéndolo en carne propia. Es el miedo a quedarse solo en un pedazo de roca perdido a la vera del brazo galáctico. Solo y atrapado. ¿Vendrán los próximos cargueros puntualmente? ¿Cumplirán su rutina? ¿O acaso algún día se olvidarán de nosotros y ya? Es la eterna pregunta del minero asteroidal, es la eterna y desesperante cuestión. Ahora sólo resta un día, y para mí esta endiablada y desgarradora pregunta tendrá su respuesta. Mañana termina mi ciclo y comienza mi año de licencia. Luego de cinco años, de cinco interminables y dolorosos años en los que conté los minutos e intenté por todos los medios de mantenerme cuerdo y sociable, y de evitar convertirme en un troglodita que sólo habla de rocas y de maquinarias, luego de tanto esfuerzo, mi ciclo llega a su fin y volveré a casa. Me reencontraré con Cintia, con Lucy y Dala, que ya estarán enormes, y recuperaré parte del tiempo perdido. Cobraré mi pensión anual y descansaré de esta soledad y este vacío glacial que calan los huesos y horadan la carne hasta rozar el alma.
Pero eso será mañana, con la llegada del nuevo carguero. Y será sólo para mí. A Pércival le restan otros tres años, y ya debe estar pensando en el suicidio tanto como yo lo hice. Es natural. Es parte del proceso. Y lo sobrellevará. Sufrirá pero lo conseguirá. Hallará en el novato que me reemplace la persona adecuada para refrescar sus recuerdos y sus sueños de volver a casa. Tal como le ocurrió a Rolando conmigo y a mí con Pércival. Es un ciclo, nada más. Adaptación. Ninguna palabra lo define mejor.
El robot 5 está preparado para regresar al corazón de la roca. Tomo los controles de la pequeña plataforma y pulso sobre la sucia pantalla. Lo programo para diez horas de tarea ininterrumpida y lo activo. Robot 5 se retuerce en un cómica escena muda y se lanza hacia adelante, descendiendo lentamente hasta perderse de vista bajo la superficie rocosa. Buscará cuarzo y bauxita, sílice y cromo, y los extraerá de la roca perforando y seleccionando. Organizará la carga de manera inteligente y regresará a la superficie cuatro o cinco veces para depositarla en los contenedores de almacenamiento. Lo hará solo, como un buen minero, y lo hará bien. Adoro estas máquinas.
Pércival  avanza hacia los edificios de monitoreo y me hace una seña para que lo siga. Los pasos lentos y torpes ya son parte de mi vida diaria. Apenas sí recuerdo cómo era caminar bajo una gravedad normal. Por ello cuando algún piloto de los cargueros lo hace notar recordamos  que parecemos lentos y torpes.
Ingresamos. El edificio está en penumbras, pero no necesitamos más. Nuestra vida es una eterna penumbra. Nos quitamos los cascos y los guantes y suspiramos de alivio. Pércival sonríe y me muestra sus dientes amarillentos.
―¿Baraja o Lux?
―Baraja.
―Al menos tendré el consuelo de vencerte una última vez.
―Ya no tengo pertenencias que puedas quitarme. Serán todas tuyas de una forma u otra en pocas horas.
―Te quitaré el honor... ¡Qué va, eso tampoco tienes! Te quitaré la sonrisa.
Acepto con la cabeza y le dedico la mejor que poseo. Una horrorosa mueca de viejo desdentado. Aterradora.
Pércival  reparte las barajas y comenzamos con el juego. El milenario Póker es irreemplazable en las eternas noches del asteroide. Miles, decenas de miles de partidas llevamos jugadas. No lo sé. A estas alturas debemos haber perdido las pertenencias mutuamente tantas veces que ninguno recuerda quién lleva la delantera. Pero no importa.
Luego de la undécima mano consecutiva que pierdo una alarma oxidada estalla en el recinto. Una luz amarilla que creía descompuesta destella furiosamente y saltamos de nuestros asientos sorprendidos. Pércival se echa sobre el panel de monitoreo y lanza un puñetazo al aire.
―¡Está atorado...! El robot 5 está atorado a quinientos metros de profundidad.
―¡Mierda!
Pércival me mira y se rasca la cabeza.
―Sí, mierda. Habrá que bajar.
Hay miedo en su rostro. Temor a lo desconocido. Las pocas veces que esto ha ocurrido me he encargado yo de reparar la maquinaria. En sus dos años en el asteroide Pércival  se ha internado pocas decenas de metros en la roca y, estoy seguro, lo ha detestado. No le agrada en lo más mínimo. Esa sensación de asfixia, esa idea de que irás a morir allí abajo es capaz de paralizar.
―Lo haré yo.
―¿En serio?
―Sí, cálmate. Me has ganado en buena ley y es justo que te lo pague de alguna manera. De todas formas esta será mi última reparación.
―Te lo agradezco enormemente, Nat. Ya sabes que aún no me acostumbro.
―Lo sé. Iré, y así mañana, mientras esté viajando a casa podré contarle la anécdota al piloto del carguero.
Pércival intenta reírse pero no logra más que un gesto incómodo.
―Perdona…
―Ya, ya. Ven. Guíame desde la plataforma.
Nos colocamos los cascos y los guantes y salimos a la inalterable penumbra del asteroide, bajo un cielo colmado de estrellas fulgurantes. Me desvío unos metros y enciendo el motor del pequeño coche de mantenimiento que aguarda cubierto de polvo. Afortunadamente enciende al primer intento y me monto encima. Mientras Pércival se aproxima a la plataforma yo acelero y me ubico en la boca del túnel por el que descendió Robot 5 minutos atrás.
―¡Está todo en orden! ―me indica Pércival por el Inter.
Avanzo suavemente y las doce ruedas de la pequeña oruga copian la superficie del túnel con delicadeza. Enciendo los faros y continúo la marcha con paciencia. Sé que Pércival  observa todos mis movimientos y quiero dejarle la impresión de que esto no encierra ninguna dificultad. Le vendrá bien al muchacho para cuando le toque a él ser el hombre experimentado.
El túnel gira en una espiral descendente cavada con elogiable prolijidad en la traicionera roca del asteroide. Los robots son herramientas fundamentales en la minería actual, irreemplazables, pero cada tanto se ponen un poco mimosos y requieren que uno les eche una miradita y una palmadita en el lomo.
―Doscientos metros ―me indica Pércival  desde su posición―. Hallarás un hoyo delante.
―Sí, ya lo vi. Trataré de caer con suavidad.
Cuando la boca del pozo se aproxima enciendo los propulsores de aire y el vehículo flota y desciende en cámara lenta. El hoyo posee una inclinación leve, que de a poco se torna horizontal nuevamente, y las ruedas hacen contacto con la superficie para seguir su camino.
―Cuatrocientos metros. De aquí en adelante todo es llano.
La espiral crece a medida que desciendo y la eterna curva se muestra oscura y bloqueada a la distancia.
―Ya lo veo, Pércival. El pobrecito está temblando de miedo.
―¡Ja! ―la risa de Pércival aún es cautelosa.
Detengo la oruga a pocos metros y continúo a pie con el farol en la mano. La poderosa máquina de tres metros de diámetro vibra con medio cuerpo metido en la roca viva. Una nube de polvo oculta casi toda la otra mitad y debo trepar a su espalda para ver qué está ocurriendo aquí. Con mis llaves múltiples destapo un panel y hago a un lado la placa metálica. El cerebro electrónico queda expuesto a mí y un diminuta pantalla me muestra la información que necesito recolectar.
―Una cadena se cortó. Es de las de dos pulgadas. Creo que podré repararla. Moveré al pequeño un poco hacia atrás.
Pércival no responde y percibo que anota mentalmente todo cuanto ve y escucha.
Ingreso el código de seguridad y navego por el simple menú hasta hallar la programación manual. Activo la marcha atrás a baja velocidad y el robot retrocede un par de metros, los suficientes para permitirme trabajar cómodo. Pulso el botón de cancelación dos veces, pero cometo un error y el menú cambia a modo texto. Casi no recuerdo los comandos así que decido salir. Tecleo BYE. La pantalla parpadea y se apaga. Una multitud de símbolos desfilan delante de mis ojos.
―¡¿Qué demonios?! ¡Se apagó!
El sistema reinicia y muestra una fecha que me resulta conocida: 2307, el año que mi esposa tuvo a la primera de mis hijas. Luego otro número aparece a un lado y desaparece de inmediato.
―¿Viste eso, Pércival?
―Sí, pero no estoy seguro…
―159070 ciclos… Son muchos ciclos.
―Demasiados.
―No puede ser. Algo está mal. En cinco años el robot no debió cumplir más de cincuenta mil ciclos. Sesenta mil, a lo sumo.
―Trabajó muchas horas al día… pero es verdad. Nunca pudo llegar a 159000.
Intento rascarme la cabeza y mi guante se topa con el casco. Es curioso, casi diría que un misterio, pero qué importan unos miles de ciclos de más a estas alturas. Pronto será parte de mi historia. Un detalle de color en mi anécdota de último momento.
―Es equipo usado ―digo al cabo―. Nos vendieron chatarra ya desgastada como si fuera nueva.
―Dijiste que parecía nueva cuando llegó. Tú mismo le revisaste las brocas y estaban intactas.
―Reacondicionado. Pueden reemplazar todo el equipo pero el cerebro se mantiene inalterable. No se puede meter mano fácilmente aquí.
―Vale unos cuantos millones ese pedazo de chatarra ―agrega Pércival―. Creo que lo primero que haga cuando te vayas será presentar una queja formal a la empresa. No me agrada la idea de tener un robot a poco de pasar a desguace.
―Ya lo creo. Tendrán que enviarte uno de reemplazo o te verás en estos problemas muy a menudo.
Pércival calla y me imagino que debe estar tragando saliva. No insisto en el tema, no es recomendable asustarlo de antemano.
―De cualquier forma tenemos que repararlo, así que pondré manos a la obra.
Desciendo del vehículo y camino hacia la parte delantera. Allí los paneles frontales oponen mayor resistencia, pero de todas formas puedo retirarlos. El poderoso mecanismo de rotores, engranajes y cadenas queda al descubierto. No es difícil distinguir aquella que se ha quebrado. Esta enroscada en un rotor lateral que transfiere la potencia de avance a las ruedas. Me inclino y comienzo una pesada labor de reparación. Debo girar el rotor manualmente, apañándomelas con las llaves de fuerza que traigo, y soltar la cadena lentamente, verificando no poner en riesgo ninguna otra pieza en el intento.
Tras largos minutos consigo liberar la cadena y asear la zona en torno al rotor. Ahora la tarea es más sencilla. Los eslabones se ensamblan entre sí hasta lograr la forma circular. Sólo debo soltar los eslabones defectuosos y reemplazarlos por los que traigo en la oruga. Es una tarea que no me demanda más de cinco minutos y ya estoy colocando la cadena en su sitio con la agradable seguridad de estar haciendo bien las cosas. Una vez colocada enciendo el motor del robot y controlo el movimiento del rotor. Todo parece estar en condiciones. Se lo transmito a Pércival y el asiente con tranquilidad. Ya debe haber memorizado cada detalle. Finalmente coloco los paneles en su sitio y reinicio el programa de excavación.
Robot 5 se aleja vibrando y una nube de polvo cubre todo el túnel durante unos segundos. Al disiparse distingo a la bestia de metal embistiendo la pared de roca y avanzando en forma implacable.
―Está hecho. Regresaré.
Sin esperar más monto a la oruga y desando el camino con celeridad. Hay algo de impaciencia en mí, algo de desesperación aflorando en mi esófago. Esta carrera hacia la superficie es, probablemente, la última que haga en mucho tiempo y, por lo tanto, es la de mayor tensión. Tengo esa terrible sensación de que cualquier cosa puede ocurrir de inmediato y que acabaré atrapado aquí abajo, aislado, solo y moribundo y sin posibilidades de ser rescatado. Sé que es una torpeza pensar esto precisamente a pocas horas de que todo acabe. Ningún imprevisto tiene mayores probabilidades de ocurrir en este momento que en el pasado, pero no puedo evitarlo. Es algo visceral, primitivo.
Acelero la marcha y, afortunadamente, el cielo oscuro tachonado de estrellas aparece frente a mí. Me desplomo sobre el freno y suspiro. Ya no pienso en Pércival y en qué dirá. Ya no hago más que pensar en mí y en la satisfacción que me produce estar otra vez en la superficie y sólo tener por delante algunas horas de espera para volver a casa.
Cuando llego a la plataforma de control noto que Pércival está aún más intranquilo que antes del descenso. Me mira y me sonríe y aprieta los dientes como queriendo contener las palabras de desesperación que desean emerger. Le digo que me siga y apenas consigo que obedezca. Está temblando por dentro y se agravará más aún con el correr de las horas.
―No te vayas ―me dice finalmente cuando nos sacamos los cascos dentro del refugio.
―¿Qué? ¿Por qué?
―No podré con esto solo.
―No estarás solo, Pércival. Mañana mismo llega alguien e mi reemplazo. Nunca ha sido distinto: uno se va y un reemplazo llega.
―Sí, pero no será lo mismo. Al novato nada puedo enseñarle. No soy minero, Nat. Nunca lo he sido. No lo siento en mis venas como tú lo haces. Detesto este oficio.
Lo observo con detenimiento a los ojos y asiento.
―Lo sé. Lo he notado desde un principio. A ti sólo te ha motivado la necesidad de darle de comer a tu familia, y es un motivo que considero loable. Por ello sé que sabrás seguir adelante sin mí, y que enseñarás muy bien el trabajo a tu nuevo compañero.
Los ojos de Pércival  se colman de lágrimas.
―¿Lo crees?
―Por supuesto.
Está a punto de estallar en llanto pero se contiene y consigue esbozar una sonrisa.
―Gracias, amigo. Siempre recordaré estas palabras.
Lo abrazo con fuerza y le golpeo la espalda, y mientras lo hago descubro en él todo cuanto hube sentido en mis primeros años en el asteroide. Me siento identificado, y eso es conmovedor.

A las seis treinta de lo que sería nuestra mañana el carguero hace su puntual aparición. Es un punto de luz que crece con rapidez y gana volumen y definición. Pronto las turbinas son distinguibles y en la cabina aparecen puntos de colores de las luces de mando. Colores mágicos que me hablan del deber cumplido y del comienzo de una nueva etapa en mi vida. Una etapa feliz.
El carguero se coloca en posición a una centena de metros y acaba su descenso sobre la plataforma del depósito, allí donde los contenedores de materias primas rebozan de piedras recién extraídas.
―¡Y te irás nomás, maldito! ―bromea Pércival a través del Inter.
―Definitivamente.
El carguero apaga los motores en medio de una inmensa nube de polvo. Durante un momento nada ocurre hasta que del polvo emerge una silueta humanoide y regordeta caminando con paso parsimonioso. Reconozco el traje de inmediato: es Johnson, el piloto del Noelia. Avanza y alza una mano en forma de saludo. En ese momento, detrás de él la nave se activa y un brazo mecánico comienza a cargar las piedras de los contenedores en la bodega.
―¡Buenos días, muchachos! ―saluda Johnson por el Inter―.   Veo que han trabajado duro esta vez.
―Y no es para menos ―respondo cuando ya está a un par de metros de distancia y puede ver la sonrisa en mi rostro y la tensión en el de Pércival ―. Hoy es un día especial.
Johnson sacude la cabeza afirmativamente.
―Sí, seguro. Día de vuelta a casa, ¿eh?
―Así es. Y no puedo aguardar más. ¡Llévame de una vez!
―¡Sí, llévatelo de una vez! ―exclama Pércival con fingida jovialidad―. Y tráeme al nuevo que tal vez sea mejor jugador de Póker.
―Es que nunca aprendí a mentir…
Johnson se ríe y se vuelve hacia la nave para corroborar que la carga esté siendo realizada sin inconvenientes. Luego regresa la vista a nosotros.
―Muy bien, Nat, te llevaré. Pero primero déjame tomarte una fotografía junto a tu amigo.
―Ok. Ven aquí.
Paso un brazo del traje por encima del hombro de Pércival y ambos miramos hacia adelante. Johnson extrae de un bolsillo de su traje un pequeño artefacto oscuro y nos apunta con él.
―Sonrían, muchachos. Muéstrenme esos dientes perfectos ―dice, y luego agrega en un murmullo apenas audible―: Pobres tipos…
Sonreímos y el disparo del flash resplandece como un sol frente a  nosotros. Es cegador, hiriente, demasiado poderoso. Algo está mal. No debería ser así. Siento que dos dagas agudas se clavan en mis ojos y me horadan hasta atravesar el cerebro. Me vacían como a una nuez. La punzada es brutal y siento que me desvanezco. Caigo. Caigo eternamente a un hoyo  sin fondo y mi cuerpo es liviano como una pluma. Es suave como la brisa de otoño soplando en el parque de mi casa. La brisa de otoño…
Abro los ojos y descubro que estoy arrodillado sobre la roca del asteroide. Aún estoy dentro del traje espacial. Desorientado miro hacia los costados y descubro a Pércival también de rodillas.
―¿Estás bien? ―le pregunto y lo ayudo a incorporarse.
―Sí, habrá sido un leve mareo.
―Sí, eso habrá sido. Es normal luego de tanto trabajo.
Alzo la vista al horizonte en el instante justo en que el carguero colmado de minerales despega y asciende suavemente. Sus turbinas brillan como dos soles diminutos que se apagan lentamente mientas la nave se aleja.
Con Pércival nos quedamos viéndola embelesados y sólo regresamos a la realidad cuando desaparece definitivamente de nuestras vistas.
―Sólo un día más, ¿eh?
Pércival me mira y hace una mueca.
―Para ti. Yo tengo tres años más por delante. Tres largos años… y con un novato que enseñar.
―Ya, ya. No te quejes. No es para tanto. Ven vamos.
Echamos a caminar con torpeza sobre el suelo del asteroide. Siempre que se retira el carguero recuerdo eso, que debemos parecer muy torpes al movernos. Pero eso ya está por acabarse. Sólo un día más en este solitario y frío pedazo de roca y volveré a casa. Sólo un día más.
―Será terrible adiestrar a un novato…
―Lo harás bien, Pércival. No te preocupes.
Caminamos lentamente, cansados, como dos sombras bajo la noche estrellada del asteroide. La eterna noche.
―¿En serio lo dices?
―Por supuesto. Lo harás tan bien como alguna vez lo hice yo.

Por: Claudio Amodeo

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