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Historias Asombrosas: Las lágrimas del infinito

el  Martes, 01 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

LA CONDENA MÁS BELLA
La negrura vacía del espacio se plasmaba sobre el cristal de la nave, como un telón de muerte que hubiese caído después de una tenebrosa función. Una negrura acribillada por los infinitos puntos de luz que emanaba de las estrellas, únicas acompañantes en el viaje maldito de Mike. Las lágrimas que acariciaban su rostro, hacían juego con las gotas de sudor que correteaban por su espalda cada vez que tomaba asiento y posaba su mirada sobre el gran ventanal. Cualquier otro ser se hubiera sentido afortunado de presenciar aquella belleza destinada a ser deleitada por unos pocos, pero Mike no. Había sido testigo de las maravillas del cosmos en todo su esplendor, de sus cuerpos celestes, con sus galaxias regentadas por extraños soles, satélites mareantes que bailaban como peonzas alrededor de mundos de todos los tamaños, algunos diminutos, y otros gigantescos. Cometas elegantes con largas colas luminosas, agresivas lluvias de asteroides y preciosas nebulosas con colores inimaginables. Pero para Mike todo aquello no era más que el infierno en vida. Ya casi no recordaba su vida pasada. Tan sólo cuando se acostaba, los sueños traían un sinfín de recuerdos acaecidos mucho tiempo atrás.
Se separó del ventanal y se dirigió a la cocina. Le apetecía un café. Un par de lágrimas mojaron la taza antes de volcar la cafetera sobre ella. Mike suspiró y volvió a torturarse con sus pensamientos. Siempre que observaba a través de aquel cristal volvía a desear ser engullido por un agujero negro. Él y aquella maldita nave. Aquel artefacto ideado por las mentes más crueles y pervertidas que habían llegado a existir, y que sin tapujos se vanagloriaban de ser justas.
No sabía con certeza si algún otro pobre diablo habría corrido su misma suerte, o si tan sólo aquella condena de la justicia más severa había sido reservada únicamente para él.
Se llevó la taza a los labios y dió un gran sorbo al negro y humeante líquido. Mientras lo hacía, se dirigió de nuevo a la pantalla de cristal. Una estrella fugaz cruzaba en ese momento el ventanal de lado a lado. Mike no pidió ningún deseo. Para qué.

EL SUEÑO
Mike se veía así mismo mucho tiempo atrás, en la Tierra. Se encontraba en una casa que no era la suya. Envuelto en oleadas de desconcierto aun tenía asida el hacha ensangrentada. El jefe de la empresa en la que trabajaba yacía en el suelo de la habitación de al lado. La mujer de éste se encontraba despanzurrada con medio cuerpo sobre la cama, y lo que quedaba de su cabeza se acomodaba sobre la alfombra del dormitorio. La mano de Mike no podía dejar de temblar. Aquel miserable sinvergüenza y su mujer habían destrozado su vida inventando todo tipo de falsas acusaciones que le habían llevado a perder su trabajo, situándolo en un gran aprieto con la justicia. Nunca hubo falsificación de documentos, ni mucho menos espionaje industrial, pero la opinión pública no lo había visto así, al igual que los jueces. Las artimañas de su superior, apoyadas por su inteligente esposa, habían convertido a Mike en el chivo expiatorio de los pecados de la empresa. El cabeza de turco que paga porque es prescindible y también peligroso. El que aguantará los años que le echen en prisión mejor que los verdaderos culpables. El tonto del pueblo.
Pero Mike no era tonto. Tal vez no tenía el coraje que hubiera deseado, y por eso aquella noche se había ayudado de alcohol y de la nueva droga de moda que no recordaba como se llamaba, para llegar a la casa. Y para hacer lo que hizo. La humillación, la rabia y la ira habían dado paso a una explosión de salvajismo que dejaba como resultado aquellos dos cuerpos abiertos por los bocados del hacha.
Intentó despertar, pero le fue imposible. Siempre lo era. Aquella pesadilla había entrado en sus sueños innumerables veces y a pesar de que Mike se sabía el guión al dedillo siempre le inundaba una angustia febril, que se acentuaba al cruzar el ecuador de la historia que Morfeo le obligaba a revivir una y otra vez.
El sueño avanzaba y la mano de Mike temblaba con más fuerza. En la habitación en la que se encontraba en ese momento, aparecía el futuro de la podrida empresa hecho añicos, encarnado en dos niñas que habían sido preciosas. Los trozos de las pequeñas adornaban grotescamente todo el lugar, donde Mike aún respiraba el miedo y el horror de sus jóvenes víctimas. En sus oídos retumbaban los gritos y sollozos de unas voces que hasta entonces sólo se habían roto por nimiedades infantiles, y que simplemente querían reir y cantar. Las muñecas y los ositos de peluche mostraban un semblante desgraciado que encajaba con el nuevo tono de las paredes, repintadas viscosamente con el color de las piruletas de fresa. El corazón de Mike bombeaba sangre con fuerza inhumana ante aquella visión onírica, ya cercana al tercer acto.
El sueño llegaba a su fin con el epílogo de siempre. En el exterior, gritos y unas luces de un rojo y azul amenazantes rompían la oscuridad que reinaba dentro de la casa, dejando a un asesino a merced del destino. La locura lo abordaba con aquel recuerdo, haciéndole caer en una espiral enfermiza hacia un abismo cuyo final sería el crudo despertar. Su cuerpo, ajeno al desorden de su mente, permanecía aún clavado en la habitación de las niñas, empapado en un sudor helado que invadía todo su ser. El hacha resbaló de la temblorosa mano que la aferraba, estrellándose contra el suelo. Mike se despertó.

LA NAVE
La colección de películas era interminable. Habría miles y miles de ellas. Y Mike las había visto todas miles de veces. En aquel momento prefería relajarse con algo de música clásica. Pulsó la pantalla táctil y empezó a sonar la melodía. Mike estaba seguro de que si en la nave hubiera habido un violín, un piano, o cualquier otro instrumento musical, por laborioso que hubiese resultado su dominio, a esas alturas de su vida habría sido capaz de manejarlo como si su primera lección hubiera tenido lugar a sus tres años de edad. Habría tenido tiempo para eso y mucho más.
Con los ojos cerrados y recostado en una acolchada butaca, Mike intentaba separar la bella música de Bach de la otra música, siempre molesta y presente. Aquel efecto sonoro que emitían las tripas de la nave y que le acompañaba continuamente, en medio de cualquier actividad, como si quisiera recordarle sin descanso el maleficio al que había sido encadenado. Una música capaz de desquiciar a cualquiera. No había llegado a acostumbrarse al eterno ronroneo omnipresente. La mayoría de las veces, apenas le prestaba atención, era algo así como el ambiente callejero repleto de prisas y bocinazos que Mike recordaba, antaño en su querida Tierra. Podías estar disfrutando de un magnífico paseo matinal por la ciudad, sin ser consciente de todo aquel alboroto. Pero otras veces el sonido visceral de la nave se introducía en las entrañas de su mente, invadiendo su cabeza y trayendo consigo un dolor insoportable. La idea de llevar como única acompañante a aquella martirizante orquesta el resto de su existencia era insufrible. El agobio y el horror podían atosigarle durante horas interminables. Mike abrió los ojos. Johann Sebastian Bach había perdido la batalla contra la sinfonía de la nave. Se levantó y se dirigió de nuevo a la pantalla táctil, dando un fin prematuro al tema “Aire de la Suite Nº 3”, que tanto le gustaba.
El vehículo espacial era la más grandiosa de las obras de ingeniería. Tomando prestados los conocimientos de una cultura alienígena, los hombres, como en casi todos sus descubrimientos e invenciones, habían buscado el reverso siniestro de tales maravillas.
La nave estaba enfocada para ser un puente de civilizaciones inteligentes a años luz de distancia, provista de una autosuficiencia en todos los sentidos. El ordenador de abordo, superior con creces en inteligencia al más sabio de los humanos, se aseguraba de trazar un recorrido seguro evitando colisionar con cualquier posible obstáculo que ocupase un lugar en el abrupto espacio. El combustible era procesado, cuyos desechos volvían a ser reciclados sin cesar. La fantasía del mayor de los ecologistas se veía hecha realidad en los engranajes del artefacto sideral. Ocurría lo mismo con el oxígeno, producido por plantas tratadas que habían mutado en los seres más resistentes del reino vegetal conocido, reproduciéndose continuamente para regalar vida eterna a los pulmones del habitante de la nave. Todo estaba perfectamente estudiado para que cualquier pasajero que estuviese dispuesto a viajar distancias lumínicas a cambio de conocer nuevos mundos, tuviera la certeza de que en el interior de aquel invento se sentiría tan seguro como en el útero materno.

LA OPERACIÓN
Mike recordaba como si fuese ayer todos los detalles de la intervención quirúrgica a la que había sido sometido, a pesar de la distancia en el tiempo desde que ésta tuvo lugar hasta el momento en el que se encontraba ahora, reflexionando sobre su sino.
Para un viaje como el que iba a realizar, sin billete de vuelta, era imperativo que su cuerpo se comportara como la propia nave en sí, de manera que se utilizó la misma tecnología extraterrestre para transformar su frágil y dependiente cuerpo, en el de un dios inmortal. Un cuerpo que produjera sus propios nutrientes, sin necesidad de acudir a los alimentos convencionales. Un cuerpo que no se atrofiara por la falta de ejercicio, o que consumiera masa muscular en el espacio exterior. Un cuerpo que, aún por el paso del tiempo, nunca envejeciera. En definitiva, un cuerpo imperecedero.
A pesar de no sentir dolor alguno en la operación, Mike recordaba con estupor las imágenes que se presentaban en los monitores del quirófano. De cómo sus organos eran extraidos de su cuerpo para ser modificados antes de volver a ocupar su lugar primitivo. Las largas agujas que se introducían por toda la superficie de su piel, atravesando ésta para emborrachar su carne de conservantes provenientes de alguna galaxia lejana.
Pero lo peor estaría por llegar. Para que el viaje eterno no fuese interrumpido, las lógicas tendencias suicidas debían ser objeto de la censura. En la mente de Mike aún quedaban ecos del sonido metálico de la sierra al abrir su cráneo. Con la cabeza abierta se había sentido como la víctima de un violador, despatarrada momentos antes de recibirlo en sus entrañas. Pero en el caso de Mike, ésta sería una violación de por vida. El diminuto artefacto con poder de cambiar deseos y emociones, se introducía en su masa encefálica, para evitar a toda costa que su dueño pudiera escapar de su condena perpetua quitándose la vida.

LAS LÁGRIMAS DEL INFINITO
Mike estaba de nuevo frente al gran ventanal que lo separaba del frío vacío, sin tener claro cuánto tiempo llevaba acompañándole aquel paisaje. Podrían haber sido siglos, o incluso milenios. Hacía tiempo que había aceptado su terrible castigo, pero una parte de su mente no llegaba a digerirlo del todo, y nunca lo haría. No había horror más macabro que ser consciente de que pasaría el resto de la eternidad vagando por el cosmos, sin posibilidad de poner fin a tan truculento viaje. Bueno, tal vez sí hubiese algo peor. Tal vez el recuerdo de aquella niñas que no estaban manchadas por la culpa de sus progenitores y que él había puesto un fin prematuro a sus cortas vidas. Lo que había hecho era un crimen atroz, pero aún así, ¿merecía nadie una condena como aquella? Tal vez si hubiesen sido una niñas corrientes... Si la sangre del verdugo no compartiera rasgos con la de sus víctimas... Si el padre de aquellas niñas, el empresario corrupto, no hubiera sido hijo de los padres de Mike, todo habría sido diferente. Lo que había hecho no tenía perdón, y no importaba si él pensara que el hacha había sido empuñada por aquella droga que estaba tan de moda. Aquella droga de la que no recordaba su nombre. El jurado había sido unánime en el veredicto y en un mundo loco, la locura era respondida con un castigo ejemplar. La grandiosa tecnología de una civilización más avanzada, y seguramente mucho más benevolente que la humana, había sido utilizada para practicar una justicia que poco tenía de justa, aplicada por los hermanos de especie de Mike.
Las estrellas manchaban de luz la oscuridad como siempre. El reo las contemplaba a través de sus lágrimas, dandole éstas una visión distorsionada de su resplandor. A bordo del ataúd volante, el universo era más infinito que nunca. Al igual que Mike. Ante él la eternidad le habría los brazos, para no soltarlo nunca jamás.

Por: Alvaro Ruiz de Gauna Ramos

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