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Historias Asombrosas: Mesías

el  Miércoles, 09 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

l aire dejó mi garganta rasgada y salió de mi boca en un vendaval lastimoso con forma de grito. Quiso ser un no, una negación de la realidad que tenía ante mí, más allá de la mampara transparente que separaba la nave del letal espacio exterior. El terror que mis ojos traducían a mi sistema nervioso y que derretía mis entrañas lo convirtió en un sonido informe.

No importaba, no había nadie que me pudiera oír.

Un dolor agudo y profundo contrajo mi estómago. Sin poder soportar más aquella visión, me doblé y mis piernas flaquearon. Acabé en el suelo, en posición fetal.

Volví a gritar, pero esta vez fue más un sollozo. No de terror. No de pánico. Esta vez fue, lo supe al instante, de amor. De amor perdido.

Y sin poder aguantar más la oscura realidad que me rodeaba, cerré los ojos. Esperando, en vano, volver años atrás.

Volver a sentir el cosquilleo de sus pestañas sobre mi nariz. Sentir su cuerpo desnudo rozando mi cuerpo. Abrazados, fundidos. Hacía más de una década. Una vida entera.

Era como una terapia. Cuando ella abría y cerraba sus ojos tan cerca de mi cara que las pestañas rozaban mi piel, provocaba un cosquilleo sutil y mis pulsaciones se desaceleraban y mis músculos se relajaban.

Ser el comandante de la Mesías VI podía ser algo demasiado agotador y aquellos pequeños espacios de calma eran lo que me mantenían con vida. Quizá entonces no lo sabía, pero ahora sí.

Nadia.

Mesías era un proyecto nacido de la más pura necesidad. La Tierra se agotaba. Hacía ya un siglo que los humanos no podían respirar sin mascarillas filtradoras al aire libre, los recursos se agotaban, los mares se enturbiaban y los cielos adquirían una tonalidad parduzca que no terminaba nunca de marcharse. Los científicos aseguraron que, en menos de dos siglos, la especie corría un serio riesgo de extinción. Por primera vez, el planeta entero se embarcó en un único objetivo: encontrar un nuevo hogar que permitiera la subsistencia de la humanidad.

A mi tripulación, Nadia, Jamal, Indira y a mi mismo nos habían educado desde niños en la creencia de que debía ser nuestra generación la que diera el paso definitivo que asegurara la supervivencia de la especie. Yo era el más veterano, pero ellos apenas eran unos críos cuando los jefazos del proyecto entraron en la Academia y se nos propuso para participar en Mesías. Fue oírlo y todos dimos un paso al frente. Sin dudar.

Íbamos no sólo a ser exploradores espaciales, como soñábamos,  sino también colonos. Las Mesías eran unas naves Explorer equipadas para viajar décadas y décadas, cargadas con todo lo necesario para instalarse en un planeta habitado. Saldrían doce hacia doce planetas que los científicos habían señalado con las más altas probabilidades de ser habitables. Sus tripulaciones, como la nuestra, estarían formadas por dos parejas. Su misión era explorar el planeta, mandar una señal de aviso a la Tierra, cargada de datos sobre el lugar e iniciar la vida en Edén. El gran objetivo, la palabra que hacía soñar a miles de millones de personas. La señal informática que deberíamos mandar a la Tierra empezaba así: “Edén descubierto”.

Éramos los mejores. Éramos los más preparados. Nada podía fallar si, efectivamente, nuestro planeta objetivo, conocido como Mirmidón 209, resultaba ser habitable.

Obviamente todo falló.

-Ark, despierta –la dulce voz de Nadia, cansada ya de hacerme cosquillas con sus pestañas, me sacó de mis ensoñaciones-. Deberíamos ir al puente, debemos estar llegando.

Abrí mis ojos y la volví a ver. Tan hermosa, tan joven como la recordaba. Mi razón para vivir.

Minutos después estábamos los cuatro en el puente de Mesías VI, contemplando ante nosotros una impresionante esfera blanca y verde: Mirmidón 209. Estábamos nerviosos, exultantes, extasiados… Habíamos tardado una década entera, encerrados en aquella nave , en llegar a aquella atmósfera extraña que, sin embargo, sentíamos como nuestra. Edén. Nuestro Edén.

Miré a mi alrededor, a mi tripulación, a mi familia, después de diez años encerrados en aquella gran estructura metálica y sentí que estaba haciendo historia.

-Mesías –me recuerdo diciéndolo con voz solemne, ante la mirada orgullosa de Nadia y los demás-, graba mi voz para que quede constancia del nombre de los hombres y mujeres que estamos haciendo historia el día de hoy –un pitido metálico me respondió, indicando que el ordenador había entendido mi orden-. La piloto Nadia Koralov, el oficial de comunicaciones Jamal Hossler, la oficial médico Indira Matsumoto y el comandante Arkimides Epson iniciamos la maniobra de entrada en la atmósfera de Mirmidón 209.

No sólo éramos dos parejas, sino una familia. Nos queríamos todos y nos respetábamos y conocíamos más allá del organigrama militar. Jamal e Indira eran como mis hermanos menores. En aquel tiempo pensaba que serían siempre dependientes de mi, como chiquillos. Sin duda, los subestimaba.

Tan jóvenes, tan llenos de vida estábamos, que comenzamos a aplaudir y a gritar, mientras la Mesías, de un vuelo calmado hasta la fecha, comenzaba a moverse y agitarse nerviosa y violenta, mientras traspasaba la atmósfera de aquel planeta extraño.

La entrada fue más turbulenta de lo que esperábamos. Entramos en Mirmidón 209 por una zona que se encontraba en plena borrasca. Las nubes tormentosas, los relámpagos y las rachas de vientos nos dieron una bienvenida que jamás podíamos haber esperado. Ni en el nivel más duro del simulador de pilotaje de la Academia se daban circunstancias tan extremas. Aquello, más que una tormenta, parecía un huracán.

Pero ni un huracán extraterrestre podía con nosotros. Sin nervios, logramos controlar la nave y hacerla aterrizar en un claro. Todo aquello era una temeridad, pero éramos los mejores y lo sabíamos. Estaba tan orgulloso cuando aterrizamos.

Todos los estábamos.

Ninguno nos dimos cuenta, entonces, que en aquel momento había ocurrido algo que precipitaría todo un mes después.

Solo necesitamos un mes para explorar Mirmidón y asegurar que era, sin lugar a dudas, Edén. Sus violentas tormentas se disipaban rápidamente y dejaban a la vista un bellísimo y fértil planeta boscoso, con montañas, grandes lagos de agua dulce aunque con altísimos contenidos minerales y mares salinos. El aire era respirable, aunque de tan limpio, lo sentíamos frío y duro en nuestras gargantas. La fauna era, en general, tranquila e inofensiva. Hicimos análisis, experimentos y comprobaciones. Aquel planeta era como debía haber sido la Tierra hacía millones de años. Era nuestro Edén.

Un día, en el pequeño campamento que habíamos construido a los pies de la Mesías, celebramos una fiesta donde corrieron las bebidas excitantes, los besos, las canciones y los bailes. A medianoche, Indira y yo, decidimos, como indicaba el procedimiento subir a la nave e iniciar la secuencia que mandaría una señal a través del espacio con todos los datos necesarios de Edén hacia la Tierra. Y después, empezaríamos a vivir allí, esperando la llegada de los primeros colonos.

-No funciona, Ark –recuerdo nítidamente la voz de la joven afrojaponesa y sus ojos rasgados en aquel rostro moreno mirándome fijamente. La miré, interrogándola.

-¿Qué  no funciona, Indira?

No funcionaba nada. Nadie había comprobado aquel sistema tras el aterrizaje y con los golpes y la entrada en la atmósfera se había debido averiar. No teníamos señal con la Tierra ¿De qué servía encontrar el Edén si no podrías avisar a la humanidad? ¿Estábamos fracasando?

Me negué a pensar y pensé operativamente.

-¿No puedes arreglarlo?

Indira hizo sus comprobaciones con el ordenador. Fueron minutos muy tensos que pasaron con una lentitud enloquecedora. Hasta que negó con la cabeza.

-Mesías, instrucciones ante una avería del sistema de comunicación Señal.

Una voz metálica respondió por los altavoces de la sala de comunicaciones.

-Las instrucciones del programa Mesías en caso de no poder enviar Señal a la Tierra son: despegar e iniciar el regreso. Toda la tripulación deberá viajar, ante la alta posibilidad de que un porcentaje alto de la tripulación no aguante la travesía. La Señal y su contenido deben llegar a la Tierra a cualquier precio.

El silencio inundó la pequeña sala y nadie osó romperlo. Vi hundirse a Indira; sus lágrimas, que resbalaban en silencio por sus mejillas oscuras, me atravesaron el alma,pero nos habían entrenado para llevar una última esperanza a la humanidad. No podíamos fracasar, solo porque nosotros ya hubiéramos estado soñando con tener un nuevo hogar.

-Indira, sal fuera y reúne al resto –apenas podía articular palabra, mi aparato fonador parecía negarse a emitir las palabras que mi sentido del deber ordenaban-, habrá que preparar el despegue para …

-¡No! –chilló como una pequeña al borde del pánico- No, Ark, no podemos irnos, ¿no te das cuenta? Nosotros hemos cumplido: nuestra misión es empezar a vivir aquí. No podemos volver a pasar otros diez años aquí metidos, perderemos la oportunidad de fundar nuestras familias, de disfrutar Edén, de tener hijos… No podemos perder nuestra oportunidad de tener una vida.

Ark la miraba y sintió lástima. Entendía el razonamiento de su segunda de a bordo, pero era sencillamente inadmisible. Para eso les habían formado, no para que se derrumbaran. Sí, el sacrificio era infinito –no podía dejar de pensar en Nadia, y en los sueños que se iban a romper-, pero no tenían elección. El reglamento indicaba que cuando un oficial entraba en pánico, debía aumentar el tono protocolario.

-Oficial Matsumoto, le ordeno que…

Indira se levantó y salió corriendo por el pasillo. Oí sus sollozos hasta que salió de la nave al exterior.

Por primera vez en mi vida, desde que viendo los canales de telerrealidad virtual soñaba con ser astronauta y explorar el universo, desee ser un hombre normal que hubiera respirado toda su vida el aire contaminado y levantando la cabeza hacia el cielo solo para ver la Luna.

Cuando salí de la nave, mi tripulación ya se había enterado. Entre lloros, les di unas concretas instrucciones. Esperaba que, con ellas, se mantuvieran alejados de otros pensamientos. Al terminar, me acerqué a Nadia.

-Nadia, cariño –no quiso mirarme directamente; aquella actitud me hirió en lo más profundo. Intentaba consolar a todos, pero ¿quién lo hacía conmigo? Ni siquiera Nadia parecía tener hueco para mi aquella noche. Me sentía, en cierto modo, traicionado-. Mírame, por favor. Debes entender que lo mismo que sentís vosotros, lo siento yo. Aún más, porque soy yo quién debe ordenar que regresemos.

Sus ojos azul verdosos, profundos, infinitamente tristes, se clavaron en los míos. Su voz dulce, ahora ronca por los lloros, me escupió.

-Entonces, ordena que nos quedemos aquí.

Me quedé petrificado. ¿Qué les pasaba a todos? Era normal la tristeza, la rabia, pero habíamos sido entrenados para esto. Me sentí aterrado e infinitamente solo. En aquel momento perdí a Nadia, aunque no lo supe hasta después.

-Eso sería traición –me siento culpable de mi reacción, de la dureza que adquirió mi voz. Como siempre, refugié mis sentimientos en mi estricta formación militar-. Sería fracasar y condenar a nuestra especie a la extinción. Puede que eso ocurra finalmente, pero no será porque Arkimides Epson no lo haya intentado hasta el final.

Nadia explotó de nuevo en sollozos y se abalanzó a mis rodillas.

-Nada se extinguiría, si ordenaras que nos quedáramos, Ark. Tendríamos hijos y ellos refundarían la Humanidad. Mesías tiene protocolos para iniciar una especie de la nada con dos parejas, tú yo los hemos visto.

Aquellas palabras me repugnaron. Ahora, con el tiempo, veo que tenían todo el sentido. En aquel momento, la aparté de mis piernas de un empellón y salí corriendo de allí. Incapaz de contener la furia.

Fueron Indira y Jamal los que me detuvieron, un minuto después.

-Ark, tenemos que hablar.

-No, Indira, no hay nada más que hablar. Debéis cumplir las órdenes, nada más.

-Sabes muy bien que esta vez no es tan fácil… Te conozco, Ark, sé que a ti te duele más que a nadie esta situación –aquellas palabras, que tanto necesitaba, el que reconocieran mi dolor, estuvo a punto de ablandarme-. Eres el más mayor y sabes que tienes más probabilidades de no aguantar el viaje.

Eran cosas que había pensado, obviamente, pero que no podía permitirme escuchar. Si volvíamos, el sueño de formar una familia con Nadia también se esfumaba. Era tan cruel el destino.

-¿Tú qué piensas, Jamal?

El pequeño hombrecillo respondió con la cabeza gacha. Era un genio, pero estaba profundamente enamorado de Indira. Si Indira decidía regresar, él lo haría. Si Indira decidía bañarse en una cubeta de ácido, él iría detrás.

-No podemos irnos –fue casi un titubeo.

-Indira, de verdad ¿crees que eso sería lo correcto? ¿Debemos abandonar a su suerte a toda nuestra especie, a la gente que confió en nosotros para devolverles la esperanza en que algún día sus nietos podrían vivir? ¿Debemos negarles toda esperanza?

Indira negó con la cabeza.

-¿Es lo correcto quedarnos nosotros sin vida? ¿Es lo correcto condenarnos a nosotros, a Nadia, a ti mismo?

-Me estás hablando de cuatro personas, Indira; yo te hablo de miles de millones,. No es comparable. Además, nosotros somos militares, Indira, nos presentamos v luntarios y aceptamos el riesgo.

-Éramos unos críos, Ark. Nosotros por lo menos. No nos podíamos imaginar esto.

-No me jodas, Indira. ¿Te podías imaginar que podrías morir en un accidente espacial y esto no?

-No después de haber conocido Edén, Ark. No después de vivir esto -sus manos señalaron a su alrededor.

-Preparad la nave para despegar mañana a primera hora, oficiales Matsumoto y Hassler –volví a recuperar el mando. Mi voz sonó firme, como jamás había necesitado serlo en aquella década de expedición.

-¿Y si no?

-Os detendré por desertores.

Los dejé allí, sin darles opción a responder. Agobiado por la situación y sitiado por temores que me podían hacer caer, centré todos mis pensamientos en cumplir las órdenes y evitar un motín. Me armé con una pistola no letal de descargas Beta y me encerré en el puente de mando del Mesías para evitar sabotajes. Despegaríamos a la mañana siguiente, costara lo que costara. Aquella era mi obsesión: despegar. Si lo lograba, estaba convencido de, que en pocas horas, todos recuperarían la cordura.

Me debí quedar dormido. Lo siguiente que recuerdo es que alguien intentaba entrar en la nave. Estaba aporreando una de las compuertas exteriores como un poseso. Me desperté sobresaltado. Encendí varios monitores y observé a Jamal. Aquel hombrecillo estaba como loco. Gritaba mi nombre como un poseso.

-Comandante, Ark, por lo que más quieras abre la puerta. Te necesitamos–aullaba como un perro-. ¡Es Nadia!

Aquellas palabras me sacaron de mi letargo. Abrí la compuerta y salí corriendo hacia él.

-Serénate y dime qué ocurre.

Jamal apenas podía respirar. Articuló algunas palabras: Nadia, almacén,… No necesité más, salí corriendo hacia un pequeño pabellón que hacía de almacén en tierra. Entré, vi a Nadia frente a mí, llorando, y después llegó la negrura.

Me debió golpear Indira. Fue de una precisión quirúrgica. Me dejó sin sentido al instante. Cuando desperté, el dolor aguijoneaba la nuca. Intenté levantarme, pero estaba esposado a uno de los postes que mantenían el pabellón.

-Tranquilo, comandante.

Era la voz de Indira. La líder del motín, sin suda. Nadia y Jamal estaban tras ella, visiblemente afectados.

-¿Qué estás haciendo, Matsumoto? ¿Te has vuelto loca? –la oficial de comunicaciones sonreía- ¡Estás iniciando un motín! –miré hacia Nadia y Jamal- Lo habéis oído bien, un motín con el agravante de agresión. Vosotros aún podéis entrar en razón y detener esta locura.

-No lo entiendes, Ark –inició Indira-, ellos ya han entrado en razón. Eres tú, el que no quieres verlo. Por eso hemos tenido que hacer esto, comandante. Jamás te habría hecho daño, pero lo he hecho para evitarte más dolor. Para evitar que comentas el mayor error de tu vida.
-No os comprendo, a ninguno. A mi también me gustaría quedarme a vivir aquí. Cumplir nuestros sueños. Pero tenemos una misión. La misión de nuestras vidas. Juramos cumplirla a toda costa…

Los tres negaron con la cabeza.

-Eres tan cabezota, Ark, no me extraña que Nadia esté locamente enamorada de ti. Desde que te conozco, nunca he encontrado otra palabra mejor para describirte que la de héroe. Pero no puedes exigirnos que todos seamos como tú.

-Entonces, ¿por qué no habéis aprovechado la noche para huir? Os habrías quedado en Edén y yo tendría que haberme ido solo.

Indira suspiró y me miró con un cariño que solo había visto en los ojos de mi madre cuando era apenas un bebé.

-Ark, si te hubiéramos abandonado, habríamos muerto de dolor. Los tres te queremos como un padre, Nadia más, claro está, pero eres una pieza fundamental en nuestra vida. Durante diez años has estado a nuestro lado, levantándonos cuando flaqueábamos, consolándonos cuando la inmensidad del espacio nos angustiaba, jamás nos pediste ayuda ni consuelo, pero si nosotros te necesitábamos, estabas allí –las lágrimas resbalaban por las mejillas de Indira-. Ahora, nosotros queremos hacer lo mismo contigo. Edén, nuestra vida aquí, no tendría ningún sentido sin ti. Eres nuestro mundo, Ark.

Aquel corto monólogo disparó una cantidad de imágenes en mi cabeza. Recuerdos de los últimos diez años, de cómo había intentado calmar y cuidar de aquellos chicos encerrados en una nave de cuatrocientos metros de eslora.

-Indira, entonces ¿por qué no volvemos todos juntos?

-No lo haremos, Ark. No pienso, y Nadia y Jamal están conmigo, desperdiciar nuestras vidas para nada. Edén ha sido encontrado y nuestro trabajo es empezar a vivir aquí.

-Indira Matsumoto quedas arrestada por traición, motín, agresión a un oficial e instigación a la rebeldía – apreté mi mandíbula hasta sentir dolor. Decir aquellas palabras me rompió en lo más interno. Miré a Nadia y Jamal-. Oficiales, deténganla.

Nadia no pudo soportar aquella escena y salió llorando del almacén. Algo se quebró en su interior, aquello la estaba matando. Jamal e Indira me miraron y salieron.

-Ark, vamos a inutilizar la Mesías. Dentro de un tiempo, nos lo agradecerás.

Grité, lloré, aullé. Los peores insultos que jamás oí, las amenazas más crueles brotaron de mi boca hasta la extenuación. Debí estar gritando como un perturbado durante horas. Hasta que caí desfallecido. Me dolían la cabeza golpeada, las muñecas engrilletadas, el corazón traicionado.

Hasta que sentí su mano en mi mejilla. Abrí los ojos y allí estaba ella. Como una aparición maravillosa y hermosa, a pesar de las ojeras que presentaba, los surcos resecos de lágrimas en sus mejillas y sus ojos enrojecidas.

Me soltó.

-Ark, no puedo hacerte esto. No puedo –me abrazó y me besó-. Yo habría regresado contigo. Habría pasado mi vida contigo, aunque hubiera sido en esa hojalata de Mesías.

-Entonces, hagámoslo, cariño. Cumplamos con nuestro deber y… -ella bajó la mirada. Lo recuerdo como si estuviera ocurriendo ahora.

-Es tarde, están destruyendo Mesías, Ark.

-¡No!


Lamento no haber prestado más atención a ella. No haber saboreado el amor que destilaba. Estaba tan absorbido por la traición, por evitar que destrozaran Mesías, que no entendí el sacrificio que hacía aquel ángel rubio. Por mi.

La aparté y fue hacia un pequeño terminal del ordenador que había en el almacén.

-Mesías, situación de la nave.

La archiconocida voz metálica respondió.

-La Mesías está bajo cierre de seguridad manual.

-¿Qué haces, Ark?

-Situación de los oficiales Matsumoto y Hossler.

-Enel interior de la nave. Matsumoto en la sala de generadores. Hossler en el puente de modo.

-Sucios traidores.

-¿Qué demonios vas  a hacer, Ark? –Nadia me agarró del brazo. De un manotazo la aparté.

-Mesías, mecanismo de esterelización.

-Imposible de realizar. Comando de seguridad activado. No se cumplen requisitos de utilización.

-Describa comando.

-El mecanismo requiere que toda la tripulación esté fuera de la nave. El gas Z-Heklion es mortal hasta para seres humanos –aquella aplicación se había diseñado para gasear toda la nave durante horas y eliminar virus, bacterias, patógenos y pequeñas plagas animales. No supe por qué pensé en él de forma tan automática.

-Denegación de comando. Comandante Arkimides Epson, número 6327-ETS.

-Esterilización operativa.

-¿Te has vuelto loco? ¿Les vas a matar? ¡Dales al menos un aviso!

-Apártate, Nadia, hazme ese último favor.

Nunca me he arrepentido de nada, más que de aquellas palabras. Y de la siguiente: Ejecutar.

En los diez años siguientes he intentado imaginarme cómo debieron sentirse Indira y Jamal cuando sintieron ese gas verdoso, que tardó un día entero en eliminar el sistema de ventilación del Mesías, envolverles y adentrándose por sus conductos respiratorios. La sensación de ahogo y envenenamiento. El terror, los espasmos. Solo recuerdo lo retorcidos que encontré sus cuerpos, los rostros contraídos por el pánico y las asfixia. He tenido diez años para imaginármelo.

Cuando Mesías me informó que Jamal e Indiera habían fallecido. Me giré y Nadia no estaba. Corrí tras ella. La encontré en la escotilla del Mesías, llorando desconsoladamente y sintiendo haber sido la causante de la muerte de sus dos compañeros.

-Has hecho lo correcto, Nadia- le dije estúpidamente.

En aquellos dos malditos días, que he repasado hasta la extenuación, nunca supe prever las reacciones de mis compañeros. Me ha resultado especialmente doloroso reconocer que conocía a Nadia lo suficientemente bien como para haber anticipado su reacción, pero no supe hacerlo. Nadia jamás habría superado aquello.

Se abalanzó sobre mi, intentado coger mi arma no letal. Escogí ese arma porque no quería, bajo ningún concepto hacer daño a nadie. Porque les quería. Porque eran mi familia.

Instintivamente intenté defenderme y le dejé coger el arma. Qué estúpido fui.

Nadia jamás me iba a disparar. Se metió el arma en la boca, lo más adentró que pudo. Y disparó una descarga a máxima potencia. Ése arma era no letal si se disparaba contra alguien, pero disparada dentro de la cavidad craneal era otra cosa.

Las lágrimas de Nadia se convirtieron en sangre. Sangre que salió de sus ojos, de su nariz, de sus oídos.

Despegué intentando dejar todo aquello atrás. Convencido de que cumplir la misión, de que regresar a la Tierra como un mesías, como el que daba nombre a mi nave, y traer la nueva de un nuevo mundo daría sentido a mi vida.

Diez años, soportando los remordimientos, los recuerdos y la soledad, encerrado en una nave rodeado de vacío. Diez largos eternos años, recordando los diez precedentes, rodeado de mi amor y mis amigos. Nunca creí en las viejas religiones hasta que comencé a vivir mi infierno personal. Estudié todas las creencias ascentrales de mi planeta. No sé si porque me creía el enviado de un dios que venía a salvar a la humanidad o si porque necesitaba redención.

Aguanté. Luché por no quitarme la vida.

Hasta hoy. Hasta que Mesías me despertó para indicarme que la Tierra estaba en la visual debía estar en la visual del puente de mando.  Y fui corriendo, envejecido, con mi melena canosa al viento.

Y lo vi.

La Tierra no estaba donde debía, pero no había error posible. Mesías había calculado su órbita para coincidir, pero ahí no estaba mi planeta. En su lugar, había un pequeño campo de rocas inertes, oscuras, flotando en la inmensidad del vacío, como un disperso memorial sin inscripción de un cataclismo sin registrar, un gigantesco cementerio flotando en la nada.

Constaté que el infierno es eterno.

Y grité.

Por: David Yagüe

Y además...

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