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Historias Asombrosas: Relación convencional

el  Lunes, 30 April 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

Solo.
“Mejor solo que mal acompañado”.
“El que come solo, muere solo”.
“Un sabio y un tonto, saben más que un sabio solo”.
Lanzo el libro de refranes lo más lejos que puedo, lo que tampoco es mucho. Oigo como el lomo golpea contra el metal y sonrío.
Solo.
Tal vez no tan solo.
-Hola, computadora.
-Hola, Mickel.
No me gusta como pronuncia mi nombre, y no solo me refiero al ruido metálico que acompaña cada sílaba. Lo dice con desdén, como si estuviera cansada.
-¿Qué tal estás?- pregunto sintiéndome al instante un poco estúpido. ¿Cómo quiero que esté? Por Dios, es solo una maldita máquina.
-Bien, gracias- siempre ha sido una computadora la mar de agradable. Excepto cuando pronuncia mi nombre.- Mickel, ¿deseas algo?
Está enfadada conmigo, lo sé, se lo noto. Quizás ayer me pasé con ella. Me asomé a la ventana de la nave y me quedé mirando el oscuro mundo de estrellas que nos rodea desde hace meses. Luego dije: “¿Acaso hay algo más hermoso que la luz de una estrella?”. Ella no contestó, pero sé que le sintió mal que halagara algo más que su inteligencia y abstracta belleza. No lo hice a posta, siempre he sido un poco torpe con las mujeres. Incluso cuando el género femenino se reduce únicamente a una voz sensual y estimulante.
¿A qué genio se le había ocurrido dotar de personalidad femenina la voz de aquella computadora? Si fuera un tono de hombre habría podido hablar horas y horas sobre películas del oeste y sobre partidos de fútbol míticos. Pero con una mujer… ¡Malditos científicos!
-Estoy aburrido- digo.
-¿Quieres que veamos una película?
Inmediatamente después de proponerlo, una pantalla brota del techo y se desliza a mi espalda sobre la pared principal de la nave. La luz va bajando de intensidad delicadamente, sumiéndonos en una oscuridad que parece fundirse con la del exterior.
-¿Qué podemos ver hoy?- pregunto indiferente.
-¿Qué quieres ver?- dice su voz fría y distante.
-¿Algo de Clint Eastwood?
Tarda un minuto en responder, y cuando lo hace no tiene buenas noticias.
-“Los puentes de Madison”.
-¿Qué? ¡No, por favor! ¿Por qué?
-El resto ya las has visto.
-¿Todas?
-Todas- confirma.- Solo queda esta. “Los puentes de Madison”.
-No puede ser- protesto.
-Según la base de datos la puntuación media que obtiene esta película es de… cuatro estrellas y media sobre un total de cinco.
-Me da igual, no quiero verla.
-Parece buena- contesta con su voz impersonal de femme fatal.
-Solo lo parece. Clint Eastwood nunca debió hacer esa película romántica. ¿No tienes “Space Cowboys”?- pregunto.
-¿Otra vez?- dice ella en un tono de voz neutro bajo el cual puedo adivinar un ligero toque de desidia.
-Me gusta “Space Cowboys”. Tiene aventuras, y humor…- argumento de manera poco convincente.
-Pero ya la hemos visto siete veces.
-¿Tantas?
-Siete veces- repite.
Me parecen demasiadas veces incluso para ser una película de Clint Eastwood. Nunca me canso de verle en acción, aunque tal vez una octava vez de su increíble odisea espacial sea demasiado. ¿Cuánto tiempo llevo encerrado en esta nave? ¿Cinco meses ya? ¿O voy camino de los seis? Muchos días, en todo caso. Muchas horas. Infinidad de minutos.
-¿Quieres que la ponga de todas formas?
Menos mal que está ella.
-No, déjalo. Tienes razón. Ya me la sé de memoria.
-¿Y “Los puentes de Madison”?
-No, tampoco. Es más, destrúyela si quieres.
-Preferiría no hacerlo.
-¡Pues no lo hagas!- grito enfadado.
Estoy al menos diez minutos en silencio, escuchando únicamente el sonido rugiente del motor de la nave. Sigo a oscuras en esta perpetua noche de silencio e infinito. Enfadado con la compañía espacial que me convenció para realizar esta bien remunerada misión, enfadado conmigo mismo por haber aceptado la oferta, enfadado con la maldita computadora y con su silencio sepulcral. Y con Clint Eastwood por haber hecho una película junto a Meryl Streep.  
-¿Puedes encender las luces?- digo al silencio sintiéndome solo un poco más estúpido.
La luz sube de intensidad lentamente hasta alcanzar unos niveles óptimos de visibilidad.
-¿Estás mejor?- pregunta ella en un tono de voz en el que quiero imaginar paternalismo.
Me hago el duro y no le contesto, aunque estoy tentado de abrazar el panel de mandos y llorar sobre el improvisado hombro de su palanca de aceleración atómica.
-¿Puedes poner música?
Lo hace, primero una canción típica de ascensor monótona y sin personalidad. Le digo que cambie el estilo y se dedica a ponerme una serie de canciones románticas escogidas. Lo hace a posta, creo que intenta decirme algo. ¿No se estará enamorando de mí? La verdad es que llevamos mucho tiempo compartiendo un montón de cosas, difuminando la soledad del otro con nuestra mutua compañía y…
Dios, debo estar volviéndome loco. ¡Es una máquina!
¿Y si soy yo el que se está enamorando de ella?
Freno este pensamiento al instante.
-Para la música- ordeno.
Ella se lo toma con calma, quita la música pero no sin antes dejar que termine un viejo tema de Lennon particularmente dramático.
-¿Jugamos a algo?- le digo.
-¿Póquer, backgammon, damas…?- recita.
-¿Ajedrez?- propongo.
-Ajedrez. De acuerdo.
La pantalla del ordenador se enciende y deja ver unas letras verdes que parpadean incesantemente. Introduzco el código con el desgastado teclado y el monitor muestra un tablero de ajedrez virtual.
Jugar con ella es todo un reto, su ingenio autómata hace que siempre alcance la victoria aunque casi haya acabado con el resto de sus piezas. Un nuevo capítulo de la eterna lucha del hombre contra la máquina. Eterna y desigual, ya que nunca la he ganado hasta el momento.
Comienzo moviendo el peón C-2 a posición C-3, ella saca a pasear su caballo en su habitual forma de L. La partida sigue los derroteros típicos, pensando cada jugada el tiempo necesario (precisamente ‘tiempo’ es algo que nos sobra), y comiéndonos piezas mutuamente. Sin embargo la batalla se vuelve encarnizada cuando como su caballo con la aviesa reina que sirve entre mis filas. En dos movimientos ella se ventila una de mis torres y un peón que se acercaba peligrosamente a su lado del tablero. Sudo copiosamente como siempre que veo esfumarse las posibilidades iniciales de ganar, y maldigo de manera blasfema cuando mi reina es engullida a manos de la suya. Estoy perdido, y ella lo sabe, pero aún así sigo la lucha hasta el final.
Incomprensiblemente soy capaz de comerme a su reina con uno de mis caballos, que muere en la siguiente jugada por un malintencionado peón de los suyos. Estamos de nuevo en igualdad de condiciones, y me sorprendo a mí mismo dándole jaque con un alfil al movimiento siguiente. Ella mueve el rey, yo presiono con la única torre que me queda. No me lo puedo creer. Doy jaque mate. He ganado.
Me levanto de la silla de un salto, grito al aire que soy el mejor, que he sido capaz de vencer al procesamiento matemático de una máquina. Me siento como Kaspárov, como Kárpov, o como cualquier otro ajedrecista soviético cuyo nombre termine en ‘ov’. Me siento el amo del universo, miro por la ventana y le grito a las estrellas que la he ganado. Ella por fin ha perdido. Soy un vencedor.
¿O tal vez…?
Mi alegría repentinamente se transforma en malicia.
-No me habrás dejado ganar, ¿verdad?
-No…- dice ella.
No la creo, de nuevo intuyo que me está tomando el pelo y me siento fatal por haber pregonado al espacio exterior mi superioridad frente a la computadora.
-Dios, no me lo puedo creer.
-Creía que te haría sentir mejor.
Sí, como siempre. ‘Lo hice por tu bien’, ‘Supuse que te gustaría’, ‘No te lo tomes así’. Humillación, siempre humillación. Y rabia. Mucha rabia. No la he ganado, quizás nunca lo consiga. ¿Cuánto falta para que me devuelvan a la Tierra y otro tipo me sustituya en esta misión alienante? Mierda. Ella vuelve a ser más inteligente y yo un capullo que se lo cree todo.
-Vete al infierno- digo mientras corro a la cama y me envuelvo entre sus sábanas.
-Pero Mickel…- dice ella. Mi nombre pronunciado por esa voz sigue sonando terriblemente mal, aunque puedo intuir algo parecido a humanidad tras el murmullo metálico.
Estoy enfadado con ella y ni la respondo ni la hago el más mínimo caso. No volveré a tratarla jamás como a una persona, sino como a la terrible maquina impersonal que realmente es. La terrorífica computadora que intenta que vea películas románticas, que me pone canciones tristes y que me deja ganar al ajedrez. Tal vez incluso la desenchufe, como gran castigo hacia su humillante desfachatez.

Despierto entre las arrugas de la sábana. Cojo del suelo el maltratado libro de refranes y lo ojeo con parsimonia.
Solo.
“Mejor solo que mal acompañado”.
“El que come solo, muere solo”.
“Un sabio y un tonto, saben más que un sabio solo”.
-Hola, computadora- digo.
Y me siento mejor.

Por: Miguel Martín Cruz

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