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Historias Asombrosas: Respira

el  Lunes, 07 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

Respira...respira...aguanta un poco más...mantén la esperanza...
Es imposible saber si voy a poder agarrar la antena. Por más que lo mire no hay forma de calcularlo. Es lo malo del espacio, la falta de referencias hace que sea más difícil distinguir el tamaño y la distancia de las cosas.
Estoy cansado de mirar fijamente. Estoy ansioso y eso no es bueno. Voy a cerrar  los ojos un momento y trataré de recuperar la calma.
Respira…respira hondo y relájate…
No voy a sacar nada bueno de estar tan  nervioso, no puedo hacer otra cosa que esperar. Tengo que tranquilizarme.
Abro los ojos de nuevo…
Se llenan del azul de la Tierra. Nunca la vi tan inmensa, tan bella, tan terrible.
Ideas extrañas empiezan a acudir a mi mente. ¿Y si hago un agujero en el traje y me impulso con el aire que salga de él? Creo que lo vi en una película. ¿Podría quitar algunos de los cables no esenciales del traje y usarlos como un lazo?
Respira…
Sabes que todas esas ideas absurdas no harían más que matarte. Recuerda los entrenamientos. Concéntrate en tu única posibilidad…la antena.
Respira…
Puta niña, no me lo quito de la cabeza. ¿Qué clase de pregunta es esa para una niña de siete años? Recuerdo el colegio, las miradas de admiración de los niños, las preguntas ingenuas que nos hacían. Hasta que llegó el turno de la preciosa niña Maggie. “Señor astronauta, si no me equivoco nunca ha muerto ninguna persona en el espacio exterior, ¿verdad? ¿Cree usted que, si muriera, su alma encontraría el camino al cielo, o se convertiría en una especie de Zombi o peor, un espíritu errante?” En aquel momento nos hizo mucha gracia la pregunta. Ahora no me la hace tanto. No después de lo que he visto.
La antena sigue avanzando hacia mí. No puedo hacer nada para cambiar la trayectoria. Solo puedo estirar el brazo todo lo que pueda y tratar de agarrarme a la vida.
La mente es algo extraño, no se puede controlar los recuerdos que saca a la luz desde lo más profundo de nuestra memoria. Ahora me acuerdo del orgullo de mis familiares cuando supieron que había sido aceptado en la NASA, del duro entrenamiento, de los compañeros y amigos que tuve en la academia, de los nervios el día del lanzamiento. Incluso me llegan recuerdos de los días en que estudiaba ciencias en el instituto y soñaba con ser astronauta. En aquella época tenía un libro que me regaló mi abuelo y que leí hasta que las hojas quedaron destrozadas por el uso. Recuerdo muy bien la portada, con aquel astronauta saludando a la cámara mientras flotaba en el espacio. Aprendí de memoria cada capítulo. Como era una capsula espacial, el viaje a la luna del Apolo XI, e incluso uno en el que se detallaban los peligros del espacio. Es gracioso, cuando tienes catorce años incluso lo malo te parece atractivo.
¿Cuáles son mis opciones? Mi mente científica no me deja perder el contor y repasa lo que sabe del tema.
Si el traje falla por su exposición demasiado prolongada a las radiaciones o las extremas temperaturas del exterior, moriré congelado al despresurizarse el traje mucho antes de quedarme sin oxígeno.
Si por el contrario el traje aguanta, llegará un momento en el que el aire se terminará, aunque mucho antes espero que los bajos niveles de oxígeno y las altas dosis de nitrógeno me dejen inconsciente y no sea consciente de mi propio ahogamiento.
Si antes de que pase todo eso entrara en la atmósfera de la Tierra, me quemaría vivo por la fricción al producirse la reentrada.
En cualquiera de los casos, al estar orbitando la Tierra, en algún momento mi cuerpo sin vida entrará en la atmósfera y formará una breve y diminuta estrella fugaz. Tan pequeña que no podrá ser percibida por nadie a simple vista. Si lo piensas es muy poético. Poético y terrible.
Pero todo eso será solo si no alcanzo la maldita antena.
Ya queda poco, unos segundos más y tendré mi oportunidad. Un instante, solo eso, un segundo del que depende todo.
Todo pasó tan rápido que casi parece mentira. El accidente con los depósitos de combustible, la muerte de Collins…su vuelta a la vida. Los asesinatos que siguieron después, la angustia de no saber qué hacer, no tener donde huir y ver como todos tus compañeros muertos vuelven a la vida para unirse a sus asesinos. Luego tuvimos una idea, salir fuera y despresurizar la nave. Así expulsaríamos a todos. Solo quedábamos Anccio y yo. Aparecieron en el último momento.  Desfigurados, muertos pero vivos, seres imposibles que no deberían existir. Sin embargo nos alcanzaron y despedazaron a Anccio en unos segundos. Yo salí despedido de la estación por la esclusa. Dentro no había aire pero a mis antiguos compañeros no parecía importarles a pesar de no llevar traje. Me quedé solo, a la deriva.
Me muevo lentamente, muy lentamente por encima de la estación  hacia el vacío. La tengo debajo, ¿o es encima?, pero no  puedo alcanzarla, solo flotar con ella, recorrer sus módulos mientras puedo ver a través de las ventanas a mis compañeros muertos como me siguen con la mirada. Si lograra agarrarme a la antena que sobresale al final de la estación, en la última arista del último modulo, podré llegar a la nave de escape. Podré  regresar a la Tierra e informar de lo que ha pasado aquí… pero si no… solo me espera el infinito y un destino como el de mis compañeros.
Vacía tu mente, ya estás ahí…respira…
Cinco segundos…la veo, voy a lograrlo
Cuatro…vamos, vamos…
Tres…
Dos…
Uno…es tuya, ¡vamos!
Estiro el brazo hasta que me duele, los dedos abiertos como si quisiera saludar a alguien. Toco la antena con la punta. La rozo y pasa de largo. ¿Que son dos centímetros? Nada, solo la diferencia entre mi vida y mi muerte.
Giro la cabeza y veo la estación que se aleja detrás de mí.
Me vuelvo de nuevo y ante mí, todo es azul. Desde luego son unas buenas vistas. No lo asimilo. Miro de nuevo a la antena que parece reírse de mi destino, inerte, inalcanzable, letal.
No lo soporto.
Grito como no he gritado en mi vida…
De repente quedo en silencio cuando recuerdo algo que aprendí por primera vez en aquel libro de mi abuelo.
En el espacio, nadie puede escuchar mis gritos.

Por: Juan Antonio Lucas Gorosabel

Y además...

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