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Historias Asombrosas: Simbiosis

el  Domingo, 29 April 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.
Mire por el cristal que mire, el espacio es un profundo telón negro de silencio. Los ojos de buey, lo mismo que la ventana de la cabina de mando, solo me muestran esa nada.  El piloto automático sigue un rumbo prefijado, no sé cual de todos los posibles. Me muevo casi inconscientemente, encerrada en esta nave convertida en enorme catafalco metálico. ¿Cómo llegamos a esto? Todo iba tan bien, tan rutinario. Regresábamos a casa, una vez concluido nuestro turno rotatorio y sustituidos por la Aquilonia en la tarea de mantener el flujo de mercancías y viajeros entre ambas colonias. Este gran contenedor con estabilizadores, ya vacío, puso proa hacia la base para su periódica revisión mientras nosotros acomodábamos nuestras mentes  en la idea de unas merecidas vacaciones. El tiempo corre, ya llevo dos años de servicio como copiloto en esta astronave, la Gorgona. Que lleno de ironía parece ahora este nombre.
                                                                          I- El incidente
Todo empezó con el impacto de radiación que nos alcanzó de pleno, setenta y dos horas después de iniciado el regreso. Nunca habíamos visto nada igual en el camino tantas veces recorrido. Posteriormente, empezamos a llamarle al evento "la inmersión", pues nos sumergimos en el interior de una nebulosa invisible pero detectable por los instrumentos de medición, antes de que dejasen de funcionar. No eran rayos gamma, ni rayos X, ni ultravioleta, nada, como un pedazo de otro universo deambulando por el nuestro conocido. Una tremenda sobrecarga acabó con todo el sistema y nos regaló a los cinco tripulantes un horrible y punzante dolor de cabeza. Dover nos escaneó a conciencia pero, aparentemente, el impacto no nos había afectado físicamente. El dolor desapareció con un par de aspirinas.
De hecho, no le concedimos en principio demasiada importancia y soportamos estoicamente durante un par de días las pequeñas incomodidades cotidianas, hasta que Pitbull y Jefferson consiguieron restablecer los sistemas básicos. Yo y Xavi, el piloto, también comprobamos que los sistemas de vuelo y navegación  permanecían intactos. Solo la comunicación exterior continuaba dañada y no respondía de ningún modo. A nadie le gustó que su único apoyo moral y cordón de unión con el mundo quedase temporalmente suspendido. En ocasiones les he visto a través de la ventanilla de la puerta de su habitáculo, totalmente concentrados en la pantalla ocupada por el rostro o rostros añorados, charlando, escuchando, sonriendo. No importaba la lentitud de la señal o las momentáneas desconexiones, sabían que sus familiares volverían en cualquier momento. Pero desde la inmersión, el vínculo se había roto. Dover echaba en falta a sus hijos y nietos, Jefferson y Pitbull a sus compañeros y vástagos, Xavi, a su chica. Yo no tengo ni mascota, pero intuía que deseaban llegar pronto a casa, que la carencia de la pequeña comunicación diaria les incomodaba.
Durante el entrenamiento diario en el gimnasio, cada uno permanecía en su máquina, abstraído, al igual que en la sala común a la hora de las comidas. Y yo me preguntaba si entre las causas del decaimiento de mis camaradas se encontrarían también las pesadillas recurrentes. Porque desde la inmersión, me asaltaba durante el sueño una inquietante visión. Mi mente me mostraba la forma de lo que se había lanzado sobre nosotros. Una enorme red venosa, con un leve tinte cobrizo y metálico, casi invisible en la negrura espacial, permanecía rabiosamente pegada sobre toda la estructura exterior de la nave. Nada podía salir y nada podía entrar, porque aquello era imposible de atravesar por nada de este mundo. Su textura, dura pero maleable, fría pero viviente, destilaba ajenidad absoluta. La idea de estar rodeada completamente por aquello me aterrorizaba de tal modo, que siempre acababa abriendo los ojos del ansia de apartar de la vista semejante engendro.
Al cuarto día decidí pedirle a Dover algún somnífero. Me miró extrañada y me explicó que no era la única que había realizado tal petición, preguntándome en qué consistían esas pesadillas que me atormentaban. Tras escucharme con atención, decidió convocar una reunión urgente para hablar sobre la situación. Las charlas excepcionales siempre debían dejarse para el fin de la jornada, una vez terminados los trabajos y antes de la cena. Tal vez por ser la de más edad, la médico de a bordo actuaba un poco como una madre, controlando y vigilando cada dos por tres el comportamiento de sus inmaduros retoños, o sea, los demás. Con su legendaria persuasión, no tardó en sonsacarnos el motivo central de la pesadilla que había provocado tan repentina demanda de somníferos a su puerta. Todos admitimos que tal coincidencia era tan extraña como la falta de comunicación, la cual, por desgracia, explicaba perfectamente. No era un sueño, era la realidad captada mediante una experiencia extracorpórea.
-Bueno, vale, todos lo hemos visto- admitió Pitbull- Pero si llegamos con Eso, no nos dejarán aterrizar en la estación espacial. Nos pondrán en cuarentena, orbitando en la zona más exterior.
-Ya lo sabes, grandullón, toda precaución es poca- le contestó Dover mientras tomaba asiento a la mesa- A estas alturas, no es tan preocupante pensar en que tendremos que esperar un poco más para volver con los nuestros, sino que esto tenga solución. Aunque ningún escáner  interno lo detecta, sabemos que es el origen del problema. Nos afecta psíquicamente. De ahí los terrores durante el sueño profundo, la ansiedad y los miedos injustificados. Todos hemos pasado los correspondientes test y pruebas de resistencia, pero por muy verosímiles que sean los entornos holográficos y uno sepa las causas teóricas, el estrés espacial se vive de diferente modo si realmente se sufre.
-Pero este es sin duda un caso especial- observé.
-Si. Ninguno de nosotros había tenido ningún episodio previo. Nuestros historiales están limpios. El fallo se inició en el momento de la inmersión. Esa es la causa. Debemos estudiar esta anomalía en profundidad y combatirla adecuadamente. Estoy segura de que entonces esta angustia desaparecerá. De todas formas, si el problema se revela irresoluble, recibiremos ayuda una vez alcancemos la estación.
-No creo que sea estrés espacial.
-¿Por qué, Pitbull?
-Porque he visto algo estando despierto.
-¿Una alucinación?
-¿Insinúas que me estoy volviendo loco?
-En absoluto. Pero los ritmos naturales de nuestros cerebros están alterados de algún modo. Las alucinaciones en estado vígil tal vez sean un síntoma de agravamiento.
El ayudante mecánico levantó su mole corporal, obviamente enfadado.
-Yo no estoy loco.
-Pero si alterado. ¿Lo que viste tenía sentido o no?
-Para mi si. Mi historial no es tan reluciente como el vuestro.
Se marchó a la sala de máquinas, dejando en su lugar un silencio espeso. Como bien dijo  Dover, éramos fuertes. Aquí en la Flota solo trabajan los que han pasado los más duros test psicológicos, pero todo puede derrumbarse en un instante, nadie sabe en que punto el cerebro claudica al encerramiento forzoso y prolongado, maquillado de falsa realidad holográfica y apenas aliviado por las escasas comunicaciones, y se hunde en la debacle. Solo sucede y punto, sin posibilidad de dar marcha atrás. Pitbull lo sabía.
Nunca lo mencionábamos, claro, pero conocíamos el dato. Él era uno de los tres únicos supervivientes de la Aquiles VIII. Esta astronave perdió el rumbo debido a un fallo eléctrico en los generadores de fluido. Quedó a la deriva y cuando al fin la localizaron, descubrieron que se había desatado en su interior un caso de canibalismo. Era un trayecto corto, por lo que contaban con pocos víveres. Terminaron comiéndose a los muertos. Muy de vez en cuando, sucede. Como antaño en los navíos perdidos en los océanos del planeta madre. No la conozco, pero la esfera terrestre me parece en las imágenes documentales casi tan hermosa y terrible como la inmensidad cósmica que empezamos poco a poco a conquistar con nuestros asentamientos pioneros.
La noche del cuarto día me regaló una sobredosis de insomnio. Así que mientras no llegaba mi turno en la cabina de mando, me puse a vagar por los pasillos intentando no pensar en la inquietante situación en la que habíamos encallado. Casi fue peor, pues a la vista de las barras de pared mi mente comenzó a divagar sobre la precariedad de todo lo que me rodeaba. Se modulan automáticamente para imitar con precisión el paso de los días y noches terrestres, mientras en toda la zona de habitación se mantiene una temperatura constante de 20 grados y la gravedad. Las astronaves son como invernaderos y a pesar de su confortabilidad, no dejan de ser claustrofóbicos submarinos siderales. Entonces me di cuenta de que había llegado al túnel de los habitáculos individuales. No pude evitar echar un vistazo a la ventanilla más cercana. Estaba abierta y la luz en el interior apagada, pero pude vislumbrar a Dover sentada en la cama, todavía vestida y tapándose la cara con las manos. ¿Estaba llorando?
Conmocionada, corrí hacia la cabina. Descubrir que una mujer práctica, seria, fiel seguidora de las normas a rajatabla como remedio contra cualquier amago de indisciplina, el enemigo a  batir en los viajes interestelares según los manuales, tenía las entrañas tan blandas como otro cualquiera no era demasiado agradable, pues me confirmaba que lo que fuese que nos había atrapado era lo suficientemente fuerte como para afectarla incluso a ella.
 Yo y Xavier, mi querido y hábil piloto, no solíamos hablar mientras navegábamos, pero su presencia me confortaba. Por  eso busqué su compañía. Me interrogó sobre el cambio de horario, pero yo solo le confesé mi insomnio, no la debilidad de nuestra guardiana, de nuestro paño de lágrimas, de la reparadora de cuerpos y la curandera de almas.
La velocidad con que esto actúa me quedó muy clara con el caso de Dover. Por la mañana no vino a desayunar. La encontramos en la enfermería, sentada tras su mesa, pensativa. Al vernos, corrió a encerrarse en la salita de aislamiento. Pudimos ver como se abalanzaba sobre el compartimento de medicamentos especiales y preparaba una inyección con uno de los viales. Sin apenas reparar en lo que podía contener, se buscó la vena y la clavó en el brazo. Luego se tiró en el suelo.
Nosotros le gritábamos desde la hermética puerta transparente, pero no atendía a razones. Nos daba la espalda, encogida e inmóvil. Pasados unos diez minutos, empezó a convulsionarse. Se agitó y se retorció por el suelo, gritando de dolor. Boqueó con los ojos desorbitados. Hasta nosotros sentíamos la desesperación de aquellos pulmones incapaces de asimilar  oxígeno. Finalmente, tras una agónica inspiración, se quedó quieta. Las luces parpadearon, creímos que se produciría un corte de energía, pero no fue así. Las barras recuperaron su fulgor al tiempo que yo sentía resonar, no en mi cabeza, fuera, un callado recrujir. Sé que los otros también lo oyeron pues, al igual que yo, buscaron con la mirada el origen de tal fenómeno. Pero como fue algo breve, no consiguió desviarnos de la principal prioridad en aquel momento. Xavi corrió a la cabina de mando a por la tarjeta maestra para abrir la puerta. Sabíamos que era demasiado tarde pero, cumpliendo con nuestro deber, intentamos las maniobras de reanimación. Dover estaba muerta.
 Con el cuerpo en un lugar que nunca imaginamos que llegaríamos a emplear, la cámara frigorífica anexa a la enfermería, y el pertinente informe archivado, nos concentramos en la sala común. No teníamos la menor duda de que no había sido un suicidio. Era lo último que a aquella mujer se le habría pasado por la mente. Jefferson puso voz a lo que todos pensábamos, murmurando :
-La inmersión la ha matado.
                                                    II- El miedo
Queríamos llegar cuanto antes, así que aceleramos la nave aún a riesgo de consumir energía, siempre tan limitada. Hay componentes que jamás deben quedar sin suministro, como los tanques autocreantes de oxígeno o la bobina productora del efecto gravitatorio. Mientras,  no lográbamos hacernos a la idea de que Dover ya no estaba. Parecía que iba a aparecer en cualquier momento tras una puerta o en su puesto en la enfermería, con su bata blanca sobre el mono reglamentario. Eludíamos hablar de su final, sin embargo. Y también de la inmersión.
El ordenador central seguía sin detectar nada extraño; yo y Xavi girábamos en torno a la bola holográfica abriendo y cerrando pantallas inutilmente, pues no hallábamos ningún dato, suceso o imagen de archivo que nos pudiesen servir de ayuda o aportarnos una pista sobre la naturaleza de lo ocurrido. Al final, con los brazos doloridos de deslizarse de aquí a allá sobre los mapas luminosos, activamos las órdenes por voz. Abajo, en la sala de máquinas, Jefferson y Pitbull obtenían el mismo resultado en sus intentos por restablecer las células sensoras que parecían inactivadas. Era todo muy frustrante.
Luego vino la caída de Pitbull. Me lo encontré en el pasillo principal, pegado a la pared. Parecía un poco obnubilado  y al verme no dudó en explayarse:
- Sora, veo a la niña. Me sigue, siempre unos pasos por detrás, clavando sus ojos muertos en mi, muda y quieta como una estatua. Ese silencio es su manera de recriminarme. Yo sé lo que quiere. Era la hija del jefe de la misión. Tiene la cabeza abierta, se la destrozó contra una esquina cuando la desaceleración nos lanzó por los aires. Una chiquita de trece años muy lista y educada. Empezamos por ella, yo creía que al ser la má s joven su carne sería más tierna. Pero no hay diferencia cuando se trata de tiras de carne congelada sacadas de un cadáver que ha permanecido una semana en la cámara frigorífica. Todo es insípido y gomoso, lo saques de quien lo saques...
- ¿Pero qué dices?, todo está en tú cabeza, Pitbull- lo que menos deseaba era conocer detalles de lo que había provocado que siempre pidiese los alimentos muy hechos al ordenador de cocina.
-Nooo-subrayó con énfasis-, me tocó. Sentí la presión de sus falanges pinchándome en la espalda para llamar mi atención. Sus manos y brazos están esqueletizados, solo muestran el hueso. Es eso lo que me pide. Pero no puedo devolverle lo que le quité...
-¿Pero no te das cuenta de la absurdidad de lo que cuentas?. Es imposible que sea real.
-Ella está aquí- reafirmó tercamente-, en cuanto bajo la guardia, aparece detrás de mi- me aparté unos pasos de él, atemorizada. Su expresión no era nada tranquilizadora. Definitivamente, Pitbull se había vuelto loco. Su horrible secreto había aflorado a la superficie con toda la virulencia de un géiser y su conciencia no lo había soportado. Lo mismo que Dover, probablemente. La costra inmunda parecía ansiosa por sacar lo peor de cada mente.
Cuando se lo conté a Xavi y Jefferson, no hice más que trasmitirles inquietud. Ella en un principio se mostró esquiva pero luego nos acabó confesando que también veía y sentía cosas desagradables relacionadas con un suceso de su pasado, pero de un modo condenadamente realista e insidioso; sabía que eran alucinaciones, pero aun así acababa rindiéndose a ellas, hasta que finalmente desaparecían, solo para acabar volviendo más tarde o más temprano. No dijimos nada. No sé él, pero yo al menos notaba una presencia pesada y asfixiante, una presión en mi cerebro, como múltiples patitas tanteando afanosas, sabía que buscando un rincón menos vigilado, un punto débil por donde colarse el gusano victorioso.
No era muy agradable pensar que ya no era dueño de sus actos un tipo de metro noventa y cinco y cien kilos de puro músculo. Desde la cabina de mando observamos su deambular errático mediante el puntito rojo de su posicionador, que se desplazaba por el mapa de la astronave, cubierta tras cubierta, sala tras sala, hasta terminar fijo en la parte más interior, cerca de los motores. Había que sedarlo, reducir su potencial peligrosidad. Cuando aparté un instante la vista de la pantalla holográfica descubrí a Jefferson inmóvil, mirando hacia la puerta cerrada. Sus ojos ligeramente oblicuos que denotaban algún antepasado oriental apenas pestañeaban, acompañados de un rictus concentrado de sus pequeños rasgos faciales.
-¿Qué ocurre?
-¿No los habeis visto?
-¿El qué?
A mi lado, Xavi se apartó casi de un brinco. Miré hacia el suelo, tan suavemente pulido como las paredes de las que aparentaba ser la continuación, y yo también lo vi. Una sombra, un bulto velocísimo, cruzó por el piso no lejos de mis pies, desapareciendo como si se licuase por debajo de la unión del suelo con la pared, al llegar al fondo de la amplia sala. Mirase a donde mirase, aquellas cositas móviles atravesaban mi campo visual y desaparecían en los rincones sin dar tiempo ni a parpadear. Luego dejaron de aparecer.
-¿Qué era eso?- preguntó Xavi- Correteaban por todas partes, subían por las paredes y  cruzaban tanto el techo como el suelo.
-¿Sabes lo que son los ratones?- asintió.
-Eran como sombras de ratones...
-¿Dónde estaban entonces esos animales?, ¿Y cómo han llegado hasta aquí?, ¿Por qué no detectamos nunca su presencia?. Yo jamás he visto ninguno.
-Ni tú ni ninguno de nosotros o de los pasajeros- intervino Jefferson, saliendo al parecer de su ensimismamiento- porque no existen tales animales. El control de posibles plagas es muy estricto. La Gorgona está libre de parásitos terrestres. Debe ser una alucinación colectiva.
-Eso siempre me ha parecido pura fantasía - objeté- Yo y Xavi hemos contemplado el asalto a la cabina de mando, pero creo que tú no has visto lo mismo...
Se sentó, las piernas le temblaban aunque trataba de disimularlo, y murmuró:
-¿Llegaremos vivos a casa ?
-Claro- le respondimos al unísono.
-No, no, esperad. ¿Y si ha tomado el control del sistema? ¿Y si estamos hundidos de lleno en una mentira?. A lo mejor ha modificado el rumbo y en realidad nos estamos dirigiendo hacia donde él quiera llevarnos.
-¿Para qué?
-No lo sé.
-Yo y Xavi podemos afirmar a ciencia cierta que el rumbo no ha sido modificado, tranquilízate.
Como era menuda y llevaba la media melena negra recogida en dos coletas pequeñas que caían sobre los hombros, parecía una niñita asustada. El contraste físico de la mecánica con su enorme ayudante era máximo. Continuó:
-Nos manipula. Tiene inteligencia. Y maldad. Tal vez esteis viendo lo que Eso quiere que veais.
-Jefferson, por esa regla de tres podríamos dudar de todo. Por ejemplo, antes la gente cocinaba y limpiaba y le resultaría  extraño el hecho de que las habitaciones se limpien solas en cuanto quedan vacías y la mesa te sirva y retire el plato previamente escogido en cuanto el sensor de la silla detecta que es la hora y el comensal. Ignorarían que todo lo realiza el programa domótico. Pues esto es igual, hay una causa natural pero no estamos preparados para verla. Las sombras por la sala  probablemente no sean más que un fallo en el sistema holográfico-Xavi calló y se dobló sobre si mismo con una mueca dolorida.
-¿Qué te pasa?
-Nada, desde hace unas horas, sin ningún aviso previo, he empezado a sentir unos retortijones repentinos. Es como si mi interior ardiese.
-Si, yo también los siento de vez en cuando...como si todas las vísceras hirvieran, duele muchísimo pero pasa pronto, tal vez si que estemos enfermos de verdad, ¿Y tú , Sora?
-Vale, lo admito, tengo miedo, pero no dolor.
-Es mejor hablar, sincerarse un poco- empezó a levantarse, ciertamente más tranquila- Pobre Pitbull, está aterrorizado. Voy  a buscarle, a mi me hará caso.
Y nosotros abandonamos la cabina tras ella en cuanto vimos que los dos puntitos se juntaban y al poco uno de ellos se apagaba. No queríamos creer lo que aquello barruntaba, pero lo que nos topamos en el pasillo lateral C de la sala de máquinas despejaba cualquier duda. El gigantón obstruía el espacio circular, mirándose las manos con descrédito; al fondo se hallaba el cadáver desmadejado de Jefferson. Aquellas manos habían lanzado el cuerpo contra la pared con suma brutalidad, provocando la muerte instantánea de la mujer por un traumatismo cráneo- encefálico. Todavía corría la sangre de la nariz y los oídos. Pitbull nos miró con los ojos grisáceos enrojecidos y ojerosos, balbuceando palabras inconexas.
                                             III- La derrota

-Pero, ¿Qué has hecho?- consiguió articular Xavi. Se conocían desde hacía años, incluso se habían visitado en la estación, presentándose las respectivas familias, eran amigos.  ¿Por qué la había atacado mortalmente?. No nos atrevíamos a  avanzar con la mirada enajenada de Pitbull fija en nosotros. Luego empezó a desplazarse lentamente hacia las escaleras que daban acceso a las cubiertas superiores. Prácticamente le dejamos huir. No sé Xavi, pero yo me vi invadida por una desidia feroz. Ya  no me importaba nada. Mientras no se acercase a nosotros, por mi podía vagabundear por donde sus delirios le dictasen. Pero mi compañero me dio un tirón del brazo, indicándome que le siguiera, y no lo dudé. Quería permanecer a su lado tanto como huir de Pitbull:
-Vamos, Sora.                                                      
Esta astronave es civil, así que las armas de cualquier tipo brillan por su ausencia. Pitbull estaba desesperado porque no tenía con que rematar la faena. El posicionador acabó quedándose quieto en el gimnasio. De camino hacia allí consultamos el mapa en las pulseras y vimos que el puntito rojo e intermitente se había quedado quieto y en blanco. Pitbull lo había conseguido. Tras elevarse el panel de la puerta vertical ya lo vimos al fondo. Arrancando la cinta del sistema de contrapesos de una de las máquinas, se había ahorcado colgándose de las barras paralelas que pendían del techo. Con el pequeño plinto al que se había encaramado tirado cerca, las puntas de las botas rozaban el suelo; la piel del cuello, orejas y cabeza estaba amoratada; como gustaba del pelo muy corto, el cráneo de ese color se entreveía a través del cabello castaño rojizo. Al tener los brazos libres, se había arañado el cuello y la barbilla durante la agonía, intentando librarse de la cinta opresora, consiguiendo con las sacudidas hacer avanzar más el nudo corredizo. Tenía los ojos muy abiertos y la lengua fuera. No tardamos en evitar mirar hacia arriba. Otra vida absurdamente perdida en una especie de matanza inducida no sabíamos ni porque, ni por quien ni para qué.
Apenas pude dormir aquella noche. Pronto salí a los pasillos otra vez, iluminados a mi paso y quedando a oscuras detrás de mí. La dócil tecnología facilitando las cosas al amo humano, pero incapaz de combatir lo que estaba filtrándose en las tripas domóticas ocultas tras las paredes de sedosa superficie. Era ahora mucho peor que al principio, pues sentía que la gran estructura se contraía y dilataba al ritmo de mi corazón, la nave respiraba al mismo tiempo que mis pulmones e intuía que si tocaba las paredes, el material se fundiría con la carne de mis manos, probablemente mis pies no se derretían y mezclaban con el suelo solo porque permanecían enfundados en las botas. Entonces me encontré con Xavi. Estaba mirando el entorno con la misma desconfianza atemorizada que yo. Nuestra expresión fue suficiente para entendernos.
-Eso quiere ser nosotros- me dijo- Tú también lo sientes, ¿Verdad?
-Xavi, todo esto...¿Es real, físico, o solo  estrés, nada más que nervios hiperactivos?
- Pero, ¿Todavía dudas, Sora? Ve a la cámara frigorífica y toca los cadáveres de nuestros compañeros, son muy reales, tanto como esta vibración general...es muy sutil, pero podemos percibirla.
-Es imposible. No puede estar sucediendo, es algo totalmente antinatural.
-Te rodea por completo y ¿Aún dudas de su realidad?
-Entonces, ¿Qué es ?, ¿Qué quiere de nosotros?
-Eso es lo que no sabemos. Desconocemos su naturaleza y tampoco sé si pretende utilizarnos o destruirnos.
-Nosotros no sufrimos alucinaciones como los otros. Parece que no hay en nuestro cerebro nada que pueda emplear en nuestra contra.
-O a lo mejor no es esa la estratagema que quiere emplear desde ahora.
-Esto es insufrible- no me reprimí y le abracé con fuerza. Él me contestó rodeándome fraternalmente y tal gesto tibio me enfureció. Decidí aprovechar la ocasión sin el menor pudor. Mis manos empezaron a recorrer con avidez la anatomía tanto tiempo deseada, mientras le besaba en el cuello.
-¿Pero qué haces?- me reprochó tratando de apartarme. Le respondí pegándome más fuerte contra él, que con un firme empujón me hizo perder el equilibrio y caer sentada al suelo. Sé que le miré con rabia mientras ambos escuchábamos un crujido enorme, como si las paredes, techo y suelos empezasen a retorcerse lentamente. Nuestros ojos recorrieron el lugar en penumbra sin apreciar, sin embargo, ningún cambio sustancial, excepto aquel sonido molesto y chirriante.
-Sora, ¿A que ha venido esto? Sabes que tengo compañera estable. No le des motivos de debilidad a Eso.
El ruido cesó pero yo continuaba mirándole con furioso despecho, sin levantarme, crispando las manos sobre la cerosa superficie del suelo semicerámico. El brillo de mi corto cabello platino parecía reflejarse en sus bellos iris verdosos. Sé que me estaba mirando del mismo modo que yo a Pitbull cuando me lanzó su confesión, como a una bestia que repentinamente muestra toda la peligrosidad que ya se le suponía.
-El ser humano es el mayor enemigo de si mismo. Y Eso lo sabe- me dijo Xavi reculando.
Entonces la verdad saltó ante mí. Ya lo tenía dentro, viajando en la sangre, envenenando todos los fluidos, alterando las células, modificando cada impulso nervioso...pero no quería admitirlo, me negaba tercamente a darle la razón.

Las paredes cambian. Como un parásito voraz, se desliza sobre su superficie hasta cubrirla por completo. No hay donde ocultarse, pues Él lo es todo. La cabina de mando fue nuestro último refugio. Pero no había sitio para los dos. Xavi no quiso razonar, ni compartir. Continuaba con sus falsas acusaciones y Eso lo reclamó.
¿Quién golpeó primero? Una vez se empieza es imposible parar. Yo me guardaba un as en la manga, o más bien un bisturí de la enfermería en el bolsillo. El chorro escarlata de la degollación lo salpicó todo. Ya no siento nada ni hacia mí ni hacia nada externo. He terminado el trabajo y solo espero. Xavi me acompaña en el silencio. Es hermosa su cabeza sobre el panel de mandos. Como no protesta, puedo besar sus labios muertos.

Por: Beatriz Troitiño

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