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Historias Asombrosas: Sr. Ventura

el  Miércoles, 25 April 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

No le costó demasiado esfuerzo a Bruno entablar conversación con su compañera de vuelo. Ambos viajaban solos y la charla hacía más ameno el viaje. Bruno desveló que poco o nada le quedaba por hacer en Barcelona y que por eso volvía a Alicante, su ciudad natal, para buscar trabajo mientras sobrevivía con el dinero que había podido ahorrar. Ella apenas reveló datos de su vida privada, se limitó a sorprenderse de las decisiones que había tomado Bruno.
    Tras un rato de conversación ambos guardaron silencio y ya no volvieron a hablar en el resto del viaje, el cual no fue excesivamente largo. Cuando el avión aterrizó se despidieron con un "Bueno, que vaya todo bien" mutuo y ambos se dirigieron al exterior del avión para enfilar el pasillo de las llegadas.
Al fondo del iluminado pasillo se apreciaban unas dos docenas de personas aguardando a sus familiares detrás de una barandilla metálica. Nadie esperaba a Bruno, llevaba un tiempo jugando a ser un solitario. De repente, vio una persona que llamó su atención entre la pequeña multitud. Era uno de esos conductores privados que sujetan un cartel en el que figura un nombre. En este caso en el cartel ponía "Sr. Ventura". Resultaba curioso que el conductor llevase gafas de sol, pues eran las diez de la noche y hacía tiempo que el sol había desaparecido.
De repente, una idea llegó a la mente de Bruno. Tal vez para sorprender a María, su compañera de viaje, la cual caminaba por delante de él con sólo un bolso grande como equipaje de mano, o tal vez porque no tenía mucho que perder. Bruno aceleró el paso y se puso a la altura de María.
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-    ¿Quieres reírte un rato?- le preguntó mientras la adelantaba.
-    ¿Cómo?- preguntó ella sorprendida- ¿Qué vas a hacer?

Bruno siguió su marcha y adelantó a unas diez personas más,
saliendo así de los primeros a la zona de llegadas. Sin dudarlo, le hizo un gesto con el dedo índice de su mano derecha al tipo del cartel. Éste, al momento, se dirigió al exterior seguido de Bruno.
-    ¡No me lo puedo creer!- dijo María para sí misma, llegando incluso a detenerse conmocionada ante la facilidad con la que Bruno se estaba complicando la vida.
El chófer se hizo llegar hasta un turismo de grandes dimensiones,
de color negro y marca indescifrable. El chico subió en la parte trasera, mientras que el conductor se puso a los mandos del vehículo. Fue en ese momento cuando Bruno fue consciente de lo que había hecho. Una broma que ni siquiera a él le hacía ya gracia. Tuvo el impulso de querer salir del vehículo pero algo se lo impidió, era como si le diera vergüenza rectificar, como si un público imaginario le estuviera observando y fueran a quedar decepcionados si Bruno salía de aquel coche y volvía a la terminal. Lo que sí hizo fue girarse para ver, a través del cristal trasero, si el auténtico señor Ventura venía a todo correr buscando su transporte pero lo único que vio fue a María de pie en la amplia puerta del aeropuerto por la que no dejaba de fluir gente que entraba y salía, mirándole sorprendida.
    En ese momento, el vehículo se puso en marcha y la silueta de la chica, inmóvil en la puerta, fue haciéndose cada vez más pequeña a medida que el oscuro coche se alejaba. Finalmente, Bruno dejó de mirar y se sentó
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correctamente.
-    Supongo que sabrá el destino al que vamos, ¿verdad?- dijo Bruno, mientras se abrochaba el cinturón. Fue un pequeño intento  por averiguar hacia dónde se dirigían y, con suerte, una forma de ir a cualquier lugar si el muchacho jugaba bien sus cartas y seguía haciéndose pasar por el señor Ventura.
El chófer no respondió. Su rostro, enfilado hacia la carretera,
permanecía inmóvil. Las gafas de sol seguían puestas.

-    Disculpe- insistió Bruno-, perdone...

No hubo respuesta ni estímulo alguno por parte del piloto. El
turismo entró en un túnel. Las luces amarillentas, que colgaban del techo de cemento, iluminaban el interior del vehículo. Bruno observó como el conductor se quitaba por fin las gafas de sol y las guardaba en uno de los bolsillos de su elegante americana. Lo que vio reflejado en el espejo retrovisor interior le heló la sangre y le produjo un ligero temblor en la pierna derecha. Los ojos del conductor no tenían apariencia humana. En un primer momento, Bruno pensó que lo que había visto se debía a las luces y sombras que provocaba el hecho de atravesar un túnel o, tal vez,  a su inquietud debido a la extraña sordera de su compañero de viaje, pero cuando ya no hubo lugar para la duda fueron las dos piernas las que comenzaron a temblar al unísono.
    El chófer tenía los ojos de color rojo, pero no como los podría tener un borracho al amanecer, en este caso todo el globo ocular era rojo. Un rojo antinatural, como con vida propia. Bruno se pegó a su asiento y otra vez le asaltó la misma sensación que tuvo cuando subió al vehículo. Se sentía como si
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estuviera en un plató de televisión con una grada llena de personas delante que le gritasen cosas como: "¡Cuidado!", "¡Que no se note que te has dado cuenta!", "¡No le mires a los ojos!", "¡Haz como si no ocurriera!".
    Ése fue el momento de mayor arrepentimiento por la acción de haberse hecho pasar por el señor Ventura. Bruno no entendía lo que estaba ocurriendo, tan sólo sabía que no quería estar ahí. La indecisión que sentía fue resuelta por el conductor gracias a su siguiente acción, la cual realizó con la mayor naturalidad. Cogió, con su enguantada mano derecha, una emisora como la que podría haber en un coche de policía. Acto seguido, se la llevó a la altura de la boca como si fuera a hablar con alguien. Bruno observaba la escena. Parecía pegado con cola Splendid al asiento trasero y tenía los ojos tan abiertos que no se apreciaba ninguna arruga en su rostro.
    De repente, y por si fuera poco la visión de pesadilla que ofrecían esos globos oculares rojos, de la boca entreabierta salieron cinco pequeños tentáculos de un grosor considerable, los cuales comenzaron a moverse cerca del micrófono de la emisora, el cual sujetaba el humanoide con la mano diestra. El sonido de los oscilantes tentáculos era similar al sonido que emite un pavo. Al parecer, se comunicaba con alguien utilizando ese extraño lenguaje.
    El horror hizo que Bruno se lanzase contra la puerta con la intención de abrirla y saltar del vehículo, pero la puerta estaba cerrada. No había forma de abrirla. Quería salir de allí, lanzarse al asfalto. No quería seguir en ese coche a cuyo conductor le habían salido tentáculos de la boca. Y Bruno gritó. Gritó como nunca lo había hecho. Cuando se cayó de su bicicleta de color azul, que había heredado de su primo y se partió un diente a la edad de seis años, no chilló de esa
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 manera. Cuando trataba de aprender a manejar el monopatín a los doce y se rompió el codo, simplemente lloró. Y cuando a los dieciocho le comunicaron la repentina muerte de su padre, no gritó. Pero esta vez sí lo hizo. Estaba fuera de sí y gritaba. No podía contenerse. Gritaba mientras hacia fuerza con las pìernas para pegar todo lo posible su cuerpo al asiento trasero.
    El coche ya había salido del túnel y se alejaba por la carretera. Los chillidos de terror se perdieron con facilidad en la oscuridad de la noche. 

Por: Iván Escoda

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