Nifff 2019
Scifiworld

Historias Asombrosas: Una noche bajo el sol

el  Sábado, 05 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

                    1
El tubo de pasta alimenticia que nos había proporcionado la Agencia Espacial sabía literalmente a cianuro. Tenía un gusto como de almendra amarga. Por suerte me las ingenié para colar en la nave diversas galletas, barritas de cereales, chocolatinas y alimentos deshidratados pues ya imaginaba que solo nos iban a proporcionar esa porquería durante los tres días de viaje a la Luna, que probablemente hubieran sido menos de no haber tenido a la computadora de la nave una piloto con graves problemas de dislexia.
Resultaba curioso pues la Agencia siempre había tenido fama de seleccionar tan solo a hombres con una excelente salud y forma física. Por lo que yo, Sam Moyles, a pesar de haber deseado desde mi más tierna infancia en viajar por el espacio, con mis problemas cardíacos hereditarios estaba seguro que jamás lograría ver realizado mi sueño. Sin embargo la cosa cambió hace unos diez años, tras el viaje del Apolo 18, la primera nave que retomaba los viajes a la Luna tras varias décadas de ausencia. Desde entonces, el envío es constante y se mandan un mínimo de tres naves al año. Siempre coincidiendo con los eclipses de Sol, pues los científicos de la Agencia han descubierto que es el mejor momento para alunizar.
Aún nos queda un día de viaje, y tal como ha evolucionado la ciencia, podríamos haber llegado ya, pero al tener a Helen de piloto nos han dado un día más y parece que han acertado. La verdad es que Helen es hermosa y supongo que debe ser gracias a esa cualidad que ha conseguido colarse en el programa, sino no entiendo como pueden poner a alguien que está constantemente confundiendo nuestro planeta de origen con la Luna y retrasando nuestra llegada.
No tengo ni idea de cómo deben haber sido el resto de tripulantes del programa Apolo, pues desde el 19 todo está clasificado, pero de no ser por el Coronel esto parecería una broma. Todos tenemos alguna tara, yo y mi más que posible defunción por paro cardiaco antes de que abandone la treintena, Helen y sus dificultades de comprensión y Fred, bueno, probablemente es el astronauta más obeso que debe haber existido. Durante el programa ya se veía claramente que era bulímico. Lo que no sé es si eso fue un impedimento que logró vencer o lo que lo hizo válido para la misión. Sin embargo el Coronel si que parece un astronauta de antaño. Su control de la nave es casi enfermizo, su barba y su cabeza perfectamente afeitadas y debido a su gran altura y enorme musculatura cuando te clava la mirada intimida tanto que crees que se dispone a matarte ahí mismo. Se nota que es un militar enviado por el ejército. Cada diez horas inicia su entrenamiento, corriendo por los escasos metros de la nave en paños menores, haciéndonos ver su negra piel sudar mientras realiza con su rostro inexpresivo toda clase de flexiones y ejercicios de combate con un palo de madera insistiendo en que nos fijemos en sus movimientos. Lo cierto es que parece no estar para nada en sus cabales.
Por último está el regalo sorpresa. Llamamos regalo sorpresa al 5º pasajero ya que todos desconocemos de quien se trata pues no ha realizado el programa espacial de preparación con nosotros y se encuentra en estado de hibernación en una pequeña máquina de soporte vital. Según el Coronel no puede ser devuelto a la vida hasta que nos encontremos en superficie lunar. Nunca pensé que hiciera falta hibernar a alguien para un viaje tan corto.

2
Durante una de las sesiones de ejercicios del Coronel en la sala de control (la llamamos sala de control a pesar de que salvando el pequeño lavabo cerrado es la única sala de la nave, allí es donde dormimos, comemos y hacemos toda nuestra vida), Fred se me acerca sigilosamente y se sienta sobre mi cama susurrándome al oído.
-¿Te queda pasta alimenticia?
Miro a Fred extrañado, a pesar de que estos últimos dos días parece haber ganado algo de peso, tiene más mala cara que nunca. Su frente está llena de pequeñas perlas de sudor.
-Fred, solo nos han dado un tubo por persona.
-Venga ya, nunca te he visto comerla delante de los demás. Sé que tienes comida extra. No me importa lo que estés comiendo mientras me des ese tubo de pasta.
Miro por un momento asustado hacia el Coronel, pero está en su mundo, saltando con sus boxers por la sala y clavando el palo contra las paredes en complicadas piruetas. Dañando en ocasiones algunos sistemas de control de la nave y haciendo que alguna lucecita se apague para siempre.
-Oye Fred, hay un tubo para cada uno. Con eso tienes bastante.
-¿Un tubo, estás loco?, con eso no tengo ni para una merienda. Conseguí robarme en la base siete tubos y ya me los he acabado.
Miro hacia Helen, que está nerviosa ante el panel de control de la computadora intentando aclararse con los botones que debe tocar.
-Y por qué no le pides a Helen. A lo mejor a ella si le sobra.
-No, a ella ya se lo he cambiado por mi pasta de dientes, no creo que se de cuenta. Además, está muy buena. Tiene sabor a fresa.
El Coronel se abalanza esgrimiendo el palo de madera y atacando, reventando con violencia un kit de probetas y demás material para recoger muestras de la Luna, que en principio es el objetivo de nuestra misión. Luego se aleja corriendo en otra dirección.
-Mira Fred, te puedo dar mi tubo - saco el tubo alimenticio -, pero me debes una.
Fred coge inmediatamente el tubo.
-Tú pídeme lo que quieras, si hago algo en la misión tu puedes llevarte todo el mérito. Yo ni siquiera quiero estar aquí. Entré en la Agencia porque vi un anuncio de que buscaban gente de mantenimiento y limpieza para sus instalaciones en Florida. Yo no pedí ser astronauta, no se porqué me han liado en esto.
-¡Yaaaahhh! – el Coronel ensarta con su palo el botiquín de primeros auxilios del que empieza a chorrear alcohol, agua oxigenada y demás soluciones antisépticas.
De repente hay una bajada de tensión, todas las luces parpadean un instante y la máquina de soporte vital empieza a emitir un ligero pitido.
-Qué ocurre – pregunta alarmado Fred.
-Es el sistema de soporte vital, se ha detenido – dice el Coronel dejando caer su palo.
-Quería desacelerar la nave para la aproximación a la Luna – informa Helen –, pero me he equivocado de comandos y he desconectado el soporte vital.
El Coronel, vistiéndose, se acerca a la pequeña cápsula de soporte y sube la ventanilla opaca dejando ver el rostro de la persona que se encuentra en su interior.
-Parece que todo está bien.
Me acerco para ver al pasajero, y a pesar de su larga barba y melena, reconozco alarmado inmediatamente el rostro que se oculta bajo éstas.
-¡Joder, es Jeffrey Murray!
-¿Quién? – pregunta el Coronel.
-¿No jodas? – se sorprende Fred.
-Jeffrey Murray, el “triturador” – el Coronel me mira sin comprender – ¿No ve usted las noticias? Tardaron tres años en cazarle y se cree que mató a más de ochenta personas. ¡Descuartizaba a sus víctimas en pedazos!
El Coronel mira hacia el rostro del triturador con asombro.
-¡Excelente!, va a ser un perfecto astronauta – Abre la escotilla destapando el regalo sorpresa y me lanza una mirada llena de autoridad – ¡Deprisa, antes de que despierte!, tenemos que encerrar a este loco en el lavabo.
-Pero… ¿qué pretende que haga?
-Debajo de mi cama hay tres camisas de fuerza. Coja la de su talla, usted y el tal Murray más o menos tienen la misma complexión – Miro al Coronel bastante confuso - ¡Vamos estúpido, haga lo que le digo!
-Sí, sí. Enseguida – realmente el Coronel sabe intimidar y ser autoritario. Empiezo a obedecerle sin entender aún muy bien lo que estoy haciendo.
Al levantar su cama me encuentro con tres camisas de fuerza dobladas. En ese preciso instante es cuando oigo gritar al Coronel.
-¡Aagghhh! – los brazos de Murray rodean el cuello del Coronel. El psicópata está totalmente fuera de sí y ha cogido al Coronel desprevenido. Fred, asustado se lanza al brazo de Murray y trata de liberar al Coronel. Helen corre en su ayuda.
-Deprisa, traiga… la camisa de fuerza – el Coronel intenta zafarse de Murray inútilmente. Aunque el tipo es mucho más enclenque, parece totalmente determinado en su objetivo.
Me vuelvo a girar y examino las camisas. La primera es mucho más grande y para nada se ajusta a mi tamaño o al de Murray. Solo a alguien tan obeso como Fred podría irle bien. Otra de ellas queda al momento descartada pues es más pequeña, como de chica. Así que cojo la que queda y corro hacia los demás.
Todos están intentando sujetar a Murray que ya ha perdido su presa sobre el Coronel y ahora está intentando introducir sus pulgares en los ojos de Helen. Inmediatamente me uno a los demás para intentar reducirlo y tras recibir algún golpe conseguimos ponerle la camisa de fuerza.
-Excelente – dice el Coronel – esto es mejor de lo que esperaba. Deprisa, enciérrenlo en el baño.
-No, oiga, lo siento – protesta Murray haciendo sonar su voz y Dios, ojala fuera la primera vez que la oigo. Pero al momento me vienen como flechas a la cabeza las declaraciones de Jeffrey Murray en televisión. La cinta en la que le interrogaba la policía y el narraba con total sangre fría como desmembraba en filetes diminutos los cuerpos de sus víctimas. Recreándose especialmente cuando le hicieron contar el asesinato de dos niños.
– De verdad que no era consciente de lo que hacía – Fred y yo lo introducimos inmediatamente en el diminuto lavabo y cerramos la puerta por fuera. Pero Murray sigue gritando –. ¡Oiga Coronel Seward, estoy a sus ordenes! Ha sido solo un reflejo, piense que acababa de despertarme de la animación suspendida y no tenía ni idea de dónde estaba. ¡Ya me quedó muy claro que para que no me aplicaran la inyección letal debía aceptar esta misión espacial bajo sus ordenes!
-¡Pues si la ha quedado claro cierre la boca! ¡No vuelva a hablar hasta que yo se lo ordene! Va a estar en el lavabo hasta que lleguemos a la superficie lunar – el Coronel se gira hacia nosotros –. ¡Y si alguno de ustedes tiene ganas de ir al aseo, será mejor que haga sus necesidades en la sala de control! No pienso tolerar más imprevistos.
-Pero…
-¡A callar!, todo el mundo a dormir. En pocas horas alunizaremos y les necesito a todos en la mejor forma posible.
El Coronel, tras relevar a Helen de su puesto ajusta el piloto automático y apaga las luces obligándonos a todos a descansar.

                    3
En medio de la oscuridad aprovecho para poner en orden mis pensamientos. ¿Qué clase de misión es ésta? Como el Apolo 57 podía llevar a tantos ineptos a bordo, especialmente a ese chiflado de Murray. Incluso en las noticias habían informado de su defunción. Por qué demonios la Agencia lo escogería y el Coronel lo encontraba perfecto para la misión. ¿Y por qué éste dormía junto a tres camisas de fuerza que encajaban con nuestras tallas?
No era para nada lo que esperaba cuando soñaba con viajar al espacio. Esta misión de mierda estaba destrozando mis sueños de niño. Y lo que realmente me jodía era estar rodeado de inútiles, aunque porqué engañarme, esa había sido la historia de mi vida. Sin duda mis ganas de vivir en el espacio eran por estar lo más alejado posible de la raza humana. Pero uno necesitaba compañeros para llevar una nave. Y no se iban a esfumar así como así.

                    4
Pasadas varias horas suena la alarma para indicarnos que estamos a punto de alunizar y el coronel enciende las luces. Helen se levanta de su cama, pero no se ve a Fred por ninguna parte. Alrededor del traje que llevaba hay una enorme baba gelatinosa de tono rosado, la mayor parte de ella absorbida por el colchón, aunque ha chorreado también al suelo.
-¿Dónde… dónde está Fred? - me acerco señalando el charco asombrado y los demás enseguida se percatan.
-¡Maldita sea! – grita el Coronel – ¡Se ha descompuesto demasiado pronto! No lo entiendo, las dosis estaban calculadas a la perfección.
-¿Las dosis?
-Si el cálculo ha fallado en esa bola de sebo, puede haber fallado en cualquiera de nosotros – el Coronel abre la puerta del lavabo y al momento entra en la sala Murray con mi camisa de fuerza – Será mejor que nos apresuremos. Helen, desate a Murray.
-Un momento – digo alarmado – antes debería explicarnos que le ha ocurrido a Fred y porqué deberíamos desatar a un peligroso psicópata.
-Porqué les voy a ayudar a recoger piedras – aclara Jeffrey Murray.
-Silencio – ordena el Coronel – No vamos a recoger piedras. Se lo explicaré mientras la nave aterriza y se ponen sus trajes espaciales. Pero primero, Helen, haga lo que le he ordenado.
Helen empieza a desatar la camisa de fuerza de Murray, que parece aún algo drogado por los efectos de la animación suspendida.
-Verán, hace once años la NASA descubrió que existen los vampiros.
-¿Perdón?
-Escuchen, no hay tiempo para preguntas. Ustedes han sido elegidos para servir a su país y no les queda mucho tiempo de vida, así que mejor aprovéchenlo siendo útiles.
Ahora si que estoy alucinando. Diga la verdad o no, el Coronel está como un cencerro.
-¿Cómo que no nos queda mucho de vida?
-La Agencia no puede permitir que ningún astronauta caiga en  el bando de los vampiros y ellos sepan toda nuestra información.
-¿Qué información? – pregunta Helen.
-Miren, algo debió pasar en las décadas en las que no fuimos a la Luna. No sé, los vampiros debieron darse cuenta de que era posible llegar y de que allí estarían mucho más seguros que en la Tierra. Que pueden haber muchas más horas nocturnas, que los humanos no les cazarían y solo tendrían que bajar para alimentarse, qué se yo… La cuestión es que cuando el Apolo 18 llegó, ya estaban allí y se comieron a nuestros mejores astronautas.
Murray acaba de quitarse la camisa solo.
-Pero, pero lo que está usted diciendo es descabellado… – Helen está contemplando al Coronel asustada.
-¿Entonces no vamos a recoger piedras?
-¡Basta de sandeces! – grito – ¡Me da igual que en l Luna haya vampiros!, ¡me da igual que quiera que vayamos a cazarlos!, ¿qué coño le ha pasado a Fred, por qué dice que nos queda poco de vida?
-¡Escúchenme, y ni se les ocurra volver a levantarme la voz, sigo siendo su Coronel! ¡Todos nosotros somos prescindibles, más que prescindibles, desechables!
-¿Qué está diciendo?
-Como el Gobierno no puede permitir que nos convirtamos en vampiros se nos han administrado una solución que licuarán nuestro cuerpo en menos de diez minutos – Murray ríe y el Coronel sigue con la explicación – Todos han ingerido las dosis exactas en la pasta alimenticia para que su desolidización se produzca en ese tiempo.
-¿En la pasta de fresa? – pregunta Helen.
El Coronel la mira un instante y vuelve a proseguir.
-No se que puede haber fallado en Sanders, por eso debemos apresurarnos. Tal vez nos deshagamos antes de tiempo. En el tanque de combustible para la vuelta en realidad hay estacas y martillos para todos. Ábranlo y nos armaremos.
-Pero después de pasar tantos tests de selección, ¡nos envían aquí a morir! ¿Tan insignificantes somos?
-¡Silencio Moyles, la nave ya ha aterrizado y no hay tiempo para lloriqueos! Lo hecho, hecho está y ya ninguno de ustedes puede echarse atrás. Si quieren más respuestas se las daré mientras vamos al encuentro de los durmientes. Pero ahora ¡TODO EL MUNDO ABAJO!

                    5
Los cuatro, ya con nuestros trajes de astronauta, ponemos por primera vez nuestros pies en la Luna. La zona de aterrizaje es un cementerio de chatarra. Hay restos de todas las otras misiones Apolo esparcidos por doquier.
A pesar del eclipse nos encontramos en una zona donde no da el Sol más que de refilón y la luz es muy crepuscular, pero suficiente para ver. Avanzamos en fila rumbo a las grietas mientras el Coronel, encabezando la expedición seguido por mí, prosigue con su historia por el intercomunicador.
-Ahora iremos hasta las grietas en las que duermen los vampiros y les clavaremos estacas – el cabrón del Coronel está bien chiflado. No le importa en absoluto morir en ocho minutos. Es un terrorista suicida, un auténtico fanático de la Agencia Espacial –. Verán, creemos que los vampiros han venido a la Luna porque cada vez les era más complicado ocultarse de nosotros conforme hemos ido evolucionando. Aquí están por así decirlo, hibernando. Con la gravedad lunar consumen mucha menos energía y apenas deben bajar a la Tierra para alimentarse.
Este idiota se cree que nos interesa todo esto. Mi única idea es salir de aquí lo antes posible, en cuanto nos alejemos algo más pienso regresar. No creo que esté dispuesto a perder tiempo en seguirme. Menos mal que no comí apenas de esa repulsiva pasta. No creo que lo poco que tragué en los entrenamientos me vaya a descomponer. Incluso puede que Helen logre sobrevivir.
Me giro para ver si puedo proponerle por señas el huir juntos y me doy cuenta de que aunque no tuviera esa dislexia tan extrema no me habría captado porque Murray le está atravesando el torso con su estaca. Helen agoniza y suelta un grito antes de morir. Yo me quedo petrificado y el Coronel corre (como puede debido a la gravedad) hacia Murray, que no para de reír removiendo la estaca.
-Murray, pero ¿está chiflado?! – Le arranca la estaca a Helen y deja caer el cuerpo – ¿Es que no ha entendido nada de lo que decía? Vamos a morir en pocos minutos, en cuanto pase el eclipse. Contra menos seamos, menos vampiros vamos a poder matar.
Murray parece avergonzado y mira al Coronel cabizbajo. Éste le devuelve la estaca.
–A partir de ahora irá usted delante – el Coronel muestra un pequeño dispositivo y mira hacia la nave – Bueno, ya que nos hemos detenido y estamos lo suficientemente lejos…
La nave vuela en pedazos mientras el Coronel pulsa el botón.
-¿Pero qué ha hecho?
-Cálmese Moyles, nosotros ya no necesitamos al Apolo 57 para nada y no podemos dejar que los vampiros se adueñen de él. Prosigamos.
Seguimos avanzando hacia unas enormes grietas que hay en una zona montañosa. Ahora si que estoy jodido, en el espacio con un par de lunáticos que se van a derretir, yendo los tres con traje de astronauta y llevando estacas para matar a vampiros en cuevas. En mis sueños infantiles jamás hubiera imaginado semejante mierda.
-Piensen que es un buen lugar para esconderse pues no necesitan respirar y no esperaban que regresáramos. Aquí en muchas zonas es denoche durante varios días seguidos, así que con ir rotando solo un poco pueden vivir en una noche permanente. Solo durante los ocho minutos que dura el eclipse la Luna recibe tanto Sol , que estén donde estén los chupasangres necesitan entrar en letargo. Y gracias a nuestros satélites los tenemos siempre localizados – el Coronel nos muestra una pequeña pantallita que recuerda a un GPS –. En estas grutas que hay ante nosotros es donde se están ocultando ahora mismo la mayoría.
Encendiendo las linternas que llevamos a ambos lados del casco entramos en la primera gruta y joder, es cierto. Está todo lleno de hermosas chicas durmiendo. ¡Las mujeres más bellas que haya visto nunca! Soñando en el suelo, en pequeños agujeros de escasos centímetros excavados como si fueran tumbas y sin más indumentaria que lo que parecen ser trajes victorianos, como si el vacío no las afectara.
El Coronel pone su estaca frente al pecho de una de ellas y al momento arremete con el martillo. La chica abre los ojos cuando su pecho explota en sangre y un instante más tarde su cuerpo se convierte en cenizas que sobrevuelan nuestro alrededor.
-Venga, dense prisa. No nos queda mucho de vida y aún podemos ir a más cuevas.
Murray al momento arremete contra una de las chicas y antes de que ésta se convierta en cenizas ya está dirigiéndose a otra. El cabrón está disfrutando. Que el Gobierno le haya pagado semejante viaje en vez de ejecutarlo debe ser el mejor regalo que le hayan hecho nunca.
El Coronel ya está acabando con otra.
-Vamos Moyles, apresúrese. Siendo solo tres tenemos mucho trabajo.
-Pero… ¿por qué todas son chicas tan hermosas? No hay hombres.
-Y yo qué sé – El Coronel atraviesa a otra – Sé que a veces se han eliminado a algunos, pero no abundan. Tal vez todos los varones murieron en la tierra y por eso ellas decidieron huir aquí. Tal vez las hembras tienen un mejor instinto de conservación – Otra chica abre los ojos y se esfuma al ser atravesada por el Coronel – ¡Venga Moyles, dese prisa!
Me acerco a una vampira. ¡Oh Díos, es hermosa! Si no estuviera en esta situación demencial sin duda me habría enamorado de ella, el corazón me palpita a cien, sin embargo me descubro atravesando el suyo como si fuera un acto mecánico. Sin duda la gélida mirada que me clava antes de morir será lo último que pase por mi mente en cuanto llegue mi momento.
-Muy bien Moyles, pero tome ejemplo de Murray.  ¡Ese chico es un fenómeno!
El loco de Jeffrey Murray tiene el traje espacial completamente rojo y ríe como un demente mientras va de un lado a otro masacrando bellas durmientes.
A mi solo me da tiempo de acabar con un par más mientras el Coronel y Murray acaban con la otra veintena que hay en la gruta.
-Rápido, vayamos a la gruta de al lado, seguro que hay casi tantas como aquí.
Mientras salimos de la gruta llevando nuestros martillos y estacas ensangrentados y atravesando una humareda de ceniza, Murray va tarareando un tema de Phil Collins.
-¿Por qué tan feliz Murray?
-Verá Coronel, esto me encanta. Pienso quedarme aquí para siempre.
-Me da que no lo entiende, hijo. Estaremos muertos en poco más de un par de minutos.
-¡Nah, eso ustedes!  Yo no he comido nada de esa pasta.
-Murray, la agencia lo ha calculado todo. Al igual que a nosotros se nos suministró la dosis exacta en la dieta que hemos seguido, a usted se le ha administrado por vía intravenosa. En ciento y pocos segundos se va a deshacer.
-¿Qué?… ¿vía intravenosa? – Murray está totalmente petrificado, por primera vez veo el pánico en su rostro – ¿Quiere decir que lo llevo en mi sangre?
-Exactamente.
-No, no, no… ¡qué asco! – Murray empieza a sudar dentro del traje – No soporto que me inyecten nada. Ni siquiera me he vacunado nunca. Lo que me asustaba de la inyección letal no era morir precisamente. No, joder, no puedo creer que me hayan metido porquería por las venas.
Murray empieza a quitarse el casco.
-Pero Murray, ¿qué hace?
-Pienso sacarme esta mierda de las venas. Aunque sea succionando.
-Pero qué dice chiflado. Su metabolismo ya la ha asimilado.
El capitán corre con lentitud hacia Murray pero éste ya se ha quitado buena parte del traje a la vez que se aleja de él. Al no llevar las sujeciones empieza a flotar desnudo por el espacio y parece decir con los labios algo como “La sacaré toda fuera” mientras se lleva la estaca al antebrazo y empieza a rajarse las venas con ella.
El muy cabrón lo consigue. Al cabo de pocos segundos Murray se hincha como un globo asqueroso y explota. Toda su sangre junto a sus órganos internos salen al exterior y flotan en nuestro derredor desmenuzados.
-¡Maldita sea! Era un gran muchacho. No creo que ningún otro astronauta se le pueda igualar. ¡Podría haber hecho tanto más! – El Coronel consulta su reloj – De todos modos aún nos quedan un par de minutos Moyles. Entremos en esta gruta y si da tiempo aún podemos ir a esa que hay a escasos metros.
Entré con el Coronel en otra gruta cercana bastante estrecha y en ella había cinco vampiras. El tiempo que me llevó acabar con una de ellas fue suficiente para que el Coronel eliminara a las otras cuatro.
-Moyles, esto no puede ser muchacho, tiene que espabilar. A este ritmo ni siquiera los dos juntos vamos a igualar la marca de Murray.
Miro al Coronel con odio en los ojos, pero él ni se fija.
-Venga, vamos fuera. Aún podemos llegar a la otra gruta y cargarnos unos cuantos.
El Coronel sale inmediatamente.  Le sigo encontrándolo justo afuera de la boca de la cueva. Gracias a las linternas puedo ver su mirada de horror, porque lo que es el exterior, ahora se encuentra en la más absoluta oscuridad. El Coronel consulta preocupado su reloj.
-Maldita sea, el eclipse ha sido más rápido de lo previsto. Aún nos quedan unos cincuenta segundos de vida.
No es que se pueda hablar en el espacio, pero siento como un grito, como una llamada. Es algo similar a lo que se cuenta del canto de las sirenas. Pero más que un sonido es un escalofrío que recorre mi piel. La sensación parece provenir de la gruta cercana a la que no hemos llegado. Creo que el Coronel también lo nota. Al momento saca un arma.
-Moyles, vamos a tener que volarnos los sesos.
-¿Qué?
-No podemos permitir que nos cacen. Aunque solo sea para alimentarse de nosotros. Solo pueden beber sangre de vivos – el Coronel empieza a apuntar hacia mí – Primero le dispararé a usted y luego me volaré la cabeza.
Al momento me abalanzo sobre el arma e intento quitársela mediante la fuerza.
-Pero qué hace, vamos a morir de todas maneras.
-Yo no, no he probado esa asquerosa pasta ni por asomo.
Al fin veo el miedo en los ojos de ese fanático, solo cuando ve peligrar toda su misión el pánico se adueña de él.
-¡Está chiflado!, hemos venido aquí a morir. Voy a agujerearle el cráneo, soldado.
Forcejeo con el Coronel pero su fuerza es desmesurada en comparación con la que yo puedo ejercer. La pistola se va acercando cada vez más a mi casco. No aparto la vista de ella y del reloj de su muñeca, pero a pesar de no apartarla, sé, lo noto, que las vampiras han salido ya de la cueva y se dirigen hacia nosotros. El Coronel también lo sabe y eso le da aún más fuerzas. Finalmente el arma logra encañonarme y BAAM! La cabeza del Coronel explota dentro de su casco convirtiéndose en líquido. Por lo visto también falló en ese calculo, pues según el reloj aún nos quedan veintitrés segundos de vida.
El cuerpo del Coronel, o más bien su escafandra, cae al suelo dejándome solo ante las criaturas que corren hacia mí dispuestas a cazarme. Y esta vez si que corren, un montón de hermosas mujeres, elegantemente vestidas vienen a toda velocidad hacia mí con las fauces abiertas mostrando sus colmillos. Parecen decididas a destrozarme.
Me quito el casco cuando las tengo ya casi encima. No puedo hablar, pero intento decirles con los ojos que todo esto no ha sido culpa mía. Que yo no vine aquí para matarlas. Que al igual que ellas, en el Espacio yo solo buscaba la tranquilidad. Que me encantaría unirme a ellas. Que me parecen hermosas. Que no se alimenten simplemente de mí y que por favor me conviertan en uno de ellos. Y sé, sé que entienden el mensaje.
Y mientras empiezan a rodearme y a clavar sus colmillos en mi cuello pienso en todo lo que puede llegar a pasar. Pienso que a partir de ahora surcaré el Espacio sin necesidad de escafandras, de naves ni de oxígeno. Pienso que voy a pasar la eternidad rodeado de bellezas. Pienso que vamos a destruir todos los satélites. Pienso que la próxima vez que venga una nave vamos a estar mucho mejor preparados. Y joder, pienso… pienso matar a mucha más gente que el puto Murray.

Por: David Muñoz

Y además...

17.jpg

Últimas reviews

Listas y Tops

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

SFW Internacional

Copyright © 2005 - 2019 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..