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Historias Asombrosas: Vacío

el  Miércoles, 09 May 2012 02:00 Por 
Historias Asombrosas 2012 os ofrece un nuevo relato con el que disfrutar a la luz de la hoguera en el hogar del fantástico.

Su tren se dirigía a la estación cercana a la universidad. Se había imbuido en el pensamiento de los escépticos, estudiaba los últimos renglones relacionados con el examen que realizaría al cabo de poco más de una hora.

Era muy temprano y el vagón estaba lleno de personas que iban a trabajar y de otros estudiantes que probablemente se examinarían también, pues estaban en plena evaluación, el caso es que casi no quedaban huecos vacíos para poder sentarse. A veces le daba por imaginar historias de cada uno de los pasajeros hasta que de repente se dijo para sus adentros “para ya, tienes que aprovechar estos últimos minutos para rematar los contenidos del examen” y continuó su lectura…

… Subrayaba los apuntes con un lápiz bicolor mientras repasaba una parte en la que un pensador que le parecía bastante escéptico, explicaba que nada nos garantiza que el sol salga cada mañana,… “Tiene razón, pero… ¡qué paranoia!”, pensó, “ni que se hubiera fumado algo, ja, ja, ja”. Y recostó su cabeza sobre el cristal para descansar unos minutos, antes de continuar su viaje después de una larga noche, en la que había estado preparando su examen a conciencia.

Sabía que iba a sacar buena nota porque había utilizado un truco. Cuando tuvo que examinarse de los atomistas griegos se lo creyó a pies juntillas, estamos hechos de átomos, perfecto todo es divisible, hasta llegar a la parte más ínfima ¿por qué no?... Resultado: sobresaliente. Cuando tuvo que examinarse de los racionalistas se metió en su papel, pensó “me voy a creer a conciencia todo lo que conjeturan, ‘pienso, luego existo’ perfecto… ¡Como yo! Mi existencia se debe a mi pensamiento”.  Resultado: sobresaliente. Cuando se examinó de los complejos términos como indivisibilidad, contingencia e infinito lo explicó exhaustivamente, porque se lo había creído, había creído la posibilidad de que el tiempo y el espacio fueran indivisibles, había pensado en el todo en la nada, en los contrarios, los complementarios, las contradicciones… Resultado: Sobresaliente y así durante todo el curso.

Su conciencia, no obstante, le pesaba un poco, porque cada vez que le daba la razón a un pensador o a una corriente filosófica sentía como si traicionara a todos los demás, pero sus amigos y familia le decían que lo importante eran los resultados académicos, que era una cuestión de imagen y que las buenas notas eran el primer paso al éxito. Sin embargo, por dentro, con todos sus respetos hacia Descartes, al que realmente admiraba, no podía evitar sentirse bastante empirista, se fiaba más de lo que veía y experimentaba que de lo que pensaba, pero tenía que guardar para sí su integridad, porque en cuanto se manifestaba en sus reflexiones le salían cientos de detractores que le llevaban la contraria y le acusaban de ingenuidad e insulsez.

Pasaba noches con la nariz metida en los libros y en fotocopias de libros que ya estaban descatalogados de Galileo y otros, alucinaba con viajes en el tiempo y locuras semejantes provocadas por las reflexiones de los pensadores a lo largo de la historia.

De pronto, un bache provocó que despertara, ¡qué extraña sensación!, parecía que había pasado un solo segundo desde que recostara su cabeza en la ventana de aquel tren y por otra parte era como si hubiera descansado horas, pero… ¿Por qué narices no había amanecido todavía? el tren estaba vacío ¡qué raro! … las blancas luces de los vagones empezaron a apagarse progresivamente a medida que se aproximaban a su sitio hasta que finalmente quedó a oscuras por completo. ¿Qué es lo que estaba pasando?, ¿quién y por qué estaba haciendo esto? ¿Era acaso una venganza por una traición intelectual, acaso quien estuviera detrás de esto había considerado una deslealtad utilizar diferentes ideas sólo para obtener buenos resultados?, y si no ¿cuál había sido su pecado?

¿Dónde quedaban ahora las diferentes conjeturas,  pensamientos, doctrinas y reflexiones? Maldito destino que le había traicionado y encerrado en la oscuridad del vacío, ¿quién sería el responsable de tan horrible experimento? -¡Sacadme de aquí!- gritó. ¿Cómo y por qué alguien inventaría la manera de encerrar a un ser vivo en el espacio… en la nada?, ¿qué estaba pasando?, ¿dónde estaba? “¡Socorro!” pero todo era muy extraño, notaba cómo abría la boca pero parecía que no podía articular palabra. Quería gritar y no podía, sólo pudo emitir un primer grito sonoro, el resto eran gritos mudos, internos, como el vacío en el que se había adentrado.

No podía dejar de dar vueltas a todo, ¿sería una venganza por haber utilizado trucos para sacar buenas notas? No podía soportarlo, el oscuro espacio estaba consumiendo su raciocinio, acaso el castigo a su deslealtad era arrebatarle una de las cosas que le había parecido realmente valioso a lo largo de su vida: la sabiduría.  Quién sabe, parece ser que todo era posible en el espacio vacío y oscuro pues aquí no parecía existir el sentido común.

Empezó a sentir un terror intenso dentro de su mente y de su cuerpo junto con una sensación de extremada soledad que superaba su peor experiencia vivida, la muerte de su padre, que sucedió hacía apenas dos años dejándole una gran vacío en su vida. En su desesperación quiso llamarle para saber si podría echarle una mano ya que nunca había experimentado algo tan extraño, hablar con los muertos al fin y al cabo tampoco era demasiado normal y desde luego no resultaba nada empirista, pero ¿qué podía hacer? ¿Si nada ni nadie parecía saber nada sobre lo que le estaba pasando?

En la cruel oscuridad creyó ver todos y cada uno de los elementos que habían aterrorizado su corazón y sus entrañas a lo largo de su vida, desde los monstruos de su infancia que se escondían en la pared cuando pretendía dormir cada noche, hasta los reflejos de los azulejos de la cocina, pasando por los espíritus que poblaban el pasillo que conectaba el baño con el salón, además de los demonios que querían apoderarse de sus padres, y las arañas gigantes venenosas, así como las monjas asesinas de Soria y los muertos vivientes babosos, sin olvidar, como no, los marcianos abductores. Se le antojaba que bien pudieran estar todos y cada uno de ellos a su alrededor esperando un descuido para contribuir a su desesperación y sufrimiento, arrebatándole el cerebro o realizando quién sabe qué otro macabro ritual…

No había duda, estaba desvariando demasiado. Sentía cómo el corazón le latía fuerte e intensamente, como si se le fuera a salir por la boca. así pues se le ocurrió utilizar el truco de su madre, cuando no podía dormir porque el miedo invadía sus huesos cada vez que la oscuridad se apoderaba de su habitación en las noches más cerradas, su madre venía a colocarle la manta y proponía que pensara en su dibujo animado favorito, parecía una tontería pero conseguía encontrar la calma de esa simple manera. En su caso el personaje era “Flip” de La abeja Maya: era un saltamontes verde muy gracioso y cuando se acordaba de él y lo visualizaba se le olvidaban las otras cosas que aterrorizaban su alma. Ahora, después de quince años, tenía que volver a recurrir a los dibujos animados para no perder la razón.
Todavía tenía en la mano su lápiz bicolor y en la oscuridad intentó escribir algo que describiera lo que su mente pensaba y lo firmó con una última palabra “ayuda”, aunque algo le decía que serviría de poco. De pronto se acordó del mechero, y su corazón albergó un ápice de esperanza. Era curioso cómo fumar podría salvarle la vida, ¡qué contradicción! Porque si no hubiera fumado, probablemente no hubiera llevado el mechero. ¡Ay dios, ya estaba construyendo las típicas frases de Lógica!, otra de las asignaturas. En fin… procedió a encenderlo, menos mal que lo había recargado antes de ayer, era un zippo y podía llevarlo en la mano encendido sin tener que presionarlo para intentar salir de allí, aunque en parte pensaba:
“Que se disipe mi conciencia como lo hace el gas de este mechero y me desvanezca”.

Con el mechero encendido intentó iluminar el entorno, el terror recorría sus huesos por la incertidumbre de encontrar algo que no esperaba… “Bien, ahora no puedes fallarme”, se decía para sí. Y con movimientos bruscos y rápidos fue moviendo la luz hacia diferentes puntos mientras decía:
 “A izquierda”, “a derecha”… La nada más absoluta.
 “Arriba”, “abajo”… Nada de nuevo.

Suplicó ayuda con su voz ahogada pero parecía que nadie podía oír su desesperado llanto. Ahora más que nunca se arrepentía de haber vendido su integridad por un saco de sobresalientes, en la desesperación imploró a dios prometiéndole que nunca más usaría tal falsedad y pelearía por lo que pensaba, que dejaría de vivir una vida universitaria ideal y entraría en polémicas para defender sus reflexiones. Pero eso era otra de las cosas, no creía en dios… y ahora le llamaba, ¡MAL! “Otro error”, pensó,  y así entre pensamientos de todas clases siguió viviendo su encerramiento.

En la negra oscuridad ya no notaba que el tren se estuviera moviendo, aunque podía ser que llevara un movimiento constante y de ese modo no se diferenciaría del reposo. Le daba miedo moverse por si se tropezaba y se caía, pero el caso es que no había nada de nada aunque casi no lo pudiera ver porque se le estaba acabando la lumbre, era como si el espacio vacío hubiera absorbido su tren. Pero… si fuera un agujero negro, lo habría desintegrado todo y sin embargo podía seguir pensando y sintiendo su cuerpo… un momento… ¿Su cuerpo? Intentó buscar las ventanas del vagón para ver si podía reflejarse con la pizca de luz que le quedaba pero nada, se le estaba acabando el gas. Pensó en quemar algo para poder ver mejor pero parecía como si se estuviera volviendo todo etéreo. Se notaba volátil y ya no podía ver ni sus manos ni nada. Aunque le quedaran unos segundos de luz era absurdo porque no había nada que iluminar. Intentó no pensar, pero la cabeza es imparable y se había desdoblado como en dos personalidades que no paraban de echarle en cara supuestos fallos que había cometido: “Claro idiota no tenías que haber cogido este tren”, “¿Cómo que no?, entonces no habría llegado al examen”… “Ahhhhhh ¿qué me está pasando? ¿Acaso mi mente es mi peor enemigo?, ¿es mi castigadora por haberla subestimado?, ¿hice demasiado caso a los sentidos y la relegué a un segundo plano y por eso me está haciendo esta trastada?”.

¡Oh no! ¿Cómo podría evitar esta tortura?, ¿acaso estaba siendo todo provocado por su propio pensamiento?, ¿era una metamorfosis kafkiana?, ¿el ser y el no ser a la vez?, ¿un callejón sin salida? Sentía como si fuera a reventar y decidió encogerse y pensar que era todo una pesadilla. A lo mejor si lo pensaba con mucha fuerza se convertía en realidad.

En cuanto recibió el aviso, su madre se apresuró al hospital, habían encontrado su cuerpo en posición fetal en un tren, los testigos alegaron que después de un breve ataque epiléptico y de experimentar un extraño y delirante episodio con un mechero se había quedado inmóvil en esa posición.

A los dos meses trasladaron su cuerpo en coma al hospital psiquiátrico, dependía de las máquinas, no se movía demasiado y sus ojos permanecían cerrados la mayoría del tiempo… pero a veces, parecía entendérsele vagamente una frase… Cogito ergo sum (Pienso… luego existo).

A final de curso llegaron las notas por correo a su casa y su madre con llanto en los ojos comprobó cómo obtuvo matrícula de honor en todas las materias, algo inaudito que nunca había sucedido en toda la historia de la universidad. Historial académico: Máxima calificación.

Su mente había quedado encerrada en otra dimensión, y su cuerpo en el mundo real… ¿o qué era real? … Con el tiempo se investigó su extraña enfermedad porque por lo visto era una variante del estado de coma. Los investigadores estaban empeñados en luchar por su bienestar y avanzaron bastante en ese sentido debatiendo que los estados de coma no tienen por qué ser un bonito y profundo sueño o descanso sino que, para el paciente, puede ser una pesadilla del terror más absoluto de encerramiento espacio temporal pues ¿quién puede librarse se su propia mente?, los médicos querían encontrar la manera de comunicar ambos mundos para poder transmitirle paz y que así dejara de sufrir, pero eso estaba todavía en manos de los científicos, no se sabía cuanto tiempo más duraría su castigo.
Quizá no terminaría hasta que a aquel mediocre investigador se le ocurriera por casualidad poner un lápiz en sus manos…

Por: Alicia Hernández Luján

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