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El anillo en tinieblas: la visión de Ralph Bakshi (Parte 1)

el  Domingo, 13 June 2010 02:00 Por 

La dificultad de transcribir fielmente el espíritu de una “gran novela”

“Prefiero pintar un mal cuadro que realizar una mala película. Al menos una mala pintura lo es para mí. Una mala película está expuesta para que el mundo la vea. En este sentido he aprendido a las malas”. De este modo reflexionaba el director y animador Ralph Bakshi, cuando le preguntaban acerca de su particular adaptación animada de El Señor de los Anillos.

La primera vez que supe de la existencia del clásico literario El Señor de los Anillos era todavía un crío. Fue en un pequeño cine de barrio en donde presencié el singular avance de la adaptación cinematográfica homónima creada por el artista Ralph Bakshi. Cuando se estrenó la cinta en 1978 no pude verla —por razones ajenas a mi voluntad— que caló con fuerza en mi excitable imaginación, provocada nada menos que por el cartel que entonces anunciaba la película de Bakshi, obra del artista Tom Jung.  Representados en el cartel estaban el mago Gandalf, que se elevaba hacia lo alto en épico contrapicado, y mientras que con una mano señalaba al frente en ademán de mandato con la otra sostenía la imponente y refulgente espada Glamdring, y de espaldas y de pie a ambos lados de la espada había representados dos de los pequeños hobbits protagonistas, insignificantes si los comparábamos con el cuasidivino Gandalf —¿no era acaso un dios surgido de una mitología escandinava?—.  Tal vez aquello fuera un presagio. Con el tiempo descubriría la obra de Tolkien, así como la película de Bakshi, a través de la editorial Minotauro la primera y a través del VHS la segunda. No recuerdo bien en mi caso qué fue antes, si la película animada de Bakshi, o si por el contrario lo fue la minuciosa prosa de Tolkien. Creo sin temor a equivocarme que el psicodélico y oscuro imaginario de Ralph Bakshi caló primero en la inmaculada y fértil imaginación del niño que yo era entonces (ya lo habían hecho en cierta medida unos pocos años antes tanto el tráiler como el póster). Tolkien llegó después, casi de inmediato.

La película animada de Bakshi me pareció a partes iguales terrorífica, grotesca, subyugante, y por momentos incomprensible. En efecto, la cinta me gustó más de lo que la entendí. Hablo esencialmente de la impresionable influencia para nada ponderada proveniente de la contemplación de una obra tan inclasificable como extraña, sobre todo a los ojos de un niño que poco o nada sabía entonces de los recelos enquistados en el colectivo adulto, unos prejuicios —lo que todo el mundo esperaba ver siendo como era una película de dibujos animados— que sin duda le pasaron factura al señor Bakshi. Hechizada la lógica de mi mente emocional rastreó sin proponérselo las huellas del significado inconsciente, que es el de los sueños; de modo que las terroríficas marionetas de Bakshi, chocantes, extravagantes, y para muchas personas dignas de la más sonora carcajada, me parecieron a mí entonces expresión del más sombrío, nunca mejor dicho, horror. Para nada ridículo, aunque, reconozcámoslo, sí algo pobre.

Según James Oliver, autor del libro Ralph Bakshi and the Lord of the Rings (ScreenPress Books). “La dificultad de adaptar cualquier libro a la pantalla es que la película del director simplemente no tiene la licencia que tienen los autores de la obra literaria para hacer que los lectores usen su imaginación. Las películas son un medio que depende mucho de la experiencia visual compartida, de un modo que el medio escrito, más personal y sugestivo, carece por completo; si algo no está definido en la pantalla de cine, en apariencia y en sonido, entonces simplemente no existe para el espectador”.

Tanto Chris Conkling, el primer guionista, como Peter Beagle, el segundo y definitivo guionista en incorporarse al proyecto de Bakshi, qué duda cabe, trataron afanosamente de sintetizar el extenso cuento de modo que éste fuera comprensible para el espectador medio que no había leído a Tolkien, y no acabara perdiéndose en el vasto universo que compone la novela  —de hecho, en España La Comunidad del Anillo se publicó a finales de 1977, mientras que Las dos torres un año después de estrenada la película de Bakshi en España, en 1979—. La historia animada de El Señor de los Anillos necesitaba poder conjugar prolongados espacios de exposición, donde aclarar la historia del anillo de poder, con la ineludible pauta en animación que clama por el movimiento continuo; no olvidemos que aún con un enfoque adulto Bakshi estaba dirigiendo una película de dibujos animados, con todas las limitaciones y virtudes que ello conlleva. Lo que condujo inevitablemente a una en ocasiones excesiva simplificación de la trama, que confundió a los neófitos que nada sabían de la historia y la geografía de la Tierra Media ideada por Tolkien. Siendo indulgentes la novela es demasiado vasta y compleja como para poder ser transcrita en su totalidad a un medio temporalmente tan limitado como es el cine. Y sin embargo, la síntesis en la película de Bakshi me parece encomiable —aún con sus lagunas— y bastante correcta diría yo, teniendo en cuenta la duración de la película, ciento treinta y dos minutos, que me parecen más bien poca cosa si tenemos en cuenta que ésta pretende relatarnos tres de los seis libros que conforman la novela original. Quién sabe lo que Bakshihabría hecho con algo más de tiempo..., en todos los sentidos.

No desde su estreno, pero sí hace ya mucho tiempo, que la película animada de Bakshi carga con la leyenda negra de un exiguo presupuesto —sin embargo Bakshi ha reiterado que no tuvo que enfrentarse a las dificultades presupuestarias con las que sí tuvo que lidiar en sus anteriores trabajos— y del horrendo uso que hizo de la técnica de rotoscopio (método de trazado que parte de la utilización de material filmado real), sin duda responsable del extravagante y en ocasiones cochambroso acabado visual final. Siendo la inusitada película pergeñada por Bakshi víctima del más furibundo de los escarnios me parece igualmente extravagante andar defendiéndola a ultranza; sugiriéndole esto último a unos —la defensa a toda costa— más bien un pretencioso y gafapastero ir contracorriente. A mí la película de Bakshi me encantó, y lo sigue haciendo a día de hoy. Y ni sus más devotos fans, ni sus más fieros detractores pueden en justicia negarle hoy por hoy el legítimo calificativo de película de culto. De todos modos, nada de lo que yo pueda decir podría encajar en el arbitrario y lúdico ideario de los argumentos probables, y reconozco que casi cualquier argumento que diera acabaría mordiendo el polvo por eso mismo, porque uno puede argumentar la más estúpida de las idioteces si se tiene algo de ingenio, o de buena suerte. No voy a caer en el, llamémoslo por su nombre, timo de la estampita. La reflexión llegó después de la impresión, que precede al sentimiento consciente.

“Defensa”, tal vez sea ésta una expresión en exceso dramática, y por lo demás, aburridamente leguleya, más bien cavilación reflexiva y tampoco a ultranza, pero sí firme.  La importancia de la adaptación cinematográfica de Bakshi radica sobre todo en la franqueza del planteamiento sorprendente en la actualidad; Bakshi dibujó con genuina honestidad lo que sentía, y eso se nota y en mi opinión redime al film de cualquiera de sus fallas tanto narrativas como estéticas. “A ningún artista podrá reprochársele que se encoja ante un riesgo que solamente los imbéciles corren a afrontar y que solamente los genios abordan con impunidad.” Alguno hay que clamará a voz en cuello, y con el gesto torcido, que Bakshi fue en efecto un perfecto imbécil. Pero lo cierto es que Ralph Bakshi ha sido siempre un irredento inconformista, tan sincero como para granjearse el apelativo de “chico malo” en el campo de la animación (autor, entre otras, de aquella controvertida cinta de animación titulada Fritz el gato (Fritz the Cat)calificada X por la MPAA (Motion Picture Association of America), por su contenido sexual, y que adaptaba la obra del dibujante R. Crumb). “Hoy en día estoy teniendo los mismos problemas que tuve cuando comencé, afirmando que la animación adulta y poco convencional funciona —decía Bakshi en una entrevista—. Todo el país (USA) pensó que Disney era una especie de dios, y que la animación era algo puramente para niños.”

En cualquier caso, la reputación de Bakshi, no tanto su entusiasmo por la obra de Tolkien, y sobre todo el éxito obtenido en la taquilla con sus anteriores trabajos, permitieron que finalmente fuera escogido por los ejecutivos de la United Artists para llevar a cabo el anhelado proyecto de adaptar El Señor de los Anillos a la gran pantalla. Bakshi podría, pensaron, otorgarle al proyecto animado la adecuada y sobre todo necesaria idiosincrasia. Pero antes que él a comienzos de los 70 estuvo el director de cine John Boorman, que lo desplazó. Los estudios no le hicieron caso a Bakshi entonces —que insistió en que la única manera de llevar a cabo el proyecto era por medio de la animación— y apostaron por una adaptación en imagen real. Pero cuando Boorman se presentó a los directivos de UA con un “condensado” guión de ciento setenta y seis páginas (no de setecientas páginas como declaró Bakshi en una entrevista), destinado a ser una sola película —con un intermedio alrededor de la página ochenta y uno, que es cuando la comunidad del anillo desciende por el río Anduin— y que en opinión del nuevo ejecutivo responsable (el ejecutivo que primero habló con Boorman había abandonado la UA recientemente), era incomprensible (porque en verdad no conocía nada de la obra de Tolkien), supo que lo tendría muy difícil para convencer a nadie y seguir adelante con el proyecto.  El coste para colmo era prohibitivo. La UA no quiso financiar el film de Boorman, quien sin embargo recuperó algunos de los elementos del guión en su siguiente película, Excalibur. Los directivos de la UA pensaron que una película animada reduciría mucho los costes, y bueno, Ralph Bakshi estaba realmente entusiasmado con el proyecto. “Es probablemente una de las grandes fantasías nunca escritas antes —decía Bakshi—. El lenguaje es perfecto, las caracterizaciones son perfectas, el tono es perfecto. No hay ninguna página en “El Señor de los Anillos” que no quisieras releer cientos de veces.”

Tolkien habla en una carta de junio del 68 dirigida a Forrest J. Ackerman del tratamiento cinematográfico de El Señor de los Anillos cuando se estaba barajando la posibilidad de una adaptación cinematográfica en los sesenta, con guión de Morton Grady Zimmerman, que nunca se llevó a término: “Los cánones del arte narrativo en cualquier medio no pueden ser del todo diferentes; y el fracaso de las malas películas consiste a menudo precisamente en la exageración y en la intromisión de material impropio, que son consecuencia de no percibir dónde se encuentra el meollo del original […] “El Señor de los Anillos” no puede ser manoseado de ese modo.” En palabras de Bakshi: "Desde el principio de este proyecto épico, yo era tremendamente consciente de que adquirí una responsabilidad muy especial en dirigir el film. Responsabilidad  a la memoria de su creador, a la de su familia... y a las legiones de admiradores de su obra. Millones de fans de Tolkien estarían automáticamente desconfiados frente a cualquier intento de Hollywood para producir El Señor... estarían dispuestos a “anillar” nuestros cuellos, mandarnos al exilio en Mordor y hacernos volar hasta el otro extremo del océano. Por eso mismo Saul y yo, en un esfuerzo por frenar cualquier decepción y asegurarles que se trataba de una producción ejemplar, fuimos personalmente a Inglaterra para presentarles nuestro plan de trabajo tanto a la familia Tolkien como a sus editores originales. Estábamos moralmente obligados por tratarse de una obra mundialmente famosa y esperábamos su bendición. Para mi alegría, nos fue otorgado un voto total de confianza y luz verde para el proyecto que habíamos imaginado".

En la misma carta dirigida a Zimmerman, al inicio, Tolkien aclaraba con respecto al tratamiento de algunos de los personajes en los borradores que le llegaban desde Hollywood: “Se basa en una concepción errada de los Jinetes Negros […] El peligro con que amenazan es casi por entero consecuencia del miedo irracional que inspiran. No tienen gran poder físico […]” Porque de hecho, Tolkien, en su obra, insinúa más que muestra; él siempre habla de la “presencia del Bien” o de la “presencia del Mal”, como de algo intangible, hermoso o terrorífico en un sentido trascendente, porque actúa a un nivel metafórico. El cine por contra tiende al prosaísmo ramplón cayendo recurrentemente en lo más obvio. Transmutando lo que es simbólico en el libro de un modo implícito en algo simbólicamente explícito en la película. No es el caso de Bakshi. Y eso, hoy en día, es decir mucho.

Como adaptación de una gran novela El Señor de los Anillosde Bakshi, teniendo en cuenta lo difícil que resulta evocar a través de la imagen unos sentimientos, que si bien no tienen por qué ser del todo iguales a la inspiradora prosa de Tolkien (para eso está la novela), al menos sí que debieran aproximarse al original, es de lo más sugerente y fidedigna. De hecho, la fidelidad a la novela original poco tiene que ver con que se nos narren diligentemente, y al pie de la letra, uno tras otro los sucesivos aconteceres de situaciones, porque como pasa con cualquier otra gran novela, no es éste un ejercicio de pura alquimia en donde al director le baste con trasladar a la pantalla cada uno de los elementos físicos que conforman la novela, olvidándose de la pura esencia que la sustenta. El director, por encima de todo, tiene que dar con el tono indicado; porque por poner sólo dos ejemplos, ¿cómo transcribir visualmente lo que en verdad significa la contemplación genuina y maravillada del bosque de Lothlórien?, o ¿cómo sugerir el intangible —como apuntaba Tolkien— horror de los jinetes negros? La sensibilidad estética y por tanto metafísica del autor, en absoluto casual, hace grande a la novela. La película de Bakshi en este sentido acierta en el fondo, porque no trata de adecuar la historia a la nuestra propia y la acepta en sus coordenadas míticas. Pero tampoco profundiza más, porque se percibe más como un retazo, una grandísima y sintética pintura en movimiento. Quiero decir que,no pretendo caer en el melodrama, si se descuida el alma del relato, lo más probable es que la película, simple y llanamente carezca de la genialidad inherente a la obra original, y que por tanto, termine siendo menor respecto a la primera, cuando no mediocre o tontorrona, en el peor de los casos. Porque sucede en no pocas ocasiones que la imaginaria línea que separa la genialidad de la pura irrelevancia sea demasiado fina para quienes no aciertan a distinguir la médula de la historia. 

En un artículo aparecido en la revista Outre Magazine escrito por Ross Plesset se hablaba del guión que Rospo Pallenberg, y John Boorman, habían preparado para El Señor de los Anillos, y que nunca vio la luz. El guión se tomaba muchas libertades con respecto a la obra original, (en Three Rings for Hollywood han hecho una sinopsis de algunos de los cambios). Sin embargo, aún siendo en algunos casos estos cambios con respecto al original demasiado sorprendentes —formalmente hablando— por lo mismo parecen no molestarle en exceso a algunos de los más incondicionales seguidores de la obra de Tolkien. “No creo que hubiera arruinado la obra de Tolkien para mí, porque era demasiado diferente al original”, decía no sé quien en un foro de opinión. De manera que entre los amantes de la obra original o te alejas formalmente y mantienes el tono intacto, a sabiendas de que los más puristas que han leído la novela te lo echarán en cara, pero no el resto, o te acercas formalmente, descuidando el acento, sin despertar la ira de los más puristas, pero sí la de muchos otros. Que se den las dos cosas parece un prodigio.

En palabras de James Oliver (“Ralph Bakshi and the Lord of the Rings”. ScreenPress Books): “¿Cómo satisfacer la visión personal de millones de lectores, cada uno con su personalísima visión de la Tierra Media? No se puede. Sólo cabía esperar que su sinceridad (la de Bakshi) les impresionara.”  Para ello el director rebuscó en el baúl de la historia, en la obra de los artistas holandeses como Bruegel, y Rembrandt (s. XVI-XVII), y no tanto entre la obra de sus contemporáneos, como es el caso de Frazetta. La espléndida utilización de la penumbra, el acertado uso de los  tonos ocres y terrosos, están inspirados sobre todo en el holandés. Los espléndidos fondos pintados por el artista Johnnie Vita, los diseños de Huebner Mentor, y los extravagantes bocetos del artista  Ian Miller, entre otros, dieron cuerpo a lo que sin duda sigue siendo el más afortunado acierto en toda la película.

La obra hace uso de un enigmático esquema de color capaz de alterar la percepción del espectador, cuando éste trata de distinguir a través de ella las traslúcidas formas, y los detalles tras las siluetas recortadas en el tornasolado fondo; una muy peculiar obra pictórica que se columpia entre el expresionismo, cuando el horror se cierne sobre los personajes (vid. la magistral secuencia de los jinetes negros persiguiendo a Frodo, que cabalga a lomos del caballo Asfaloth, en dirección al vado del Bruinen), y el impresionismo romántico, al describir los maravillosos paisajes de la Tierra Media (vid. La opalescente Lothlórien, la viveza colorida de Rivendel, y las sombrías Minas de Moria)

De la misma manera en que la prosa nos sugestiona la pintura evoca y potencia nuestra capacidad de imaginar, de manera que el espectador no lo sea de manera pasiva, sino activa, porque éste se impresiona antes que razona cuando observa el colorido mundo que pasa delante de sus ojos. Al ser la de Bakshi una película de animación la gama cromática con la que juega permite que el espectador mire pero no lo vea todo, o lo vea distorsionado, y por eso mismo necesite recurrir a la imaginación, como cuando se lee un libro. El acabado escénico de la película de animación de Bakshi es capaz de expresar emociones y sentimientos a veces cercanos a las emociones y sentimientos que uno tiene al leer el libro, en este caso a través de la gama cromática y de las pinceladas en el lienzo que son los fotogramas. Las imágenes se encomiendan a la particular percepción que cada uno de nosotros tiene de las cosas que ve. Por momentos una suerte de psicodelia psicotrópica en forma deirisados y vívidos fogonazos de luz y color, como cuando Saruman coge prisionero a Gandalf y lo deja aislado en lo alto de la fortaleza de Orthanc.

Sin embargo no todo es así en la película, porque los personajes al menos están bien definidos en su rayana simplicidad, físicamente hablando (algo propio de un dibujo animado). Y no dan pie a la imaginación. Obviamente, este será uno de los escollos más peliagudos que deba enfrentar un director a la hora de satisfacer a una audiencia exigente con la novela. Nunca lloverá a gusto de todos, esto es indiscutible. Esta vez a los amantes de El Señor de los Anillos (entre los que me incluyo), les debió resultar muy sencillo ponerse de acuerdo en unánime disconformidad, porque el diseño de algunos de los personajes, lo admito, fue más bien desafortunado. ¿Es que alguien imagina de veras a Boromir, un “hijo de Góndor”, portando un tosco casco con cuernos, y peor aún, blandiendo una más que mellada y carcomida espada —¿acaso de bronce?—. En mi imaginación tampoco Trancos-Aragorn tiene el aspecto físico de un nativo-americano como en la película. Pero el caso es que ni tan siquiera los abultados peinados de los hobbits, (estilo que claramente delata la década en la que la película se llevó a cabo), llegan a molestarme. Porque, y esto sí me parece realmente importante, más que el aspecto físico que cada uno de los personajes tiene en la película, el retrato que de los personajes hacen Bakshi, Chris Conkling, y Peter Beagle, es, con alguna salvedad, muy fiel a la obra original, que es la que Tolkien imaginó. No pretendo ahora comparar la película de Bakshi con la trilogía más reciente de Peter Jackson —no me interesa ahora ahondar en el asunto, hablando de sus virtudes y defectos— pero no puedo evitar puntualizar que como adaptación (independientemente de sus valores fílmicos), Jackson ha sido incapaz de mirar a los personajes como lo que son, respetando su dimensión ética y mítica, cuando no destrozándolos simple y llanamente. A modo de ejemplo, Aragorn se sabe rey de Gondor, y no lo pone en duda en ningún momento. Lo mismo le pasa a Frodo, que no es un pusilánime, y que tampoco vacila. Sam, amigo fiel, es sin embargo algo más necio que Frodo. Théoden, rey de Rohan, es más valiente que reflexivo. Y Gandalf el blanco, espada en mano, tiene tanto poder y majestad como para causarles auténtico terror a los demonios orcos en Helm. Bakshi no cae en el aburrimiento postmoderno que asola el panorama cinematográfico actual cuando trata de revivir mitos, adecuándolos —que el guionista/director piense que la nueva solución que aporta sea en verdad mejor, o más “creíble”— a las coordenadas de nuestro mundo actual. Porque sabe leer en clave simbólica, recoge la obra original y no cae en la tentación de metamorfosear su idiosincrasia original con la de nuestros días, de modo que todo el mundo en nuestra sociedad contemporánea entienda la historia sin ningún problema. Bakshi no hizo una película para todos los públicos. “Esta película fue hecha para gente joven, fans de Tolkien, y mi audiencia —decía Bakshi—. La audiencia que vio “Fritz el gato” es la  misma audiencia para la que hice “El Señor de los Anillos.” 

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