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Cenital: Manteniendo la mirada

el  Martes, 03 April 2012 02:00 Por 
Reseña de la nueva novela de Emilio Bueso publicada recientemente por Salto de Página.

Dijo una vez un tal Nietzsche (parafraseando) que cuando uno mira a un abismo, este te devuelve la mirada.

La cuestión es qué hacemos después.

El miedo puede ser una respuesta, huir de esos ojos y olvidarnos de que el abismo está ahí; construir sobre el un pozo tan hondo que lo suma en el olvido. Pero seguirá ahí.

Otra puede ser dar un paso y dejarse caer. Fundirse en las tinieblas. Ser abismo. Otro tipo de cobardía a gusto de los dominantes que temen de ser dominados.

Sin embargo, lo más difícil tras enfrentarnos a un abismo (en la vida, evidentemente) es clavar los pies en el borde y, cuándo nos mire, plantarle cara. Mantenerle la mirada.

De abismos en la vida y de miradas, o, mejor dicho, de mirada, va "Cenital", una novela omni-abarcante como el ojo de un satélite que se atreve a hablar sobre uno de los mayores abismos (el futuro) en todas sus posibles tinieblas.

El resultado, a juicio subjetivo, una obra maestra; una de las mejores novelas (mejor aún, narraciones en general) de anticipación que haya tenido el placer de leer y una experiencia estética que deja huella y que hace honor a esa reflexión magistral que definió la literatura como un "ensayo de la vida".

En "Cenital" ensayamos el desplome de la civilización. Lo ensayamos a través de muchas miradas y muchas posibles respuestas a ese desplome que, en tiempo presente, se ha hecho tan presente en nuestro día a día que parece caminar con nosotros como una segunda sombra.

El marco que se plantea no es original. Ni necesita serlo. La pérdida del petróleo, que sigue siendo, por mucho que quieran hacérnoslo olvidar con cortinas de humo de verborrea económica, el verdadero talón de Aquiles de nuestra civilización (como lo fue la madera, el carbón y cualquier otra energía no renovable -y habría que pensar si alguna realmente lo es- empleada por el hombre para fundar una nueva etapa cultural), desata el desplome completo del marco social y el hundimiento en esas eras tan terribles tras la caída de grandes civilizaciones en los que la barbarie y el atavismo vencen el pulso del alma humana.

Frente a estas mareas, una eco-aldea, un sistema reducido y sostenible pensado simplemente para la supervivencia de una civilización visible de duros trabajadores. La idea, tampoco es nueva, evidentemente. Desde las comunas de Bakunin a los sueños conductistas de Skinner en "Walden Dos", la idea de la unidad social reducida como ideal de la civilización ha ido perdurando a lo largo del tiempo.

La diferencia es que Emilio Bueso no cree en las utopías. Cree en el desplome, cree en la necesidad de prevenir y cree, por encima de todo, en la supervivencia. Pero no en las utopías. En Cenital se lucha día a día, se lucha contra la tierra y sus frutos, contra las enfermedades y accidentes, contra los enemigos que quieren penetrar en ese reducto de civilización. Y, fundamentalmente, contra uno mismo.
Ya comenté en mi reseña de "Diástole" que Emilio Bueso es un autor preclaro en su arquitectura narrativa; su forma de abordar esa renovación de la figura vampírica en cuatro noches y con una (necesaria) reiteración in crescendo de situaciones constituyen uno de los aciertos más notables de una excelente novela. Pero el grado de sofisticación al que ha llegado esa arquitectura en "Cenital" no es, precisamente, de eco-aldea, sino de catedral.

Tres (más uno) niveles narrativos se entretejen entre sí a lo largo de los muy numerosos capítulos que componen las 278 páginas de "Cenital". Por un lado, tenemos capítulos convencionales, en los que existe un presente histórico y un avance de la historia, situado en esa eco-aldea en el año 2014. Tenemos también capítulos profético-blogueros, los posts subidos en primera persona por el fundador de Cenital, Destral, a su blog personal antes del desplome. Y tenemos, por último, capítulos biográficos, narraciones que nos presentan a cada uno de los personajes más relevantes de Cenital y su entorno para comprender de dónde vienen a dónde van. El más uno serían las citas que, de tanto en tanto, enhebran los capítulos entre sí y que han de ser considerados como otro nivel narrativo porque en ellas también se da (aunque sea con palabras prestadas) una narración o al menos un crescendo narrativo y reflexivo.

Estos cuatro niveles, además, se encuentran imbricados entre sí, en una estructura de montaje en paralelo muy conocida para los aficionados a las series de televisión contemporánea ("Lost" es el referente que más pronto se le viene a uno a la cabeza) que jamás se vuelve confusa. Más bien al contrario, resulta la única manera de plasmar esta historia coral, cenital, en toda su riqueza de matices.

Del estilo de Emilio Bueso, bastan unas líneas para resumirlo. Su tótem literario sería algo así como un mastín rabioso, una masa de rabia que, en cuanto coge entre sus mandíbulas la carnaza, ya no la suelta. Pero a la vez cuenta con la capacidad de sorprender al lector con momentos de extrema sensibilidad y poesía entremedias del horror, quebrando cualquier tipo de armadura de distanciamiento en la que el lector pudiera haberse acomodado de ser la narración de un negro total y sin matices.

A este respecto, cabe comentar como obra de arte aparte el capítulo dedicado al personaje de Braqui, un ejercicio en el filo de la navaja entre la crudeza más extrema y la emotividad más incontenible del que el autor sale no indemne, sino luminoso.

Y para rematar esta pléyade de virtudes, nos encontramos con la extensión del texto. 278 páginas para contar esta historia (que hay que reducir por la peculiaridad de que los capítulos suelen ser muy breves y van separados por al menos una cara en blanco; más las citas) es, probablemente, el mayor de los prodigios, pues sería sencillísimo que ese número se multiplicara por dos o por tres. Pero someter a la historia a este tormento de gimnasia literaria hasta retirar por completo la grasa y dejar solo puro músculo acerado convierte "Cenital" en lo que debe ser: un martillo entre los ojos.

Del lector depende despertar y aceptar que el abismo, por mucho que no lo mire, está ahí.

Para terminar, una reflexión, la única cruz, no literaria, que puedo encontrarle a "Cenital". Su tono apocalíptico y unilateral queda perfectamente compensado por la profundización psicológica de los personajes y por la deriva natural de la historia sin intervencionismos demagógicos (ejemplar, a este respecto, la forma sesgada en la que concluye). Pero el fondo filosófico que se puede extraer de la misma sí permite más objeciones.

Bueso no oculta, o no parece ocultar, su intención de ser acicate del embobamiento colectivo, de indicarnos que la casa no es que tenga grietas, sino que ya se nos han caído techo y paredes sin que nos demos cuenta. Su solución es la de aceptar la historia y abanderar el cambio a otra nueva civilización más modesta, sostenible e, indudablemente, muy dura, pero no aborregada e hipócrita.

Sin embargo, la valoración tan negativa de lo presente es un arma de doble filo, como lo es toda nostalgia (sea de lo que fue o de lo que podría ser). Todo período histórico tiene sombras y luces, y jamás se puede decir en qué proporción, pues el balance de cada ser humano en individual. Pero si adoptamos la visión precisamente cenital que aplica Emilio Bueso, más que indignación, si ponderamos el devenir de la especie humana a escala cósmica, "satelital", es de tristeza y humildad.

Somos un pestañeo. En nuestra historia. En la historia del mundo. En la historia del universo.

Vistos desde el espacio, como el barro animado que soñamos ser, no podemos sentir odio hacia nuestras sombras, sino una inhumana indeferencia ante la escala real de lo absoluto.

Pero, a fin de cuentas, "Cenital" es literatura. Y la labor de la literatura, como de cualquier arte, no es ofrecer respuestas sino sembrar preguntas.

Y en preguntas, sin duda, "Cenital" es una veta, hermosa, salvaje y subyugadora.

El fantástico español debería de estar de enhorabuena, lanzar el sombrero al aire y proclamar que ya poco nos queda por aprender para caminar sin muletas prestadas de otros conquistadores.

Espero que el tiempo me dé la razón.

Y además...

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