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El osito cochambre: De lo inexplorado

el  Sábado, 02 June 2012 02:00 Por 
Análisis de este título de 23 Escalones que supone el debut en la novela de Ignacio Cid Hermoso.
Todo arte ofrece su anatomía. Esta se puede comprender al observar, cenitalmente, el trabajo de unos cuantos escogidos que dirigen las líneas de fuerza que configuran dicha anatomía. Estas líneas, siempre escasas pero fundamentales, son las voces, individuos que en su originalidad le llevan la contraria a Marx y vencen al mecanismo, vuelcan el tablero de juego y obligan a jugar con nuevas reglas.

La tarea del crítico (máxime en esta ahora de un movimiento acelerado que resulta tan vertiginoso como insustancial) es la detección de esas líneas de fuerza a partir de un todo. Una vez las conoce, y como bien entendió André Bazin en “¿Qué es el cine?”, puede plantearse con éxito esas grandes preguntas (la de Bazin es magno ejemplo) que siempre requieren en sus respuestas de los creadores más sobresalientes.

Al observar el fantástico español a partir de ciertos títulos de la cosecha del 2011 (y de la presente de 2012) puedo decir que, aunque mi conocimiento del todo todavía es escaso (me queda mucho por leer), la detección de ciertas voces están más que confirmadas, voces en las que uno puede arriesgar el bolsillo cada vez más menguante sabiendo que el sacrificio merece la pena.

Así tenemos a Javier Quevedo Puchal y una inmersión a flor de piel (mejor aún, a flor de alma) en los recovecos existenciales de personajes quebrados en su “Cuerpos descosidos” (NGC, 2011). Así tenemos dos novelas salvajes y contrapuestas (minimalismo y epopeya, esteticismo y parquedad) como son los sendos títulos de Emilio Bueso “Diástole” (Salto de página, 2011) y “Cenital” (Salto de página, 2012). Tenemos también, en órbitas similares a Quevedo, aunque con una mayor madurez en el oficio (si bien tal vez sin toda esa explosión de oscuras pasiones y esa intensidad existencial que contiene “Cuerpos descosidos”), a Ismael Martínez Biurrun, autor ya hecho, construido, poseedor de su propia anatomía literaria que plasma con maestría en “El escondite de Grisha” (2011, Salto de página). Y tenemos a artistas que visten de orfebres y orfebres que, en su artesanía, llegan a ser artistas como son, respectivamente, Victor Conde y su “Hija de lobos” (Minotauro, 2011) y Rodolfo Martínez y su “Fieramente humano” (NGC, 2011).

Al menos a ellos, y a buen seguro hay más, los tenemos.

¿Dónde se sitúa pues Ignacio Cid Hermoso y su debut en la novela “El osito cochambre” (23 Escalones, 2012)? Sin duda, en este grupo. En el de las voces. En el de los colonizadores de lo inexplorado.

Pero, ¿a qué atiende ese “inexplorado” en Ignacio Cid? ¿Se trata de una búsqueda en el cómo o una búsqueda en el qué? ¿Y cómo se caracteriza esta búsqueda?

Ignacio Cid es, de todos los autores citados, el más preocupado por encontrar nuevas sendas al cómo. Su herramienta fundamental es desplazar el empleo de la metáfora de muleta comparativa (influencia clara y fundamental de Stephen King, quien definió en “Mientras escribo” la importancia de este recurso para hacer comprender al lector mejor tanto una descripción visual como una emoción o un pensamiento) a las coordenadas de pulsión expresiva. Dicho en términos más claros, la metáfora deja de ser medio para convertirse en fin.

En “El osito cochambre” la metáfora, ya omnipresente en su propio título, es el alter ego infantil del protagonista, Mauro, un osito siniestro inventado en la infancia que protagonizó una serie de historias absurdas y siempre inconclusas en un universo de violencia y caos existencial:

«Nunca fui capaz de acabar una historia de acuerdo a la lógica de su propio planteamiento. No obstante, por aquellos días, el destino inmediato de un osito de mentira que se arrastraba en cada episodio a través de un extraño mundo de cartón piedra sorprendentemente violento era tan evidente como infantil en su inocente desenlace. Cuando el cuento llegaba a un punto en que la trama quedaba enlodada, cuando el pobre osito ya no tenía escapatoria o todo lo que ocurría a su alrededor era tan absurdo que no podía concebir resolución alguna..., entonces el osito Cochambre se metía en su cueva, se sacaba la piel y renacía glorioso desde un punto intermedio, lo suficientemente alejado de la zona pantanosa como para tener tiempo de no cometer los mismos errores».

En resumen, el osito posee ese poder por cualquiera que viva el tiempo suficiente deseado: desandar los caminos de la vida allí donde se torcieron sin remedio. Pero más importante que el funcionamiento de este mecanismo es la inserción de estos cortes a la realidad del osito Cochambre entremedias de una trama que, aunque con algo más que escarceos con lo onírico, se mueve en los parámetros de la realidad. Digamos, sin desvelar la trama, que el osito Cochambre surge en la historia para expresar (que no explicar) un sentimiento que obsesiona al protagonista, Mauro, a través de esta dimensión de metáforas encadenadas.

Un ejemplo. En algún punto de la trama, Mauro, lastrado por la pérdida de un ser querido desde hace años, ve la primera salida a una posibilidad de reconstrucción. Acto seguido a la narración convencional de cómo surge esta posibilidad, nos encontramos con el siguiente retazo en las aventuras de este plantígrado de trapo:

«Las nuevas oportunidades crecen entre la maleza y no se dejan regar con el agua de lluvia. Brotan con la sal de las lágrimas y con la sangre de quien no tiene la culpa de que estés solo.

»Ahora eres un oso bueno, y el ancho campo se abre ante ti como un río.

»Debes ser feliz porque el sol brilla sobre ti y la tierra ha dejado de girar en el sentido equivocado.

»Así que suelta tu bate roto y astillado con el que mataste el tiempo, y déjalo a secar sobre la boca mellada de tu cueva. Hazlo para que la sangre se reseque como las horas, caiga muerta al suelo verde y haga el amor con el resto de los colores».


El retal continúa, pero lo deshilachamos aquí porque ha quedado ilustrada ya esa peculiar manera de entender la metáfora. Sus raíces las encontramos claramente arraigadas en el surrealismo, en la pasión de un Lorca que desdibuja la realidad y la engendra por segunda vez en base a nuevos códigos por él solo conocidos. Es ese tipo de metáfora, la que expresa, la que habla al alma, en la que Ignacio Cid apoya su contribución a lo inexplorado del fantástico literario.

En cuanto a la trama convencional, pues ese epíteto le va bien: convencional; en malas manos, incluso de fácil caída en lo telenovelesco, historia de amores cruzados con un hermano yonki, un marido infiel, una esposa perdida, una amante adolescente, un hijo de paternidad dubitativa y viejos rencores y viejas promesas. Ignacio Cid ordena este cóctel de tópicos con personajes bien construidos, muy buena mano para la vertiente más emotiva y oficio en saber ordenar la narración para que la lectura resulte atrayente.

Pero lo que hace a su obra marcadamente personal, lo que deja su impronta más allá del buen hacer, es su labor con el lenguaje, su deseo de violar las convenciones en ese mundo de ositos y bates y pieles que cuelgan de ganchos y colores que se aman.

Defectos, evidentemente los hay. No como en todo debut, porque el autor se ha fogueado previamente con multitud de relatos –algunos contenidos en su antología “Texturas del miedo” (Saco de huesos, 2010)– hasta limar aquellos fallos estilísticos o narrativos que pudieran resultar irritantes. Se trata más bien de esas imperfecciones del artista que necesita el rodaje para ir comprendiendo mejor su peculiar anatomía literaria.

En primer lugar, el exceso de retruécanos narrativos en el tramo final de la novela para darle un nuevo significado a lo narrado; algunos pueden resultar innecesarios y restar fuerza a situaciones anteriores. En segundo lugar, otro exceso, esta vez de narradores; sumar puntos de vista de personajes secundarios para que estas situaciones no se expresen a través del diálogo puede resultar un buen recurso en otras novelas; no en esta porque el centro de gravedad se encuentra tan apuntalado en su personaje principal que cualquier inmersión en la piel de otro personaje se antoja innecesaria. Y en tercer lugar, las pequeñas minucias: algún diálogo algo más forzado, alguna situación menos verosímil; pequeñas imperfecciones que se encuentran en un número sorprendentemente bajo para una puesta de largo en la novela.

En definitiva, encuadrado en ese gran organismo que hemos descrito, capaz de ofrecer tanto como cualquier otro de los autores citados a poco que el tiempo y las nuevas obras vayan cayendo, Ignacio Cid reclama por derecho propio uno de esos lugares preeminentes dentro de un fantástico español multiforme en su abordaje del “género”: fantástico del qué, del dónde y del cómo.

Y además...

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