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Hija de lobos: Más allá de las apariencias

el  Domingo, 22 April 2012 02:00 Por 
Reseña de la novela licántropa escrita por Víctor Conde en la línea Hades/Minotauro.

"Hija de lobos" es y no es lo que parece. Al leer la sinopsis, observar la magnífica pero tópica en su motivo portada de Colucci y conocer a su autor, Víctor Conde, uno se espera una cosa y se encuentra con otra. Se espera una historia de corte clásico, magníficamente narrada, bien documentada y sin muchos riesgos. Se encuentra una historia de aparente corte clásico, magníficamente narrada, bien documentada y con todos los riesgos.

Pero para pasar de las apariencias a las verdades, "Hija de lobos" se toma su tiempo. La novela avanza piano piano, siguiendo en un principio nuestras expectativas para tornarse cada vez más oscura y culminar con una de las historias más salvajes, dolorosas y humanas que nos ha ofrecido la literatura de género con ñ probablemente en toda su historia. 


Son ya tres (de lo leído por quien esto firma, y amén de ellas ha habido títulos de lo más destacable, como "Diástole" o "Instinto superviviente", y otras muchas que aún no he podido disfrutar) las obras imprescindibles del 2011 en lo tocante al fantástico español (y la cosecha continúa en 2012, pues "Cenital" por derecho propio debe contarse ya entre las mejores distopías jamás narradas). "El escondite de Grisha", "Cuerpos descosidos" e "Hija de lobos" constituyen un trío de ases que demuestran una madurez extraordinaria en nuestros autores. 


En la que nos ocupa, "Hija de lobos", se retrata el espíritu de una época. También se recrea, con todo lujo de detalles, lo superficial e historiográfico de la era victoriana, cómo se visten, en qué piensan y de qué hablan estas gentes. Pero eso es lo "fácil". Lo verdaderamente meritorio en el título de Conde es su capacidad de atrapar el espíritu, el alma del ser humano (que siempre es la misma y se enfrenta a dilemas eternamente repetidos) sometida a los corsés (literales y metafóricos) de un marco histórico concreto. 


En primera persona (como, por otra parte, fue norma en muchas de las obras más relevantes del 2011 español en cuanto a fantástico se refiere), vivimos ese tránsito de alma encorsetada a alma liberada en la persona de Sabine, hija de familia bien pero disfuncional (un padre recluido en su estudio y un hermano aquejado de una extraña enfermedad) que evolucionará, a lo largo de las tres partes en las que se estructura la novela, de niña consentida que responde al modelo que le ha sido presentado a mujer libre, intelecto cultivado y profunda conocedora de los entresijos y contradicciones de la condición humana. 


Este derivar del personaje, su cuestionamiento de sí misma, de su tiempo y de los absolutos del bien y del mal se enhebra con una de las mejores aproximaciones a la licantropía que ha ofrecido, seguramente, la narrativa. Ya desde el principio el autor advierte: 


«Al escribir este libro he preferido rehuir la concepción hollywoodiense del licántropo, esto es, la bestia que cambia de forma bajo el influjo de la luna llena y solo puede ser herida por armas de plata y por alguien que la ame realmente. Tras hacer una investigación en textos medievales y acudir a expertos en folclore europeo, me di cuenta de que esos atributos (la luna, la plata, la licantropía transmitida a través de las heridas son realmente un invento del cine moderno. El hombre lobo europeo sobre el que versan las leyendas no obedece a tales cánones, no está vinculado a semejantes restricciones.


»Toda la información sobre la maldición de la licantropía expuesta en este libro es real, así como sus orígenes y formas de enfrentarse a ella. Al menos, es tal como lo entendieron los eruditos de la Edad Media, verdadera tierra de lobos...». 


Toda una declaración de intenciones que se lleva completamente a la práctica, tanto en la veracidad ya comentada de la recreación histórica per se como en alejar la imaginería y, aún más esencial, la mitología del licántropo de tópicos ya harto explorados en otras vetas. "Hija de lobos" es una historia plenamente europea, sin cesión alguna a la mecánica narrativa del titán comercial y casi inevitable referente literario al otro lado del Atlántico. En lo único que se puede decir que Conde entiende y emplea la sabiduría legada por el joven imperio ya en decadencia es en su capacidad para equilibrar espectáculo y personajes, aunque, como hemos comentado, bajo parámetros estéticos y narrativos muy distintos. 


En cuanto a la prosa, Conde se viste de docto caballero ilustrado, del hombre de razón y erudito que parece llevarnos sin estridencias y pulso constante por el devenir de la historia. Claro que también es apariencia, porque como muchos de aquellos hombres ilustrados, Conde guarda en la trastienda sus alambiques, pentáculos y candelabros, su condición de amante de la metáfora, de alquimista de la palabra, consiguiendo una nueva e enriquecedora contradicción estilística que se ajusta como guante de seda a las contradicciones y dilemas que enfrenta su personaje. 


Un breve fragmento, para mí de los más turbadores y a la vez fascinantes de la novela, ilustrará esta peculiar dicotomía del literato en esta obra:


«Ante mis fascinados ojos, aquellos marineros se movieron como hormigas en torno al leviatán, pasando su cuerpo por pesadas sierras, cortándolo, triturándolo, separando los músculos con poderosos garfios. Alzaron con cadenas una espina dorsal blanca como la leche que, una vez puesta en vertical, tenía la misma altura que el mástil. Cuando le llegó el turno a la cabeza, aquel yunque cuadrado cuya boca se abría como la tapa de un barril, no la partieron, sino que le clavaron barrenas de acero con puntas giratorias conectadas a mangueras. 


»Por esas mangueras comenzó a fluir un líquido denso y oscuro del que no se desperdició ni una sola gota. 


»Creo que jamás se me borrará de la mente la cascada de sangre que caía por la borda, tan fluida y abundante que parecía no tener fin». 


Y, un poco después, continúa: 


«Cuando dejamos el pueblo costero lancé una mirada por encima del hombro, ya que intuía que aquellas casas eran el último reducto de civilización que veríamos en semanas. Pero al instante me arrepentí: la espina dorsal de la ballena, apoyada en vertical contra el mástil, atrapaba con fuerza la vista, apresándola en la jaula de sus costillas curvas. En la cubierta, los balleneros lanzaban al mar las vísceras que no les eran de utilidad, y también un bulto negro y mantecoso que recé para que no fuera una cría que estaba a medio gestar en el útero materno. 


»"Si existe es que dios lo ha puesto ahí para nosotros", había dicho San Marcos. 

Yo habría cogido al maldito santo y le habría clavado un arpón en la espalda, para que aprendiera a justificar tan despreocupadamente la barbarie humana». 


Ese fascinado horror por la barbarie humana, esa consciencia de que somos saqueadores de una riqueza enorme pero finita, que podría llegar a vengarse y que sin duda nos sobrevivirá cuando no seamos ya ni el polvo de un recuerdo, se encuentra en el núcleo de "Hija de lobos", en su misma alma. Y, en el otro platillo de la balanza, aquello que hace de una vida miserable o rica: la gente que la puebla, nuestros seres queridos. 


Profunda desde cualquier punto de vista, valiente a la hora de sumergir al lector en las simas más oscuras pero jamás gratuita en sus atrocidades, "Hija de lobos" es una novela imprescindible que supera cualquier prejuicio de apariencias y se constituye por derecho propio no ya en una digna heredera de los clásicos con los que comparte marco, sino en su igual literario sin el menor complejo. 


En ese digno lugar que todo amante del género fantástico o maravilloso debe reservar en su estantería para los Stoker, Shelley o Stevenson, para los Drácula, Hyde y Frankenstein debería encontrarse "Hija de lobos". Porque todos deberíamos encontrarnos allí donde merecemos estar. 

Y además...

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