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La casa en el límite

el  Domingo, 02 March 2008 01:00 Por 
Hubo un breve período, a principios del siglo XX, cuando el género fantástico vivió una revolución extraordinaria, surgiendo de la transformación de la literatura de aventuras fusionada con la sensibilidad romántica por lo sobrenatural (cuyo máximo exponente se vio en la literatura gótica) e influenciada por una revolución científica no menos sobrecogedora que los fantasmas de antaño. William Hope Hodgson (1877-1919) es una figura clave en esta época, en la que se preconfiguraron los diversos subgéneros fantásticos tal y como los conocemos hoy en día.

En los orígenes, por supuesto, todo se encuentra mucho más entremezclado, los bordes son más imprecisos. Así pues, no debería extrañarnos el encontrar narraciones de difícil clasificación. No debería, pero eso es lo que ocurre cuando nos enfrentamos a historias como la que nos propone Hodgson en la que es considerada su obra cumbre: "La casa en el límite" (también se ha publicado en español bajo los títulos "La casa en el confín de la tierra" y "La casa en el confín del mundo", pero me parece más acertada y evocadora, como traducción de "The house on the borderland", la opción que he utilizado como título de la columna).

Hodgson publicó esta, su segunda novela, en 1908, aunque en realidad la tenía escrita desde 1904 (un dato importante, como comentaré más adelante). La evolución que muestra del horror cercano, originado en la culpa y el pecado, hacia la monstruosidad impersonal e inexorable que más tarde se denominaría "horror cósmico", lo señalan como un influyente precursor de la obra de H. P. Lovecraft (que lo elogiaría en su ensayo "Supernatural horror in literature"... circunstancia que condujo, irónicamente, al redescubrimiento de la obra de Hodgson por parte de los estudiosos del genio de Providence y a su rescate del olvido). La primera parte de la obra no puede ser más lovecraftiana en esencia. Un par de caballeros ingleses, de turismo por Irlanda, encuentran un extraño manuscrito en las ruinas de una mansión. En sus amarillentas hojas, se narra la lucha desesperada del antiguo morador de la vivienda contra una raza de horribles monstruos, con una inteligencia maliciosa, que surgen de un abismo insondable situado bajo los cimientos del caserón. Así, con la única ayuda de un fiel perro y teniendo que cuidar de su hermana trastornada, el protagonista relata con agobiante precisión el terrible asedio al que se ve sometido. En todo este pasaje, el autor muestra una envidiable mano para ir construyendo poco a poco, pero sin desfallecer jamás, la tensión (al igual que en su no menos recomendable obra "Los piratas fantasma").

Por si hubiera logrado poco con este enfoque, ciertamente adelantado a su tiempo (hoy en día, bien empapados de la literatura de Lovecraft y seguidores, quizás nos pueda parecer incluso tópico, pero en 1908, desde luego, suponía una ruptura brutal con los esquemas solidificados por siglos de tradición), llega un momento en que la trama avanza en una dirección inesperada. Y lo de "avanza" cobra todo su significado cuando nos vemos arrojados a un viaje portentoso a través de los mares del tiempo, hacia un lejano y tenebroso futuro, donde somos testigos, de la mano del protagonista que se ha convertido en un observador puro, a la muerte de la Tierra y del propio Sistema Solar. Las imágenes plasmadas por estos párrafos son de una fuerza evocadora que aún no ha sido superada. Nunca antes el hombre había sido enfrentado a su propia insignificancia a nivel cósmico como en esta narración de soledad, decadencia y muerte. Pero es que además Hodgson no se limitó a dar rienda suelta a su imaginación, sino que tuvo muy en cuenta los conocimientos de la época, adelantándose a las pesadillas científicas que plagarían las narraciones de tantos escritores tras él (de un modo plenamente moderno, alejado de la afección victoriana de la obra de anticipación de H. G. Wells, más en la línea de autores como Olaf Stapledon, casi coetáneo de Hodgson, aunque desarrollara su carrera literaria en una fase mucho más tardía de su vida).

La base científica de su apocalíptica visión procede de la obra de William Thomson, más conocido como Lord Kelvin, importantísimo físico teórico, uno de los hombres que condujeron dicha disciplina hacia su forma moderna y gran impulsor de la ciencia de la termodinámica. La larga noche que se abate sobre el Sistema Solar en "La casa en el límite" sigue los postulados de la muerte térmica predicha por Lord Kelvin: "[...] Creo que no existe ninguna acción física capaz de restaurar el calor emitido por el Sol, y que esta fuente no es inagotable; también que los movimientos de la Tierra y los otros planetas están perdiendo vis viva, que se convierte en calor; y que, aunque algo de vis viva puede ser restaurada en cierta forma a la Tierra por el calor que recibe del Sol, o por otros medios, la pérdida no puede ser exactamente compensada [...]". Esta terrible predicción, de un universo que va enfriándose poco a poco hasta detenerse por completo, alimenta el terror cósmico de Hodgson y nos depara uno de los más extraordinarios pasajes que ha imaginado la literatura fantástica.

¿Por qué apunté antes que era importante la fecha de escritura? Bueno, en 1905 un tal Albert Einstein revolucionó el mundo de la física con cuatro artículos que transformaron nuestro conocimiento del universo (se conoce la proeza como el annus mirabilis; los textos versan sobre el movimiento browniano, la relatividad especial, la relatividad general y el fenómeno fotoeléctrico... que sería el que le proporcionaría el premio Nobel en 1921 y que sentaría las bases para la siguiente gran revolución: la mecánica cuántica). Estos avances dejarían la física de lord Kelvin superada por completo (aunque su visión de la muerte térmica siga siendo, con los ajustes necesarios para actualizarla a los nuevos conocimientos, uno de los posibles destinos del universo), y por ende también la ficción de Hodgson (en la década de los veinte, Lovecraft tomaría estas ideas, que dibujaban un Universo aún más hostil e incomprensible, y las haría parte constituyente de su mitología). Todo lo cual, que duda cabe, no resta un ápice de fuerza a las descripciones de "La casa en el límite".

Quizás el estilo literario de William Hope Hodgson no sea de lo más depurado. De hecho, se tacha a menudo su novela "El país de la noche", publicada en 1913 aunque quizás escrita hasta diez años antes, que desarrolla temas similares a "La casa en el límite", de ilegible por su arcaicismo de imitación... un estilo que no se reproduce, salvo de un modo muy somero, en la obra que tratamos en esta entrada. Sin embargo, ofrece una visión completamente personal y única, capaz de enfriar nuestros corazones con la gélida soledad de un universo muerto. Una obra imprescindible, tanto para entender la evolución del género fantástico como por sus propios méritos literarios, y un autor a reivindicar, como figura crucial de una época fascinante.

Firmado: Sergio Mars

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