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La rata, terror atávico en la literatura

el  Viernes, 17 October 2008 02:00 Por 
Juan laguna, el Bibliotecario Topo del Circulo de escritores errantes , realiza una breve pero enjundiosa glosa acerca de uno d elos iconos más oscuros del terror: la rata
No es casual que la irregular antología sobre animales asesinos de Patricia Highsmith titulada “La rata de Venecia” tome su nombre de dicho relato. Existen varios motivos, algunos de los cuáles hacen también que esta historia sea de las mejores de la recopilación y, al mismo tiempo, de las más sugerentes para el lector. Son razones que hacen que la rata pase por delante de otras criaturas más letales, como los tigres devoradores de hombres o las víboras venenosas, cuando pensamos en animales de peso dentro de la literatura de terror. Porque la rata habita en la misma parcela que los terrores primigenios del hombre, e incluso los simboliza.

Los hipopótamos pueden ostentar el actual récord de muertes ocasionadas al hombre por animales salvajes, y los perros abandonados pueden ser a día de hoy la faceta más representativa de la naturaleza vejada y vengativa. Pero la rata sigue siendo monarca dentro de la historia de la humanidad en su conjunto: las pestes que desató sobre nuestros ancestros diezmaron la población mundial como jamás ningún otro animal podrá volver a hacer (o al menos, eso esperamos). Y de nada sirve culpar al parásito que le acompañaba: en el imaginario popular, la portadora de muerte fue ella, la rata, heraldo de su Jinete del Apocalipsis.

El peso de esta alimaña en nuestra cultura no pasa únicamente, sin embargo, por su papel catalizador en la Peste Negra. Su persistencia en acompañar al hombre, quien se ha convertido en un elemento clave de su hábitat y sus hábitos nutricionales facilitándole carroña y refugio, le ha llevado a influir notablemente en nuestra civilización. Su asalto a los silos de grano condujo a los egipcios a la domesticación del gato, navegó con el hombre por los siete mares escondida en las sentinas de los barcos, cambiando ecosistemas allí donde desembarcaba, fomentó la creación de razas específicas de perros para ser combatida... es natural que haya estado siempre presente en nuestra cultura y que se haya introducido en nuestra lengua como metáfora o símbolo. Su presencia en la literatura, con estos antecedentes, resulta inevitable, y no únicamente en la de género.

Sólo teniendo en cuenta aquella regla de M.R. James sobre la cercanía del terror resulta obvio que la rata es un animal ideal para sugerir sensaciones a los lectores. Incluso en una sociedad cosmopolita y desnaturalizada como la nuestra, donde los niños dibujan a los pollos directamente asados, es posible encontrarse a estos inquietantes animales asomando por desagües, en las riveras urbanas de los ríos o incluso en las vías del metro o el ferrocarril. Sin llegar a ser presencias cotidianas, es innegable que tampoco son extrañas.

La propia fisionomía de la rata resulta especialmente adecuada para historias del género. Su pelaje hirsuto y oscuro y sus hábitos alimenticios, así como los entornos en los que se mueve -basureros, cloacas, cementerios, etc.- despiertan una repulsión instintiva que se mezcla con ese temor ancestral a la plaga latente. Su capacidad de moverse en la oscuridad, otro medio en el que el ser humano se siente desamparado por instinto, y ese brillo natural en sus ojos -para captar la escasa luz- despiertan la alerta en el lector. Por supuesto, sus uñas arañando ponzoñosas, sea para trepar o agredir, y sus dientes en eterno crecimiento, lo que les obliga a roer sin descanso, facilitan la utilización de un recurso clave en el género: la anticipación. Ruidos detrás de un muro, rumores en el falso techo, la escucha de cómo se acercan amparadas por las sombras...

Son elementos que compensan su falta de envergadura: un hombre con una estaca, un gato sano o un perro pueden plantar cara sin problemas a estos roedores... si no están rabiosos o excesivamente hambrientos. De hecho, la convierten en algo más inquietante, puesto que el terror resulta mucho más efectivo, normalmente, antes de que ocurra algo. Y en los casos en los que por separado no consiguen el efecto deseado, su carácter gregario viene al rescate reclutándolas en plagas sedientas de sangre.

Estos ecos de enfermedad, de viejos enemigos, de acecho en las sombras, de tenacidad homicida, de revanchismo histórico, se perciben con especial claridad en dos relatos de Bram Stoker con los que me gustaría cerrar este artículo. “El entierro de las ratas”, escrito antes de su famosa novela “Drácula” y publicado con otros relatos por Valdemar, nos presenta una historia eminentemente realista, casi un retrato del París de la época, y en su cierre pone de manifiesto que las ratas, en sí, no necesitan elementos sobrenaturales para arrancar un escalofrío al lector. El segundo relato, cuyo título no recuerdo en estos momentos y que no consigo localizar en mi biblioteca, da una vuelta de tuerca más inquietante todavía a este símbolo de los terrores primigenios pues, ¿qué sería de nosotros si algún hombre -llamémosle brujo- se aliara con estas alimañas?

Símbolo o realidad histórica, la rata está ahí, acechando en las páginas de mil libros dispuesta a avivar ecos de terror y la fascinación propia del lado sombrío de nuestra existencia.

Juan Ángel Laguna Edroso

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