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Las arenas de Marte

el  Martes, 25 March 2008 01:00 Por 
El pasado día 18 de marzo moría, a los noventa años, Arthur C. Clarke; uno de los tres grandes maestros de la ciencia ficción de la Edad de Oro junto con Asimov y Heinlein. En su honor, este artículo analizará una de sus primeras novelas, “Las arenas de Marte”, tanto desde una perspectiva individual como contextualizada en el conjunto de su obra.

"Las arenas de Marte", publicada en 1951, fue, según su propio testimonio, la primera novela de larga extensión escrita por Clarke, cuya carrera profesional se había iniciado en 1946 con la venta a Astounding Science Fiction del cuento "Partida de rescate" (un relato corto muy divertido sobre el fin del Sistema Solar, que podéis encontrar en la antología "Alcanza el mañana"), aunque llevaba desde 1937 (II Guerra Mundial mediante) publicando de forma amateur en diversos fanzines. A pesar de este hecho, sorprende la madurez del texto, tanto desde un punto de vista formal como de coherencia con lo que serían los temas y características de su obra, que se desarrollaría aún por medio siglo (aunque al no ser un autor especialmente prolífico, sólo comprendería una veintena de novelas escritas en solitario).

Por supuesto, se trata de un libro de ciencia ficción dura escrito hace más de cincuenta años. No sólo la ciencia, sino incluso la misma sociedad chocan con el mundo que nos rodea. Sin embargo, resulta sorprendente comprobar cuán acertado estaba en muchas de sus especulaciones. No me puedo imaginar que nadie pudiera conseguir otro tanto hoy en día, proyectando la situación actual cuatro o cinco décadas en el futuro. Tal vez el secreto de su (relativa) vigencia resida en que Clarke, ateniéndose al espíritu de su famosa tercera ley (que no formularía hasta 1992): "Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia", no trata de explicar cómo funciona su mundo del futuro, sino que se limita a imaginar qué será posible y lo da por sentado. Incluso los detalles peor anticipados (como el uso de máquinas de escribir en plena era interplanetaria) resultan meros detalles de atrezzo. No cuesta nada, mientras lees, hacer la transposición mental a "procesador de textos" (o lo que sea), y la historia no varía en lo más mínimo. Los datos científicos que tenemos hoy en día de Marte, frente a las suposiciones que se hacían con las observaciones de la época, son otra cuestión. En ese sentido sí que nos encontramos con una obra terriblemente superada, aunque por estar apoyada en la ciencia, aunque sea una ciencia preliminar e incompleta, ofrece un aroma a verosimilitud que ni siquiera la realidad que nos transmiten las sondas y demás artefactos de exploración que han estado mandándonos datos de nuestro vecino rojo durante décadas (que han acabado, por ejemplo, con cualquier esperanza de encontrar vida a no ser que sea a nivel microscópico) es capaz de malograr por completo.

Pero bueno, he empezado la casa por el tejado. Primero habría que comentar de qué va "Las arenas de Marte". La novela narra la visita al planeta rojo, donde desde hace unos años está establecida una colonia que se esfuerza por medrar en un ambiente hostil (tanto planetario como político) de un escritor, Martin Gibson, invitado al viaje de prueba de la primera astronave "de línea" que unirá el tercer y cuatro planeta del Sistema Solar. Gibson, que alcanzó cierto renombre en los años cincuenta escribiendo novelas de ciencia ficción sobre la exploración espacial, se enfrenta a la realidad de todo aquello que imaginó en su juventud (no siempre de forma correcta) y una vez en su destino se irá involucrando cada vez más en el extraordinario esfuerzo de los colonos por domesticar todo un mundo. Allí, sobre las rojas arenas de Marte, se enfrentará a su pasado, anticipará su futuro, realizará algún que otro descubrimiento trascendental y será a su vez sorprendido por la iniciativa "marciana", todo ello contado con el estilo reposado, libre de conflictos desgarradores, donde el intelecto se antepone siempre a la acción, que caracterizará la obra de Arthur C. Clarke.

Sí, metaliteratura y pasajes autobiográficos (aunque falta por determinar qué tiene de real y qué tiene de inventada, pues no en vano se proyecta hacia el futuro de la carrera emergente del escritor), dos ingredientes extraños en lo que es el típico cocido "clarkiano". Incluso se hace mención de una novela, publicada por Gibson en 1953, que trata sobre un viaje de colonización a Marte. El juego de espejos resulta por momentos sorprendente, como cuando Clarke se atreve a juzgar cuáles de las predicciones de su alter ego se han cumplido y cuáles no (apunta, por ejemplo, con enorme acierto, hacia finales de la década de los 60 como la fecha en que el hombre conquistaría la Luna... tan sólo se muestra algo optimista respecto a la progresión lógica que tal logro implicaría para la aventura espacial). Como el propio autor, también Gibson es un hombre solitario, ajeno a la compañía femenina, quizás demasiado cerebral para su propio provecho. No es un dechado de virtudes (ahí se escapa a la trampa del Mary Sue), pero desde luego es un personaje mucho menos independiente de lo que suele ser habitual.

Clarke no volvería a utilizar este recurso en sus novelas posteriores. En lo que sí ahondaría sería en su visión esencialmente optimista del futuro tecnológico humano. Los conflictos, que casi siempre son de carácter científico, no se presentan como adversarios, sino como obstáculos que el intelecto humano debe salvar para proseguir con su desarrollo. No encontramos en toda la novela el arquetipo del "enemigo" que se enfrenta al "héroe" (que ni siquiera es tal). Los únicos que, de refilón, podrían asumir el papel de contrincantes serían las fuerzas retrógradas de la Tierra, los opositores al progreso, pero es la suya una oposición débil, casi simbólica, frente a la dureza de Marte, un viejo mundo que no se entregará con facilidad a los nuevos inquilinos.

Algo que se hecha en falta son los ramalazos poéticos (en forma de frases de alto contenido metafórico que puntúan los momentos clave de sus novelas) que serían uno de los sellos de identidad del autor (para 1953, con la publicación de "El fin de la infancia", ya estarían desarrollados). Sin embargo, ya nos encontramos con la narración lineal, la utilización de un personaje (Gibson) como lente a través de la cual observamos los acontecimientos, el clímax que va construyéndose poco a poco hasta estallar en un final que imprime a la historia un giro que abre nuevos caminos y los personajes complejos y bien trabajados (para ser una novela de ciencia ficción dura).

En España, hemos disfrutado de tres ediciones de la novela, todas ellas en la colección Nebulae de Edhasa (1984, 1986 y 2002), la última de ellas engordada artificialmente a base de aumentar el tamaño de letra y los márgenes hasta transformar una novela de poco más de 200 páginas en un tocho de 400. De verdad, no hacía falta. Los libros de Clarke están muy bien como son (otra constante, la moderada extensión, porque cuando tienes una buena historia no necesitas demasiada paja para arroparla), y este tipo de prácticas no son nada beneficiosas para la popularización de la literatura fantástica. También hubiera sido de agradecer un repasito ortosintáctico. No es que hayan demasiados errores, pero después de tantas impresiones cantan.

En definitiva, "Las arenas de Marte", sin ser una obra redonda, mantiene perfectamente el tipo y el interés tantos años después de su publicación original. Tal vez no sea la elección ideal para iniciarse con Clarke (teniendo éste en su haber tantas obras maestras), pero desde luego no es una novela prescindible en su bibliografía (mucho mejor que libros posteriores como "3001" o "Regreso a Titán"). Una perfecta muestra de la vigencia de las buenas obras de ciencia ficción clásicas y de cómo un texto puede mantener su vigencia incluso cuando algunos de sus cimientos han sido erosionados por el tiempo.

Para concluir, me gustaría dejar constancia de mi gratitud hacia Arthur C. Clarke, un autor que me ha ofrecido grandes satisfacciones como lector y que como escritor de ciencia ficción dura se ha erigido en uno de mis modelos a seguir.

Arthur C. Clarke, escritor y científico (1917-2008). In Memoriam,

Firmado: Sergio Mars.

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