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Abdel Muta´al

el  Lunes, 14 July 2008 02:00 Escrito por 
Los mitos de Cthulhu llegan a Historias Asombrosas Online en esta primera historia de julio de la mano de J. E. Alamo y su árabe loco particular: Abdel Muta´al

-¿Oye, efendi?- la mano de dedos tentaculares le apremió enroscándose en su antebrazo.

Levantó la vista del manuscrito apartándose con repugnancia. No le gustaba que le tocaran y menos esos sucios árabes de los que había oído historias inimaginables referidas a su aseo personal.

Imagínese, mi querido Francis, no conocen el papel higiénico.

-¿Qué ocurre, Abdel?

El árabe llevó el índice a los labios

Una uña negra y retorcida hacía de corona en el dedo nudoso.

Señalando a continuación hacia la ventana. Frunciendo el ceño para acostumbrarse al cambio de luz del quinqué bajo el que leía, a la luminiscencia de la gélida luna que menguaba, sonriente, a través de la oquedad por la que se colaba el aliento frío que expulsaba el desierto preparando el horno del siguiente amanecer, no alcanzó a distinguir nada que llamara su atención. Se volvió con impaciencia hacia Abdel sobresaltándose ligeramente al observar la mirada intensa de su sirviente. Irritado ante su propia reacción, impropia y claramente infundada, levantó la mano golpeando con fuerza al árabe en el rostro.

-En nombre de nuestro Señor Jesucristo, te he dicho muchas veces que no me distraigas con tus supercherías.

Los golpes habían comenzado casi de casualidad. Abdel Muta´al le había sido presentado un año atrás por Lady Eleonor Cromwell, esposa del embajador británico, sir Thomas Cromwell, como un sirviente idóneo: leal, obediente y además, convertido al cristianismo. Y la cuestión de la fe no era tema baladí, Francis era hombre de fuertes convicciones religiosas y nada tolerante con aquellos que practicaban cualquier otra creencia.

Sin embargo, y a pesar de las lisonjas de Lady Cromwell, el tal Abdel le había irritado desde el primer día con sus supersticiones y cuentos de viejas sobre demonios –djins y guls en su lengua maldita- y lugares dejados de la mano de Dios a los que uno nunca debía acercarse. La indignación de Francis ante tales proclamas, culminó el día en que el árabe fue presa de la zozobra al ser interrogado sobre su creencia en otras divinidades que no fuera la bíblica. Tal fue el acceso de cólera de Francis que se dispuso a despedir al árabe indicándole con el bastón, que solía utilizar para caminar, que se marchara de inmediato. Más, en su vehemencia le golpeó en un hombro. Tenía ya la disculpa en los labios, cuando algo en la actitud del otro, cabeza gacha, postura sumisa, le animó a repetir la agresión, una, dos y hasta tres veces con fuerza creciente, sin que emitiera el árabe gemido alguno. Abdel se quedó a su servicio y, desde ese día, el colérico inglés descargaba regularmente su ira sobre los hombros del sirviente que aceptaba los golpes en silencio y sin reproche alguno.

Francis Lloyds alto, delgado, algo cargado de hombros, de facciones severas y ojos grises, era hijo de pastor protestante del que recibió una esmerada educación y sus fuertes convicciones.
Contrajo matrimonio a los veinte años y enviudó al tercer año de casado.

Hubo habladurías sobre la caída que sufrió su mujer y en la que se rompió el cuello. En opinión de las gentes, la infortunada perdía el equilibrio con excesiva frecuencia.

Quedó solo, sin hijos, y con una considerable fortuna resultas de ser el único heredero de una tía abuela a la que sólo había visto en una ocasión.

No deseo besarla, padre. Huele a meados rancios.  

Ocasión que no olvidaría merced a la fuerte paliza que le diera su padre. No era la primera, ni sería la última, pero ésa le costó dos dientes y una semana durmiendo bocabajo.

Una vez libre de las ataduras mundanas y, tras su efímera participación en la guerra que había enfrentado al mundo con Alemania y Japón en la que fue herido en una rodilla durante unas maniobras que le retiró del servicio en el frente, decidió dedicar su vida al estudio de las antiguas civilizaciones. Su ansia de conocimiento le llevó lejos de Inglaterra y, sobre todo, le alejó de su padre quien tampoco hizo mucho por retenerle. En cuanto a su madre, no era más que una sombra muda y arrinconada que ni siquiera levantó la vista cuando Francis se despidió de ella con un áspero beso en la mejilla.

Había llegado hasta la ciudad de Tholmitha siguiendo las indicaciones de un manuscrito que había hallado en una librería decrépita situada en una oscura callejuela de Westminster. El texto estaba escrito en griego clásico, aunque eso no había supuesto obstáculo alguno para Francis, bien versado en esas y otra lenguas muertas. Sin embargo, el texto era velado, una cortina pesada que exigía una dedicación rayana en la manía para conseguir alzar cuanto apenas una esquina que permitiera vislumbrar la luz que ocultaba. Si es que era luz lo que había tras ella.
Había descifrado lo suficiente como para llegar hasta Tholmitha, la antigua Ptolmeis nombrada en el críptico texto, una colonia fundada por los griegos, sometida por Alejandro, posteriormente sujeta al yugo de Cleopatra para luego caer en manos romanas con las que alcanzó el esplendor. El manuscrito describía como entre los dioses griegos y romanos, se habían cobijado los ancestrales ritos de unas creencias en entidades antiguas y terribles. Creencias que provenían de tiempos anteriores a los griegos, cuando la ciudad era apenas un conjunto de casa de adobe que vacilaba sobre el foso de la ignorancia y el terror.

Un terremoto había asolado la región en el siglo IV, la venganza de los dioses afirmaba el manuscrito de Francis, pero Ptolmeis sobrevivió, cobrando mayor importancia y con ella, también las sombras que se extendieron devorando la luz. Pero la ciudad estaba maldita por los dioses y así fue como permitieron que los bárbaros, surgidos al amparo de la decadencia romana, la destruyeran. Empero resurgió una vez más, reconstruida por Justiniano, a pesar de la oposición de los pueblos de nómadas que recorrían el desierto y que quisieron verter sal en sus entrañas y dejar sus restos para que las arenas la devoraran. Los ritos antiguos renacieron con renovado vigor y las noches hacían eco a las lenguas murmurando palabras prohibidas cuyo sonido solo, podía paralizar el hálito de un hombre. Esos mismos pueblos de nómadas que se opusieron a la reconstrucción de Ptolmeis, aprovechando la caída definitiva del Imperio, acabaron por destruir la ciudad en el siglo VII y borraron de todos los mapas su presencia con el deseo de que acabara en el olvido. No fue así y las ruinas se alzaban orgullosas y desafiantes sobre el desierto cerca de Tholmitha. Allí, Francis buscaba los vestigios de esa civilización anterior a los griegos. Unos moradores sobre los que ninguna mención se hacía en los libros de historia, pero que en el manuscrito se describían como adoradores de deidades que exigían sacrificios humanos para aplacar su ira

La ira, siempre la ira.  

Y ofrecer sus favores a cambio.

Probablemente Baal o alguna monstruosidad por el estilo, concluyó Francis.

Descifró los pasajes en que se hablaba de aquellos que habían llegado de las estrellas huyendo de un creador que había jurado destruirles

La historia de Lucifer y sus ángeles caídos. Había apartado el pensamiento, esas creencias paganas nada tenían que ver con el cristianismo.

Un enemigo que les había dado alcance desterrándoles finalmente, al foso de la creación, allá donde los dioses arrojaban sus desperdicios.

No los habían destruido, quizás no fueran capaces.

Tampoco Dios, Nuestro Señor destruyó a los ángeles rebeldes. Esta vez el pensamiento persistió.

Aquel que los halle y recite su voz, gozará de la llave a la oscuridad.
Aquel que los invoque, gozará del poder más absoluto, más corrupto.

Esa parte era una invitación y una advertencia.

Y en la sangre resurgirán de nuevo reclamando su lugar en el cosmos.

Francis no encontró nada de auténtico interés en el culto.

Quizás le diera escalofríos y soñara con voces que le hablaban en lenguas extrañas. Quizás fuera el exceso de oporto al que se estaba aficionando en demasía.

Sin embargo, la posibilidad de descubrir restos de un asentamiento anterior al de los griegos le había impulsado hasta ese país mugriento y miserable.

Con Abdel había recorrido las ruinas de la ciudad, en mucho mejor estado del que esperaba, pero sólo había hallado restos romanos y algún que otro vestigio griego. Las huellas de otro emplazamiento anterior no aparecían y Francis sólo las intuía en un pasaje del manuscrito que se resistía a su interpretación. Las palabras eran sencillas y mencionaban una puerta, seguramente un templo en el que cometían las atrocidades en nombre de esos dioses detestables. Las frases eran diáfanas, sí, pero su mensaje se escabullía fuera del alcance de los esfuerzos de Francis al que cada vez le quedaba menos paciencia.

Su pensamiento volvió al cuartucho en el que se alojaba

El mejor alojamiento de la ciudad, effendi

Y a Abdel quien le observaba sin rencor alguno a pesar de la bofetada. El lado izquierdo del rostro del árabe se estaba hinchando con rapidez y Francis sintió un leve remordimiento.
-Dime que te preocupa, Abdel- le indicó en tono más suave. –Estoy ocupado intentando descifrar este pasaje y mi paciencia es algo escasa- añadió a modo de excusa.

El árabe volvió a señalar hacia la ventana y Francis, suspirando, miró por ella de nuevo para encontrar como antes, los tejados de las viviendas arracimadas y más allá, la luna leprosa y burlona sobre las ruinas que había recorrido todos los días durante un año con perseverancia frustrante. Nada más.

-No hay nada ahí afuera, Abdel. Ningún demonio, nada de nada-. Volvió al manuscrito. –Ahora, vete a dormir y no me molestes más.

-Efendi, el rumor de los insectos, ¿no lo oye? Es más fuerte que nunca.

Francis abrió la boca para replicar, cerrándola enseguida con un chasquido. Era cierto, inmerso en la lectura le había pasado inadvertido el murmullo intenso que dominaba las horas menudas. El rumor era desasosegante, casi amenazador. Recordó que los árabes creían que esos sonidos eran las voces de los demonios.

El Señor de las Moscas

Reprimió un escalofrío.

-Sólo son insectos, Abdel. Nada más. Esta noche hace más calor que otras y por eso se les oye con mayor fuerza.

El árabe calló, no parecía querer tentar la paciencia de su amo.

-Habla- le animó Francis poseído por un extraño y súbito temor. –No tengas miedo-. De pronto sentía la necesidad de escuchar una voz humana, algo que acallara el creciente rumor de los insectos

De las lenguas malditas

Que invadía el cuarto.

-Efendi, cuando los djins gritan, aquellos que no están muertos, los que yacen y aguardan, se remueven en sueños y en su agitación, señalan la puerta de su encierro.

Francis retuvo el aliento tomando al árabe por los hombros con tal brusquedad, que el hombre se encogió a la espera del golpe.

-¿Qué has dicho? ¡Vamos, hombre! ¡Repítelo!

Abdel hizo lo que se le pedía y entonces el inglés tomó el manuscrito agitándolo como un poseso ante el rostro del árabe.

-Es exactamente lo que dice aquí- susurró, con el aliento entrecortado por la emoción. –Bueno, quizás no exactamente… Mira,- le mostró el pasaje con un dedo tembloroso.
-No sé leer, efendi- repuso el árabe.
Francis le leyó las palabras con mal disimulada paciencia.

Las lenguas agitan  palabras malditas
Y es su poder alcanzar la puerta que lleva al
Que no está muerto, al que yace eternamente
Ya que con el paso de los eones, aun la Muerte puede morir

Más Chtutlu sólo puede soñar y sus sueños señalan el camino.

-¿Ves? Aquí están las indicaciones de cómo hallar el lugar que estoy buscando, pero no soy capaz de interpretarlo y ahora, tú acabas de recitar parte del condenado texto. ¡Maldita sea! Abdel, - le dijo, esforzándose por hablar con más tranquilidad. -¿De dónde has sacado esa frase?

-La oí de niño. Mi abuelo me la recitaba siempre que los djins vociferaban.
Francis luchó por controlarse y no abofetear al otro.

-Vamos a ver, en algún lugar la vería tu abuelo. Debió leerla- se detuvo de pronto, cayendo en la cuenta de lo ridículo que sonaba. – ¿Qué estoy diciendo? Tu abuelo sería un ignorante como tú- murmuró, más para si que para el otro. –Estoy perdiendo la cabeza. Dios mío, tengo que salir de aquí-. Buscó la botella de oporto de la que bebió directamente un trago largo arrojándola luego con fuerza al suelo. El vidrio estalló esparciendo el líquido ambarino por el suelo. Se agachó para recoger los restos cortándose con uno de los cristales. Ahogó una maldición al observar la sangre cayendo al suelo. La luz del quinqué se agitó concibiendo sombras volcadas sobre la sangre vertida.

-Mi abuelo, Abdel Qahhâr, era un hombre sabio, efendi-. Había desdén en el tono del árabe notó Francis con sorpresa. – Conocía las lenguas de los Antiguos y las dejó escritas para nosotros antes de partir.

Francis frunció el ceño, se notaba algo mareado debido a la súbita ingesta del oporto y a la herida. La mano le ardía y el suelo de sombras bailantes absorbía con avidez la sangre.

¿Absorber? Francis Lloyds, conserva la cabeza, eres un hombre ilustrado no un ignorante supersticioso.

 La silueta del árabe aparecía difuminada.

-¿Escritas? ¿Dónde?

El árabe señaló sobre la cabeza del inglés, en dirección al arco de la ventana. Francis se acercó alcanzando a distinguir unos arañazos, como los que alguien haría con una uña.

-¿Esto? Son sólo garabatos y recientes, además-. Se vol ió con ira. -¡Maldito árabe del demonio! ¿Pretendes burlarte de mí?

Abdel le observaba y en su rostro

Sus rasgos se remueven como la cera ardiente

Su habitual expresión sumisa había desaparecido.

-No, efendi- escupió con desprecio. –No son garabatos y siempre han estado allí. Buscabas la puerta y la has hallado. Oye lo que claman las lenguas.

-Ph ´nglui mglw´nafh Cthulhu K´lyeh wgah-nagl fhtagn-, aullaba el rumor de los insectos.

-Buscabas a los Antiguos y nos has hallado. Jamás desaparecimos.

El rostro, ¡Dios mío! ¡Protégeme!

-Sólo soñábamos. Aguardábamos tu sangre, effendi. Tu sangre corrupta que nos dará vida.

Francis Lloyds gritó echándose hacia atrás en un vano intento de apartarse de la criatura que se le echaba encima. Sus aullidos fueron velados por el rumor que había tomado la fuerza de un huracán retumbando implacable.

Ph ´nglui mglw´nafh Cthulhu K´lyeh wgah-nagl fhtagn

-Efendi- pronunció una garganta que no era humana. –Tuyo será el árbol de la ciencia y soñarás a nuestro lado hasta que mueran los eones y aun más allá. Quizás desees la muerte.

El rostro cambió y Francis reconoció a la serpiente.

-Sin embargo, la muerte jamás te alcanzará.

Y el Señor de las Moscas se abatió sobre él.

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