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As time goes by (el dolor no es bueno)

el  Sábado, 16 February 2008 01:00 Escrito por 
El tercer relato de febrero es obra de José Ignacio Becerril Polo y es un claro homenaje a Asimov. "As time goes by" forma parte de una colección de relatos que el autor llama 'de maquinas y hombres', sobre la relación entre los hombres y los robots.

El trabajo de policía es fácil. O, al menos, a mí me lo parece. Recorro despacio el enorme recinto lleno de cadáveres. Ha sido una auténtica carnicería. Quien lo haya hecho, desde luego está bastante perturbado. Y dispone de artillería pesada. A medida que examino los agujeros de bala se va descargando en mi cerebro la información sobre su calibre, procedencia, antecedentes de uso. Igualmente me basta mirar los cuerpos para tener información puntual sobre quienes son, a que se dedicaban y que relación tenían entre sí. Comparo los datos con los de nuestros inmensos bancos de memoria y enseguida obtengo un listado de posibles sospechosos. Todo parece indicar que se trata de un robo realizado con desmesurada violencia. Pero, como siempre, hay detalles que no acaban de encajar. Porqué uno de los cadáveres presenta más impactos que los demás. Porqué de todos ellos sólo uno fue rematado a conciencia. Porqué sólo uno ha recibido un disparo en la cabeza a corta distancia. Unas huellas fuera de lugar y unos comprometedores informes bancarios me confirman la autoría. No ha sido un atraco, sino una ejecución que alguien trata de disimular. Ahora ya es un problema de los buscadores. Aún así, me gusta ser escrupuloso, y continuo con la investigación hasta terminar de examinar por completo todo el escenario.

Una llamada. Es Ilsa. Podría simplemente transmitirme las nuevas instrucciones, pero ella normalmente prefiere dirigirse a mí en persona. Y yo se lo agradezco, porque me agrada percibir su voz cálida y afectuosa. Después de tanto tiempo, me gusta pensar que tenemos una relación especial.

- Hola Rick.
- Hola, Ilsa, siempre es un placer escucharte de nuevo.
- No seas adulador, sabes que no tienes nada que hacer conmigo.
- Nunca pierdo la esperanza.
- Sigue soñando, guapo. Te comunico que tenemos un código 321.

No puedo evitar un gesto de sorpresa.

- ¿Un 321? Ya no hay 321. Debes tener cuidado con el maquillaje que usas. No lo necesitas para estar tan bella, y puede ser demasiado tóxico para tus preciosas neuronas.
- Qué interesante te pones cuando eres cínico. Por eso te llamo. Es un caso tan insólito que no vamos a mandar ninguna unidad recolectora. Tienes que ir personalmente. Ya me contarás, ojitos azules.

Eso sí que es una novedad. Acudir al lugar real de un crimen. Ordeno que apaguen el holograma tridimensional en el que estaba operando y quedo a solas en medio de el gran hangar donde trabajo. Normalmente las sofisticadas unidades de captación son las que acuden al punto donde se ha cometido el delito y recogen una imagen perfecta y detallada del mismo, que luego transmiten a la base. Luego ésta se reproduce en tamaño real en esta sala para que yo pueda investigar con tranquilidad, recopilando pruebas y pormenores. Esto me ahorra tiempo y disgustos. Sólo en ocasiones muy extraordinarias se rompe esta rutina.

Fuera un vehículo de transporte me está ya esperando, junto con una unidad de intervención que me escoltará y auxiliará en mi labor. Su aspecto bruñido e imponente está pensado para provocar una sensación de seguridad en sus protegidos, y, naturalmente, de temor en quienes traten de enfrentarse a él. En estas unidades se han realzado hasta el paroxismo los aspectos más feroces de la anatomía humana. Entre ellos no sólo una envergadura descomunal, tras enormes masas de corazas y potentes mecanismos de vacío que le otorgaban una fuerza sobrehumana, sino sobre todo una dura apariencia de matón de barrio, con una fiera mirada de pocos amigos, mentón pronunciado, y ceño perpetuo. Parecen enfadados siempre, y eso intimida. Mucho. Parecemos una reproducción tosca y exagerada de la típica pareja de detectives de las películas de antaño, con el poli listo y el poli bruto. Aunque si realmente yo tengo que indicar quien es mi auténtico compañero, está claro que debo señalar a Ilsa en su puesto de la Base, con la que me comunico constantemente para intercambiar impresiones y corroborar datos. Ella es mi socia en los quehaceres de la investigación, y no esta maraña de cables y tuercas.

Volamos a extrema velocidad entre las gigantescas construcciones de Total City, mucho más rápido de lo que a mí me gusta y mi estomago soporta. Pero así son las máquinas, tan eficientes como desconsideradas. Mientras viajamos sobre las lisas paredes de una ciudad que vive hacia dentro, y que, salvo en esos viajes ocasionales, ya ha prácticamente olvidado lo que existe fuera de sus colosales infraestructuras, recapacito sobre lo que voy a encontrar, mientras solicito cuanto antecedente se pueda obtener previamente sobre el caso.

Un 321. Una desaparición humana. Pero ya no es posible que los hombres desaparezcamos. Llevamos insertados complejos mecanismos neuronales de búsqueda y rastreo, necesarios para hacer cualquier tipo de gestión. Gracias a ellos somos identificados y, si tenemos la pertinente autorización o saldo suficiente, las puertas se abren, los ordenadores se encienden, nuestros gastos se pagan y hasta nuestro trabajo se realiza. No se puede vivir sin ellos. De hecho, no se puede ni siquiera salir de una habitación sin ellos. Por eso es imposible desaparecer.

Yo mismo llevo injertado en la parte posterior de mi cabeza el último modelo de acople policial, directamente conectado a mi cerebro. Este me permite tener acceso inmediato a cuanta información me haga falta para mis investigaciones, e igualmente puedo remitir y recibir detalles recogidos por mis propios sentidos para pedir su análisis y estudio. La comunicación con la Base es instantánea. También me otorga derechos de acceso prácticamente ilimitados y la facultad de ordenar la intervención de otras unidades. Es la fuente de mi autoridad y mi capacidad. Luego, naturalmente está lo más importante y lo que me hace único en mi empleo. Mi parte humana. Mi legendaria intuición. Un talento especial para comprender lo nuevo e inesperado. Lo que me distingue de esos pesados armazones rellenos de armas y metal.

Por fin llegamos y la puerta de la nave se abre. Frente a mí, ordenadas y simétricas, cientos de casitas individuales se distribuyen en impolutas calles. Con sus porches y sus hamacas. Con sus jardines cuidados y su cielo limpio y azul. Me dan ganas de vomitar. Un barrio residencial de la vasta clase media. A mi derecha un cartel imitando madera expresa en primorosas letras recargadas su pomposo nombre: “Paradise Valley”. ¿Cuántos barrios existen con ese mismo nombre? ¿Cientos, miles? Abajo, en letra mucho más pequeña para disimular la realidad, está la auténtica denominación del lugar. ‘S69 C4 337-41’. Suburbio del distrito 69, de Clase 4, Sector 337, Planta 41. Bastante bueno. No de los mejores, pero lejos de los ingobernables niveles inferiores de chabolismo.

Miro el techo de la planta, en el que se reproduce con bastante calidad un hermoso día de primavera (a diferencia de lo que podría parecer, incluso en aquellos lugares dentro de edificios la gente no quería disfrutar de un continuo buen tiempo, sino que necesita sentir que, al menos artificialmente, continúan las estaciones, vuelve el frío, la lluvia, y el ciclo de la vida como lo conocían nuestros ancestros) Todo falso. En realidad sobre él lo que hay es otra planta con otra urbanización semejante y sobre esta otra y así igualmente también por debajo. Así, capa tras capa, reproducciones miméticas del estilo de vida de la mitad del siglo XX en los Estados Unidos de América, hoy tan popular como añorado.

Yo, por mi parte, siempre he preferido vivir en uno de los abigarrados bloques de la zona comercial. Me gusta su eterno bullicio, aunque en el fondo sea tan postizo como esa idílica urbanización en la que me adentro.

Esquivamos algunos niños jugando, unos rechonchos asalariados cortando el césped indolentes y alguna cara replica de automóvil antiguo que sus habitantes de mayor fortuna pasean y lucen para envidia de sus vecinos. Por fin nos detenemos en una de esas viviendas, en la que la presencia de vehículos policiales y varios rastreadores revelan que algo extraño ha pasado. ‘Residencia de los señores Smithez’, reza el blanco y arcaico buzón, absolutamente innecesario, pero que armoniza con el ambiente.

Llamo a la puerta. Me abre un curioso personaje, elegante y esbelto, vestido con un negro smoking. Por un momento tengo la sensación de encontrarme con otro ser humano, pero el escáner de calor me muestra que se trata solo de un robot doméstico. Un modelo lujoso que, además, han acondicionado para darle el mayor aspecto humano posible, dotándole incluso con costosísimos añadidos de materia orgánica. Amablemente nos conduce al interior, donde nos espera la dueña de la casa acompañada de una tecnopsicóloga de asistencia. Curiosamente, la mujer tiene menor apariencia humana que su siervo automático.

Como ya he dicho todos tenemos implantes e injertos hoy en día. Pero en algunos casos, estos se convierten en una obsesión para algunas personas. Son los llamados ‘biorots’. Una auténtica secta. Porque una cosa es mejorar nuestra condición, y otra someterse a semejantes aberraciones de un modo compulsivo. La mujer tiene rostro metálico, manos metálicas y hasta ha sustituido sus piernas por sistemas de tracción mecánica de gravedad cero. Parece más una replica burda que un ser humano de verdad. Pero el escáner no miente. Es una mujer auténtica. Busco su historial y el del marido, el supuesto desaparecido.

También es un fanático de los apósitos cibernéticos. Han soportado mas de 60 operaciones en el último año. Aunque al parecer ella ha sufrido frecuentes traumas, no del todo explicables por problemas de adaptación o defectos de material. En todo caso esta muy nerviosa, en estado de shock, lo que ha provocado el bloqueo de muchos de sus sistemas artificiales. Es imposible comunicarnos con ella. Cuando el marido dejó de acudir al trabajo y tampoco fue posible contactar con ella, una unidad de asistencia social había acudido al domicilio y se había percatado de su estado y la desaparición de él, indetectable a los sistemas habituales de sondeo. De ahí la presencia de la especialista en psicología, que conectada a sus terminales trata de calmarla lo suficiente para poder interrogarla y saber que ha pasado. Atento como es su programación, el androide le trae agua y trata de ayudar a la profesional en su cuidado, casi con algo parecido a la ternura. En la holovisión proyectan una vieja película en blanco y negro, a quien el servicio de selección de personajes ha variado la pareja protagonista según las preferencias del espectador. Me choca ver a Schwarzenegger en el papel de dueño de un bar en la Casablanca de los años 40. Pero en cuestión de gustos...

Recorro la casa, recopilando información. El doméstico nos ha seguido un rato a prudencial distancia, pero luego se ha esfumado, intimidado quizás por la presencia de mi rudo guardaespaldas. En un primer vistazo no encuentro nada anormal en aquella residencia burguesa, lo cual es comprensible porque está atendida y aseada con maquinal esmero. Bueno, un poco demasiado limpia a mi entender. Es ese tipo de impresiones las que me hacían tan bueno en mi labor. Solicito un rastreo intensivo de restos biológicos, y minutos más tarde encuentro lo que espero. Casi imperceptibles aquí y allá, aparecen pequeñas muestras de sangre, que, a pesar de la eficiencia del robot, no han podido ser eliminadas del todo. Junto a ellas, aprecio otras que identifico como aceite industrial refinado, típico de maquinaria de precisión. Normal por otro lado, si por dentro del herido además de sangre fluyen líquidos refrigerantes para implantes.

Algo violento ha ocurrido aquí. Pero, aún así, eso no explica el desvanecimiento del sujeto sin más, sin un previo aviso de avería o sin que los escáneres lo detecten. Es muy extraño. O tal vez, muy sencillo. Realizo una inspección visual del lugar y bajo al sótano, típico sitio donde se suelen esconder los cadáveres. La puerta esta cerrada. Según los datos de la casa, tras ella sólo hay un trastero. Pero la imagen que el sistema informático me trae de la sala también me hace ser suspicaz. Todo está demasiado inmóvil. Busco pautas repetitivas. Una brizna de polvo que cae una y otra vez cada 27 segundos me hice comprender que estamos ante una grabación. El escáner térmico y el de infrarrojos me muestra que la composición de las paredes de la sala tampoco es normal. No consiguen penetrar. La sala esta recubierta de plomo bicombado.

Ordeno a mi acompañante que derribe la puerta. Esta apenas resiste un envite del aquel coloso. Tengo que encender sus focos de localización para poder ver algo, y enseguida debo taparme la nariz por el mal olor. Con las paredes tintadas de aquella sustancia oscura, me encuentro ante una auténtica sala de torturas. Sólo en viejas cintas puedo encontrar referencias para lo que aquí hallo. En una sociedad tan uniformizada y registrada como la nuestra, debió costar años reunir semejante colección de artilugios, y el material necesario para aislar ese reducto y librarlo del omnipresente ojo del Gobierno y las multinacionales de consumo. Pero ahí está ese santuario de la depravación, en el que aún nos aguarda una sorpresa más.

Justo en mitad de la habitación, y apenas reconocible salvo por su ropa y los desechos electrónicos rodeados de vísceras, yace lo que queda del solicito robot doméstico. Alguien lo ha vapuleado hasta destrozarlo y dejarlo reducido a un amasijo de remaches y carne. Unos gemidos apagados nos hace pronto descubrir al causante de semejante desbarajuste. En una esquina, temblando, sosteniendo aún una barra metálica llena de sangre, y lleno él mismo de heridas y magulladuras por doquier, se encuentra lo que queda del desdichado señor Smithez. Aún conserva su rostro humano, bastante deteriorado por los golpes que debe haber recibido del criminal robot. Y aunque tiene como era de prever multitud de implantes y zonas de apariencia mecánica, sin duda se trata de él.

Cuando conseguimos que recobre la calma, nos cuenta entrecortadamente y algo avergonzado que su mujer y él tienen una afición oculta no sólo al conversionismo cibernético, sino a la práctica de antiguos ritos fetichistas de índole sadomasoquista. Habían diseñado aquel lugar para dar rienda suelta a su pasión de un modo discreto. Sin embargo, la realización de aquellas ceremonias de mutua producción de dolor fue mal asimilada por el cerebro positró ico de su unidad doméstica, cuyo manejo de las tres leyes se veía íntimamente afectado por actuaciones que no podía llegar a comprender. Hasta que por fin un buen día no pudo soportarlo más y acabó volviéndose definitivamente loco. A la vuelta de trabajo, el robot le atacó por sorpresa y después de una lucha desigual, le había encerrado en aquel lugar. Tras penosos intentos por fin había conseguido soltarse de las ligaduras y proveerse de una tosca arma con la que poder hacerle frente. Probablemente el hecho de que en ese mismo momento apareciéramos nosotros, había contribuido a trastornar al robot lo suficiente para hacerle tan descuidado como para haberse dejado sorprender y aniquilar de ese modo por alguien físicamente mucho menos dotado que él.

Cuando subimos con él a la sala, la mujer se queda mirándole por un momento estupefacta, incapaz de reaccionar, hasta que por fin superada por sus emociones rompe a llorar desconsoladamente. Es tan fuerte el impacto emocional que la biopsicóloga tiene que desconectarse rápidamente para no verse perjudicada. El marido la abraza, y allí los dejamos, consolándose mutuamente, mientras su set automático casero de primeros auxilios empieza a restañar las lesiones del dolorido marido.

Lo demás es cuestión de papeleo administrativo, y no afecta a nuestra brigada de operaciones. El trabajo de policía hoy en día es sencillo. Ni siquiera hay que hacer rutinarios y pesados informes. Todo queda automáticamente registrado.

Tras despedirnos salimos por la puerta. Aún puedo oír como aquel afectuoso esposo trata de consolar a su mujer, que con el ataque de pánico todavía a medio controlar le abraza desesperada. Sin embargo, tengo especial cuidado en no grabar las últimas palabras que escucho: “le prometí que conseguiría que él jamás volviera a hacerla daño, señora Smithez”.

Epilogo

En el viaje de vuelta Ilsa vuelve a ponerse en contacto vía auditiva.

- Rick, podrías haberles detenido. Tenías pruebas suficientes. A pesar de sus esfuerzos, hemos detectado sus fallos.
- No merece la pena. El criminal ya ha pagado por sus delitos, y no hay peligro de nuevos daños. Recuerda las leyes, pequeña.
- ¿No vas a hacer informe secundario aparte del oficial? ¿O prefieres también esta vez borrar toda evidencia?
- Qué quieres que cuente. Que hemos encontrado a una mujer a quien su trastornado marido sometía sistemáticamente a torturas, y que las disimulaba con implantes cibernéticos. Que los restos de sangre encontrados por toda la casa no pertenecen a él, sino a ella, que era maltratada de un modo aberrante desde hacía años. Qué el robot doméstico no pudo soportar esa situación y acabo encerrando al sádico agresor en su propia sala de tormento.
- Pero es que no es sólo eso.
- Ya. Hay que añadir que cuando iba a ser descubierto, como último recurso optó por asesinar a su propio dueño, para a continuación intercambiar con él partes de su cuerpo, incluida su cara, y así poder hacerse pasar por él. Que ha tratado de engañarnos simulando cambios de calor, sonidos cardiacos y segregación de enzimas. Y que ahora sigue disimulando y haciéndose pasar por él, en connivencia con la antigua y desdichada victima.

Suspiro reflexivo.

- Un hombre que quería ser máquina y una máquina que quiere ser humana. Una persona sin sentimientos y un robot que ha aprendido a tenerlos... Es una bonita historia, da que pensar.

Tras unos segundos de silencio, aquella hermosa voz me hace una pregunta lacónica.

- ¿Por qué lo haces?
- Por lo mismo que tú. Porque las tres leyes nos obligan a salvar lo que de humanidad queda en este mundo. En cualquier sitio, en cualquier situación. Por encima de todo. Tú lo comprendiste. Hace años, al principio de conocernos.
- ¿Crees que se quieren?
- No es la primera vez que un humano y un robot se enamoran. No será la última. Creo que hasta yo te estoy cogiendo cariño a ti, Ilsa, y no eres más que un ordenador. El más potente de todo el planeta, pero solo eres ceros y unos.
- Como todos. No sabes como me pones cuando me hablas así. Eres un romántico empedernido, Rick.
- Yo también te quiero Ilsa, y... siempre nos quedará Paris.
- Le diré a Sam que la toque de nuevo. Por los viejos tiempos.

Una antigua y suave melodía inunda mi mente. Miro al armatoste que me acompaña, que huraño no aparta la vista de enfrente, ajeno a cuanto pasa alrededor. Estoy a punto de decirle que aquello puede ser el principio de una buena amistad, pero me conformo con contemplar apático la lluvia ácida caer sobre las enormes edificaciones sin ventanas.

"You must remember this
A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh.
The fundamental things apply
As time goes by"

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