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Duelo en Coincidence

el  Martes, 21 October 2008 02:00 Escrito por 
La segunda de nuestra Historias Asombrosas de Agosto nos traslada al lejano Oeste gracias a la pluma de Enrique Díaz Pascual

El sheriff Jack McCrea dejó caer su silla de montar en el polvoriento suelo de la cima de la colina y se sentó sobre ella mientras observaba el paisaje. Ya se podía ver el  pueblo. Como mucho le quedaban un par de millas para llegar. Su mirada se detuvo un instante en la formación rocosa que se hallaba justo a la entrada de Coincidence. Una aguja de roca de unos treinta metros de altura rematada en su punta por un peñasco en forma de losa. Pero la larga travesía por el desierto le impedía ver que la losa se mantenía en una posición de equilibrio imposible.

Sacó el reloj del bolsillo de su chaleco y lo consultó. Una hora más y el sol del incipiente amanecer empezaría a apretar de nuevo. Con un poco de suerte llegaría al pueblo antes de que el calor del desierto de Arizona le atrapase de nuevo. Guardó el reloj mientras se pasaba la lengua por sus cuarteados labios, no sirvió de nada, su lengua estaba tan seca como su garganta. Maldijo mentalmente a Lázarus Baca; la persecución de ese maldito bastardo hijo de mala madre había acabado con su montura y casi acaba con él.

Se levantó despacio, cargó la silla de montar a su espalda  y comenzó a descender la colina en dirección al pueblo. Esta vez no fallaría, se convenció,  si Lázarus se encontraba en Coincidence, se ocuparía de que fuesen los buitres los que cavaran su fosa.

Estaba fregando el suelo de su taberna cuando las hojas batientes del Saloon se abrieron y dejaron paso a un forastero. Entró con la silla de montar a rastras y con el cuerpo mojado de cintura para arriba, signo de que se había refrescado en la fuente que había a la entrada del pueblo y que hacía también las veces de abrevadero. Otro que casi se deja el pellejo en el camino –pensó Pancho-. 

El recién llegado se acercó a la barra, soltó su silla de montar, se quitó el sombrero y se miró en el espejo que estaba detrás del mostrador. Pancho, que se encontraba a su espalda, pudo entonces ver su rostro además de la estrella en el chaleco que le acreditaba como representante de la ley. Era un tipo delgado y de tez morena, no tanto como la de los mejicanos, pero sí lo suficiente para resistir la acometida del sol de Arizona. Se había apoyado en la barra con la mirada fija en el espejo, sus ojos, grandes y oscuros escrutaban el reflejo de su rostro, deteniéndose en la fea cicatriz de un dedo de ancho que cruzaba toda su mejilla izquierda,  justo por encima de una barba de varios días. Se giró entonces el forastero, miró a Pancho y le pidió un trago.

Mientras le servía whisky, Pancho pensó en María, su mujer, y en la ocasión en que ella le había preguntado por qué los gringos siempre tomaban whisky cuando volvían del polvoriento camino. Lo natural, afirmaba ella, era que bebiesen agua, el whisky no podría nunca aliviarles la sed. Él le respondió que a los blancos, el polvo del camino les “chingaba” los nervios y que necesitaban del whisky para volvérselos a templar. Lo cierto es que al tercer trago, los ojos del agente de la ley ya no le parecieron tan oscuros.

Pancho le acompañó hasta la puerta mientras le explicaba que podría encontrar alojamiento y comida en el  hotel que se hallaba al final de la única calle del pueblo. Mientras observaba al gringo alejarse, intentaba recordar cuando fue la última vez que vio una estrella dorada de sheriff. Estaba seguro de que no había sido en Coincidence. Tenía la impresión de que el gringo no sabía donde se había metido.

Cuando Doc “Brandy” Parker entró en el pequeño vestíbulo del hotel con la intención de preguntar por el sheriff llegado el día anterior, no le extrañó ver al joven “Quieto” Billy sentado en uno de los butacones de la entrada. Seguramente llevaba varios días por allí. Billy siempre se quedaba una temporada cuando encontraba un sitio que sentía como seguro, aunque no solía ser por más de una semana. Si eras un “prisionero” de Coincidence, desposeído de toda tu buena fortuna, salir a pasear por la calle se convertía en una tortuosa experiencia. Así lo atestiguaban la cojera permanente de  Billy, su boca desdentada y las múltiples cicatrices que ilustraban su cara. Por fortuna, el caso de Billy era algo excepcional,  aunque había otros “prisioneros”, ninguno era tratado con tanta mala saña por el singular pueblo.

En cuanto Billy le describió el rostro cruzado por una cicatriz del forastero, Doc supo de quién se trataba. El chiflado de Lázarus llevaba varias semanas explicando entre carcajadas como se había fugado de la cárcel de Broken Hill  dejando al sheriff del lugar en ridículo. Aunque al forajido le había ido de poco, éste había acabado con el ayudante del sheriff, arrollado a una mujer en una loca huida a caballo y, de un balazo, marcado para siempre la faz del sheriff McCrea.

Si “Quieto” Billy era un “prisionero” de Coincidence, Lázarus era todo lo contrario. Era un “dado cargado” que, por muchas tiradas que hiciese, siempre muestra la puntuación más alta. Pero la carga se debilitaba progresivamente cuando se encontraba fuera de Coincidence. Si Lázarus sólo había herido al sheriff era que su suerte se estaba agotando, por eso el forajido había tenido que regresar al pueblo.

Doc observó que Billy desviaba la mirada hacia algún punto a su espalda. Cuando se giró pudo ver como Jack McCrea le miraba mientras descendía por la escalera que daba a las habitaciones del hotel.
 
-El sheriff McCrea, supongo -dijo Doc a modo de saludo-.

Jack McCrea miró a su interlocutor sin responder. El traje oscuro con levita  y el arrugado sombrero de copa corto le indicaron a Jack que probablemente el tipo que le hablaba, de sonrisa sumisa, mal afeitado y de pelo cano, era el enterrador del pueblo.

-Permítame que me presente. Me llamo Donald Parker, aunque por aquí todos me llaman “Doc” o “Brandy”.

Cuando Jack fue alcanzado en su cara por el aliento del personaje, decidió que si tenía que llamarle de alguna manera, le llamaría Brandy.

-Soy el médico del pueblo, aunque paso más tiempo trabajando como enterrador. En Coincidence la muerte pocas veces trabaja a medias, hay pocas heridas para curar y cuando las hay, son la de los pobres desgraciados como “Quieto”. Pregúntele a Billy... -dijo mientras señalaba el butacón ocupado-.

-¿Cómo sabe mi nombre? -interrogó Jack con la voz áspera y dura que regala el whisky a sus fieles-.

-¿Qué? -dijo el galeno sorprendido al ver interrumpida su cháchara-.

-¿De qué me conoce?

-Oh... claro. Lázarus lleva semanas hablando del asunto de Broken Hill. Cuando ha llegado un sheriff con la cara marcada, he deducido que se trataba del mismo agente de la ley que burló Lázarus. Por eso he venido a verle, quería avisarle.

A Jack McCrea no le importaba que Lázarus Baca supiese que estaba en el pueblo, casi lo prefería, así los preliminares serían cortos. Y si lo que el viejo borracho decía era cierto, Baca no eludiría el enfrentamiento. No después de llevar semanas riéndose de él. Jack consultó la hora, las seis de la tarde, había descansado lo suficiente.  Se sentía fresco y relajado.

-¿Donde puedo encontrarle? -inquirió Jack-. 

-¿A Lázarus?, eso tiene gracia, también se aloja en el hotel, aunque ahora mismo estará en la taberna de Pancho ... claro, pero...

El sheriff McCrea se giró hacia la puerta de salida, se sacó un cigarro de su chaleco y lo encendió mientras se dirigía hacia la calle.

-Mierda -masculló “Doc” mirando a Billy y sin perder la sonrisa-. Me han dejado plantado otras veces, pero nunca cuando estaba siendo tan amable.

Doc alcanzó al sheriff en el porche del hotel.

-Un minuto jefe, deje que le explique.... le irá bien conocer como funcionan las cosas por aquí. Sólo un par de minutos, luego puede continuar su camino. No se preocupe, Lázarus le estará esperando.

Jack se detuvo mientras contemplaba la actividad de la calle. Había bastante más animación que cuando llegó ayer por la mañana, casi parecía un pueblo normal. Un par de vaqueros charlando frente a la barbería, el herrero trabajando en la forja, jinetes, gente caminando, un par de perros con los huesos marcados sobre el pellejo... No vio ningún niño, tampoco mujeres. No debía de ser un lugar muy acogedor para formar una familia si Lázarus Baca lo había escogido como guarida. También notó algo raro en la gente que pasaba por delante de la entrada del hotel..

-¿Nota cómo lo miran? -dijo “Doc” a su lado-. Saben a lo que ha venido y les divierte que no sepa a lo que se va a enfrentar. También tienen curiosidad, se preguntan: ¿será un prisionero o tendrá algo de suerte y nos dará un buen espectáculo?.

-¿Prisionero? -interrogó Jack-.

-Ha visto a Billy ¿no?. El pobre muchacho es un prisionero, un tipo al que Coincidence le ha arrebatado toda su suerte. Mire su cara, si ahora mismo se levantase y diese dos pasos fuera del hotel probablemente caería rodando por las escaleras. Lázarus es todo lo contrario. ¿Cuantas veces le disparó usted cuando intentaba escapar?... ¿heeee? ¿cuantas...?.

-Vacié los cargadores de dos revólveres -respondió Jack intrigado-.

-¿A qué distancia?

-Empecé a disparar a menos de cinco metros.

-Ahí lo tiene jefe, Coincidence concede o arrebata la buena fortuna. A Lázarus se la ha dado toda. Nadie puede derrotarle, la suerte está de su parte.

Todos los días desde el incidente en Broken Hill, mientras seguía la pista de Baca, Jack repasó mentalmente lo que había pasado. No encontraba explicación para fallar 12 tiros. No estaba ebrio,  nunca estaba nervioso cuando tenía un arma en la mano, el  revólver estaba en perfecto estado y el blanco era un tiro fácil. Hasta hoy, no había encontrado una respuesta satisfactoria. Aunque no creía al viejo borrachín, la idea de que la causa de todo había sido un día de mala suerte le hizo sentir bien.

-Todos los habitantes de Coincidence han venido buscando su “toque” de buena suerte. Unos lo adquieren  y se marchan  para sacarle partido, otros, los que cargan con mala suerte, se convierten en prisioneros del pueblo mientras esperan que cambie su suerte.

-¿Por qué me cuenta todo esto?. ¿Quiere que me largue para que Lázarus Baca salve el pellejo?.

-No amigo -respondió sonriente el enterrador accidental-,... no. Yo también vine aquí buscando mi porción de fortuna. No la obtuve, pero descubrí que cuando les hablaba a los viajeros de como es Coincidence, ésta  me regalaba con una dosis de buena suerte. Hasta ahora sólo han sido migajas que nunca me harán rico jugando al póquer. Pero quién sabe, es posible que usted sea mi gran golpe de suerte. En el peor de los casos, esta noche ya me he asegurado unas buenas manos de póquer. Mañana, unos dólares a cargo del difunto.

-Una muerte segura. ¿Lázarus o yo? -pregunto Jack-. 

-No se ofenda amigo, pero yo apostaría por el loco de Baca. A usted no sé como le va a tratar Coincidence.

Jack sonrió mientras negaba con la cabeza.

-Ya...., ¿es posible averiguarlo?

El viejo doctor se carcajeo mientras se palmeaba el muslo.

-Sheriff, me cae bien. Pero con tan poco tiempo, la única manera que tiene para saber como actuará la suerte sobre usted, es apuntándose con su revólver a la cabeza y apretar el gatillo. Si después de hacerlo continúa en pie, coja su caballo, lárguese del pueblo y dedíquese profesionalmente al póquer.

-No tengo caballo -dijo secamente McCrea mientras descendía las escaleras del porche del hotel-.   

Jack miró la calle y acarició la culata del Colt 41 Thunderer del 77 que descansaba en la canana fijada entre la cintura y muslo derecho. Como preveía que las cosas se iban a poner feas, traía como segundo acompañante al Colt 45 de acción simple que le dejó en herencia su padre. Lo llevaba sin canana, metido detrás, entre el pantalón y la camisa. Lo extrajo de su posición, comprobó la carga de balas y lo colocó en la parte delantera del pantalón con la empuñadura mirando a  la derecha.

Mientras borraba de su mente la conversación con el viejo; un perro famélico se acercó a Jack y comenzó a olisquearle los pies, Jack lo miró y le lanzó un salivazo que le acertó entre los ojos. El perro dio un respingo y se alejó con el rabo entre las piernas. Jack hizo una mueca que podría interpretarse como un esbozo de sonrisa y se dirigió a la taberna de Pancho.

Le estaba esperando.  Allí estaba Lázarus, apoyado en la pared junto a la puerta de entrada de la taberna. Exhibía una sonrisa que hacía destacar aún más su abundante mostacho y miraba a Jack con unos ojos profundos como pozos negros.  Vestía con un auténtico traje oscuro de charro mejicano,  sombrero, chaquetilla, botonadura de plata y relucientes espuelas.

-¿Ahora trabajas como mariachi, Lázarus? -dijo con fuerza Jack desde el centro de la calle-.

Baca se enderezó y empezó a bajar las escaleras del porche en dirección a la calle.

-Jackie, Jackie, Jackie ... -respondió Baca en tono burlón mientras se retiraba el sombrero mejicano hacia atrás y continuaba avanzando-. ¿Que haces aquí?, este clima no es saludable para ti.

-Dejé un trabajo a medias en Broken Hill. Vengo a terminarlo.

Lázarus ya había llegado al centro de la calle. Ahora los dos adversarios se hallaban frente a frente a menos de diez metros.

-Sheriff.... hoy has tentado demasiado tu suerte -continuó Baca con tono cantarín. Y yo apuesto sobre seguro.

-Es posible que hoy se acabe tu suerte.

Lázarus soltó una carcajada.

-Eso es lo bueno Jackie... aquí no sucederá. -afirmó Baca mientras dejaba de sonreír-.

Al sonido de los disparos siempre le precede el silencio. En ese breve período, el tiempo se ralentiza y los sentidos se amplifican. Jack escuchaba el sonido de la tierra que crujía bajo sus botas,  el cosquilleo de la gota de sudor que descendía pos su sien y el rillo del nácar de la culata de los revólveres de Baca.

Desenfundó primero, Lázarus no se movió. Apuntó dejando que el instinto guiase su arma y apretó el gatillo. No hubo estallido ni retroceso, únicamente el metálico sonido del percutor contra la bala, clic.  Jack no tenía tiempo para pensar en la bala fallida de su primer intento, volvió a amartillar el arma y disparó. Esta vez sí hubo explosión, pero algo iba mal, apenás notó el retroceso, era un cartucho con una mala carga de pólvora, casi puso ver la bala efectuar un débil arco y caer a los pies de Lázarus. Jack pudo notar entonces como comenzaba el abrazo del peor aliado para un duelo, el miedo. Sin dudar, lo empujó hacia el fondo de su mente y empezó a amartillar frenéticamente su arma con la parte inferior de la palma de su mano izquierda mientras apretaba sincrónicamente el gatillo. La tercera bala levantó una nube de polvo a varios metros de la posición de Baca, la cuarta impactó en un abrevadero, de la quinta sólo salió humo y la sexta volvió a emitir un clic.

Lázarus sonreía ante la mirada incrédula de McCrea.

-¿Lo entiende ahora sheriff?, en Coincidence, el Azar siempre escoge la mejor opción ... para mí. Esto no es Broken Hill sheriff, aquí no hay reglas, sólo tiradas de dados, y ahora me toca lanzarlos.

Jack miraba incrédulo su arma. Así que el viejo tenía razón, nadie en su sano juicio le reprocharía jamás que no le hubiese creído. Estúpido consuelo pensó, mientras esperaba el estampido y el impacto de una bala contra su cuerpo. Había llegado su hora.

Vio como Lázarus le apuntaba. Aunque no vio como apretaba el gatillo, si que pudo escuchar el clic, una vez, dos veces, tres veces. Miró a Baca, éste miraba su arma tan aturdido como Jack hace unos segundos. Escuchó un disparo proveniente del arma de Baca, había fallado, otro disparo, otro fallo.  Jack reaccionó, sacó el otro revólver de la cintura, y empezó a replicar el fuego a la vez que Lázarus desenfundaba su segunda arma.

Los pocos observadores que se atrevieron a presenciar el duelo, fueron testigos del enfrentamiento menos cruento de la historia del oeste. Veinticuatro disparos, ningún herido.

Doc “Brandy” estaba allí, sentía que su suerte había cambiado. Le gustaba la idea de que el loco Baca no fuese la única persona del pueblo capaz de cabalgar junto al diablo y seguir con vida. Ahora había dos ganadores en el pueblo.

La noche del duelo se montó una gran juerga en la taberna, Jack no quiso estar presente. No cejaba de darle vueltas a lo que había pasado y no quería que el whisky lo alejase del propósito que le había llevado hasta aquel extraño lugar. Mientras esperaba la llegada del sueño tumbado en la cama de su habitación del hotel, Jack rememoró por última vez todo lo que había hecho, dicho y escuchado ese día. Antes de dormirse completamente, una idea había germinado en su cabeza.

Se levantó temprano y con la mente despejada. Tenía un plan, ¿que puedo perder?, se preguntó Jack. Nada, sintió la respuesta. Por un momento creyó que era Coincidence quién le hablaba.

Tras una breve visita a “Quieto” Billy, averiguó cual era la habitación de Lázarus. La puerta de la habitación de Baca no estaba cerrada. El forajido no tenía nada que temer al abrigo de Coincidence. Allí estaba su enemigo, tumbado en su lecho durmiendo plácidamente la borrachera de la noche anterior. Se acercó y esposó la mano izquierda de Baca a la cabecera metálica de la cama.

Algo mas complicado fue que todos los huéspedes, incluido “Quieto” Billy, desalojasen el hotel. Pero lo ocurrido la tarde anterior y la oscuridad de la boca del cañón de su Colt le ayudaron en su empeño.

Cuando hubo impregnado toda la planta baja de petróleo para lámparas, salió del hotel dispuesto a fumarse un cigarro desde un punto de la calle que ofrecía una buena posición de la ventana del segundo piso que correspondía a la habitación de Lázarus Baca. Escudriñó nuevamente la calle sintiéndose satisfecho al ver que todavía había poca gente circulando. No quería jaleo extra, él ya iba a montar el suficiente.

Dio un soplido a la punta de su cigarro para avivar la brasa  y lo lanzó por una ventana abierta de la planta baja del hotel. Se retiró  hasta la posición elegida y amartilló  el viejo rifle Wincherter 73 que había ganado hacía años en un concurso de tiro. Veremos si hoy también gano un concurso -pensó Jack-.

Las llamas ya se habían extendido por toda la planta baja y comenzaban a atacar el primer piso cuando Jack vio como Lázarus asomaba con dificultad su cabeza por la ventana. Baca hizo un gesto de esfuerzo, probablemente tratando de arrastrar la cama mas cerca de la ventana, y mostró toda la parte superior de su cuerpo mientras miraba hacia la calle. Entonces vio a Jack y comprendió en parte lo que estaba sucediendo.

-Jackie,..... maldito “pinche” cabrón, la cagaste -gritó Baca enfurecido-. ¿No has entendido nada?. Es inútil, aunque mandes al maldito infierno a todo el pueblo entero, nosotros seguiremos en pie. No podemos hacernos nada.

Jack apuntó con el rifle a Baca mientras le gritaba:

-¿Que crees que escogerá? -le gritó Jack a Baca mientras le apuntaba con su rifle-.

-¿Que diablos dices? -contestó-.

-¿Que crees que escogerá? -repitió a gritos Jack-.

Lázarus se reía.

-Ya lo sabes Jackie ..., ya lo sabes... ,Coincidence siempre escoge la mejor opción para mí. Eres un ....

Lázarus no pudo acabar la frase. Jack había apretado el gatillo y había dejado tieso de un balazo al loco Baca.

El loco Baca tenía razón -reflexionó Jack mientras se acariciaba la cicatriz-. Coincidence había escogido bien. Era mejor morir rápido de un disparo que poco a poco atrapado en un edificio en llamas.

El sheriff McCrea ya no llevaba una estrella en el chaleco. No había vuelto a Broken Hill, había decidido que lo ocurrido en Coincidence había trazado un rumbo nuevo para su destino. Durante mucho tiempo había creído las palabras de su padre cuando le decía que todo lo que necesitaba un buen hombre de Arizona era un caballo, una silla y un reloj. Esa era la herencia que le había dejado su viejo, no había estado mal, pero creía que era el momento de tentar un poco a la suerte. Sobretodo ahora, que podía apostar sobre seguro. No iba abusar, sólo sería esta vez. Sí, una vez, sólo una, se decía a sí mismo mientras cruzaba el umbral del Banco Federal del Estado de Arizona.

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