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El adiós del caminante celeste

el  Sábado, 20 September 2008 02:00 Por 
Relato dedicado a un personaje inolvidable.

Las estrellas relucen en silencio.

Las observo, a través de la delgada franja visible entre las moles redondeadas que cercan la alameda por donde camino, una estrecha vereda al abrigo de pirámides vegetales que derraman sus sombras en un tapiz espeso y discontinuo. Mis manos se entrelazan bajo el terciopelo de mi túnica, frotándose entre sí para atrapar el calor que se me escapa de los huesos; las manos de un viejo. Sonrío, aunque la alegría me haya abandonado.

Una baranda circular marca el final de mi camino, adornados sus bellos balaustres con relieves que recuerdan la batalla que libramos hace ya tantos años; ecos entre la piedra de un pasado que jamás volverá. Apoyo mis brazos sobre ella, sintiendo el suspiro de alivio de mi cuerpo, cansado de tenerme en pie sin ayuda de nadie. Tal vez debiera comprarme un bastón, uno como el tuyo, maestro, leñoso y diminuto, y andar encorvado el resto de mis días que percibo ya agotados; tal vez, sea esta noche.

La brisa nocturna acaricia los cañones de mi barba, mientras dejo que mis ojos contemplen el espectáculo del paisaje nocturno del corazón de la galaxia: un inmenso bosque de torres espigadas y racimos de cúpulas que relucen bajo el perenne resplandor de las hileras de cazas de vigilancia, negros y lanceados como las hojas de un ciprés, largos y estilizados transportes de tres módulos, con sus reflectores ambarinos proyectando una estela plasmática tras su paso, pesados cargueros con sus bandas de luz fluorescente y su superficie grisácea e irregular, tachonada de complicados relieves, antenas de detección y módulos de polarización para los escudos deflectores, naves diplomáticas de cascos rojos sin ventanales visibles, elevándose, majestuosamente, sobre el atestado tráfico del populacho... Un mosaico infinito de serpientes de escamas luminosas, en desafío perpetuo con las luces que alumbran el firmamento. Pero nunca tan hermosas, nunca lo serán.

Cierro los ojos y los pensamientos, olvidándome de la brisa que mece las verdes agujas  de los árboles, olvidándome del frío glacial que congela mi tuétano y hace que mis dientes castañeteen, olvidando el rumor inextinguible de los millones de pensamientos que se agolpan en la ciudad —también de aquellos seis que se ocultan entre las sombras de un callejón a menos de cien pasos a mi espalda— y de los billones que viven más allá, alejados entre nubes de polvo estelar y pedazos de estrellas muertas. Me olvido por unos instantes de La Fuerza, de tus enseñanzas, Ben, de todo lo que me importa y por lo que he vivido. La ironía me lleva a que mi último refugio, en estas horas de penumbra, sea el dolor, el recuerdo de tu dolor, Leia, hermana mía.

A través de mis párpados cerrados, y del torbellino confuso de puntos luminosos que se arremolina ante mis ojos, veo con claridad tu rostro, el óvalo de tu rostro teñido por una tonalidad amarillenta —fiebre ardiente—, las lágrimas resbalando por tus mejillas, mezclándose con la pátina de sudor frío que embadurnaba tus rasgos como un sudario húmedo, y tus ojos, tus hermosos ojos castaños, vagando hacia arriba y hacia abajo, en amplios arcos ciegos, buscando una salida a tanto sufrimiento. A mis espaldas, la figura vencida de un amigo (hermano de amor), hundido, con su mano apoyada sobre una mesa para no caer y su sombra recortada contra la luz lunar que penetraba por un ventanal redondo, enterrado en una pared de barro. Un grito de dolor desgarrando tu garganta le hizo abandonar la sala, las manos escondiendo su rostro, llorando, llorando... Y entonces sucedió, me llamaste y yo me acerqué a tu rostro. Tus dedos se aferraban a los míos mientras sostenía con fuerza tu mano consumida, insignificante y diminuta, ligera como los huesos de un ave muerta. Y te escuché, tu voz apenas un susurro quebrado, gorgoteando, con cada palabra, en tus pulmones cubiertos de mucosidades oscuras y sanguinolentas «¡Cuida de él, cuida de Alen! Lo presiento, el lado oscuro, lo presiento... ¡Han! No, no eres Han. Luke. ¡Luke! Mi hermano ¿Recuerdas, nuestro beso en Hoth? Recuerdas. La boca abierta de Han... Yo... Desearía... Yo... Luke ¡Luke!»

Y te apagaste.

En ese mismo instante, tu boca se abrió con tus ojos y dejaste de vivir. Me dejaste hermana.

Para siempre.


Cuando abandoné la habitación, las sombras de la noche cubrían el pasillo y el miedo se apoderaba de mis pensamientos. Contemplé a Alen, de rodillas contra la pared, su barbilla enterrada sobre el pecho, los bucles dorados desmadejados en una maraña húmeda por el sudor y las lágrimas. Me acerqué y me senté a su lado, en silencio. Pronto, demasiado pronto sus sollozos se apagaron y me miró a los ojos, con furia «¿Por qué, por qué has dejado que pasara, por qué? ¡Tú tienes poder! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué has dejado que pasara?!»

¿Por qué?

¿Por qué...

Ese grito resuena en mi mente cada día, cada hora, cada instante. No he sabido protegerlo gemela de mi amor, hermana mía, no he sabido protegerlo.

Un retazo de nuestro último encuentro revolotea por mi mente cansada. Siento los detalles. El frío metal  de la empuñadura escurriéndose entre mis sudorosas palmas; el silbido ahogado de mis pulmones, resollando como si el aire fuera sal; nuestras sombras mezclándose sobre el suelo; bajo los haces azules y bermejos; su rostro, su rostro. La piel blanca y macilenta, las sombras oscuras contorneando sus párpados, sus pupilas amarillas, opacas entre las sombras de su cogulla, y la sonrisa, la sonrisa de odio doblando sus labios.

Un relámpago rojo desciende en diagonal sobre mi cabeza.

Levanto mi sable con ambas manos; lo detengo. Una cascada de chispas blancas nace de nuestros sables al estrellarse contra un pilar metálico, socarrando la carne de mis mejillas; pero él sonríe, el sonríe. Las chispas se desvanecen en un vapor frío y azulado antes de poder tocar su rostro.

Su rostro.

Siento las lágrimas recorriendo mi piel quemada con un dolor ausente; es mi pecho el que se desgarra y aúlla. «Por favor, vuelve. Por favor... ¡Vuelve!» No reconozco mi voz al escuchar el quejido lastimero que escapa de mi garganta. «Vuelve...»

Su sonrisa se tuerce en una mueca horrenda; unos dientes apretados asoman entre sus labios. Con un movimiento, destraba nuestras espadas y traza un sesgo bajo, apuntando a mis rodillas.

La luz penetra piel, músculos y hueso.

Caigo al suelo.

No me defiendo.

Mis manos no pueden sostener la espada que cae y rueda, alejándose de mí. El aura de su arma se hace más intensa mientras la siento cerca de mi cuello que se lacera ante el calor que emana la cercanía de su filo. Pero no me importa. Que todo acabe rápido, pienso, que todo acabe rápido. La hoja asciende, «lo siento», no necesito ver, «lo siento».

Y no llega a caer.

Vivir, tuve que soportar vivir todos estos años, tras haberos fallado a todos; a ti, Han, que perdiste tu vida bajo la mano de tu hijo a quién debía proteger y adiestrar; a ti Leia, muerta en una enfermedad que mi poder no supo predecir, ni curar; a vosotros, mis maestros, que me observáis en esta noche en la que me siento muerto ya, aunque me resten aún unos instantes, pues he fallado allí donde vosotros vencisteis y de mis errores vendrán las lágrimas del mañana, tantas como estrellas hay en el cielo.

Vuelvo a Coruscant, vuelvo a la ciudad de las cúpulas y de las luces, vuelvo al corazón de la galaxia, al frío metal de la baranda al que mis manos se aferran, a la alameda que susurra historias en el rumor de sus árboles y a la consciencia de mis seis verdugos, que aguardan a mis espaldas para ejecutar la sentencia que merezco. Una última vez, me reencuentro con mi vieja amiga que me rodea afectuosa, abrazándome en su seno de infinita luz y conocimiento eterno. Me giro y aunque mis ojos siguen cerrados, Ben, no los necesito. Ha pasado mucho tiempo y ya no los necesito. Una nave perdida atraviesa la alameda con un estruendo veloz. Siento cómo flamean los pliegues de unas túnicas entre la ráfaga de viento y el susurro de las hojas de los árboles crece en un rugido. El sonido se hace eco, el eco murmullo y el murmullo silencio. Un siseo vibrátil emerge a diez pasos de mí, un siseo de víboras cubiertas con túnicas oscuras que empuñan sus lenguas rojas y afiladas con ambas manos. Se despliegan en abanico, apuntando sus filos hacia mí. Extiendo mi mano derecha. El metal asciende de mi cintura, gira en el aire y aterriza sobre mi palma. Esta frío, pero es un frío tenue, la caricia de un viejo amigo. Mi mano izquierda cierra sus dedos sobre él y un siseo responde al cerco de lanzas bermejas, ya sólo a cinco pasos.

No abro los ojos, Ben, no abro los ojos.

Leia...

Nos veremos pronto.

Muy pronto.

Y además...

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