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El Dr. Bernard y la ventana de los instantes

el  Sábado, 02 February 2008 01:00 Escrito por 
¿Qué pasaría si pudiésemos asomarnos a nuestros recuerdos a través de una fotografía? ¿Intentaríamos recuperar los momentos perdidos?... El autor del primer cuento de febrero, Gabriel Benítez, nos traslada con pulso firme a un entorno que evoca en nuestra imaginación poderosas imágenes victorianas dignas de figurar entre las Historias Asombrosas de este mes

Eran ya poco después de las seis de la tarde cuando llegó a la casa otro de los mensajes del Dr. Bernard. Al igual que en los anteriores, suplicaba mi presencia en su laboratorio, así que le pedí a Néstor me trajera de la recamara mi saco oscuro y mis guantes de cuero recién comprados para acudir a la cita. Atento a todo, tuvo a bien conseguirme un carro a las afueras de la casa y en menos de media hora me volví a ver en el interior del laboratorio del Dr. Bernard. Ahí, en medio de todas aquellas máquinas y matraces lo encontré a él, absorto en la contemplación de una gran fotografía que tenia colocada sobre un tripie.

- Alex, dígame: ¿Qué sabe de los aborígenes australianos? - me preguntó de repente sin darme la oportunidad de anunciar mi llegada y sin siquiera voltear a verme. A otros, aquel recibimiento les parecería una descortesía, pero yo ya estaba acostumbrado al Dr. Bernard.

- ¿Saber con respecto a que?

- Cierto. Son tantos los factores diferentes en la cultura de los aborígenes australianos que si no especificara yo el sentido de la pregunta, no pararía usted de hablar en todo lo que resta de la noche.

Menos mal. Yo realmente no tenia ninguna idea sobre la cultura de los aborígenes de ninguna parte del mundo, aunque siendo franco, tampoco me duele reconocerlo.

- Vea esta fotografía -. dijo y señaló el cuadro delante de él. - la tomó un artista local que tengo el agrado de no conocer.

- Es una bonita fotografía campirana. No sabia de su interés por el arte, doctor.

- No nos confundamos, Alex. No me interesa el arte.

- ¿Entonces?

- Dígame. ¿Diría usted que este paisaje es real? Una casa allende al bosque, un pequeño río y montañas azules más allá de donde termina este valle...

- Esta tomada de algún lugar real, eso es indudable.

El Dr. Bernard sonrió y luego se volvió hacia mi.

- En Australia, los aborígenes evitan ser representados gráficamente. No aceptan tomarse fotos, porque dicen que el lente les roba el alma.

- ¡Ah, muy cierto! En algún lugar escuché sobre eso. Supongo que en el club.

- Bien, le tengo noticias: los australianos tienen razón. En parte.

Creo que quedé anonadado por la respuesta porque no atiné a comentar nada.

- Las imágenes que ve aquí no son precisamente la realidad, es cierto, pero son análogos de ella. Una representación no simbólica de un momento determinado.

El Dr. Bernard volvió a dirigir su atención a la fotografía y continuó:

- Piense en algo, Alex. ¿Qué tan profundo es el tiempo? ¿Hasta donde llega un instante? Hablamos de minutos, de segundos, de milésimas de segundo, pero realmente no hay un limite de "congelamiento" en el instante. Bien, la fotografía logra el milagro de congelar ese "nebuloso" instante por medio de la huella que la luz deja en las placas de plata con que toman las imágenes. Y lo que he descubierto, es que esas huellas guardan toda la información multidimensional del lugar que se ha retratado. La luz graba pues, una huella fractal.

- Temo que no entiendo lo que quiere decir. - confesé.

- Pronto entenderá. - dijo y se dirigió hacia un una de sus mesas de trabajo de donde tomó un vidrio casi del mismo tamaño que la fotografía de pared y lo colocó justo en frente de ella. Después me pidió que me acercará a él y en voz baja me señaló.

- Alex, haga el favor de colocar su mano exactamente sobre el cristal.

Lo hice sin rechistar y entonces... ¡mi mano lo atravesó! Atravesó el cristal sin romperlo, sin hacerle ningún daño hacia...

- ¡Oh, Santo Dios! Exclamé. - ¡Dios bendito!

- No se trata de Dios - señalo el Dr. Bernard con una sonrisa de triunfo. - Al menos no directamente.

Sentí una ráfaga de viento mover la manga de mi saco y el acogedor calor de un sol deslizarse cariñosamente sobre mi mano. Todo aquello detrás del cristal. Y sin que el Dr. Bernard me dijera nada más, me atreví a pasar todo mi brazo, mi cabeza, medio cuerpo, a través de aquel milagro.

Y ahí esta yo, saliendo de la nada mirando desde adentro el paisaje de un lugar que no podía estar ahí, en un tiempo que no podía ser ese.

Duró apenas unos segundos, porque volví al laboratorio impulsándome hacia atrás. Estaba temblando.

- Es un milagro.- murmuré - un milagro.

- No insulte su inteligencia, Alex.- dijo el Dr. Bernard mientras retiraba el cristal de enfrente de la fotografía, tomándolo de los bordes. - No es un milagro. Acaba de entrar a usted a la información re-organizada de un paisaje. Mi cristal hace las veces de un prisma cuatri-dimensional, solo que en lugar de descomponer la luz, separa las 4 dimensiones que estaban atrapadas en la huella fotonica de esa fotografía. En otras palabras, entró usted a una analogía de la realidad.

- Pero...no puede ser... yo sentí viento...olí el campo... eso no puede venir impreso en la huella fotonica de nada.

El Dr. Bernard arqueó sus cejas frente a esa información y después señaló:

- Tonterías. Eso se la ha imaginado usted.

- Por supuesto que no. ¿Qué no lo ha probado antes?

- No Alex, como siempre, le ofrezco a usted la primicia en ser el afortunado en experimentar el resultado de mis investigaciones. Sin embargo esta vez creo que me he equivocado. La experiencia lo ha inquietado mucho, tal vez demasiado. Creo que le pediré a mi chofer que lo lleve a su casa a descansar.

Y fue así que al poco tiempo fui llevado a la casa donde mi fiel mayordomo, Néstor, recibió el paquete de un hombre pálido hasta la muerte y con el recuerdo de una tarde calurosa y un viento delicadamente fresco en la fotografía de su memoria.

2.

No regrese al laboratorio del Dr. Bernard en un buen par de semanas. La experiencia había sido muy fuerte para mí y estuve en cama con fiebre durante tres días seguidos, pero después, debido a mis negocios y a mis compromisos en el club, tuve que abandonar el lecho para activarme una vez más.

Comprendí pues, que algo raro pasaba cuando me di cuenta que el Dr. Bernard ni siquiera había mandado a nadie de su casa para confirmar como me encontraba yo.

Sin necesidad de invitación, me dirigí una vez más a su hogar y en la puerta de entrada me recibió Carlos, su mayordomo, correcto, flemático como siempre.

- El doctor no se encuentra en la casa. Dejo una nota. Dijo que iba a viajar.

- ¿Viajar? ¿No le informó a donde?

- No. Solo hizo una maleta y se fue. Ni siquiera lo vi salir.

Entonces lo supe de inmediato.

- Carlos, no lo vio salir porque de hecho nunca salió. Lléveme por favor al laboratorio.

- El doctor dejó ordenes expresas de...

- Olvídelo, - dije y me dirigí corriendo al laboratorio. La puerta estaba cerrada con llave así que la abrí de dos buenas patadas en la chapa. Y cuando entre...

El Dr. Bernard estaba ahí, pálido, demacrado con los ojos rojos totalmente acabados de tanto llorar.

- Dr. Bernard.- susurre y me acerque poco a poco a él. Carlos venia tras de mi. - Dr. Bernard. Pensé que había entrado a una fotografía y que tal vez algo le había sucedido, por eso...

Pero el buen doctor no parecía estar presente. A su alrededor, había un álbum con pequeñas fotos derramadas. Fotos de un tiempo y un lugar que no eran aquél, fotos de un Dr. Bernard mucho más joven, de una bella y sonriente chica, y de una niña que...

- ¿Quiénes son, Carlos? - le dije. Carlos recogió el libro de fotografías y lo dejó en una de las mesas del lugar. Después, se volvió a mi.

- Son la esposa y la hija muertas del Dr. Bernard. - susurró. - Murieron hace mucho tiempo en un incendió. Se quemó la casa completa. Ellas también.

Me volví entonces hacia el Dr. Bernard. Y ahí estaba él, mirándome con los ojos acabados de un perro abandonado .

- Solo podían atravesar mis dedos, Alex. - confesó.- las fotografías... son tan pequeñas...que solo podían atravesar mis dedos.

Y con un esfuerzo que a mi me pareció sobrehumano, el Dr. Bernard me los mostró.

- Solo mis dedos. - dijo y después, lloró.

Por Gabriel Benítez

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