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El que viene a verte

el  Martes, 21 October 2008 02:00 Escrito por 
Jose Manuel Rey Domínguez firma la tercera de las Historias Asombrosas de agosto.
Me gusta atravesar el frondoso valle, enfilar el camino polvoriento y cruzar el antiguo puente que me acerca a ti. Me gusta andar sobre sus tablones revestidos de humedad y olvido. Me gusta oír, a cada paso, el crujir de la madera vetusta como un grito desgarrado que se ahoga en un mar de astillas. Pero, por encima de todo, me gusta ser el que viene a verte.

Esta tarde ha sido distinta a las otras. Me he sentido raro. Como si alguien o algo me estuviera vigilando. Durante el trayecto, en un par de ocasiones, he lanzado miradas inquietas hacia atrás, en busca de la causa de mi desazón. No he logrado descubrir nada extraño. Todo parecía estar en orden; el valle con la calma que siempre transmite su intenso verdor, el camino desierto de transeúntes (apenas he logrado ver a un gato tuerto ocupado en dar caza a una mariposa blanca que, a la orilla del camino, junto a las malvas, revoloteaba inquieta) y finalmente, el puente vacío de sonidos y de sombras. Probablemente todo se deba al nerviosismo que causa en mí la cita inminente, el hecho de saberte tan próxima. No debo pensar más en el asunto.

Dejo atrás el puente y me adentro en el maizal a tu encuentro. Tras unos minutos de incertidumbre logro descubrirte tendida de espaldas contra la tierra, contemplando el cielo infinitamente azul que se recorta en los perfiles del crecido maizal. En el aire, después del cálido chaparrón del mediodía, viaja un aroma de rebaño de cabras y heces de conejo, mezclado con el olor de la tierra mojada y algo parecido al hedor de un animal muerto. No sin cierta excitación me he tumbado a tu lado, tras los maizales he adivinado la línea espejeante del río que discurre mansamente por entre las colinas silenciosas y en cuyas aguas se refleja el centenario molino con sus enormes aspas, envejecidas como rígidos mechones de canas al viento.

Extiendo mi brazo y sumerjo mis dedos en las aguas de tu cuerpo intentando suscitar una ola traviesa que haga rodar los cantos de tus ojos y estremecer el limo dormido de tu piel. De repente, un ratón blanco con ojos de fuego huye como un pez por entre el laberinto de algas que es tu pelo.

Hoy como ayer, te vuelves a mostrar indiferente a mis caricias, no participas de ellas. Eres un trozo de coral anclado en las profundidades de mi alma y yo no dejo de ser un pecio en el mar muerto de tus pupilas.
Esta mañana han vuelto a buscarte, te he susurrado al oído. En el pueblo no han cejado en el intento desde que desapareciste. Aún así, tú puedes estar tranquila y yo no preocuparme demasiado. Nadie te encontrará.

Ahora te miro a la cara y estás llorando. Las lágrimas brotan de tus ojos y se deslizan en lenta singladura por la superficie desolada de tu rostro. Arrimo mis agrietados labios al marco siniestro de tu mirada y sorbo con deleite las lágrimas atrapadas en la celosía de tus pestañas. Una vez las descubro en el interior de mi boca me entrego enfebrecido a la tarea de masticar tu dolor. Noto como crujen con cada dentellada, un sabor agrio, a limón añejo inunda mi garganta reseca. Del interior de tu pecho, a través de tu boca, me llega un aire viciado, acompañado de sonidos extraños, rumores de sombras que te transitan por dentro y te desordenan el alma y la carne.

De pronto, a mi espalda, me sobresalta el estallido de una rama. Y antes de que pueda darme cuenta de lo que sucede se abalanzan sobre mí. Ellos son unos cuantos, cinco o seis, no estoy seguro. Mientras dos me sujetan con fuerza, los otros se han acercado a ti para observarte. Los oigo hablar en voz alta. <> ha dicho el más alto. <> He escuchado decir a otro. De improviso el más alto se acerca a mí con el rostro encendido y me propina un fuerte puñetazo. <<¡Maldito loco, hijo de puta, vas a pagar por esto!>>. Me ha escupido a la cara. La nariz me sangra, pero yo no huelo la sangre. El olor a animal muerto, a carne descompuesta, me marea.

Ellos me sostienen, me empujan, me alejan de ti. Entre el tumulto de brazos y piernas consigo verte por última vez. Algo se mueve en tu rostro. Sigues llorando. Adiós, te digo con ternura mientras me arrastran y, las larvas vivas, asquerosas, lívidas y brillantes no dejan de derramarse, en una voraz procesión, por tus párpados apergaminados para, finalmente, juntas todas ellas, horadar y socavar tus mejillas putrefactas.

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