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Hadas de ciudad

el  Jueves, 01 May 2008 02:00 Escrito por 
La cuarta y última historia asombrosa de abril es "Hadas de ciudad", de Pedro Escudero Zumel. Como el propio nombre indica, nos habla de esos seres de cuento, que principalmente habitan en los bosques... pero entre ellas existe alguna rebelde que prefiere la ciudad y a los humanos.
Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera. Saltaba tambaleante entre los escombros y las latas oxidadas del descampado, derrotando a enemigos fantasmales. Un joven borracho, de esos del botellón, o quizás un drogadicto, pensaron los escasos conductores que acertaron a vislumbrar su figura entre las sombras provocadas por los faros. La noche era fría, pero parecía no importarle. Un reguero de sudor resbalaba por su frente.

Anadae–Su contemplaba embelesada cómo el muchacho abatía a los oficiales ingleses, a los caníbales caribes y a los soldados españoles. Escuchó los gritos de abordaje, el zumbido del viento entre las jarcias y el retumbar de los cañones. Disfrutó de la cálida brisa marina y el brillo del oro teñido de sangre. Sonrió y esperó, ya quedaba poco.

Para las demás hadas era una paria, no porque ellas la hubieran expulsado, sino porque ella misma se exilió. Nunca pudo comprender por qué preferían sus anodinas vidas cuando podían disfrutar de todo el brillo, el ajetreo y el esplendor de la ciudad. Sus hermanas vestían de verde sauce, rojo amapola y azul cielo, ella, en cambio, prefería el gris cemento, el azul metálico y el negro asfalto.

El muchacho arrojó su cazadora al suelo, en un gesto de desafío frente a Lord Winter, el gobernador de Martinica, que era tenido por el mejor espadachín del ejercito de su graciosa majestad. Su cuerpo tiritaba por el frío, pero su mente, muy distante de la realidad, lo ignoró. Los contrincantes trabaron sus espadas, resoplaron e hicieron mil fintas, cada cual más acrobática y espectacular. Tras aquel primer embate, se separaron durante un instante para recobrar el aliento, hacer un leve gesto de reconocimiento a la habilidad del contrincante y, con bríos renovados, continuar su duelo.

Titania, la reina de las hadas, la dejó marchar. “No deseamos rehenes”, dijo, “pero te equivocas, entre las luces de la ciudad hallaras tu perdición; aquellas de nosotras que permanecen en las infectas colmenas de los humanos languidecen y perecen. Nosotras somos seres de ensueño”, le explicó “y no encontrarás sustento en aquellos inhóspitos parajes; sus sueños te envenenarán”.

Sólo halló a una de las suyas en la ciudad, y su situación parecía querer refrendar las palabras de su soberana. Sildavia moraba en un vetusto jardín de la zona centro, cercado por los cuatro costados por el tráfico, enormes edificios de ladrillo y hormigón, y un aparcamiento subterráneo que profanaba las raíces mismas de los árboles. Su aspecto de anciana bondadosa y regordeta se le antojo en un primer momento el rostro mismo de la corrupción, pues estaba acostumbrada a la belleza atemporal de juventud eterna propia de su gente.

“¿Por qué estas aquí? ¿Por qué no regresas?” – la interrogó atemorizada.

“¿Y tú me lo preguntas?” – respondió la anciana exhibiendo una amplia sonrisa. En poco tiempo se convirtieron en íntimas amigas.

El joven gritó de dolor, sacándola de su ensimismamiento. La espera casi había concluido. El gobernador le había atravesado el muslo con el sable. El cielo nocturno brillaba con un apocalíptico tono anaranjado consecuencia del incendio del puerto. Cojeando y lanzando tajos a derecha e izquierda comenzó a recular en busca de una improbable vía de huida. Finalmente resbaló con un charco de sangre y cayó al suelo. Con un rápido movimiento Lord Winter enterró su arma en el pecho de su enemigo. El muchacho, desvanecido en el suelo, temblaba bajo la implacable helada invernal.

La espera había concluido. “Delirios de borracho”, decían muchos. No sabían nada. Con deliberada lentitud, posó sus labios en los del joven, primero un roce suave y sugerente, después un torrente de pasión encendida.

- “No te preocupes amor” – le susurró – “siempre estaré aquí para recogerte cuando caigas. Hasta el día en que finalmente sometas al bellaco de Winter”.

¡Ah! El sueño fue delicioso en todo su esplendor y derrota, pero aquel beso era néctar dulce para cualquier hada; ambrosía como la que ninguna de sus hermanas jamás soñaría con disfrutar escondidas en sus remotos claustros de madreselva, roca y aguas cantarinas.
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