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Hematofagia

el  Lunes, 31 March 2008 02:00 Escrito por 
Con algo de retraso retomamos la publicación de Historias Asombrosas Online, con los relatos restantes del mes de marzo. En este caso Daniel Tasé Guerra nos propone una invasión alienigeno-vampírica algo subida de tono que hará las delicias de los amantes de la carne.
Vaporosa lengua ardiente recorre mi cuerpo. Lentamente asciende, evade mi ajustada camiseta y repta desde el ombligo en busca de la vena yugular interna, a su paso no olvida el centenar de suaves cosquillas que debe tributar a mi libido. Encuéntrala… Dos simultáneos pinchazos son el preludio de lo que pronto ocurrirá.

Cuatro manos no son suficientes para explorar nuestra epidermis, registrar ocultos lugares, despertar sensaciones, empujar caderas hacia sí, decir a la otra parte cuánto se le desea. Entonces los pies separan rodillas, entremezclan muslos y acarician pantorrillas.

El frenesí de nuestras caderas cesa de repente, el momento ha llegado. Mi sangre es succionada por su glotona boca a la vez que su ávido sexo me hace expulsar el otro fluido que complementa su hambre de mí. Paroxismo, espasmo, estertor, letargo, y yacemos anudados en un abrazo que quisiéramos nunca terminara.

Obnubilado, mis pensamientos se convierten en un caos de recuerdos, memorias de aquellas cosas que quiero olvidar y son las que más se empeñan en ser recordadas.

Como las langostas allá en África, así cayeron sobre la Tierra.
Infinitos, implacables.
Sin previa alerta. Ningún gobierno, ni sociedad de superhombres-superespías supo algo de antemano… aunque creo que aquellos cuatro sí sabían, tal vez en ellos esté la clave para entender todo lo sucedido…

Una tibia caricia suya seca el sudor de mi frente. Me besa largamente, lengua contra lengua, y luego, suave y firme, me hace yacer de espaldas en el frío piso de baldosas de cuarzo. Se me encima. Sentada sobre mi vientre, rota despacio su esbeltez, mostrándome todas sus perfectas curvas, hasta quedar de espaldas a mí. Y ya sé lo que quiere. No es que ella lo desee tanto, pero sé que es capaz de cualquier cosa para que yo no me entristezca recordando.

Recordar lo que pasó, lo que fui y nunca volveré a ser…

Imposible pensar en otra cosa que no sea esa bella espalda frente a mis ojos y el par de abiertas nalgas subiendo y bajando al compás de la música de nuestros sudorosos cuerpos.

La abrazo en cuanto siento próximo el clímax. Ella repliega mi brazo izquierdo para hundir sus colmillos en la vena basílica y aspirar en un estremecimiento de gozo al inundarse también con el semen que libero en su interior.

Poco a poco me invade esa laxitud que me hace sentir como si flotara en un gris mar mirando un cielo manchado de amorfas nubes.

Tres días, tres extraños días duró la guerra. Mejor dicho, la devastación. Billones de personas murieron, terminaron sus vidas sin sangre, exprimidos como hollejos de naranja. Nada los salvó, ni sus razas, dinero, creencias, sexos, formas de vestir, ni si eran vegetarianos, caníbales, pro-naturaleza, ascetas, promiscuos, borrachos u honestos. Ningún líder político o religioso ofrendó su vida a cambio de la nuestra, y nada bajó de los cielos a ayudarnos.

Mi mente era una borrosa confusión total, aún así vi horrores que nadie nunca se atrevió a imaginar, que tengo grabados, cual indeleble tatuaje, en la memoria y me acechan en cada sueño provocándome las peores pesadillas del Universo.

Su boca – nada hiere más que su boca – paladea golosa mi fláccido sexo hasta que éste recobra la erección. A partir de entonces con su lengua le aplica una especie de masaje de un extremo a otro. Vaya manera de alejarme de los malos recuerdos.

Me mira y sonríe maliciosamente. A veces pienso que es telépata, o ya me conoce tanto que sabe lo que pienso. Sonrío yo también, hago un guiño de complicidad y con una mirada le suplico que se siente sobre mi pecho.

Levanta la cabeza para reírse y sacudir el pelo con esa coquetería que tan mal fingen las modelos y artistas pero a ella le queda tan natural, porque es natural. Al fin accede, con aires de Gran Emperatriz que suspende la ejecución de un miserable súbdito sólo porque le molesta el chirriar de la soga, y, todavía riéndose, coloca una rodilla a cada lado de mi cabeza.

El panorama que contemplo me enmudece. Lenta y suavemente mis dedos acarician todos los tesoros que se esconden entre sus piernas y las montañas de sus glúteos. Suben y bajan, abren, entran y salen de una a otra maravilla, complaciendo al mismo tiempo a mis ojos, que también la acarician cual si mis miradas otras manos fuesen. Luego, guiándole las caderas, le hago agacharse un poco más, lo justo para que mi boca se sumerja en sus encantos.

Ahora es un duelo lo que hay entre nosotros. Incansables lenguas regodeándose, labios que aprietan, sorben, dientes que muerden hasta que duele. Pero ese dolor es bienvenido. Cada boca en cada sexo en una batalla en la que se gana aunque se pierda.

La anhelada explosión final llega, el colmo de las delicias, líquidos expulsándose, fluyendo libres, mezclándose con los que ya hay en cada meta final, y mi sangre absorbida a través de las incisiones que horadaron sus colmillos en mi vena ilíaca externa.

Este es el fin. No puedo más, exhausto no es palabra que exprese mi estado actual… Ahora sé qué significa “morir por amor”, aunque dudo que algún poeta haya dado su sangre a medida que hacía el amor… ¡Ey! ¡Un momento! ¿No dijo ella que los vampiros, desde su natal Júpiter, visitaban la Tierra frecuentemente?...

La Tierra… antes era un planeta, ahora es sólo un nombre, sólo parte de malos recuerdos en la memoria del único sobreviviente a la guerra y destrucción del planeta provocada por los jupiterianos vampiros de metano.

Solos en un planetoide que Kalikanzaros les regaló, ella, vampiresa de metano procedente de Júpiter, y él, terrícola, viven inmersos en una pasión amorosa colmada de lujos y lujurias como palpable ejemplo de que es una ley universal que no se somete a otras leyes.

Su historia les ha hecho famosos en Júpiter, tanto, que les permite vivir del dinero que les reporta la venta de libros que él escribe, ninguno de invención suya, sino irreverentes mezclas de cosas vistas, oídas o leídas anteriormente, mas ¿quién lo va a acusar de plagio?

También el revuelo que se ha formado alrededor de ellos permitió que nada se supiera, al menos públicamente, de los cuatro terrícolas que trajo Kalikanzaros y ahora yacen desesperados en sendos miserables camastros de una tétrica mazmorra del subsuelo jupiteriano.

…¿Y qué se hizo de Gaia, el espíritu de la Tierra?...


FIN

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