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La cena

el  Sábado, 24 November 2007 01:00 Por 
Una cena afable entorno a una mesa, invitados de excepción, un delicioso magret de pato y la excusa perfecta para una velada distendida. Pero hay veces que las cosas no son como aparentan a primera vista.
Estaba cenando tan tranquilamente. Rodeado por un buen grupo de amigos, degustando un plato de magret de pato con una pinta espectacular y saboreando un buen vino tinto. Alguien habló del personaje de ficción más nombrado de la historia y se me fue el santo al cielo. Durante unos segundos me perdí en mis propios pensamientos.

No creo en Dios. Claro está. Soy un ateo irredento. Pero no deja de asombrarme que me llamara a su presencia. Sí. Dios. El mismo. Estaba yo cenando, como ya os he contado, y, no sé como, llegué a la presencia de Dios. Lo supe porque se dirigió a mí diciéndome que era Dios, el único Dios verdadero y que como amo y señor del mundo me había reclamado a su presencia para encargarme una misión. Soy Dios, el único y verdadero y te he traído a mi presencia para que cumplas una misión para mí. ¿Una misión? ¿A mí, un ateo confeso? Sí, a ti, un ateo confeso. Esa es la idea. Así cuando quieras contar que yo te he ordenado hacer lo que harás, nadie creerá una palabra. Su aspecto era como el de las películas, algunas películas, con una túnica blanca y barba también blanca. No había ningún triángulo sobre su cabeza, ni ningún halo. Aquello era, cuanto menos, intrigante. ¿Me habría sentado mal algo de la cena y estaba delirando? ¿Estaba aquello ocurriendo de veras? Tiempo al tiempo, me dije. A ver, le espeté, cual es esa misión, ¿eh? Mi socarronería de chuleta barato me costó un calambre de varios millones de voltios en toda la jeta. Empezó a reírse al ver que salía humo de mi cara y prosiguió con su monólogo. Tengo que enviarte a hacer algo desagradable, pero absolutamente necesario. En una pequeña parroquia hay uno de mis supuestos sirvientes que ha perdido la cabeza, o eso creo. Desde que predica allí, he perdido más de la mitad de popularidad, de manera que el templo sirve para celebrar funerales, algún que otro bautizo y poco más. Nada de bodas ni comuniones. Nadie quiere escuchar la palabra de Dios. ¡Mi palabra! Nadie me teme, ni siquiera me idolatran. Hay que hacer algo al respecto. Aquello se ponía interesante. Curiosamente no había sentido ningún dolor en la cara al recibir el rayo, tan solo un molesto cosquilleo. No podía mover las manos para rascarme, así que di por hecho que aquello también era cosa suya. Básicamente la misión consistía en aparecer en una iglesia local, pequeña y poca cosa, de ahí que me hubiese elegido a mí, ponerme en la cola tras la misa para recibir el “cuerpo de Cristo” y esperar acontecimientos. Él interactuaría a través de mí. No tuve más remedio que aceptar, claro. Aquello estaba pasando a una velocidad de vértigo y no había demasiado tiempo para sentarse a pensar. Así que en lugar de volver a la cena a la que estaba asistiendo, me encontré, de pronto y sin previo aviso en mitad de una misa. Estaba sentado en el último banco de la iglesia y aparte de mí habría como mucho cinco mujeres de mucha edad asistiendo a la misma. Estaba a punto de acabar, así que me dispuse a levantarme y acercarme al altar. A esperar acontecimientos. Así lo hice, me puse en la cola, es decir, el quinto y esperé que me llegara el turno. Cuando las cuatro ancianas de delante de mí habían recogido en sus manos la hostia, llegó mi momento. El cura levantó la vista y me miró sorprendido. Seguro que no esperaba verme allí. Pero en lugar de darme la hostia como al resto, dejó el cáliz sobre el altar y puso sus manos sobre mi cabeza. Durante el tiempo que había escuchado el sermón, me costó mucho entender lo que decía, pues hablaba muy bajo, a pesar de disponer de un micrófono y de un equipo de megafonía distribuido por el templo. Entonces, él musitó unas palabras y depositó sus manos en mi pelo. En mi interior empezó a brotar una ira descomunal, nacida de no sabía dónde. Cómo si se tratase de una escena de acción de una película de miedo, mis manos sujetaron las del cura y empezaron a empujarlo hacia el altar. No sabía en qué momento me había puesto de pie, ni cómo estaba ocurriendo aquello. En cualquier caso no se trataba de mi voluntad, yo no era más que una marioneta manejada por unas manos muy poderosas. Creí estar viendo una película cuando me encontré metiéndolo los pulgares en los ojos al cura, saltándoselos. La sangre me calentaba las manos y su boca estaba desmesuradamente abierta, chillando. Así que cogí con una mano la mandíbula inferior y con la otra la superior y me vi abriéndole aún más la boca. La mandíbula inferior se desencajó y quedó su cara convertida en una máscara horrible. El altar estaba lleno de sangre, que amenazaba con hacernos resbalar incluso. Las viejas habían empezado a chillar y a empujarme para que soltase al cura. Una yacía en el suelo, al pie de la escalera de acceso al altar, cogiéndose el pecho con las manos y los ojos en blanco. Con el resto no tuve demasiado trabajo. Cogí el pie de un cirio pascual, arranqué el cirio encendido y golpeé con él a la primera mujer que se me acercó. Luego me arrodillé a su lado y le vertí cera caliente en los ojos. Aquello se había convertido en una masacre. Allí arrodillado pude ver que una de ellas, renqueando se dirigía hacia la puerta. Alcé la mano, señalando a la puerta, y esta se cerró con un gran estrépito. Yo seguía siendo un espectador, ahora horrorizado, de mi propio ultraje. Con el pie metálico del cirio inicié una ronda de “conversaciones” con las dos mujeres restantes, convirtiendo sus cabezas en pulpa de carne. Cuando dejaron de ser un problema volví sobre mis pasos y me dediqué a rematar la faena con el cura. Después de estar un rato comiéndome la cara al cura, y cuando fue evidente por la coagulación de la sangre, que ya llevaba un buen rato muerto, volví a ser dueño de mi cuerpo y me vi sujetando trozos de un brazo a escasos centímetros de la boca. Lo tiré al suelo y giré sobre mis propios pies para alcanzar a ver lo que acababa de hacer. Nadie más que yo quedaba vivo dentro de la iglesia. Si ese era el cometido que me había llevado allí lo había cumplido con creces. Vomité con violencia detrás del altar. Aquello iba a tardar poco en convertirse en un hervidero de policía y curiosos. Estaba pensando en esto, en cómo iba a explicar la masacre, cuando me vi otra vez en presencia de Dios. Solo que ahora estaba acompañado por alguien más. Por un lado estaba Zeus, que atronaba el espacio con los poderosos gritos que le estaba dirigiendo a Dios. Un brazo hipermusculado, digno de un dios, en este caso de Zeus, estaba cogiendo por el cuello al otro Dios. También estaba presente Javier Negrete, con quien me encontraba cenando y que, por lo visto, también había sido llamado allí, en su caso por Zeus. Javier, como buen especialista en historia de Grecia y de su mitología, había sido designado por Zeus para argumentar la imposibilidad de un solo Dios. Aquello había derivado rápidamente en una pelea en toda regla y ahora parecía un conflicto divino irresoluble. Javier dirigió la vista hacia mí y me invitó a volver a la cena. El magret de pato se enfriaba y además, íbamos a ser muy descorteses con David Mateo y Juanmi Aguilera, nuestros contertulios. Pues mira, sí. Tienes razón, Javier, porque esto no tiene pinta de arreglarse. Las nubes que tenía detrás de mí se iluminaban con los rayos que uno y otro dios se lanzaban. La tormenta iba en aumento. Aunque iba cubierto de sangre, cogí la mano que se me tendía desde el otro lado de una nube y me encontré segundos después sentado a la mesa, a punto de meterme en la boca el primer mordisco de esa deliciosa carne. Por lo visto solo había pasado un segundo desde que me perdí en mi mundo. Levanté la vista y Javier Negrete me guiñó un ojo y pensé, tengo que escribir esta historia.

Firmado: Antonio Casares.

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