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La Semilla

el  Jueves, 25 December 2008 01:00 Por 
Un relato sobre la necesidad de que al blanco siempre se le enfrente el negro.

La Palabra cae, flotando en el espacio muerto. Astas de diamante atraviesan sus manos y sus pies. Su sangre se derrama en estelas de rubí luminoso; su cuerpo es una cruz, ecos del pasado.  Lucifer apoya sus pies sobre el pecho de Padre, Hijo y Espíritu. La espada de fuego negro arde entre sus manos, apuntando al corazón del anciano. Una lágrima de oro se desliza desde sus ojos cansados, iluminando la oscuridad en su caída como un pequeño sol, derramando su luz en un aura casi tangible. La hoja de ónice atraviesa la carne del No Nacido. Un grito apaga las estrellas.

****


El olor dulzón de la grasa derretida ascendía en vaharadas intensas desde el fondo del pebetero. Los chillidos menguaron en murmullo para ceder al silencio, mientras jirones de carne socarrada se desprendían del cuerpo infantil, sujeto por dos manos pálidas y luminosas. El blanco de los huesos comenzó a ennegrecerse. Las manos alejaron el esqueleto carbonizado de las llamas y comenzaron a presionar con fuerza los restos del cadáver. El esqueleto estalló en miles de pedazos cenicientos y quebradizos. Recogiendo la masa de cenizas en el cuenco de sus palmas, la figura resplandeciente de Raguel, arcángel de la Venganza del Gran Arquitecto, se alejó del pie de obsidiana que sostenía el pebetero y esparció las cenizas sobre el desierto de pequeños esqueletos y cráneos pelados que se extendía, inmutable, hasta alcanzar la línea del horizonte. Su mentón se enterró en el pecho, mientras retazos de pensamientos se deshacían en jirones tenebrosos. Un susurro creció a sus espaldas.

Una ráfaga de viento encrespó la tétrica uniformidad de la llanura,  esparciendo una ola de huesecillos alrededor de sus pies. En el espacio vacío sobre su cabeza, Raguel contempló cómo una herida negra rasgaba el aire, quedando suspendida sobre el suelo. La grieta comenzó a ensancharse, hasta adquirir el aspecto de un portal ovalado. Raguel retrocedió seis pasos, alejándose de las manos oscuras que asomaban por la fisura y se aferraban a su contorno relampagueante. Envuelta en un halo de tinieblas, una silueta alada emergió del estrecho portal, planeando con suavidad hasta posarse sobre el erial de cadáveres marchitos. Dos pupilas bermejas y brillantes se clavaron sobre la cara luminosa del ángel que devolvía la mirada en silencio, sin un pestañeo. Una voz melódica y adolescente, casi infantil, hendió la quietud que envolvía la llanura.

—Escuché tu voz, llamándome...—Un escalofrío recorrió los hombros de Raguel en una corriente gélida. Sus ojos no parpadearon—No creí... No creí ni una palabra.¬—Los dientes del ángel rechinaron bajo sus labios sellados, al resonar las últimas palabras del diablo en mil ecos amenazadores que atravesaron sus tímpanos como una lluvia de puñales fríos.

—Es cierto.

Lucifer le dio la espalda, apuntalando sus pies sobre el osario infinito. Sus brazos se cruzaron sobre el pecho y su mirada ascendió al firmamento, contemplando la monotonía gris que teñía la bóveda celeste. Raguel observaba las espirales oscuras que envolvían el cuerpo del señor del infierno.

 Esperó.

—Habla.

—Es todo y nada. No quiero seguir adelante, no veo por qué, ni para qué.

Lucifer dobló su cuello para contemplar de nuevo al arcángel. La cara de Raguel se iluminó en un resplandor carmesí cuando los ojos de Lucifer relampaguearon fugazmente. Raguel no apartó su mirada. Finalmente ladeó el rostro y alzó su mano envuelta en sombras. Un montículo de diminutos cráneos y manos infantiles tomó la forma de un trono. Se sentó en él. Sus dedos oscuros juntaron sus yemas a la altura de sus labios.

—Te escucho ¿Qué es lo que ha cambiado?

—¿Recuerdas a Saracael?¬—Tenuemente, de manera casi imperceptible, las tinieblas fluctuantes que envolvían el cuerpo de Lucifer aumentaron de volumen, como una hoguera avivada por el viento. La voz de Raguel no titubeó al continuar.— Fue el primer verdugo y la primera víctima de sus creaciones; yo fui el segundo al ejercer mi Función y vengar la muerte de Carasel en el nombre del Verbo. Recuerdo tu rostro iluminado por el llanto, tus mejillas bañadas en plata fundida, contemplando los rescoldos humeantes sobre las losas de mármol, la única señal de que Carasel había una vez existido. Luego hablé con él, con el Gran Arquitecto y le expresé mis dudas y mi pesar por sentirme instrumento de una pantomima. Él me ofreció olvidar lo ocurrido, yo decidí recordarlo. Eones más tarde, cuando viví una vida humana en la ciudad de Los Ángeles, a finales del vigésimo siglo desde la llegada del Mesías, me encontré una noche con un joven que acababa de matar a una antigua amante de su juventud y a la hija de ésta hacía unos instantes. Y no recordaba nada, no recordaba haberlo hecho. Le regalé el descanso por aquella noche y pudo dormir en paz, olvidando su crimen. Pensé en el sacrificio de Carasel que había asesinado, sí, pero en virtud de su amor, pensé en ti, en tu rabia motivada por la piedad, pensé en mí y en mi papel, un peón del tablero de Padre destinado a ejercer la venganza para su entretenimiento. Y entonces estuvo claro. Tú tenías razón, no éramos más que máscaras de su teatro, animadores de su infinito aburrimiento. Decidimos romper esas máscaras y dejar de ser marionetas, tomar los hilos en nuestras manos. No sé si fue un error. Lo que sé es que el lugar al que nos ha llevado me deja vacío, no significa nada y por eso voy a marcharme. Para siempre.

Lucifer se levantó de su asiento, rasgó el aire con el canto de su mano y ladeó el rostro sin mirar a los ojos luminosos del arcángel. El sitial se derrumbó en un montículo de osamentas. Las alas negras se cerraron como un capullo de una rosa oscura, ocultando el rostro tenebroso bajo el dosel de sus sombras.

—¿Es esa tu decisión?

—Sí. Déjame marchar o mátame.

El señor del Infierno se quedó inmóvil un instante, con la mirada perdida, naufragando en la marea de sus recuerdos. Tomó una decisión. Un torrente sacudió las cenizas del erial. Lucifer atravesó el cielo gris como una estrella oscura. Los ojos de Raguel siguieron la estela negra hasta que se desvaneció en el horizonte. Impulsándose sobre los pies, levantó el vuelo, iluminando la monotonía del paisaje con el resplandor dorado de sus alas. Cerrando los párpados imaginó el contorno ondulante de un portal plateado. Lo atravesó.


Plutón y el Barquero. La cintura inclinada de Neptuno. El disco turquesa de su hermano y el lunar gris sobre su rostro. Titán, Tetis y las lunas gemelas de Júpiter. Nubes de gas dorado serpenteando mi cuerpo, al atravesar los anillos de Saturno. Luego un rojo anaranjado, arropado por dos capas hielo azul. Mis alas lo dejan atrás, muy atrás, una mota de polvo bermeja en el vacío oscuro del espacio. Y entonces la contemplo, Vieja Madre, Vieja Tierra, y recuerdo las últimas palabras del Verbo, moribundo, con sus brazos en cruz, padre e hijo y la llama del espíritu en el último aliento; y su sangre, mil rubíes, resbalando; deslizándose sobre la punta diamantina de mi asta.

Trazando un tirabuzón con las alas desplegadas, Raguel frenó bruscamente su velocidad vertiginosa, sintiendo como los músculos le temblaban en espasmos eléctricos y su melena ensortijada latigueaba en el vacío. Al fin se detuvo, quedándose suspendido frente a frente al limbo oscuro del astro terrestre. Observó su hermoso color azul, jaspeado de motas verdes y nubes blancas, envuelto en el entramado de tinieblas proyectadas por la inmensa estructura arbórea que atravesaba su atmósfera en un caótico galimatías metálico y negro. Las ramas metálicas y retorcidas refulgían con un brillo de rubí derramado por sus frutos palpitantes y rojos, corazones gigantescos que latían en silencio. La luz bermeja rebotó en un brillo multifacético al reflejarse sobre la corteza del tronco de obsidiana. Raguel entornaba los ojos, tratando soportar el creciente fulgor sangriento. La semilla de la muerte, la semilla de la victoria, el símbolo de los nuevos días. Raguel se cubrió el rostro con las manos. Los frutos estallaron en una explosión muda. Un manto de tinieblas ensombreció los piélagos azules aún visibles entre la oscuridad que cubría el planeta, ocultándolos completamente bajo sus tinieblas impenetrables.

Encogiendo las alas sobre su cuerpo, Raguel acumuló la energía que le restaba, envolviéndose en una cúpula líquida de tonos esmeraldas. Con la imagen del portal que lo llevaría a su destino grabada en su mente, se abalanzó en picado sobre el planeta muerto, dejando tras de sí una estela fluctuante de un verde cegador.

Los oídos le zumbaban con un alarido ensordecedor por el roce incendiado de la atmósfera. Su piel se abrasaba, sus tendones amenazaban con desprenderse de sus músculos, vibrando con una violencia casi audible. Cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el portal. Su rectángulo ondulante de luz azulada, el reflejo translúcido del paisaje que se adivinaba tras su cortina, las ondas bamboleantes doblando su superficie iridiscente.... El dolor, el estruendo y la imagen yerma de la tierra abalanzándose sobre él se desvaneció. La había encontrado.
 
    Raguel planeaba lentamente, con las alas desplegadas e inmóviles, dejándose llevar por la tenue corriente mientras su mirada contemplaba el paisaje que se extendía bajo su rostro. Los racimos de cúpulas plateadas y los relieves, esculpidos sobre sus tambores de cristal a imagen de las criaturas aún por llegar que llenarían de vida y alegría el jardín sagrado del Edén, se habían desvanecido. Nada, ni una sola de las espigadas torres resplandecientes bajo la luminosidad celeste se alzaba dominando el paisaje de la ciudad de plata. Nada, ni una losa del adoquinado marmóreo que cubría las amplias avenida adornadas con racimos de flores que cambiaban el color de sus pétalos con el crepúsculo y el amanecer. Nada del brillo enjoyado en las fuentes doradas que derramaban por los ojos de sus estatuas néctar de todos los colores. Un inmenso vacío, envuelto en una bruma tenebrosa es lo que restaba de la ciudad de plata, el antiguo hogar de Raguel en el que había despertado por primera vez y al que ahora retornaba con la tristeza ensombreciendo su rostro. Trazando un amplio arco sobre el paisaje, Raguel comenzó a descender suavemente sobre la espesura de cúmulos tenebrosos.

    Sus pies se hundieron levemente. Raguel apartó con suavidad las nubes que lo cercaban, deshaciendo su algodón en una niebla gris y pálida. Al fin comenzó a vislumbrarlo, el hogar de la luz, el trono del rey de reyes, del Hijo, del Padre, de su Espíritu. Una lágrima recorrió su mejilla hasta caer por su mentón. La alfombra vaporosa sobre la que caminaba se dobló como las aguas de un estanque. Sobre el respaldo divino se dibujaba el relieve de  una cruz vacía, entrelazándose entre las ramas de un árbol envejecido, nudoso, muerto. Raguel comenzó a acercar sus dedos hacia él, sintiendo su soledad sobre sus hombros en un manto frío. Más cerca. Lentamente. Más cerca.

    Lo envolvió la oscuridad. Se quedo inmóvil. Nada ocurrió. Silencio. Sólo silencio. No notaba el peso de sus alas negras sobre su espalda. Acercó su mano a ella y al tocarla la encontró desnuda, húmeda. Se llevó los dedos a los labios. Su lengua descubrió un sabor. Su sudor. Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos, cada vez más fuertes. Sus dientes atravesaron la yema del pulgar. El cobre de la sangre encogió su estómago en una náusea. Palpó su vientre, que temblaba con violencia y lo encontró liso, plano, sin huella de su nacimiento sobre su cintura. El miedo dominó sus sentidos, sin dejarle pensar en nada más, sólo él estaba allí, observándolo desde las tinieblas, burlándose del temor de su alma. Su alma. Casi pudo sonreír. Cómo la echaba de menos. Abandonó su cuerpo sin un destello, nada pareció ocurrir a la verdad de los ojos, pero lo sintió, lo sintió profundamente. Se desgarraba por dentro, nada podía sanar esa herida, nada. Era invisible, irreal, sólo existía en su mente, en el único lugar que importaba. Un susurro. No hay nada. Tenue. Nada. Vuelve su cabeza en la oscuridad. Grita su nombre. Espera. Espera. Espera. No. No fue...

No hay nada.

¿Quién...? ¿Quién es?

No hay nada.

He venido a buscarte. No puedes morir.

Nada.


He venido a pedir perdón, porque ahora lo comprendo. Ahora lo comprendo todo...

Es tarde.

¡No! No aún queda tiempo. Siempre quedará tiempo.

Es tarde.

Mi deseo es más fuerte.

Tarde...

¡Dímelo! ¡Di, qué tengo que pagar!

No hay precio.

Lo hay. Tiene que haberlo.

Lo hay.

Dímelo.

El primero en nacer, el primero en morir. El último.

Sí. ¡Sí!

Lo eres.

Sí.

Entonces, di tu nombre.

Raguel.

No. Tu nombre.

...

Adán.

Un punto de luz nace en la oscuridad, diminuto, luz blanca. Adán se acerca a él, ha pasado tanto tiempo, tanto desde que probó el fruto de su hermano, tanto dolor por conocer el secreto. Sonríe. Ha llegado la hora de nacer. Tu secreto. Acerca sus manos al brillo. Tu secreto. Su boca se abre. Semilla. La luz se extingue.

Adán —Raguel— cae en el vacío. Su cuerpo se convulsiona en un dolor imposible, no existe ese dolor, no existe. Un desgarro de su abdomen se escucha en lo oscuridad, blando y rojo. Un pequeño tallo nace de la herida envuelto en una luz pura, comienza a retorcerse y titilar. Vive. ¡VIVE! La herida se hace más ancha. El tallo se funde, creciendo en tronco robusto y bello. Adán flota en el vacío con su boca abierta, gritando, gritando. Su cuerpo se resquebraja por la mitad. Las ramas del árbol destruy n las tinieblas con un resplandor fugaz. Los frutos comienzan a florecer en brotes jóvenes e infinitos. Una manzana se balancea en el abismo. Cae a los pies del árbol.

Unas manos nacen del fruto caído y unos pies y un rostro. Es un niño, un niño luminoso que escruta la nada que lo rodea. Dibuja un lenguaje de palabras mudas en el aire y la nada comienza a agitarse. Pronto el verde de la hierba resplandece bajo el árbol. El color transparente de un arroyo, el arco iris de las flores más hermosas, el blanco de las nubes, el azul del cielo y el marrón de la tierra. Su mano se acerca y toma un puñado de barro. Un soplo de sus labios moldean un rostro y un cuerpo. El cuerpo comienza a respirar y cae, torpe, sobre la hierba. Entre sus piernas no esconde nada y su cuerpo todavía es plano e indefinido. El niño cavila por un instante. Toma a su criatura en su regazo y acaricia el vacío bajo su cintura. Una línea abre la carne, la boca del ser protesta su dolor. El niño sube su mirada dejando atrás el abdomen e imagina. Dos cumbres brotan bajo sus hombros y el niño los llama por su nombre. Senos. Su criatura bosteza y se queda dormida. El niño sonríe y dibuja en el cielo dos estelas de luz brillante que se disparan en el espacio, iluminándolo de plata.


****  


Un carro esculpido —sobre cráneos humanos— a imagen de un dragón marfileño, atravesaba el erial de los cuerpos penitentes, dejando tras su paso un rastro de sangre,  lamentos y músculos aplastados. Lucifer sujetaba las riendas, claveteadas con pernos de hierro al cuello de sus siervos, dos gigantes negros y sin cara, mientras su látigo de fuego negro arrancaba la piel de los rostros que alfombraban el suelo, golpeándolos con tal violencia que los huesos asomaban, pálidos, entre la carne blanca y muerta. Un aura plateada comenzó a iluminar la masa humana y ondulante de la llanura sobre la línea del horizonte. Lucifer tiró de las riendas hacia sí y retuvo el avance de los gigantes que clavaron sus garras de seis dedos sobre el amasijo de cuerpos aullantes.

Descendiendo de un salto, el ángel oscuro se alejó unos pasos del carromato, entornando los ojos para resistir la creciente intensidad del resplandor. Los dedos que empuñaban el látigo se abrieron lentamente, dejándolo caer. Dos arcos de luz argéntea atravesaron la bóveda celeste, deshilachando en jirones sangrientos el manto de nubes que la envolvía. Las tinieblas que cubrían el rostro del ángel caído se deshicieron, mientras dos lágrimas de luz resbalaban por sus mejillas blancas y resplandecientes.

Una sonrisa dobló sus labios.


Y además...

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