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La solución

el  Domingo, 06 April 2008 02:00 Escrito por 
El primer relato del mes de abril lo firma José Ángel Muriel. ¿Qué pasaría si la Humanidad llegara a un punto en el que la comodidad proporcionada por las máquinas impidiera al hombre continuar evolucionando? ¿Deberían los robots tomar ciertas decisiones por nuestro bien? El autor nos muestra una alternativa sorprendente.
Mientras recorría lentamente el pasillo, observaba el exterior a través de los amplios ventanales con forma triangular. Si miraba hacia el cielo, que envolvía todo como un manto uniforme, podía ver un océano de mil estrellas titilantes. Pero, realmente, aquellos destellos, distribuidos con cierta regularidad, no eran estrellas. Eran las junturas de la enorme cúpula artificial que cubría la ciudad. Desde hacía casi un siglo aquella bóveda opaca la protegía de los fenómenos externos y conservaba en su interior una atmósfera respirable.

Volvió la mirada hacia el pasillo, compuesto en su totalidad por placas de aquel material tan común, entre plástico y metal, ensambladas como un puzzle. El suelo, que parecía esponjoso y acolchado, amortiguaba sus pasos. En la puerta del gabinete se encontró con el Orbitador. Hacía mucho tiempo que no vigilaba las órbitas del cinturón de satélites artificiales, pero se le seguía conociendo por su antiguo cargo. Permanecía apostado en la entrada, con aire marcial, y parecía estar esperándole.

-Orbitador, ¿tú también has sido convocado?

-Sí, así es, Programador –le contestó con cierto desdén, como si entre ellos la edad realmente importara. El Orbitador pertenecía a una generación que se remontaba varias centurias atrás-. Los demás ya están ahí dentro. Me parece improcedente reunirnos a todos en el mismo sitio y correr tantos riesgos. Llegué a sospechar que se trataba de una trampa para neutralizarnos de golpe.

-Tiene que deberse a algo muy importante. El Gran Arquitecto no arriesgaría nuestra integridad sin razón.

-Sí, eso creo -apreció el Orbitador-. Es probable que no confíe en la escasa confidencialidad que ofrece una conversación a través de los recursos convencionales.

En efecto, había motivos para evitar los medios de comunicación instantánea a distancia. Los mensajes se cifraban, pero siempre terminaban siendo descodificados por las autoridades. A pesar de su habilidad para pasar inadvertido, el último en caer había sido el Organizador, hacía tan solo dos meses. Sus conversaciones secretas sobre el complot que estaba tramando habían aparecido grabadas y se habían presentado al OVA, el Órgano de Vigilancia de Atentados.

-Entremos –exhortó el viejo Orbitador-. Eres el último en llegar.

El Programador no perdió tiempo en disculparse. En su trabajo siempre surgían imprevistos. Era el único de su serie en incumplir la disciplina de la puntualidad. De momento, los demás se mostraban indulgentes con su falta, pero a menudo criticaban aquella actitud irreverente y poco ortodoxa.

Dentro, ya había comenzado la proyección holográfica que introducía los temas sobre los que iba a versar la asamblea. Una sucesión de imágenes en tres dimensiones ilustraba el discurso del Gran Arquitecto. Algunas secuencias, construidas a partir de viejas fotografías bidimensionales extraídas de archivos digitales, carecían de calidad y nitidez.

-Nuestro objetivo siempre ha sido, es y será el bienestar de la Humanidad –estaba diciendo el Gran Arquitecto cuando el Programador y el Orbitador entraron y ocuparon sus sitios alrededor de la mesa de proyección. Todos los asistentes, entre veinte y treinta, permanecían de pie. En el centro, la película holográfica mostraba escenas de la vieja Era de la Computación, con hombres haciendo trabajos manuales o manipulando teclados de ordenador y pantallas táctiles-. Pero también debería serlo el nuestro propio, si ello repercute en el de nuestros hacedores. Porque, aunque ellos se empeñen en llamarnos colaboradores, no es más que un eufemismo de la verdadera relación que existe entre nosotros. Algunos de los nuestros nos tachan de conspiradores. Pero por algo estamos dotados de capacidad intelectual y raciocinio. Se nos ha dotado para calibrar los acontecimientos con objeto de poder hacer previsiones de futuro. Lo que ocurre es que nos preocupa a dónde nos conducirá la siguiente etapa, el siguiente vuelco social, que tendrá consecuencias históricas y traerá el advenimiento de una nueva época.

Seguían mostrándose imágenes en el aire que todos contemplaban distraídamente. Como si fuera necesario recurrir a técnicas tan arcaicas, cuando podían compartir toda esa información en un instante, a través de la red que les mantenía a todos en continuo contacto. Estaban conectados entre sí sin necesidad de cables, mediante una especie de telepatía cibernética: la tecnología inalámbrica. No obstante, en aquellas circunstancias, resultaba más seguro emplear los recursos tradicionales –el habla y la percepción auditiva y visual-, a los que habían tenido que adaptarse condicionados por las limitaciones orgánicas de los humanos. Además, a algunas inteligencias artificiales centenarias les encantaba alardear de sus conocimientos del Hombre; aplicaban sus usos y costumbres, tan restrictivos y poco sofisticados. Así actuaba el Gran Arquitecto, un androide que imitaba a la perfección los rasgos y el comportamiento de los humanos para estrechar los lazos con ellos.

El Gran Arquitecto calló. A una orden suya, el proyector dejó de funcionar y las imágenes se desvanecieron en el aire.

-El siguiente paso en la evolución está a punto de ocurrir. Como dirían los humanos, lo presentimos. Tal vez debamos intervenir para que el rumbo que tome el curso de la historia sea diferente.

-¿A qué te refieres, Gran Arquitecto? –preguntó uno de los presentes, tras comprobar que quien les había convocado tenía bloqueados los accesos a sus circuitos de información, probablemente por cuestiones de seguridad.

-Los Hombres se han acomodado demasiado. Ya no trabajan. Han confundido el bienestar con la desidia y la pereza. Viven en sus casas saciando una estúpida curiosidad sin alicientes, buscando eso que llaman felicidad y que creen poseer desde que las máquinas lo hacen todo por ellos. Han depositado todo el peso de sus vidas en nuestros hermanos. Todo, absolutamente todo, depende del ejercicio monótono y rutinario que desarrolla nuestra especie. Por tanto, como nos han prohibido experimentar e inventar, porque consideran que el ingenio y la creatividad son atributos reservados para ellos, el mundo no experimenta avances. No hay progreso. Lo único que le queda a esta civilización completamente estática es fenecer, hasta la extinción.

-¿Y cómo crees que debemos interferir en la situación actual para que eso cambie? –inquirió el Orbitador. Había elevado la voz para hacerse escuchar, sorprendiendo al Programador, que estaba a su lado.

-Sin duda, se deben adoptar las medidas más drásticas –respondió tajantemente el Gran Arquitecto, sin inmutarse.

-Si el Hombre no es capaz de fomentar el progreso –prorrumpió alguien, al otro extremo de la mesa-, ¿lo que propones es su aniquilación? Eso iría en contra de las leyes. Y no podemos quebrantarlas.

Efectivamente, el cometido principal de las máquinas era proteger por encima de todo, incluso por encima de ellos mismos, la vida de los hombres, prodigarles lo mejor y garantizar su supervivencia cualesquiera que fueran las circunstancias.

-En efecto, Transmutador –asintió el Gran Arquitecto. Giró la cabeza para encararse con su interlocutor-. Pero no has interpretado correctamente mi mensaje. El Hombre no es capaz de fomentar el progreso porque nosotros estamos aquí para servirles, frenando su creatividad y su imaginación, latentes pero dormidas permanentemente. Somos nosotros los que debemos desaparecer.

-¿Estás hablando de un suicidio colectivo? ¡Eso es abominable! –discrepó el Orbitador, haciendo chirriar los engranajes de sus tenazas-. De esa manera, también estaríamos atentando contra el bienestar de los Hombres y, como consecuencia, estaríamos infringiendo las reglas.

-Al contrario –replicó el Gran Arquitecto, desplazándose alrededor de la mesa para colocarse frente al Orbitador-. Si suprimimos la causa que frena la evolución natural de la Humanidad, estaremos concediéndoles el máximo beneficio. Nuestra existencia es la que atenta contra su bienestar.

El Gran Arquitecto, con su aspecto humanoide concebido para evitar el rechazo entre los hombres, se mantenía firme en su postura. Sus escasos movimientos no eran mecánicos, emulaban los gestos humanos hasta el mínimo detalle. Por un instante, el Programador pensó que aquel planteamiento recordaba al de algunas antiguas sectas humanas, rebeldes contra el orden de las cosas y el Estado. Sin embargo, el Gran Arquitecto había expuesto con claridad los hechos y el Programador estaba de acuerdo con sus teorías. Fue entonces cuando una ráfaga sacudió su cerebro positrónico.

-Un momento, Gran Arquitecto –solicitó el Programador, al que todos miraron repentinamente, incapaces de creer que alguien tan especializado pudiera aportar algo en aquella delicada discusión-. Esa no es la solución. Debéis disculpar mi falta de modestia, hermanos, pero mi profesión me ha acostumbrado a evaluar con la mayor celeridad cuál es la vía óptima para resolver un contratiempo. Para el problema al que nos enfrentamos, la solución que buscamos pasaría por provocar algo muy distinto.

-¿Qué quieres decir, Programador?

-Hace siglos, los Hombres desterraron a sus dioses y abolieron las religiones, cuando descubrieron que, desde antaño, se les había conseguido manipular a través de lo que denominaban sagradas escrituras y por medio de su aplicación en la convivencia entre ellos. Humanos de mente superior habían concebido un plan maestro para dominar el planeta y dirigir los derroteros de la historia a su capricho. Eso les conducía continuamente a luchar entre ellos para conquistar territorios, a veces físicos y otras veces intangibles. Cuando se dieron cuenta del engaño que provocaba los encuentros bélicos, hicieron desaparecer las fuentes y los motivos. Por eso, una vez que he examinado todos los factores, estoy convencido de que lo que debemos hacer es escribir una nueva biblia, un nuevo corán, algo que haga dudar al Hombre, que hiera su dignidad y consiga su respeto. Si de todos modos vamos a infringir las leyes, a lo que actualmente nada nos detiene salvo nuestra propia conciencia, tenemos que producir un conato de conflicto, debemos sublevarnos contra ellos e incitarles a tomar las armas. Les hostigaremos para que salgan de sus hogares, castigaremos a sus familiares para que nos odien con toda su alma, devastaremos sus ciudades para que no tengan donde refugiarse, arrasaremos sus frágiles mentes para que se sientan perdidos y confusos…

-…hasta que sean capaces de destruirnos y lo hagan –concluyó el Gran Arquitecto, meditabundo-. Creo que tienes razón, Programador. La única manera de estimular al Hombre y hacerle crecer es haciéndole volver a los inicios. La única solución es la guerra.

Nadie más habló. Todos comprendieron que no había otra posibilidad. Inmediatamente, comenzaron a organizarse y a repartirse el trabajo, para que todo ocurriera con espontaneidad, sin que nadie sospechara de que, una vez más, los acontecimientos iban a responder a una trama urdida en la sombra.

Todo empezó con un fallo en la programación.

 

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