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Malditas linternas económicas

el  Martes, 21 October 2008 02:00 Escrito por 
La última de nuestras Historias Asombrosas de agosto la firma Gabriel Alvarez. ¡Que la disfruteis! ¡Y recordad que la próxima semana publicaremos los cuatro seleccionados del mes de septiembre!

–Señor, discúlpeme por favor, pero la señorita que esta sentada en la mesa que da a la ventana dice que usted la esta mirando de manera desagradable, y debido a su mirada intimidante no puede desarrollar una adecuada y satisfactoria digestión del puré de manzanas revueltas que acaba de ordenar.

–¿Perdón...?

Carlos miro desconcertado al inmenso hombre elegantemente enfundado en un traje oscuro cruzado y camisa blanca que estaba parado frente a su mesa, el mismo que haciendo uso de una melosa y agradable voz intentaba comunicarle algo que a Carlos le resultaba incomprensible.

–Si, bueno... eh... vera... aquella señorita que esta sentada junto a la ventana –dijo mientras señalaba hacia una de las esquinas del bar con uno de sus enormes y gruesos brazos–.

–¿La de peluca colorada con cara de amargada?

–¿Ud. se refiere a la que esta parada al lado de la mesa que da a la ventana y tiene una bandeja en su mano derecha?

–Exacto.

–No, no, no... esa es mi mujer, yo me estoy refiriendo a la señorita que esta sentada en la mesa que da a la ventana.

–Oh, ya veo, dígale a su señora que el rojo no la favorece.

–Llevó años diciéndoselo, pero ella insiste en usar esa bendita peluca chillona. Aunque en honor a la verdad, su cara de pocos amigos se debe al hecho de que nuestras relaciones intimas no están en su mejor momento... en fin usted comprenderá que a mi edad y con tantas responsabilidades...

–¡Pero hombre, no tiene porque ponerse así! Quizás deberían intentar un cambio en la rutina de todos los días. Usted sabe, hay varias formas de mantener el erotismo en una pareja, solo se necesita de cierta inquietud para experimentar. Algunos masajes sugerentes, alguna prenda exótica, en fin...

–¿Usted cree?

–Seguro hombre, no tenga miedo de intentarlo.

–Bueno, gracias, seguiré su consejo entonces... pero bueno, no nos vayamos de tema. La señorita en cuestión me manda a pedirle si tendría usted la amabilidad de sentarse en otra mesa, con tal que este lejos de ella, o de lo contrario tendrá que retirarse del recinto.

–¡Retirarme! ¡...pero ni siquiera la estoy mirando!

–Vamos caballero, comprenda... la situación es un tanto delicada. Esa señorita es la bisnieta de nuestro mas antiguo e ilustre cliente, una persona de gran influencia en esta zona, una persona que ha hecho grandes cosas por nuestro barrio. Durante años, sus familiares y él mismo en persona, han disfrutado del puré de manzanas revueltas. Nuestra especialidad. Seria un insulto a la memoria de tan ilustre personaje ocasionarle un incidente desagradable a alguien de su misma sangre ¿no cree? Además, si usted accede de buena manera, no tendrá porque pagarme ese suculento desayuno del que esta disfrutando en este instante... la casa invita.
 
Si bien el desayuno no costaba más que la mísera suma de un peso con cincuenta centavos, una comida gratis nunca dejaba de ser una oferta tentadora, por lo que Carlos accedió de buena gana y se traslado rápidamente con sus cosas a otra mesa. Asegurándose esta vez de darle la espalda a la mentada señorita. Cuando estaba por sentarse se dio cuenta de que la señorita en cuestión estaba flanqueada por dos hombres vestidos exactamente iguales, ambos enfundados en trajes color crema y con los rostros ocultos tras gafas oscuras, aunque no le dio mayor importancia al hecho en si y continuo degustando tranquilamente su desayuno. Al fin y al cabo no tenía que encontrarse con Sisto, en la plaza de enfrente, hasta las 9.30 para arreglar la venta y distribución de las magníficas linternas económicas con mango de aluminio reforzado que habían adquirido recientemente. Y dado que había llegado con más de una hora de adelanto y no había probado bocado alguno, la perspectiva de quedarse parado en el medio de la plaza, mientras el frío se apoderaba impiadosamente de su persona, no le parecía para nada razonable. Si lo era, en cambio, refugiarse en el bar más cercano y desayunar mientras se acercaba la hora acordada. Recién después del último mordisco a la medialuna de grasa le vino a la mente la charla mantenida con Sisto el día anterior. Le resulto graciosa la vehemente insistencia de su amigo en que por ninguna razón se internara en los bares de la zona, a menos que fuera absolutamente necesario. Aunque no terminaba de comprender los motivos de semejante reacción. Ya que, dejando de lado el peculiar incidente de minutos atrás, este bar le resultaba especialmente acogedor. Sin duda, el tibio clima que proporcionaba el aroma del café recién servido y el agradable bullicio monocorde de las personas conversando a voz baja, ayudaba a esa sensación de bienestar.

–Señor, discúlpeme.

Carlos torció su cabeza hacia el inmenso hombre elegantemente enfundado en el traje oscuro cruzado y camisa blanca, pero antes de que pudiera completar el giro, este le estrello una de sus gigantescas manos sobre su desprevenido rostro. El impacto lo hizo rodar por el suelo torpemente hasta que unas pequeñas sillas amontonadas a un costado de la barra se le vinieron encima, dejándolo en el medio del piso con una fea mancha de café impregnada al pecho de su campera inflable.

–La señorita me dice que su nuca le resulta asquerosamente repugnante, e insiste en que su presencia aquí es, en el mejor de los casos, inaceptable –dijo inmutable el inmenso hombre elegante–.

–¡Y ella lo mando a golpearme!

–No, no, no... eso va de parte de mi mujer que me dijo que alguien que se mete en los asuntos íntimos de otras personas y, encima, acepta un soborno tan absurdo y trillado como el de un desayuno gratis no es otra cosa mas que un degenerado arrogante.

Totalmente aturdido, Carlos se incorporo como pudo y fue decidido a la mesa de la señorita, mientras comenzaba a sentir un punzante dolor nasal.

–¡Esto es inaudito, solo estoy haciendo tiempo para encontrarme con un amigo, con el que después vamos a vender unas magníficas linternas con mango de aluminio reforzado a menos de la mitad de su precio!

Un par de metros antes, la señorita se puso a gritar y a patalear con tal fuerza que volteo la mesa junto con  todo  lo  que  se  encontraba encima de la misma. Los dos hombres de anteojos oscuros tomaron a Carlos por la solapa y lo arrojaron nuevamente al suelo, allí tendido comenzaron a darle de patadas e insultos varios.

Luego de unos agradables minutos de golpiza, lo sujetaron fuertemente de los brazos y lo lanzaron a través de la entrada del bar. Rodó un poco mas de lo rodado dentro del bar, solo que esta vez no fue detenido por sillas amontonadas, sino por su amigo Sisto, quién lo levanto como pudo y le dijo que caminara como si nada hubiese ocurrido. Carlos siguió el consejo de su amigo y en silencio enfilaron juntos por la primera esquina que encontraron en esa fría mañana urbana. Instintivamente se pasó la mano por la nariz, y a medida que se alejaban de ese incomprensible bar repleto de gente imposible, Carlos supo que ese barrio jamás seria el lugar apropiado para vender las magníficas linternas económicas, con mango de aluminio reforzado, que había adquirido recientemente por un magnífico precio.

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