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Mi no sangre

el  Sábado, 17 November 2007 01:00 Por 
La semilla del diablo, Damien, el Exorcista... el culto al diablo siempre ha estado vinculado a un niño. Hoy os presentamos la primera de nuestras HISTORIAS ASOMBROSAS. Una narración breve que hace homenaje a esas pequeñas criaturas enceladas por el mismísimo demonio.
El sonido de mis pasos me perseguía por el callejón. Mi mente me traicionaba una y otra vez mostrándome la misma imagen. Unos ojos rojos, cuarteados de sangre. Malévolos. Los veía continuamente. En sueños, cuando me miraba al espejo, reflejados en la ventanilla del metro al pasar por un túnel. Siempre rodeados por un halo de fuego que se acercaba a toda velocidad hacia mí y que me atravesaba como una nube. Eran fracciones de segundo, varias veces al día. De repente dejaron de aparecer y esto no hizo más que preocuparme. No sabía porqué había empezado todo esto, aunque, saber bien porqué, me preocupaba más el hecho de que hubiesen desaparecido así, sin más. No volví a pensar en ello hasta que supe que mi hijo iba a nacer unas semanas después. Fue el día más feliz de mi vida, creo. Ya sé que siempre se dice eso y parece un verdadero tópico de padres babosos y felices, pero es así. El embarazo fue difícil y plagado de problemas. El niño crecía mucho más deprisa de lo normal. No pudimos verlo a través de una ecografía pues el aparato en cuestión se averió mientras lo intentábamos. La fecha prevista para su nacimiento era el mes de enero, pero se adelantó hasta Nochevieja. Nochevieja de 2000. No me preguntéis porqué, pero entrando por la puerta del hospital no pude dejar de pensar en lo peor. En el anticristo. Cambio de milenio. Una noche terrible, con una tormenta histórica en todos sus registros. No suelo creer en esas cosas, pero algo atosigaba a mi alma y me perseguía día y noche. De aquel vientre no podía nacer nada bueno. Mi mujer siempre había mantenido la teoría de que era estéril, como sus tías, que habían muerto sin dar a luz jamás. Una generación de cada dos se cruzaba en la familia y dejaba a alguna mujer sin procrear. En su familia estaba claro que le había tocado la china. Todas sus primas tenían más de un hijo. Incluso sus hermanas nos habían dado más de diez sobrinos. Y nosotros íbamos a tener un hijo contranatura el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve. Como era de esperar el parto se complicó de forma alarmante. Había empezado a las nueve de la mañana y llegadas las siete de la tarde, se decidió intentar una cesárea. A las doce de la noche, la madre estaba muerta y el niño sonreía sonrosado todo él. Solo tiempo después supe de boca del ginecólogo que la atendió que para horror de todos los médicos que estaban en el quirófano cuando el niño ya estaba a punto de salir empezó a moverse con una fuerza inhumana y que en su furioso pataleo había destrozado las frágiles entrañas de su madre. Este médico sería víctima del suicidio meses después, así como la mayoría del resto del equipo que atendió a mi mujer. El niño estuvo creciendo en una incubadora, aunque no la necesitaba. Fue decisión del psicólogo que no me consideraba aún apto para criar en solitario a un niño que había tenido tanta mala pata al nacer. Un par de meses después me encontré con fuerzas para contratar los servicios de una niñera que iba a estar en casa, viviendo con nosotros para hacerse cargo del bebé. Solo necesitó un par de meses para acabar lanzándose desde la ventana de la habitación del bebé. Ella también había empezado a tener sueños extraños. La misma noche de su llegada a nuestras vidas, confesó haber visto los mismos ojos que me acechaban a mí. Había sido en el callejón que unía la parte de atrás de nuestra calle con una avenida principal de la ciudad. Lo mismo. Los ojos rojos, la nube de fuego hacia ella. Exactamente igual. No podía ser casualidad. Nada de todo lo que estaba pasando podía ser casualidad. A pesar de ser una mujer fuerte no pudo resistirlo. Estoy seguro que había visto los mismos ojos rojos que la perseguían en los ojos del bebé, al que ni siquiera me atrevía a llamar hijo. Mi teoría es que al haber ido a cambiar los pañales del bebé debía haber mirado al bebé a los ojos y había descubierto allí los ojos rojos, incandescentes en la oscuridad e incapaz de asumirlo había abierto la ventana y...

Y...entonces decidí que aquello tenía que acabar, como fuese. Me levanté del sofá con uno de los cojines cuadrados en la mano. Era suficientemente grande para lo que iba a hacer. Apagué la televisión, que estaba conectada con un volumen exagerado de voz, así que al apagarla oí los llantos del bebé. No lloraba como un bebé normal, claro. Parecía un sonido gutural, profundo, una llamada del averno. No tenía solución. Desde luego no me iba a temblar el pulso, estaba decidido a hacerlo. La cuna estaba situada al fondo de la habitación al pie de la ventana. Fuera la tormenta azotaba nuestro edificio. La lluvia parecía lamer los cristales. La oscuridad era casi absoluta. Los ocasionales, y cada vez más frecuentes, relámpagos iluminaban mi camino inevitable hasta el mismo borde de los barrotes. Levanté el cojín con tranquilidad. No tenía prisa. Llevaba tiempo sabiendo que aquello pasaría. Decidí mirarlo un segundo antes de proceder a aniquilarlo. Iba a matar a aquel demonio encarnado en el cuerpo de un niño. Un niño que en dos meses había crecido como un bebé de ocho o nueve meses. Si seguía aquel ritmo de crecimiento en pocas semanas estaría caminando. Era ahora o nunca. Lo miré y ya no lloraba. Ahora me miraba con curiosidad. Como si supiese lo que iba a hacerle. Levanté el cojín suavemente para no asustarle. Estaba claro que había adivinado mis intenciones porque entonces noté un pinchazo en la espalda y rápidamente noté el mismo pinchazo en el pecho. Algo me había atravesado desde la espalda, saliendo por delante de mi pecho. Era como una estaca larga y fina, pero de carne como la de los murciélagos. Un largo y fino cilindro negro azulado, rematado por una especie de punta de flecha. Levanté la vista y en el cristal de la ventana vi unos ojos rojos conocidos situados detrás de mi reflejo. En la nuca noté unas volutas de humo caliente. Reconocí en esos ojos la mirada del bebé que me miraba con curiosidad desde la cuna. El cojín había caído a sus pies. Por el extremo del cilindro negro que me atravesaba el pecho estaba corriendo mi sangre. El cilindro se inclinó hacia el bebé de manera que la sangre cayó en su cara, en su boca. El niño reía a carcajadas. Empecé a marearme. Aquello no iba a durar mucho. Mientras tuviese clavado aquella especie de aguijón aún viviría unos minutos pero en el momento en que fuese extraído me desangraría en pocos segundos. El bebé reía y bebía mi sangre y cuando pareció saciado me miró con sus ojos rojos y con un gran dolor supe que había extraído el aguijón. La nube de fuego me envolvió por última vez.

Firmado: Antonio Casares

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