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No estoy loco

el  Domingo, 02 March 2008 01:00 Escrito por 
Historias Asombrosas Online continúa su andadura de la mano de J.P.Escrichs, quien en la primera entrega de este mes nos propone una historia de locura y fantasmas en la que quizá los locos no estén tan locos después de todo...
—No estoy loco Doctor. Sé que es lo que acostumbran a decir los que acaban aquí, pero lo que yo vi fue real, tan real que ahora mi mujer está muerta.
El Dr. Schullz apuntaba en su vieja libreta todas y cada una de las palabras que Stuart decía. Tal y como iban las cosas era algo completamente innecesario, puesto que desde la dirección del psiquiátrico se les obligó a gravar todas las intervenciones, pero tener la libreta entre su paciente y él le permitía mantener la distancia que como médico necesitaba.
Stuart, a quien habían mantenido sedado los tres días que llevaba ingresado en el Pyckerman’s Sanatory, aún mostraba cierta confusión después de que le hubieran estado bajando la medicación en las últimas horas. El Doctor lo necesitaba lo más lúcido posible par poder hacer el informe que el Sheriff le había pedido.
—Yo… no fui yo, Doctor. No fui yo. — su mirada parecía perderse en algún lugar de su memoria.
Negación de los hechos, posible disociación…
El Dr Schullz no dejaba de garabatear las páginas con una letra que nadie más era capaz de descifrar.

Todo empezó hace dos semanas, cuando Sharon y Stuart decidieron tomarse unos merecidísimos días de vacaciones para disfrutarlos en un pequeño camping que habían encontrado por Internet. El lugar parecía acogedor y las fotografías que vieron les recordaron a aquellos mini viajes que hacían de recién casados, cuando tenían el dinero justo para ir tirando. Gente entorno a una barbacoa de obra, niños jugueteando en una piscina tan azul como los ojos de su esposa… Stuart pensó que seguramente debían estar retocadas por ordenador pero no le importó, a Sharon le hacía mucha ilusión ir y para él eso era lo único que importaba.
Pero Stuart apenas recordaba ya nada de aquel viaje, sólo lo que ocurrió aquella noche, la noche que la oscuridad le encontró.
—¡Quieres estarte quieto!—gruñó Sharon medio dormida, aunque sonó— Quie tate guieto
—Lo siento cielo, es este calor, me está matando.
—Tenta domi— y se dio la vuelta.
Sharon no tardó en volver al sueño del que en realidad no había salido, pero a Stuart le fue imposible. Cada vez que se movía podía sentir las húmedas sábanas pegándose a su cuerpo, aprisionándolo un poco más a la cama, así que decidió que un paseo le calmaría. Con cuidado de no despertar a su mujer, se levantó, se enfundó los vaqueros que descansaban en el suelo, y salió de la cabaña. Fuera el calor era aún más acuciante y eso, teniendo en cuenta que eran pasadas las tres de la madrugada, era una auténtica putada.
Stuart fue recorriendo la carretera mal asfaltada hasta llegar a la zona norte del complejo, un lugar que no habían visitado en los dos días que llevaban allí. En la parte más alejada, cerca de la ladera de la montaña, una gran reja de metal impedía que los críos pudieran entrar en la piscina por la noche. La humedad proveniente de aquel lugar parecía murmurarle desde la distancia, ofreciéndole el frescor que tanto necesitaba. Stuart se acercó dejándose guiar por aquellos cantos de sirena cuando vio que la puerta estaba entreabierta.
—Un chapuzón es justo lo que necesito— pensó.
Así que, tras cerciorarse de que nadie podía verle, entró quitándose la camiseta.

En cuanto su piel toco el agua se convirtió en un hombre nuevo. Los problemas dejaron de importar. Allí, acunado por la tranquila quietud del agua, no había facturas que pagar, ni decisiones que tomar. Bajo la oscuridad de aquella agua que parecía reflejar la noche no había sitio para la amargura. Stuart se zambulló y desapareció de la superficie. Estuvo unos segundos allí abajo cuando le pareció que la oscuridad se espesaba en un punto no muy lejas de donde se encontraba. Ajeno a cualquier peligro, intentó acercarse llevado por la curiosidad, y al hacerlo la masa empezó a moverse. Lentamente, la extraña figura fue cogiendo la forma de un ser humano. Se aproximaba a él caminando bajo el agua mientras sus pies arrastraban la noche convirtiendo la piscina en un agujero negro del que temió no poder escapar.
Llevado por un súbito ataque de pánico Stuart se apresuró en salir del agua. No quería que aquello, fuera lo que fuera, le tocara. Cuando sintió la seguridad de la grava bajo sus pies, se quedó mirando el fondo de la piscina pero el agua permanecía silenciosa, impasible a sus desvaríos. Eso fue lo que pensó que había sido, una alucinación provocada por su propia sombra y la falta de sueño.
Empezó a vestirse dando gracias por que Sharon no le hubiera visto asustándose como un crío cuando un ligero chapoteo a su espalda le obligó a detenerse. Se dio la vuelta y allí estaban, unas manos asiéndose con fuerza al borde de la piscina. Los brazos que las seguían se perdían en el interior del agua. Los dedos, que tanteaban el suelo en su búsqueda, relucían bajo la atenta mirada de la luna. Las uñas, roídas por el paso del tiempo, se clavaron en el suelo con tanta fuerza que un pequeño reguero de sangre engulló la grava como un torrente de lava negra.
Stuart contemplaba la escena con la incredulidad de alguien que esta convencido de seguir durmiendo bajo las pegajosas sábanas de la cabaña. La aparición salió de de la piscina con la misma agilidad que lo haría un niño cualquiera, pero lo que tenía delante no era ningún niño, puede que tuviera su aspecto pero el pozo sin fondo que formaban sus ojos, el tono grisáceo y descompuesto de su piel, la rigidez en sus movimientos, todo en él estaba tan falto de vida como el agua de la que surgió.
Stuart intentó escapar, salir huyendo de aquella cárcel de muerte y metal, pero las piernas no le obedecían. Sus ojos, incapaces de apartar la mirada de aquellas cuencas vacías, se agrandaron al ver la pícara sonrisa que se dibujó en el rostro del niño. De pronto, de aquellos labios amoratados, brotó una cascada de agua estancada que llenó el aire con el olor de la descomposición. Stuart estuvo a punto de vomitar. Su cuerpo se revelaba contra la inmovilidad a la que se veía sometido mientras que el corazón empezó a acelerarse hasta que sus latidos retumbaron en las montañas que les rodeaban. Su pecho se hiperventilaba para intentar que su cerebro le sacara de aquella espantosa alucinación, mientras que una voz en su interior le suplicaba que se largara de allí.
El niño estaba ya tan cerca que los ojos de Stuart lloraron al percibir el nauseabundo olor que se le pegaba a la piel. Con la visión nublada por las lágrimas, Stuart sintió la mano del niño cogiéndole el brazo y el frío le sumió en el vacío del olvido.

Despertó con un dolor de cabeza que le aturdió unos segundos. No sabía muy bien dónde estaba, ni qué había pasado. Al incorporarse volvía a estar en su cama con las viejas sábanas pegadas al culo y el recuerdo de la piscina parecía dormir un profundo sueño en su interior.
—Joder… menuda resaca ¿Qué hicimos anoche?— preguntó pensando que su esposa seguiría durmiendo a su lado.
Silencio.
—¿Sharon?
Pero Sharon no contestó. Stuart supuso que habría salido a desayunar así que se calzó las zapatillas y cuando fue a coger una camisa limpia en el armario… Al abrir la puerta la realidad le arroyó como un tren a de alta velocidad devolviéndole el recuerdo de su desafortunado baño nocturno.
—Ya sabe lo que pasó. Está en el informe—le dijo Stuart al Dr. Schullz
—Me gustaría que me contara su versión—Respondió este sin dejar de escribir en su libreta.
—Estaba muerta. Le… le había atravesado un ojo con… con una percha.
—¿Quién?
—Él.
—¿Por qué está tan seguro que fue él?
— La ropa… Estaba empapada ¡Empapada!
—La policía asegura que fue usted.
—¡Se equivocan! Su olor… Sharon olía a él. La muerte huele… apesta— la mirada de Stuart dejó de centrarse en el Schullz para perderse en el vacío.
—Stuart, procure centrarse o tendré que volver a sedarle— Stuart volvió a mirarle y su rostro había cambiado, aunque el médico estaba demasiado ocupado tomando notas como para darse cuenta de ello— ¿Puede decirme algo más del niño de la piscina?
—Shhhh. Los niños buenos no juegan solos en el agua. ¿Verdad? No, no juegan solos.
—Stuart…
—No… no me deja— su cuerpo empezó a mecerse de un lado a otro.
—¿No le deja?
—No quiere que usted sepa que existe— dijo entre susurros.
—Está bien Stuart. ¿Ha vuelto a ver al niño después de esa noche?
—Só…sólo cuando me bajan la medicación. Ji ji
—¿Puede verle ahora?
—Sí— Stuart frunció el ceño y ladeó levemente la cabeza para poder ver más allá del fornido cuerpo del médico— Schhhhh— añadió apoyando su dedo índice en los labios.
—Y qué quiere ¿Lo sabe?— Stuart afirmó con la cabeza.
—Quiere matarle. Ji ji ji.

Al cabo de treinta minutos, la enfermera que hacía la ronda de las drogas, como solían llamarla, encontró a Stuart hecho un ovillo y pegado a la pared.
—No juegan solos en el agua… no juegan solos en el agua… no…
—¿Stuart?— preguntó ella, pero este no le hizo caso.
La enfermera se dio la vuelta para llamar a un médico que viniera a echarle una ojeada.
—¡Oh Dios mío!
Al otro extremo de la habitación, el cuerpo sin vida del Dr. Schullz miraba al techo llorando lágrimas ensangrentadas. Su mano aún agarraba con fuerzas el bolígrafo que empalaba uno de los dos ojos que se había arrancado.
—No juegan solos en el agua… no me hizo caso… No quiere que hablen de él.
La enfermera miró a Stuart y salió corriendo al pasillo en busca de ayuda dejando a doctor y paciente encerrados con sus propios fantasmas.
—No juegan solos…

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