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Paseando por un jardín marchito en Urús

el  Sábado, 12 January 2008 01:00 Escrito por 
El relato que os ofrecemos hoy se engloba dentro de la saga de novelas de la Galaxia Bidena creada por Jaime Santamaría (1971, Bilbao). Ávido lector y entusiasta escritor que se declara hijo confeso de la generación X. Ha publicado las novelas “Sol de otro mundo” (2005, Parnaso) y “Falso poder” (2006, Parnaso), ambas integrantes de su trilogía «Escena Final». En estos momentos, se encuentra concluyendo la novela “El último amanecer” que cierra esta saga de aventuras espacial. Colabora habitualmente en la revista Scifi.es Magazine y ha publicado varias reseñas y artículos en páginas de internet tales como Tierrasdeacero.com, Fantasymundo.com, Sedice.com y Elparnaso.com. Actualmente, también publica de manera regular "Ecos del Espacio", las crónicas del capitán Jacobo Torres que podeis encontrar en esta web.

Todos los ciclos, al inicio del estío en el planeta Urús, con la misma puntual e incansable cadencia de un metrónomo, la gran ciudad repetía la misma letanía: los rayos del inclemente sol caían a plomo mortificando a los rezagados habitantes, quienes corrían apresurados a preparar sus maletas. Anhelaban embarcarse en una huida que ya colapsaba las vías de salida de la urbe en un asumido vía crucis hacia los tropicales parajes de veraneo. Siguiendo este sincopado compás, los comercios atrancaban sus puertas, los transportes públicos reducían sus frecuencias horarias y las ardientes aceras quedaban desiertas en aquellas horas de mayor virulencia de la canícula. La metrópoli languidecía entre ardores y bruma difuminada.

Nacida en Hilm, un planeta no muy lejano a su morada actual en Urús, Alejandra padecía estos rigores en soledad y con la resignación que empapaban sus ochenta y siete años estándar. El apartamento, domóticamente adaptado a su minusvalía, se encontraba ubicado en un alargado bloque de viviendas del centro. Gozaba, si así podía calificarse, de comodidades que para ella eran irrelevantes. El dispositivo de climatización comúnmente lo desdeñaba, salvo en contadas y asfixiantes ocasiones como último recurso, ya que le afectaba al pecho alojándole un dolor que ni las peores severidades del invierno de su planeta de origen se atrevieron a provocar.
Lo que ella valoraba sobre todo lo demás era un preciado ordenador para invidentes, dotado de consola con relieve táctil, gracias al cual se mantenía viva en contacto con su mundo interior en el que ella se refugiaba tras las infranqueables fronteras de su sordera y ceguera.

Como cada mañana, Alejandra avanzaba con paso lento y medido hasta la basílica cercana a su torre de apartamentos, alimentándose con la evocación una y otra vez, igual que en una cinta sin fin, de sus más tempranos recuerdos. En ellos rememoraba cómo había sido un precioso bebé alumbrado en un hogar castigado por la tenaza de la pobreza. Su madre, sudorosa y agotada, pronto reclamó a la comadrona que la pusiera entre sus brazos, cubierta aún por los retazos sanguinolentos de una placenta que la enfermera se afanaba por retirar y, muy posiblemente, guardar para vender en el mercado negro farmacológico. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para descubrir todos que el destino había reservado a la niña el estigma de una sordera irreversible. Un encierro bajo la prisión de unos muros sin piedad. Marcada por aquella señal indeleble, unos padres sin recursos económicos y una sociedad feroz que descartaba convivir con la imperfección, su madre se vio avocada al cruel trámite de verse despojada del fruto de meses de gestación y silencioso amor concebido. El bebé fue despachado, cual mercancía defectuosa, con destino a un orfanato reducto de parias. El Imperio, en su defensa a ultranza de la vida humana, condenaba cualquier ataque contra la misma (aborto, eutanasia,…), esquivando a la vez hipócritamente su mirada ante lo que sus súbditos eran capaces de llegar a hacer con una víctima inocente del destino, como aquella recién nacida, en aras de unos dementes cánones de perfección física, más terribles que cualquier enfermedad o pena capital.

Las benditas siervas de Dios, las olvidadas Hermanas de la Caridad, misionaban a lo largo de los planetas de aquel cuadrante, acogiendo entre los altos y húmedos murallones de su hospicio a aquellos infelices expósitos sin culpa alguna salvo el del pecado original. Gracias a los despojos de unos y a la secreta bondad de otros, las almas enclaustradas de aquellos niños y niñas daban sus primeros pasos ajenos al mundo que los había rechazado. Para Alejandra, aislada en su sordo mundo personal, y acentuada su soledad por la mudez derivada ante la imposibilidad de aprender correctamente a hablar, lograr conciliarse con sus íntimos pensamientos fue trascendental. Las pocas caricias que recibió fueron las de alguna monja que la miraba apiadada mientras dormía en su pequeña litera. Terribles migajas de compasión que jamás se tendrían que escatimar a estas víctimas. Los niños, cada vez más conscientes con el transcurrir del tiempo de que eran... diferentes, llegaron a creer que estaban allí purgando un delito para ellos desconocido. En ocasiones, desorientados por todo esto, se comportaban como auténticas fieras los unos con los otros, por lo que su infancia fue una cuestión de supervivencia.

Una educación cultural básica, el aprendizaje de un oficio y una férrea disciplina de oración como alimento de su espíritu, preparó a Alejandra para alcanzar la pubertad y obtener la única oportunidad de huir de allí: servir en la colonización de nuevos planetas. Vivió aquello con expectación, sumisa como una mártir ante el sufrimiento y observando en su partida, desde la altura de la atmósfera que abandonaba, el edén que le había sido negado durante años. El planeta Hilm, gobernado por tan insensible aristocracia, quedaba como una espina clavada en su alma. Un rencor que permanecería aletargado pero latente durante años.

* * *

Bándar fue el nombre de su nuevo hogar; un planeta que había recibido recientemente el calificativo de apto para la vida humana. Obreros a destajo, aventureros de fortuna, huidos de la justicia, funcionarios y una guarnición de soldados, era la tribu habitual que se atrevía a pisar y estrenar un planeta recientemente adaptado a cambio de la recompensa económica imperial. Entre estos, Alejandra, portando una mínima bolsa con sus pertenencias más personales, colaboró en la creación de un nuevo rincón habitable en aquella galaxia que el ser humano reclamaba como suya.

Gracias a la formación recibida de las religiosas, Alejandra pudo entrar a servir como doméstica de un burócrata, el cual sólo medía el tiempo por el dinero que era capaz de amasar, minuto a minuto, antes de que le permitieran abandonar aquel lugar en busca de otra veta que esquilmar. Sola, ingenua e indefensa, pasó a convertirse en la sierva y el juguete sexual de este hombre que la esclavizó sin miramientos, en un mundo con una única ley: la que dictaban los más fuertes. Sin embargo, una crisis biológica se cernió implacable sobre los colonos; una feroz oleada que trajo muertes y enfermedad. Alejandra quedó postrada en la camilla de un atestado hospital que no daba a basto con los afectados por aquella virulenta infección y que a ella le hizo perder la visión sin futuro de cura.

Desenterrando este hiriente pasado y a pesar de su avanzada bursitis, Alejandra rezaba ahora de rodillas en la basílica de Urús en un reclinatorio alejado del baptisterio donde una réplica de la gran roca primigenia, tocada y bendecida por el gran pontífice, servía de icono para que los feligreses elevaran sus plegarias. En el planeta Nadín, capital del Imperio, se encontraba la que se consideraba la primera formación sólida tras la desaparición del caos y las tinieblas iniciales. La anciana aferraba en su mano un pequeño talismán bendecido, mientras recordaba aquellas vivencias y sufrimientos en Hilm y Bándar, postrada ante quien la habían enseñado a adorar, dando gracias por la vida y aquellos sacrificios que Dios la enviaba como prueba de santidad y afianzamiento de fe.

«He aquí tu sierva, cúmplase en mí tu dictamen», repetía una y otra vez.

Ya fuera de la iglesia, descendió por una escalinata de piedra que conducía hasta una resguardada plazoleta cercana al cauce del manso río. Asida con una mano a la barandilla y con la otra a su radio-bastón guía, Alejandra bajaba los desgastados escalones recordando vívidamente cómo la población del adaptado planeta Bándar, presa del apocalíptico destino que los aguardaba, huyó hacia las naves de evacuación en busca de un preciado asiento. Ciega como consecuencia de la pandemia, era zarandeada de un lugar a otro como una muñeca de trapo hasta que una fuerte mano masculina la aferró en medio de aquella anarquía. Huyendo del condenado planeta, asumió con su eterna resignación el periodo de cuarentena en una estación espacial, hasta que a ella y a su ángel custodio les permitieron retornar a un nuevo planeta. Yumg se convirtió con el tiempo en su esposo y lazarillo. La enseñó el gusto por la lectura, le dio una posición acomodada, y la escasa felicidad que recordaba haber recibido en su vida adulta. Sin embargo, Yumg murió inesperadamente de un infarto y Alejandra de nuevo quedó abandonada a su suerte.

Con una pingüe renta asegurada, había pasado sola los últimos treinta años estándar. Una vejez macerada en su oscura y silenciosa celda interior. Asistida por una mujer que la ayudaba, recibía por estas fechas la comida que necesitaba mientras su asistenta se ausentara por vacaciones. Todo quedaba almacenado en un congelador o en alacenas convenientemente señalizadas. Hastiada, ni leía las noticias en su ordenador adaptado, ni se comunicaba con persona alguna. Tan sólo repasaba en su pantalla táctil para ciegos los miles de relatos que a ella tanto la hacían soñar con otras vidas, otros destinos posibles.

Sentada en un banco de madera, bajo la fresca sombra de un gran árbol que perdía alguna de sus hojas, resecas por el ardoroso sol, consumía horas y horas mientras la ciudad se sumía en un sofocante calor, pegajoso como el lametazo de un rumiante. Pesado hasta casi impedir la respiración.
La escasa brisa traía desde hacía días un olor putrefacto y rancio a través de la rivera del río. Se sentía cansada de luchar, agotada y sin ánimo por seguir adelante. Con una mano sobre otra, recostada, se sumió en un sopor y posteriormente en un letargo que ya nadie perturbó jamás.

* * *

La escafandra del hombre, uniformado con un traje de aislamiento, no permitía ver su cara al completo mientras hablaba con su compañero.
–¿La despertamos? –preguntó a su superior, ignorando que la mujer había muerto.
–No es necesario –contestó tras una pausa-. Incinerémosla. Después de inspeccionar su apartamento y los restos orgánicos, todo está suficientemente claro.
–Capitán, ¿sabría ella que fue la causa de la muerte de toda la población del planeta Urús? –el teniente era joven y estaba impresionado por la magnitud de lo ocurrido.
–La muerte es ciega y sorda cuando llama a nuestras puertas, al igual que ella ha sido ajena desde hace mucho tiempo a lo que acontecía a su alrededor.

Desde la escotilla de la nave espacial, una mirada contempló la sucesión de cincuenta fogonazos cegadores que asolaron toda la superficie de Urús. Tras la purga, el planeta se convirtió en la tumba de muchas de las acaudaladas familias que solían viajar a menudo desde el cercano e intransigente planeta Hilm que había alumbrado a Alejandra.
Viajeros procedentes de sus vacaciones en Urús habían transportado el virus hacía jornadas hasta Hilm. Tras la muerte, también, de toda su población, ambos planetas quedaron clausurados durante quinientos ciclos como precaución.

Urús y Hilm fueron borrados de todos los mapas estelares, sustituidos por una señal que indicaba la prohibición de acercarse a sus yermas superficies.

Autor: Jaime Santamaría

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