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Pharmacos

el  Domingo, 13 April 2008 02:00 Escrito por 
Segundo relato del mes de abril, en este caso , creado por Sergio Alejandro Amira. Se trata esta vez de una historia que mezcla a íncubus, súcubus y otros engendros demoníacos que forman parte de la cultura católica, con leyendas griegas y que está a medio camino de la fábula. La Tierra aparece aquí invadida por extraños seres entre los que está uno de los personajes principales, un “pharmacos”, un chivo expiatorio (como él se autodenomina), quien propone a su enemigo, el Comandante –humano– Rénard un modo para que los humanos recuperen su planeta.

Una celda, una criatura sobre una cama que brota del suelo. Un orificio crece en una muralla hasta convertirse en una puerta. Por la puerta cruza un hombre de baja estatura, mirada severa e impecable uniforme tan negro como su cabello. La puerta se cierra a sus espaldas y el hombre examina al ‘íncubo’. Sus formas son aproximadamente hidrodinámicas: cuello ancho, hombros caídos y rostro provisto de grandes ojos que jamás parpadean, su cuerpo está cubierto de un pelaje corto y aceitoso, por vestimenta sólo porta un arma blanca de lámina aplanada y remate agudo enfundada en un cinto. El hombre se pregunta cómo es que le han permitido conservar el arma, aunque sea sólo una terciaria, e instintivamente lleva su mano a la pistola enfundada en su costado izquierdo.

La criatura se sienta en el camastro, el hombre duda unos segundos y sin despegar la mano de la culata de su arma hace crecer una silla frente a él y toma asiento.

–¿Es usted al que llaman Comandante Renard? –dice el prisionero en aquella lengua bastardizada que todos los íncubos utilizan.

–Lo soy, en efecto –responde Renard que ya posee un amplio domino del idioma enemigo a fuerza de interminables sesiones de tortura e interrogatorio.

–Interesante artefacto tiene usted allí, Comandante.

–Una reliquia familiar heredada de generación en generación, desde antes que mis ancestros fuesen exiliados de la Tierra.

–Parece algo primitiva.

–Sin embargo está en perfectas condiciones, dispara proyectiles de gran penetración, trayectoria plana, y largo alcance efectivo. Puede detener de un disparo animales superiores en tamaño al hombre…

–Animales como nosotros –le interrumpió el cautivo–. Porque para ustedes no somos más que animales, ¿no es así?

–Peor que animales –aseguró el militar–. Los animales y la naturaleza fueron creados por Dios para servirnos a nosotros, a los hombres. Ustedes son engendros antinaturales paridos por el demonio.

–He leído sus escrituras sagradas, Comandante Renard –respondió el híbrido calmadamente. Son por decirlo de alguna manera, algo contradictorias. Seguramente ha leído el Eclesiastés, ¿no? En el capítulo tres al final se compara al ser humano con los animales. Sin temor a equivocarme creo que dice: “hombres y animales tienen el mismo destino: unos y otros mueren por igual, y el aliento de vida es el mismo para todos. Nada de más tiene el hombre que el animal, todo es vana ilusión, y todos paran en el mismo lugar; del polvo fueron hechos todos, y al polvo todos volverán. ¿Quién puede asegurar que el espíritu del hombre sube a las alturas de los cielos, y que el espíritu del animal baja a las profundidades de la tierra?”

–Está pervirtiendo la Palabra Sagrada –objetó Renard–. Ustedes no son animales ni hombres…

–Ni lo uno ni lo otro, es verdad, estamos a medio camino entre los hombres y las bestias pero eso no significa que no poseamos un espíritu que suba al cielo o baje a los abismos.

­–¡Pues a los abismos infernales pertenecen y allí les regresaremos! –dijo el Comandante encolerizado mientras se ponía de pie y desenfundaba su revolver apuntando directamente a su enemigo.

–Yo que usted no intentaría nada estúpido –respondió el prisionero sin inmutarse–. No se mate antes de escuchar mi propuesta.

Renard dudó por un momento, recordó los informes sobre la diabólica criatura ante la cual estaba, volvió a enfundar su arma y se sentó intentado parecer calmado.

Ambos callaron por unos minutos.

–Usted nos ha dado muchos problemas –dijo Renard quebrando el silencio.

–Tantos que prefirieron ignorar mi existencia –respondió el aludido.

–Durante un tiempo, sí, mientras se determinaba como neutralizarlo…

–Han transcurrido más de un siglo desde que el primero de los suyos intentó matarme.

–Somos pacientes, ya encontraremos la forma, mi gente no se mudará a la Tierra mientras no haya sido purgada del último íncubo.

–Han tenido problemas en exterminar a los Yetis, ¿no?

–¿Cómo lo sabe?

–Sé muchas cosas, Comandante, por ejemplo, sé que han pactado una tregua con vuestros aborrecibles ascendientes. Ellos no son ‘íncubos’ después de todo, cómo nos llaman despectivamente.

–Hemos debido hacer algunas concesiones –admitió Renard–, pero con la semilla de diablo no hemos tenido piedad.

–Tampoco han conseguido eliminar a los tregtregs, a los cinocéfalos ni a los elvens.

–Pronto caerán. Pronto expurgaremos la Tierra de íncubos y súcubos y será nuestra una vez más.

–Tal y como enseñaba Cnossos, la soberbia humana no tiene límites…

–¡Su falso dios cornúpeto está muerto, tan muerto como la mayoría de sus aberraciones infernales! Sin embargo a usted…

–No consiguen matarme, ni siquiera hacerme daño. Eso lo han comprobado sus subalternos de las maneras más dolorosas.

–Pero sí hemos logrado encerrarle tras estas cuatro paredes.

La criatura emitió un sonido similar a una risa.

–¿Acaso el mayor de esta unidad le ha dicho que fue él quien me puso aquí? -preguntó aminorando su siniestra carcajada.

–Eso dijo.

–Pues le miente, estoy aquí por voluntad propia y cuando lo desee puedo marcharme.

–¿Y qué es lo que espera entonces?

–Hablar con usted, proporcionarle cierta información que nos será de utilidad a ambos.

–¿A cambio de qué?

–Quiero que me mate, con esta daga que tengo aquí.

–Eso es algo difícil sino imposible, como usted mismo ha señalado.

–Le facilitaré las cosas, Comandante Renard.

–¿Cómo?

–Ha de saber que no soy un monetrum como sospechaban sus hombres.

–¿Hay más como usted?

–Sí, pero a esos puede herirlos y matarlos fácilmente.

–¿Dónde se esconden, en el mar acaso, bajo tierra, en las montañas?

–Bajo el agua.

–Imposible, eliminamos a todos los íncubos acuáticos mediante un virus que…

–No a mi pueblo, están muy bien protegidos. Pero yo les proporcionaré los medios para destruirles.

–¿Por qué habría de hacerlo?

–Porque de esa forma aseguraré mi propia muerte.

–No comprendo.

–Escuche y comprenderá. Los limnades somos una de las razas más antiguas creadas por Cnossos. Desde un principio optamos por aislarnos, edificamos nuestra ciudad en el fondo del lago Clímene y nunca más regresamos a la superficie. Pasaron milenios antes de mi exilio por lo que no me sorprendió que las cosas hubiesen cambiado tanto. Cnossos había sido asesinado por un ser que no pertenecía a este continuo espacio-tiempo y sin él para protegernos ustedes regresaron desde sus escondites en las lunas jovianas ondeando la bandera de la ‘jihad’. Les ha tomado cien años exterminarnos y puede que les lleve otros cien más concluir el trabajo. Durante todo este tiempo he vagado por la superficie acumulando resentimiento, pero no hacia los humanos, sino hacia mi propia raza.

>>Verá, Comandante. Los padecimientos y mala fortuna vivida por mi gente se multiplicaron de una manera prodigiosa durante los últimos seis años previos a mi exilio. Todo comenzó con la muerte de Aqueloo, nuestro monetrum, a manos de un kraken. Aqueloo no residía al interior de la cúpula que aísla nuestra ciudad del agua sino fuera, en un lago que conecta con el mar. Desde que Cnossos acalló su voz las ausencias de Aqueloo comenzaron a espaciarse cada vez más hasta que nos abandonó definitivamente. Él era una criatura netamente acuática, no poseía piernas sino una larga cola de pez. Nuestro templo estaba construido de tal forma que Aqueloo pudiese entrar por un túnel que comunicaba a una enorme piscina desde donde celebraba las liturgias.

>>Ante la prolongada ausencia de nuestro monetrum y después de mucho discutirlo enviamos un grupo fuera de la ciudad en su búsqueda. Hallamos lo que quedaba de su gigantesco cadáver en un banco de coral, entrelazado con los restos de un kraken en mortífero abrazo. La muerte de Aqueloo sembró la incertidumbre entre los nuestros y rápidamente comenzaron las pugnas por el poder entre los principales sacerdotes del templo de Cnossos. Una horrenda guerra civil fue la consecuencia de esto y se perdieron muchas vidas antes que nos percatásemos del error de nuestra conducta. El orden fue restablecido, pero el uso de armas energéticas que los insurrectos habían logrado conseguir provocó fisuras en la resistente cúpula aisladora inundando gran parte de nuestra ciudad antes de poder repararla.

>>Para empeorar aún más las cosas una extraña enfermedad, causada por la picadura de un nuevo tipo de medusa, comenzó a diezmar lo que quedaba de nuestra población. Fueron miles los que fallecieron en medio de dolorosas convulsiones y vómitos antes que nuestros científicos encontraran la cura. El sumo sacerdote de Cnossos determinó que para librarnos de los males que nos aquejaban debía recurrirse a una antigua práctica. Sólo los más puros y dignos entre nosotros pudimos participar en la elección del pharmacos, quien tras un rito que no se celebraba desde hacía más de dos mil años, absorbería todos los males de la comunidad para luego ser exiliado, llevándose consigo todo la energía siniestra.

>>Soy un pharmacos, un mamurius veturius, un chivo expiatorio. Pero la transferencia de males no fue sólo simbólica, el mal efectivamente se fue conmigo y estoy tan impregnado de él que no puedo recibir más, ¿comprende?

–Es por eso que cuando se le intenta disparar las armas explotan, los cuchillos se herrumbran en cosa de segundos, los músculos no responden, las máquinas fallan…

–Efectivamente. Cuando emergí a la superficie armado tan sólo de esta daga ceremonial, el deceso de Cnossos y vuestro regreso a Gea eran novedades que se habían difundido ampliamente, aunque estas tierras seguían libres de la muerte y destrucción. Algunos como los cinocéfalos no creían que los humanos hubiesen vuelto, y otros más estúpidos como los sátiros y lestigronios les esperaban para hacerles frente. Los trodóntides fueron más listos y huyeron de este continuo de la misma forma que el asesino de Cnossos.

>>Los primeros años de mi exilio me sentía un héroe, un santo, pero esos estúpidos sentimientos se fueron disipando como la sangre en el agua a medida que pasaba el tiempo y veía el caos, la destrucción y el sinsentido final de la existencia. Anhelé morir y, conciente que Thanatos se negaba a llamarme ante su presencia, consulté un oráculo. Su respuesta fue: “no morirás mientras los tuyos existan”. Al principio me resistí ante tal posibilidad, pero mientras más tiempo pasaba en la superficie más resentimiento acumulaba hacia los que me habían sacrificado por su bienestar. El sólo pensar en ellos, protegidos y cómodos bajo la cúpula submarina, ignorantes de la muerte de nuestro dios y de sus criaturas me produce náuseas.

Entonces el limnade guardó silencio. Renard se puso de pie, la silla fue absorbida por el suelo y el militar dijo:

–¿Qué es lo que me propone?

–Le diré cómo llegar a ellos y cómo destruir sus defensas –respondió el limnade–. Yo esperaré aquí y cuando el último de mi raza haya sido extinguido, usted hundirá esta hoja en mi pecho.

–Una daga por supuesto, el arma de la cobardía y la traición. Ahora tengo otro motivo para sentir asco de usted, es un traidor como no he conocido ninguno en esta Guerra Santa.

– e visto el horror, horrores que usted ni siquiera sueña en sus peores pesadillas. Pero no tiene derecho a llamarme traidor, Comandante Renard. Tiene derecho a matarme, sin lugar a dudas. Pero no tiene derecho a juzgarme… Es imposible describir a través de palabras el horror para aquellos que no saben lo que el horror significa.

–Sí se lo que es el horror, lo tengo frente a mí.

Nuevamente ambos enemigos callaron.

–Sólo dígame si acepta el trato –dijo finalmente el limnade poniéndose de pie y extendiendo su mano.

–Acepto –dijo Renard estrechándole la mano y retirándola con repugnancia–. Una vez que haya matado a todos y cada uno de los suyos, una vez que haya reducido su ciudad a escombros, regresaré por usted.

–Y yo le estaré esperando, Comandante Renard.

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