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Respira

el  Martes, 13 May 2008 02:00 Escrito por 
El segundo relato de mayo viene de mano de Rayco Cruz. ¿Quién no ha tenido miedo de las sombras que se mueven en la oscuridad de la habitación? Esta historia nos recuerda la intranquilidad que de niños sentíamos cuando se apagaba la luz y sentíamos que algo nos acechaba desde el armario o debajo de nuestra cama.
Me despierto gritando antes incluso de saber que estoy dormido. No quería rendirme al sueño, pero de nuevo me ha vencido. Y de nuevo lo he visto.

Tengo la piel húmeda por el sudor, así como la almohada y la sábana blanca con la que cada noche me cubro intentando en vano que no me encuentre. En unos segundos oigo el sonido de unos pasos producido por pies descalzos que avanzan a toda prisa por la alfombra del pasillo. Como siempre, mamá viene a rescatarme. Siempre es igual: yo me despierto gritando y al poco tiempo ella aparece con el rostro descompuesto.

- “¡Cariño! ¿Estás bien?”

No consigo controlar del todo el temblor que agita mis manos, aunque he tenido tiempo de coger aire y respirar de una forma que casi podría llamarse normal. De alguna forma consigo decirle a mi madre que sí, que estoy bien. Me oigo a mí mismo y noto que mi voz sale rasgada y tensa, como si cogieras soga de esparto y la rozaras contra un trozo de madera. Y en verdad siento la garganta seca como un trozo de soga. Cuando se lo digo a mi madre, sale corriendo del dormitorio.

De nuevo los pies descalzos dejando huellas efímeras en la alfombra. Un minuto exacto después aparece de nuevo con un gran vaso de agua fría, como a mi me gusta.

- “Sólo ha sido una pesadilla” – me dice quitándome el vaso de las manos cuando yo se lo tiendo y acurrucándome después contra su pecho.

Poco a poco recupero el control de todas mis funciones mientras ella repite una y otra vez su letanía habitual: “Sólo es una pesadilla”.

Y de verdad que yo intento creer que es cierto, que sólo es un sueño lo que hace que me ahogue cada noche, que pierda el control de mi cuerpo y que el terror invada cada célula de mi cuerpo. Sé que sólo soy un niño y que mi opinión suele pasarse por alto, pero sé lo que me digo en esto: no es sólo una pesadilla y no está sólo en mi cabeza.

Mi madre sigue en su empeño de consolarme y confieso que lo consigue. Estoy agotado, pero logro dejar de sudar. Las palabras de mi madre penetran en mi cerebro cansado. “Sólo es una pesadilla”…

Noto que se me cierran los párpados, pero no quiero dormir.

- “¡Mamá!” – consigo musitar con mis últimas fuerzas antes de que la fatiga y el arrullo de mi madre, el calor de su cuerpo y la ternura de sus caricias logren que me duerma -. Respira.

Mi madre no responde, y si lo hubiera hecho yo no lo habría oído, pues me quedo dormido un segundo después.

Es muy tarde cuando me despierto de nuevo. Esta vez no tengo que gritar. Esta vez es como las otras veces, y sé lo que voy a ver. Esta vez no se va a introducir en mis sueños, sino que va a presentarse ante mí, me va a hacer partícipe de su presencia.

Se apodera de mí la tranquilidad propia del condenado a muerte, de aquél que sabe que no hay nada que pueda hacer para escapar a su destino. Es la sensación que se siente en el instante último antes de que tu coche fuera de control impacte contra el que te viene de frente. Es la sensación de fatalidad inevitable.
Así pues, no grito. Observo mi habitación oscura. Bueno, no está oscura del todo. La luz de la calle, que ahora parece generar muchísima claridad entra por la ventana que mi madre debe de haber cerrado antes de irse, pues yo siempre la dejo abierta. Aún así, esa luz no consigue ahuyentar las sombras de los rincones, de los cajones de juguetes o del resquicio que siempre queda abierto de la puerta del armario y que ahora parece mirarme con un ojo amenazante en forma de rendija.

Pero no es del ropero de donde sale.

La puerta de la habitación está casi cerrada, pero mi madre la ha dejado entornada. A través del espacio entre la jamba y la puerta veo el pasillo cuya alfombra mi madre ha recorrido esta noche ya cuatro veces con sus pies descalzos. Al final, la puerta de su dormitorio, que sí está cerrada, parece darme la espalda. Es como si quisiera hacerme saber que esta vez nadie oiría mis gritos.

Pero en esta ocasión no voy a gritar. Estoy cansado de estar asustado, de no poder dormir. Esta vez será lo que tenga que ser. ¿Seré lo bastante hombre? ¿Habré crecido lo suficiente como para enfrentarme a esto yo solo?

Entonces las cortinas, blancas como el papel, comienzan a agitarse. Es un movimiento muy suave. Si fuera un sonido, no pasaría de ser un susurro. La ventana está cerrada, así que comprendo que ha llegado la hora. Hasta mis oídos llega un sonido rasposo, como unos pies que se arrastran llenos de barro. Y sé, como otras veces, que es su respiración lo que escucho. Respira.

No todas las noches lo oigo, sólo alguna, de vez en cuando. Demasiadas como para no producirme terror, pero no las suficientes como para que mi madre me tome en serio. A lo mejor si ocurriera todas las noches, si me despertara gritando empapado en sudor cada día, si la casa se convirtiera en una mansión de los horrores cada vez que se pone el sol, a lo mejor ella me tomaría en serio. Pero no es así, y sólo lo oigo respirar de vez en cuando.

Pero hoy lo escucho con toda claridad, más alto y claro que nunca. Alto y claro, como dicen en la televisión con un walkie talkie en la mano. Pero yo no puedo decir cambio y corto y terminar la conversación, porque va a seguir quiera yo o no.

Unos segundo después de que la cortina empiece su baile lento, su vals solitario, empiezo a vislumbrar mi aliento frente a mis ojos. La temperatura baja rápido, tanto como sube la manta para cubrirme la cara hasta la nariz. Los pelos se me ponen de punta, tanto por el frío como por el terror que ya noto trepando por mi columna vertebral. El corazón comienzo a latir amenazando con desbocarse.

El sonido de su respiración, como el un gato afilando sus uñas contra un trozo de madera, crece en intensidad. Respira. La puerta del armario también comienza a moverse, pero yo sé que no es de ahí de donde saldrá. Lo hará de debajo de la cama.

Noto un leve tirón de las mantas que me cubren. A duras penas consigo controlar el impulso de esconderme debajo de ellas, de enroscarme como una tortuga dentro de su caparazón. A veces lo hago y se va, como si pasara de largo. A veces se queda un buen rato, como esperando a que salga. Pero yo sé que sabe que estoy aquí, y sólo aguarda.

Consigo que mis manos no se muevan y sigo con los ojos destapados, aunque ya casi me duelen las manos de tan apretadas que las tengo. Mis uñas no hacen sangrar mis palmas gracias a la cocha y la manta que median entre ambas partes de mis manos.

Con mucho cuidado, muy lento, miro hacia un lado de la cama. Sólo hay sombras en la habitación. A los lados de la cama la oscuridad se hace más densa por la dificultad que la luz de la calle tiene para llegar hasta allí. Ahí es donde miro. De entre todas las sombras hay una diferente. Una vibra. Una palpita.

Una respira.
Poco a poco, la sombra, tan lenta como la cortina, se empieza a mover y a salir de debajo de la cama. Es la segunda vez que reúno coraje suficiente como para mirar. A lo mejor es gracias al consuelo de mi madre de un rato antes. Aún siento sus besos en mi pelo, el calor de su pecho acunando mi rostro, el tacto de sus manos en cabeza, las palabras susurradas (“Sólo es una pesadilla”). Sólo que no lo es, mamá, es real. Y está debajo mi cama.

Aún así, pensar en todas esas cosas es lo que me da fuerza para seguir mirando. La sombra crece ahora más rápido. No consigo discernir forma alguna en ella, pero debe tenerla, porque en el colegio me han enseñado que todo tiene una forma, que todo tiene peso y tamaño. Pero yo no consigo verlo, sólo veo una mancha de oscuridad. La sensación que me da al mirarla es como si se me hubieran empañado los ojos, como si no pudiera enfocar bien.

Ya es muy grande. Casi llega hasta la pared. Ya no necesito moverme para verla, y acostado consigo ver cómo alcanza a la pared y comienza a trepar por ella. No sé si trepar es la palabra más correcta. Se desliza, sería mejor.

Siento la tentación casi irrefrenable de encender la luz, de ahuyentar las sombras bañándolas de luz. ¿Funcionaría eso? La sombra salió en perpendicular a la cama hasta la pared de la derecha, pero ahora empieza a avanzar hacia el cabezal de mi cama. Sé que viene a por mí.

Decidido: voy a encender la luz, voy a gritar llamando a mi madre hasta que pierda la voz. Me da igual que me diga que soy un miedica, porque esto no es una pesadilla. Es real y lo estoy viendo con mis propios ojos. Y quiero dejar de verlo.

Entonces descubro algo que consigue que el pánico, hasta ahora apenas mantenido al margen, me bañe como un chaparrón de verano y me empape hasta la última fibra: el miedo ha paralizado mi cuerpo. ¿Será, como dice mi madre, que sólo es una pesadilla? Si es así, despertaré cuando la sombra llegue hasta mí.

Pero la veo, y la oigo respirar. Por Dios, cómo puedo oírla respirar si sólo es una pesadilla. En mi mente grito, pero mi boca está muda y mis brazos inmóviles. El terror me ha hecho preso.

Mientras yo me debato conmigo mismo para que mis manos se alcen hacia el interruptor de la lámpara de la mesita de noche, la sombra sigue avanzando sin pausa, palpitando y vibrando. Está muy cerca.

Noto una humedad en mi rostro y descubro que estoy llorando. La angustia llena mi pecho, mis pulmones. Se desplaza por mi cuerpo mezclada con mi sangre para inundar bien cada uno de sus rincones.

Sólo necesito unos centímetros. Sé que el interruptor está ahí, a escasa distancia de mi, pero no consigo reunir valor para moverme.

La sombra ha llegado a la pared de mi cama y dobla en el rincón para comenzar su acercamiento. Su movimiento la lleva casi hasta el techo. Sigo todo su contorno con la mirada, los párpados goteando sudor, para ver que allá por donde ha pasado deja parte de sí, como si fuera un brazo que se estira como un elástico y cuyo origen sigue estando bajo la cama. Sólo es estaba extendiendo, no desplazándose como yo creía al principio.

Ya casi está sobre mí, prácticamente pegada al techo, y yo sigo inmóvil como un cachorro aterrorizado. Y es que eso es lo que soy: un animal asustado incapaz de moverse ni siquiera para salvar la vida. Me he convertido en el cervatillo que se encoge ante los faros de un coche el segundo antes de ser envestido.

La sombra comienza a descender hacia mi desde el techo. Tengo que desplazar mucho la mirada hacia arriba para verla, tanto que casi me duelen los ojos. Está muy cerca.

Tengo que llegar a encender la luz. Nunca antes la había tenido tan cerca. Su respiración era ahora el único sonido que mi cerebro aterrado consigue procesar, y un sonido que no quiero volver a escuchar jamás.
Eso si consigo que mis manos se muevan. Ya casi lo tengo encima.

¡Vamos! Me grito a mí mismo.

Entonces, veo algo que consigue que el pánico llegue a su punto culminante: la sombra comienza a separarse de la pared. Lo veo tan claro como el agua. Se está cerniendo sobre mí.

Cerniendo es una palabra que no había usado nunca antes, pues no entendía muy bien su significado. Pero ahora la comprendo perfectamente.

La respiración se acelera, así como la pulsación. ¿Está nerviosa también la sombra? ¿Está agitada ante la perspectiva de poder acceder a mi por fin? No puedo saberlo, pero lo que sí se es que, si eso fuera un perro, ahora estaría pringado de babas.

Se detiene unos centímetros sobre mí. En mi mente la escena se desarrolla hasta el final. Es el impass previo al ataque. Y lo sé porque en ese momento deja de respirar. Ha contenido el aliento.

Es ahora o nunca. Nos movemos al mismo tiempo. La sombra se extiende sobre mí al mismo tiempo que mi mano se lanza hacia el interruptor.

Y consigo, en el último segundo, encender la luz.

Sofía no consigue conciliar del todo el sueño. Está preocupada por su el pequeño Jaime, tan propenso a aquellas terribles pesadillas.

La oscuridad es total en su habitación, pero entonces un leve resplandor rompe la monotonía de las sombras. Se había colado por la rendija bajo su puerta. Eso sólo podía significar que su hijo había encendido la luz. Seguro que se había despertado otra vez sobresaltado, aunque esta vez no lo había escuchado gritar.

Se levanta de la cama, se pone un albornoz y unas zapatillas, y sale al pasillo. Por el resquicio de la puerta del dormitorio de su hijo ve que, efectivamente, la luz procede de allí. Acelera un poco el paso, aunque no llega a correr como lo hiciera antes.

Con un pequeño empujón, abre del todo la puerta. Efectivamente, la luz de la pequeña lámpara de la mesa de noche está encendida.

La ventana está cerrada tal y como ella la dejó, pero las cortinas se agitan levemente, como si alguien estuviera respirando sobre ellas.

La cama de su hijo estaba vacía.

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