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Rocas

el  Lunes, 18 August 2008 02:00 Escrito por 
Claudio Amodeo nos traslada en esta Historia Asombrosa hasta una lejana explotación minera perdida en algún remoto planeta.
La estructura mineral se quiebra, al fin, y la grieta se presenta ante mis dedos temblorosos como una inyección de ánimo. Me estremezco de alegría y sonrío. Quiero reír, pero la falta de aire suficiente me hace toser y me arranca dolorosas lágrimas de los ojos. El resultado es favorable de todos modos. Me siento ansioso por acabar de abrir el hueco en la pared. El trabajo de esta noche ha sido todo un éxito y he avanzado varios metros en el interior de la caverna, acumulando la bauxita suficiente para extender mi liderazgo absoluto en la competencia. Jhonson no podrá más que felicitarme esta vez. Tendrá que reconocer lo bueno que soy. Y esos envidiosos de Bob y Jano se pasarán largas noches intentando imitar lo que he logrado. Ya puedo escuchar sus martillazos angustiosos, fatigados. No pueden contra mí. Soy único.

Incrusto el pico de acero y empujo el mango hacia un lado, hasta que la roca restalla. Un gran hueco aparece bajo la tenue luz de las antorchas y el color pardo de la capa de bauxita me reconforta. Golpeo con fuerzas denodadas hasta que una buena pila de rocas se amontona delante de mí y me lastima las manos en cada golpe. La sangre brota lentamente, mezquina, y la veo hipnotizado. El corazón se me hiela. Comprendo el signo. La sangre es la vida y que caiga sobre la bauxita extraída sólo puede ser un mal presagio. Retrocedo como espantado por un fantasma y limpio la sangre en mi pantalón. ¿Qué me habrá de ocurrir? ¡Justo cuando el liderazgo en la competencia se muestra ante mí! ¿Qué será? En muchos años de haber extraído la roca del corazón de la montaña he visto el mismo signo en varias oportunidades, y nunca falló. Algo malo se está cerniendo sobre mí y es mejor que lo descubra pronto.

Saco de un bolsillo de mi pantalón una píldora pequeña, la última, y la trago. Hubiera preferido tomar un poco de agua, pero no tengo tiempo para ir al lago. El dolor en las manos y el vacío en el estómago se calman. Las píldoras son fantásticas. Debo pedirle a Jhonson que me traiga más.

Me apresuro a cargar la carretilla con la bauxita y realizo repetidos viajes hasta el depósito principal, allí donde la boca de la caverna se abre como un monstruo gigantesco que desea engullir el paisaje y las estrellas lejanas. La montaña de piedra acumulada es enorme. Jhonson tiene que venir pronto por ella o no cabrá más, y tendré que buscar un nuevo depósito, pero en las cercanías; no confío en Jano ni en Bob, sobre todo en Bob. Dejarles un depósito lleno de rocas a mano es invitarlos a saquear el sitio. ¡Esos aprovechadores! ¡Harían cualquier cosa por superarme!

Cuando acabo, me derrumbo en mi sitio de descanso preferido, cerca del exterior, y contemplo las estrellas con angustia. Los golpes lejanos de Jano y Bob, y acaso de Tarl, resuenan apagados, rítmicamente, y me recuerdan que no estoy solo y que la competencia continúa su afanosa marcha, su salvaje e irrefrenable avance. Debo continuar, no me puedo dar el lujo de descansar, pero el miedo y la angustia me paralizan y me amarran a mi sitio. El presagio no suele tardar en cumplirse.

Las estrellas lejanas me envían guiños, mensajes cifrados. Alguna vez intenté comprender su significado pero no pude lograrlo. Es difícil hallar las mismas estrellas cada noche en este mundo vagabundo y cada una emite su propio mensaje. Sin embargo juego otra vez a leer sus palabras y las vigilo sin pestañear, fija la mirada y la atención. Quizás ellas sepan qué es eso tan malo que me puede ocurrir.

La cabeza me pesa y se ladea y siento que me caigo hacia un lado, hacia un abismo. Abro los ojos inmediatamente y me doy cuenta de que me he quedado dormido. No sé por cuánto tiempo, pero aún es noche cerrada y las estrellas están altas en el firmamento. Han transcurrido una o dos horas, no más. Es suficiente descanso. Me levanto y me percato de que el silencio reinante es inusitadamente espeso. Algo está fuera de lugar. Me vuelvo hacia el exterior de la caverna y dudo. En la penumbra del sendero no se distingue nada en particular, en la ladera de la montaña todo es tan estático como de costumbre. Entonces comprendo que lo que falta es el continuo golpeteo lejano, el martilleo rítmico del trabajo de Jano, de Bob y de Tarl. Y el de algún otro, más allá del murallón gris, donde Jhonson me dijo que existen más competidores. La falta de sonido es aterradora, insoportable. Me hace sentir demasiado solo. Salgo al exterior y comienzo a respirar con dificultad, como siempre me ocurre. El aire me sabe enrarecido y el enorme espacio abierto me atemoriza. Es una sensación extraña, indeseable, pero debo soportarla si quiero saber qué ha ocurrido con Jano y con Bob; y con Tarl, claro. Avanzo por el sendero en penumbras y redescubro el paisaje hostil que se extiende al otro lado de la ladera de la montaña. Son muchos kilómetros de roca y de tierra árida, de escasos arroyos y de pequeños lagos, que se repiten en forma imperturbable hasta donde alcanza la vista. En la oscuridad de la noche los picos de las montañas forman figuras caprichosas, temibles. Es tan vasto este mundo que creo que voy a morir por estar tan desprotegido. Debería regresar a la caverna, olvidarme de Jano, de Bob y de Tarl, y retornar al trabajo, a la competencia. Sí, eso es lo que debo hacer. Sin embargo sigo avanzando por el sendero sin saber por qué y continúo hollando el pedregullo que bordea la ladera de la montaña con mayor celeridad. Creo que hay algo esperando allí. No estoy seguro.

Ahora lo veo. Es un objeto grande y rectangular, ligeramente achatado en los extremos. Parece incrustado en la roca. Al acercarme noto que sus paredes son metálicas y que están deformadas por golpes, abolladas aquí y allá, y perforadas en distintas partes, a distintas alturas. Me detengo y lo observo. Parece un vehículo. Es un vehículo. Es inmenso y está accidentado. Y también muerto. Parece haber muerto hace mucho tiempo y de una forma brusca. El polvo cubre buena parte de su superficie. Me acerco a una de las grandes perforaciones e ingreso instintivamente. Por fortuna, el miedo al espacio abierto desaparece, el vértigo abandona mi esófago y me siento aliviado. Aquí dentro es como estar en la caverna. Igual de acogedor e igual de silencioso. La opresión deja lugar a otra angustia de similar tamaño: hambre. El vacío en el estómago arremete. Camino en la oscuridad con ligereza, con seguridad. Alcanzo una escalerilla y asciendo hacia una segunda plataforma, extensa y fría. Avanzo hasta un extremo y encuentro un arcón abierto. Dentro hay muchas píldoras. Trago dos y me guardo muchas otras en los bolsillos. A un lado del arcón hay un objeto rectangular. Lo levanto y palpo su superficie lisa y delicada. Una luz interna se enciende de pronto y aparece una imagen y un nombre dibujados sobre la placa. Es un rostro pulcro y apuesto de alguien que me resulta lejanamente conocido. Su mirada profunda y su sonrisa segura me gustan. Imito esa sonrisa. Debajo del dibujo hay un nombre: Jhonson. ¡Ja, ja! ¡Qué curioso! Se lo diré a  Jhonson cuando lo vea. Él y este hombre tienen el mismo nombre. Le va a causar gracia.

De pronto siento una apertura en mi mente, una expansión: hubo un accidente aquí, en este vehículo espacial. Alguien se estrelló y quedó varado, solo, en un planeta hostil. Alguien cuyo rostro me mira desde un pequeño trozo de metal. Alguien familiar, pero, al mismo tiempo, lejano e inalcanzable. Comprendo también—y no sé cómo— que la maquinaria herida no puede retomar el vuelo. Necesita reparaciones, materia prima, y mucha, demasiada. Algo que quizás sólo se consiga procesando mil o mil quinientas toneladas de esa bauxita pobre que abunda en la región. Es absurdo pensarlo.

La placa se apaga y la dejo donde estaba, riéndome para mis adentros a cuenta, imaginándome la cara de Jhonson cuando le cuente lo que encontré. Jhonson es mi amigo, el único en este planeta hostil, el mejor que tuve nunca. Es casi un hermano. Nos reiremos mucho y charlaremos largo rato cuando nos volvamos a encontrar.

Desciendo por la escalerilla rápido. No quiero perder más tiempo. Salgo fuera con decisión, sin detenerme a pensar en el espacio abierto y en la extensión inacabable del planeta. Si lo hago, quizás no me anime a continuar. Lo sé. Me conozco. Encuentro el sendero de inmediato y desando lo recorrido con mayor celeridad aún. Es imperioso que vuelva. Estoy atrasado. Rodeo la ladera de la montaña y diviso la boca de la caverna a la distancia. El corazón me da un respingo. Por fin acabará la travesía. Por fin tendré sólo buenos augurios. Por un tiempo, al menos. Antes de ingresar a la caverna comienzo a oír nuevamente los golpes lejanos de Jano y Bob. Y también los de Tarl. Tan rítmicos como siempre. Tan persistentes que dan ganas de retomar el trabajo, la competencia. Me tranquilizo. No estoy solo, siempre estarán ellos allí, intentando vencerme, intentando trabajar más fuerte y mejor que yo. Y también estará Jhonson. Él no me abandonaría nunca. Es mi amigo. Me conoce tan bien como yo mismo.
Me detengo frente al depósito y admiro la monumental tarea llevada a cabo.
    
Buen trabajo.

Buen trabajo, sí señor.

—¡Buen trabajo! ¡Habrá que llevar todo esto a la nave!

Reconozco esa voz gastada y me río a carcajadas.

Cuando me recupero me vuelvo y avanzo por el pasillo abierto en la roca, y las luces de las antorchas me reciben. Hay alegría en el lugar. Hay calor de hogar en su interior.

Vengo de visita, pero voy a quedarme un buen rato. Vengo a ver a mi amigo y traigo muchas píldoras en los bolsillos. Él las necesita. Se alegrará mucho de saber que Jhonson está aquí.

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