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Sobreviviendo al pasado

el  Domingo, 01 June 2008 02:00 Escrito por 
La última historia asombrosa de mayo la firma Juan Herrera y se trata de un relato apocalíptico, protagonizado por un hombre primitivo que se encuentra con una gran sorpresa al final del camino.
El hombre oliváceo se levantó del suelo. Apenas había terminado de ingerir una larva que retozaba entre las arenas del suelo cuando vio venir un frente de nubes oscuras desde el este. Sabía que aquello no auguraba nada bueno por lo que cerró la bolsa de piel donde había metido sus capturas y subió a su caballo sin montura para cabalgar en dirección a las montañas donde vivía.

La temperatura había descendido de golpe. Tan sólo ataviado con un taparrabos de piel marrón, la bolsa, un cuchillo de hueso y una lanza de caña con cuerda de piel, su espalda sufrió un escalofrío pese a estar acostumbrado a las inclemencias del tiempo. Miraba en dirección al oeste por lo que todavía había claros de cielo azul enmarcado por nubes algodonosas. Fustigó con sus pies descalzos al caballo y consiguió aumentar de forma leve la velocidad. Las huellas se iban reflejando en la superficie arenosa de la gran meseta que atravesaba. Una pequeña nubecilla de polvo se iba desplegando del suelo a medida que avanzaba. Las nubes seguían su inexorable avance por la meseta. A lo lejos los relámpagos daban latigazos sobre el cielo. Sonaban ecos distantes y poderosos que otorgaban vida a la tormenta.

El hombre descendió por el camino que rodeaba la meseta amarillenta. Se dispuso a inclinarse un poco hacia a delante para no caer del animal. Casi se le cae la lanza y la bolsa pero recuperó el equilibrio a tiempo. Una vez abajo siguió hacia la ladera de la pequeña montaña que tenía enfrente. Sería una pena perder la comida del día por un estúpido tropezón. El caballo se encontraba fatigado después de la carrera pero todavía corría con brío. La montaña fue aumentando de tamaño ante sus ojos según se acercaba a la entrada de la cueva. Un orificio oscuro que se dibujaba en la falda de piedra. Su hogar.

Dejó el caballo cerca de la entrada. Descendió por un túnel de pequeño tamaño. Unas cenizas negras reflejaban la anterior existencia de una hoguera. Estuvo frotando una vara de madera hasta que salió la llama deseada. Cuando el fuego se transformó en hoguera, las paredes de la estancia quedaron iluminadas reflejando extraños dibujos arcillosos. El calor de la llama le reconfortó. Los truenos sonaban cada vez más fuerte.

Salió por el túnel a la entrada de la cueva. El caballo estaba nervioso. No paraba de relinchar y agitarse. Lo metió más adentro. Miró la lluvia que caía de forma torrencial sobre la arena y las piedras. El viento era frío. Los primeros copos de nieve comenzaron a caer de forma aleatoria cuando dejó de llover. Según caían se iban derritiendo pero pronto habría más. Recordó el año anterior. Un manto de nieve blanca que había cambiado el paisaje de forma radical. Se volvió a meter dentro y asó en una rama seca las larvas que había degustado crudas en la meseta. Quedó dormido cerca del fuego. Cerca la lanza y el cuchillo. Con algún viejo trozo de piel cubrió su torso. Aún así el frío era intenso y la sensación de hambre le inundó de nuevo.

La caza había comenzado a escasear al final del verano. Cuando pasó a alimentarse con las larvas e insectos ya no había animales que cazar.

Tuvo un sueño extraño donde los animales se iban y grandes llamas cubrían el mundo. Grandes cataclismos que abrían la tierra para vomitar lavas y ceniza. Todo se disgregaba hasta que el último resquicio del suelo desaparecía como por arte de magia. Caía al abismo. Se precipitaba en un mar rojo y viscoso. Se despertó entre sudores con una quemadura en le brazo por haberse dormido cerca de las ascuas. Se levantó y salió de nuevo a la entrada. El caballo estaba dormido de pie. El hombre apartó la nieve que se había depositado durante la noche. Era hora de partir.

Cuando estuvo ataviado con las pocas pertenencias que le quedaban, dejó atrás la cueva que había sido su hogar en los últimos meses. No estaba acostumbrado a tanto frío. Lo peor de todo sería encontrar comida. Nunca el invierno le había pilado con tanta antelación. Aquel cambio brusco de tiempo había sido impredecible pero había que adaptarse a todo lo nuevo. No era la primera vez que lo hacía.

El caballo caminaba incómodo por los caminos nevados. La escasa vegetación que adornaba el paisaje estaba cubierta de blanco. Pasó todo el día dirigiéndose hacia el oeste sin poder salir del todo de la cadena de valles y sintiéndose observado por las montañas de piedra encumbradas de nubes negras. Acampó en una cueva cerca de un desfiladero. Pasó la noche temblando de frío y acostado cerca del caballo. Pensó que si no mejoraba el tiempo, tal vez muriese congelado al despertar. El frío se hacía más intenso. La nieve seguía cayendo en interminable cadencia. El viento había desaparecido por completo haciendo que el silencio blanco fuera el amo del lugar.

Al amanecer se encontró cubierto de nieve. Tiritando y hambriento, fue entonces cuando oyó el ruido. Más bien rugido. El animal estaba a menos de diez metros. Una especie de tigre con los colmillos de sable. Al principio parecía remolonear entre los árboles pero luego se fijó en el hombre. Sus colmillos amarillentos y afilados se acercaban cada vez más. El hombre cogió la lanza enterrada en la nieve. Trató de sosegar al caballo sin conseguirlo. El equino salió en estampida en dirección opuesta, dejándole sólo frente a la bestia.
El hombre y el animal estaban frente a frente. Lanzó la lanza contra él. Se clavó en un árbol cercano. El félido se apartó y se dispuso a tacar a su presa pero el hombre echó a correr en su misma dirección por lo que pudo coger la lanza y atravesar el lomo del animal. Ya tenía alimento.

Horas después de haber comido atravesó el desfiladero con el caballo. Tardó el resto del día en cruzarlo. Cuando salió a la nueva llanura vio algo que jamás había visto antes.

No eran cuevas ni estaban cerca de las montañas. Elevaciones monolíticas de gran tamaño que se agrupaban en racimos. Estaban separados por caminos llenos de nieve. Parecían los dedos de muchas manos que querían tocar el cielo. Hacía años que no formaba parte de ninguna tribu. En aquella época corrían antiguas historias de gente que vivía junta. No recordaba el nombre. La transmisión oral de las leyendas y cuentos las había deformado mucho por lo que en su mayoría eran inconexas y sin sentido.

Se metió dentro del laberinto de construcciones. Estaban huecas como los ojos de las calaveras. Sin duda, debía de tratarse de un lugar maldito donde moraban los malos espíritus. Los que habían traído El Final. No había forma de luchar contra esos Djinn. Ni su lanza, ni su cuchillo valían en aquel lugar. Misteriosamente, el caballo permanecía tranquilo. Andaba de forma majestuosa por la vía principal. El hombre no dejaba de mirar a lo alto. Nunca había pensado que otras tribus pudiesen construir todo aquello. Tuvieron que ser arrogantes y poderosos.

Había algo en el suelo. Era oscuro y plano. Sobresalía de entre la nieve y el hielo. Se desmontó del caballo y se acercó caminando. No podía ser nada peligroso.

Tenía forma redonda, pero eso, él, no lo sabría nombrar. Lo fue sacando poco a poco. Unos extraños símbolos de color rojo y blanco se dibujaban en relieve sobre la planilla de metal.

No comprendía los símbolos. No sabía leer.

“ STOP”, rezaba la señal.

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