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Un día como otros

el  Miércoles, 02 July 2008 02:00 Escrito por 
El miedo a la muerte es una constante en la vida del ser humano. ¿Pero que sucede cuando llegamos a una edad en la que apenas podemos valernos por nosotros mismos? Ramón San Miguel tiene la respuesta y nos la ofrece en una Historia Asombrosa.

Esta noche tampoco ha venido.

He dormido mis nueve horas. Cada noche es igual, duermo siempre las mismas horas, y después ya no me queda más que abrir los ojos y afrontar un nuevo día.
Seguiré esperando… ¿Qué otra opción me queda?

El cuidador entra y me ayuda a vestirme y a asearme. No le pongo trabas, nunca lo hago. Después de todo es su trabajo, y además es amable conmigo. Luego me lleva a desayunar.

Como. No se por que, pero como. Creo que sería peor si no lo hiciera. Ya se que no voy a adelantar su llegada si dejo de comer.

Todos los días me parecen iguales, todos los días la misma rutina: tras el desayuno a la sala común, con el resto de los que aguardan. Algunos han tenido suerte, y ya han recibido su visita. Siempre me pregunto ¿Por qué yo no? Cielos, si estaba a su lado, sólo unas habitaciones más allá, esperándole ansiosa, como si fuera aún aquella quinceañera y él mi primer amor… Pero no, otra vez ha pasado de largo, sigue sin venir a mí.

En la sala común todos fingen que se divierten, que se enamoran… algunos hasta hacen planes… ¡Ilusos! Yo también tuve ilusiones un día. E hice planes, sí. Pero eso fue hace mucho, mucho tiempo, cuando era joven, cuando estaba enamorada, cuando fui madre… Todo eso pasó ya. Hace tanto que ni recuerdo el rostro del que fue mi marido. En mi vida ya no queda espacio para hacer planes o para pensar en el futuro, solo para esperar.

Ninguno de mis compañeros habla conmigo, y me miran raro, pero da lo mismo. Tampoco yo hablo con nadie. Y les sostengo la mirada hasta que se vuelven. Luego continúo quieta, aguardando con paciencia.

El cuidador viene con mi medicina. Tomo muchas al cabo del día. Nunca noto sus efectos. Creo que si dejaran de dármelas sería igual que si dejo de comer: yo seguiría esperando, y él seguiría sin venir.

A media mañana me sacan al jardín, cuando hace bueno. Hoy hace sol, que calienta un poco mis viejos huesos. Yo no hago más que mirar para acá o para allá a ver si le veo, aunque sé que es inútil. Cuando venga probablemente lo haga en silencio y sin que yo pueda darme cuenta. Ojala fuese hoy. Ojala fuese ahora. La paciencia se me acabará en algún momento… y entonces ¿qué?

La comida, la tarde, con su película, con su sala común… es siempre la misma historia. Ahora ya no, pero al principio de entrar aquí todavía podía encontrar algo de excitación con la compañía, o con los medios que disponemos para matar el rato. Matar el rato, si, realmente es lo que hacemos todo el día, aunque algunos disimulen.

Hoy viene a verme alguien de fuera. Es raro… hace tiempo que no tengo visitas. Al principio, claro, mis hijos, y mis nietos, quizás con arrepentimiento por haberme traído aquí al pensar que ya no podía valerme por mí misma. Luego dejaron de venir, pero entonces llegaron los periodistas, con sus preguntas, con sus cámaras, con sus sorprendidos gestos. Hasta que me harté. Ya estaba cansada del espectáculo, ya estaba cansada del disimulo, de hacerles creer que era feliz.

Pero eso fue hace mucho, mucho tiempo. Nadie queda de los que antes estaban conmigo, de los que me animaban, de los que querían compartir las migajas de gloria de la tele. Hasta los cuidadores han cambiado…

Me llevan caminado despacio hasta una salita que se supone agradable. Tiene que sujetarme mientras ando, mis piernas ya no son como antes. Allí aguarda un caballero joven y arreglado. No es periodista. Es un científico de no se que Universidad, me dice. Yo le oigo, pero tampoco es que le escuche. No respondo. Podría hacerlo, claro, y contarle mi vida, contarle anécdotas de mi juventud, mentirle y decirle que aún puedo hacer planes de futuro… Pero callo. No merece la pena. No acortaría mi espera. Nada lo hace, ni siquiera cuando he intentado provocar ansiosamente su llegada de forma deliberada.

Su voz es áspera, pero su tono amable. Me habla de cosas que no entiendo. Genoma, metabolismo, enzimas, que se yo… Dice algo de que puedo ser importante, de que mi sangre puede ser importante. Me pincha, me saca un poco, y veo sin mucho interés como se la guarda cuidadosamente en una caja muy rara que lleva. Y luego me dice que el y otros creen que soy muy especial, y que probablemente el que tanto espero tarde mucho, pero mucho en venir. Eso no ha sido amable por su parte, y chillo, claro. Quiero que se vaya. Quiero que me deje en paz con mi esperanza en su pronta llegada. Porque es lo único que me queda.

Los cuidadores vienen y se le llevan. Noto de nuevo el pinchazo de una aguja, seguro que llena de alguno de esos sedantes, pero yo no estoy realmente alterada. Además, no va a hacerme efecto, como nada lo hace.

El resto del día transcurre lento y tedioso, como los demás. Ceno, como los demás. Me dan mi medicina otra vez, como los demás. Y me acuesto, como los demás. Y no dejo de pensar… ¿será ahora? ¿vendrá ya? No puedo, no quiero creer a mi visitante de hoy. Porque… ¿qué he hecho yo para merecer ese castigo? El vendrá, sé que vendrá… a lo mejor mientras duermo…

Como cada noche llamo a Dios, y le pregunto ¿será hoy? Por favor Señor, que sea hoy… y me acuesto, con la ilusión de que será esta la noche…

Y me duermo, ojala que por última vez.

Pero esta noche tampoco ha venido. Y otro día de espera se extiende delante de mí, como tantos otros antes…

Seguiré esperando. ¿Qué más puedo hacer?

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