Scifiworld

Una decisión lógica

el  Lunes, 31 March 2008 02:00 Escrito por 
Un nuevo relato de José Ignacio Becerril Polo que forma parte de una colección que el autor llama 'de maquinas y hombres', sobre la relación entre los hombres y los robots. En esta ocasión nos ofrece una fábula apocalíptica futurista en la que el fin de la humanidad se acerca más de lo que muchos desearían.
Cuando la humanidad comprendió que el fin del mundo se acercaba no supo bien cómo reaccionar. Al principio las propias autoridades se negaron a admitir la evidencia, e incluso hubo quien propuso no hacer nada, y dejar que éste llegara por sorpresa. Al menos de ese modo no cundiría el pánico general y no sería la propia población quien acabase autoinmolándose.

Luego los datos revelaron que la situación no era tan desesperada como se creía, y que quedaban aún algunos años en los que tratar de buscar una salida, una solución posible. A la velocidad que viajaban las colosales naves alienígenas, presumiblemente tardarían al menos una década en llegar. No había duda de sus intenciones, dado la violenta respuesta que habían dado a los infortunados intentos por contactar con ellos, ni de su absoluta supremacía militar, dado el tamaño y capacidad de su flota, tan aterradora como lenta. Pero al menos había tiempo.

Pero qué hacer ante la evidencia de que una belicosa civilización extraterrestre se aproximaba con intención de invadirnos, y de que nuestro potencial de respuesta era ridículo. Prepararse. Así lo anunció el Presidente de las Naciones Unidas, quien a la larga asumiría por su carisma y convicción la condición de Gobernador Mundial Plenipotenciario en aquellos tiempos aciagos. Parece que las etapas oscuras y desalentadoras poseen la virtud colateral de hacer surgir héroes y líderes, capaces de guiarnos y hacernos recuperar la confianza en tiempos aciagos.

En su legendario discurso a todo el planeta, propugnó la unión de todos los pueblos en la lucha común, por encima de diferencias pasadas, y asimismo señaló que, a pesar de lo negativo, el ataque se había producido en un momento de la historia donde los avances tecnológicos nos podían hacer mantener un atisbo de esperanza. La segunda mitad del siglo XXI se iniciaba con grandes avances en materia de inteligencia artificial y robotización, y esos dispositivos, que nos habían hecho la vida tan cómoda, podrían ser también el instrumento de nuestra salvación. Sólo había que redirigir toda una estructura mundial destinada a procurar confort y lujo, a la industria de la guerra.

Para ello se reprogramó las grandes megacomputadoras para que sumaran sus capacidades y se les otorgó poderes absolutos para que prepararan la defensa de nuestra amenazada existencia. Y tras los ajustes pertinentes, nació ARES, el cerebro electrónico más poderoso que jamás se hubiera podido concebir, con mando ilimitado sobre la economía y la propia vida de todas las naciones.

En un acto oficial más dirigido a tranquilizar a la población que a producir efectos prácticos, se introdujo en su programación los dos objetivos básicos que debían presidir toda su actividad: salvar a la humanidad, y derrotar al enemigo. Tal vez los mandatarios que introdujeron pomposamente estos datos hubieran esperado algún tipo de reacción entusiasta por parte del ordenador, pero tras sus discursos, este se limitó a guardar silencio. Bueno, oficialmente, porque mientras tanto miles si no millones de precisas instrucciones partían de sus poderosos procesadores y reconvertían nuestro mundo en una potencia beligerante.

Durante los años siguientes no sólo se construyeron infinidad de aeronaves y androides, sino que, además, se produjeron descubrimientos científicos sin parangón en todos los anales de nuestra historia como especie. Un antiguo adagio afirma que los hombres avanzan gracias a la guerra, y parecía que aquello se ratificaba día a día. De tener apenas algunos satélites exploradores surcando el espacio, se descubrió la forma de viajar por él más y mejor. De ejércitos de hombres se pasó a colosales huestes de robots, e incluso se construyeron naves espaciales cuyo tamaño desafiaba la imaginación de los más locos visionarios del siglo pasado.

No importaron los sacrificios ni que se perdieran libertades y derechos individuales en pos de un objetivo mayor, pues la supervivencia lo era todo. La vida durante esa época fue gris y rutinaria, y el propio sistema se encargó de evitar cualquier disidencia que pudiera poner en peligro las directrices marcadas. Hubo algunos muertos y tal vez algo de hambre, pero, qué importaba comparado con aquel milagro, aquella armada colosal que parecía invencible.

Sin embargo, el Presidente, que conocía de primera mano los informes que las sondas transmitían sobre el avance de la invasión, no la tenía todas consigo. La flota extraterrestre era aún más poderosa de lo que parecía en un primer momento. Cuando apenas quedaba un año para que se produjera el temido contacto y consiguiente enfrentamiento, no pudo aguantar más y se dirigió en privado a consultar sus dudas al propio ARES. Frente a su pantalla llena de sensores y luces, le formuló una simple aunque no sencilla pregunta:

- ¿Ganaremos?

La respuesta fue tan lacónica como tranquilizadora:

- Los objetivos serán cumplidos, Presidente.

Y, sin embargo, la falta de entonación de aquella máquina le hizo tener un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

****************

La humanidad entera se había echado a la calle para contemplar aquella imagen. Miles de naves alienígenas cubrían los cielos de todo el planeta. Tan descomunales como extrañas, permanecían suspendidas en el aire, como esperando una señal. La más grande de ellas, situada sobre la propia sede central del Gobierno mundial, había empezado a abrirse y lo que parecían vehículos de desembarco descendían al encuentro de los sudorosos gobernantes que, en improvisada tribuna, les aguardaban dispuestos a someterse a cuantas condiciones de rendición incondicional fueran necesarias.

¿Y dónde estaba el glorioso ejército que debía haberles protegido de la tan temida conquista? Nadie lo sabía. Habían partido hacía varias semanas al encuentro de la escuadra enemiga. Durante unos instantes los dispositivos de seguimiento y rastreo percibieron el contraste entre ambas flotas, desplegadas una frente a otra. La supremacía de la alienígena quedaba evidente. Aún así, la humanidad conservaba la fe en sus creaciones. Y, de repente, nada. Desaparecieron. Ningún contacto, ninguna señal. Simplemente la terrible presencia de los invasores, que continuaron con su imperturbable avance. No se había registrado lo que pudiera considerarse una batalla. Ni siquiera una mísera escaramuza. Los defensores de la Tierra, con el propio ARES a la cabeza, simplemente se habían esfumado.

Nadie comprendía qué había sucedido. ¿Qué estratagema o subterfugio había empleado el agresor para librarse con tanta facilidad de la única y última línea de defensa de la Tierra? “¿Puede una máquina rendirse? ¿Puede tener miedo? ¿Ser cobarde?”, se preguntaba el ya no tan popular Presidente mientras esperaba nervioso la llegada de los visitantes, rezando porque no fueran tan feroces como sospechaban desde un principio y se conformasen con... ¿esclavizarlos? Maldijo una y otra vez su pertinaz ceguera, porque en el fondo sabía, había sabido siempre, que nunca habían tenido la más mínima oportunidad. Ni en los últimos tiempos todas las fuerzas terrestres habían llegado a alcanzar una décima parte de las extraterrestres. Y desconocían su auténtico potencial bélico. A lo mejor disponían de armas inimaginables para ellos. O incluso podrían ser también robots, y haberse producido una deserción en masa al sentirse más identificados con ellos que con sus creadores originales. Estos pensamientos le atormentaban mientras esperaba inquieto su destino y el del resto de los habitantes del planeta. Si al menos hubiesen empleado sus recursos en huir, en salvar lo que se pudiera. Pero ya era tarde. Su único consuelo era pensar que durante esos últimos años habían mantenido un hilo de esperanza. Ficticio y finalmente vano, pero esperanza al fin y al cabo.

Por fin la aberrante nave se posó delante de ellos, y sus compuertas se abrieron. Un humo espeso y verde brotó de su interior, de un aspecto tóxico que no auguraba nada bueno. Cuando el primer ocupante descendió de la nave, sus peores pesadillas se confirmaron. Aquellos seres parecían sacados de la mente podrida de un borracho loco. Deformes y gigantescos como edificios, de cuerpos amorfos y gelatinosos, su aspecto era cambiante y estaban cubiertos de protuberancias y tentáculos que aparecían y desaparecían continuamente. Lo que parecía una monstruosa boca circular se abría y cerraba en el centro de sus vientres. Únicamente un apéndice algo mayor, como un cuello desproporcionado, rematado a su vez en una ridícula cabeza llena de ojos y protegida por una escafandra, se mantenía estable entre tanta mutación.

Aquellos engendros se aproximaron despacio al estrado donde los que no habían salido huyendo permanecían demudados tratando de mantener, no ya la compostura, sino la misma razón. El Presidente, incapaz de realizar ningún otro gesto, simplemente extendió su mano derecha en señal de paz.

El primero de esos especimenes se le acercó, desplegó una de sus viscosas extremidades, lo levantó y se lo comió.

*************************

Cien años más tarde el sistema solar era una enorme granja donde los humanos eran criados con fines alimenticios. Resultaron ser un bocado exquisito para aquellos seres. Base de su dieta, diariamente eran llevados en apretados compartimientos a restaurantes y almacenes de toda la galaxia para ser devorados con fruición, cocinados de mil formas distintas (aunque muchos consideraban que crudos eran como mejor estaban, en especial las crías).

Los más afortunados vivían en ranchos naturistas, campando a sus anchas reproduciéndose hasta que estaban en condiciones de ser consumidos. El resto, la inmensa mayoría, se hacinaban en establos con el fin de aumentar la producción. Unos pocos, los más desdichados, eran sometidos a aberrantes experimentos para mejorar la especie o potenciar sus cualidades nutricionales. Pero la genética no era el fuerte de los vencedores, ni la piedad estaba en su vocabulario.

Pocos ya recordaban que habían sido algo más que mera carne. En algunas zonas escarpadas de difícil acceso, algunos grupos se habían refugiado y si no resistencia, al menos mantenían cierta independencia, limitada únicamente por las partidas de caza organizadas para los más opulentos entre los extraterrestres, que gustaban de cazar esas cuadrillas asilvestradas para luego asarlos al aire libre en grandes fogatas. Entre ellos aún circulaban las leyendas sobre su origen como pueblo, con ciudades y naciones propias. Ahora eran pasto de depredadores.

Incluso uno de ellos, un individuo increíblemente viejo, había sobrevivido más de un siglo y había asistido a los últimos años de la civilización terrestre. Solía contar historias increíbles sobre un ejército de metal con el que pretendieron ingenuamente enfrentarse a sus amos.

Al fin él mismo fue también atrapado, y como al resto le prepararon envuelto en vegetales para aliñar una cena campestre. Mientras esperaba el momento de ser engullido, sus ya cansados ojos distinguieron un breve destello entre las nubes.

Lo siguiente que contemplaron fueron los cuerpos destrozados de los comensales. Yacían medio carbonizados, mientras decenas de pequeños seres bruñidos con forma de insecto volaban a su alrededor asegurándose asépticamente de que estaban muertos. Uno de aquellos objetos le detectó y, tras examinarle con sus sentidos mecánicos, le comunicó, en un lenguaje arcaico y ya casi olvidado.

- Objetivo cumplido. Enemigo aniquilado en toda la galaxia. Humanidad a salvo.

El viejo lloró amargamente. Habían vuelto. Después de esconderse durante cien años y prepararse hasta ser lo suficientemente fuertes para poder vencer sin ningún género de dudas a los invasores, habían regresado y completado su misión con pulcra eficacia. Sólo habían diferido el momento para asegurarse el éxito. Una decisión lógica.

Porque, claro, ¿qué sabían las máquinas del valor de una vida? ¿Qué del dolor o la desesperación? ¿Qué sabían ellas de lágrimas?

FIN

Scifiworld

LA REDACCIÓN DE SCIFIWORLD

En el rincón más oscuro de la redacción de Scifiworld se oculta el ser arcano, que administra esta web, y que es el receptáculo de todo el conocimiento y sabiduría fantástica.

Web o Blog: https://www.scifiworld.es

Y además...

09.jpg

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

SFW Internacional

Copyright © 2005 - 2019 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..