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Ad Astra

el  Domingo, 22 September 2019 17:14 Escrito por 

La insoportable necedad de Gray.

  • Póster: Póster
  • Titulo Original: Ad Astra
  • Año: 2019
  • Director: James Gray
  • Guión: James Gray, Ethan Gross
  • Reparto: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Donald Sutherland, Ruth Negga
  • Duración: 122 min.
Con una acertada campaña publicitaria en parte aprovechando el poder mediático del actor-productor Brad Pitt y de esas nuevas estrategias publicitarias en las que se han convertido las entrevistas en los principales medios de comunicación nacional (aquí y en otras latitudes), travestidas como profundas y severas reflexiones sobre las grandes preguntas que los primates más evolucionados se hacen desde los albores de su propia Humanidad, nos acercamos con interés para visionar el último proyecto de James Gray, director que acostumbra a firmar también los guiones de sus películas, lo que no necesariamente garantiza el éxito en las calidades y de las que el neoyorkino es un sospechoso habitual, más preocupado en el envoltorio que en el contenido, estudiada con retrospectiva la mayoría de su trayectoria profesional. 
 
Pero para la ocasión, Gray sabiamente toca las fibras más sensibles que los amantes a la Hard Sci-Fi tienen por sacrosantos valores y con una sinceridad inusual en la profesión confiesa su plagística inspiración en la abrumadora 2001: A Space Odissey (1968) de Kubrick y en la procelosa travesía que Coppola obliga a tomar al quebrantado capitán Willard, que lleva camino con sus infiernos internos hasta la expiación mesiánica frente a ese coronel Kurtz desmedido en su clarividente locura. Y por si no fuera esto poco, osa mentar el mito literario descrito por Joseph Campbell en El Héroe de las Mil Caras (1949), como guinda ordagística de imposible renuencia para todos los que nos ponemos estupendos cuando hablamos con rigor de algo tan fascinante como es la exploración espacial, por supuesto con sus imprescindibles retos más allá de lo que el deber exige, por aquello de las gestas que permanecerán grabadas en leyendas áureas para la posteridad.
 
Un deber obligatorio el acudir prestos y dispuestos a la mayor brevedad posible al cine más cercano en donde proyecten este testamento histórico del devenir de nuestra especie; deseosos por tanto de aupar este Ad Astra, a lugares cercanos al Olimpo fílmico o incluso acomodarlo merecidamente al lado de obras de las que bebe directamente sin disimulo como las citadas anteriormente o las más recientes y memorables obras de la nueva hornada de cineastas como el Interstellar (2014) de Nolan o el Arrival (2016) de Villeneuve, prodigios que no solo ganan con el paso del tiempo, si no que se nos antojan resultados obvios por el enorme talento que poseen estos dos cineastas llamados a liderar junto a Damien Chazelle un Cine con elevadas propuestas narrativas sin prescindir por ello de un alarde técnico-visual al alcance de muy pocos creadores.
 
Tremendo, claro; visto así.
 
Pero Gray que sospecho en su fuero interno es tremendamete inconsciente de sus enormes limitaciones creativas, se imaginará como El Elegido, Aquel Cuyo Nombre no Debe Pronunciarse, el moderno Prometeo que tuteará a los Tarkovsky, Godard, Antonioni y compañía y que iluminará al Mundo, curando esa ceguera obtusa de todos aquellos ignorantes que no son capaces de vislumbrar sus genialidades, porque ¡oh, lector adormecido por los somas catódicos!, James Gray nos regala su personal magnum opus, henchido de onanismo de palmeros risueños, creyente de logros que ningún hombre jamás hubiera podido concebir como posibles.
 
En el pasado Festival Internacional de Cineuropa tuve la oportunidad de ver High Life (2018), el por ahora último trabajo de la septuagenaria Claire Denis; con mucho, una de las peores películas que he visto desde que combino mi memoria con el uso de la razón. Una soberana tomadura de pelo al espectador y un indisimulado insulto a la inteligencia de los valientes que aguantamos hasta el final, la proyección del interminable largometraje francés. Algo de lo padecido hace unos meses surgió como Sombra procedente de Mordor, durante la mañana de hoy. Un fruncir el ceño por lo inncesario de los sucesos que le pasan al astronauta McBride, que se traduce en una incomodidad en la butaca a los treinta minutos de metraje. Y que se acentúa con situaciones mal planteadas, anémicas en el estudio de los personajes, incompletas en las tramas secundarias, paralelas a la principal (de una simpleza parvularia), que empiezan pero ni se desarrollan, ni finalizan.
 
Y no van ni cincuenta minutos de metraje y ya estamos deseando que acabe esto por Tutatis, por favor o por simple misericordia. Pero no hay clemencia ante la propuesta que Gray nos defeca desde lo más alto de su atrevimiento. Somos una piara ignorante que bien merece el castigo que el cineasta nos dicta con sus demoledoras reflexiones filosóficas pedantemente vacuas que harían sonrojar hasta el bochorno más vergonzante a escritores de la talla literaria de los Paulo Coelho, Barbara Cartland o Ana Rosa Quintana.
 
Y aún faltan sesenta minutos para poder escaparnos y nuestro sentido arácnido chirría, grita, aúlla. Temblamos en nuestro asiento, rezando porque no lleguen las convulsiones. Corre Forrest, corre. Huye y no mires hacia la luz, sigue las ténues luces de las escaleras, no tengas vergüenza por abandonar el barco antes del naufragio. Pero no, no nos permitimos la huída. Algo tremendamente maligno debimos haber hecho en otras reencarnaciones para merecer esta ejemplarizante y punitiva lavativa neuronal.
 
Podríamos ponernos un poco más serios y hablar de los tremendos errores que la película tiene a la hora de abordar cuestiones que la Física da por inamovibles. Y es que si presumes de hacer una película con rigor científico, hay que cumplir unos mínimos que hasta los legos en la disciplina científica conocemos. Y si orientamos nuestras impresiones a las partes meramente argumentales y sin querer caer en los spoilers, el largometraje no se sostiene por mucha benevolencia que queramos aplicar.
 
Todo en esta película nos sabe a refrito, a paella quemada de espeluznate y árdua digestión cinematográfica. Burda en su penosa iluminación "copia y pega" del Blade Runner 2049 que Roger Deakins nos obsequió en el 2017, unas sonoridades molestamente omnipresentes e inoportunas imitando al más desmedido Hans Zimmer (que cuando se pone faraónico no lo aguantan ni sus tímpanos), un tempo narrativo que me induce a la drogadicción más dura, unos secundarios desaprovechados con alevosía y un inexplicable desmorone anímico del mega-macho alfa protagonista, caracterizado por un Brad Pitt que arrastra su incrédula mirada fuera de plano sin saber muy bien qué diantres pinta en este cuento. "Soy un actor de cine de verdad. No me hagáis la puñeta. Para esto, mejor haber llamado a Ryan Gosling".
 
No merece la pena seguir con este sufrimiento. James Gray, ¡enhorabuena, lo has logrado!. Has conseguido que los peores filmes de Russell Mulcahy o Alex Proyas los recuerde ahora con una cierta benevolencia comparativa.
 
Menudo fenómeno.
 
 
 
 
 
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