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Chernobyl

el  Miércoles, 10 July 2019 13:04 Escrito por 

El principio del fin.

  • Póster: Póster
  • Titulo Original: Chernobyl
  • Año: 2019
  • Director: Johan Renck
  • Guión: Craig Mazin
  • Reparto: Jared Harris, Emily Watson, Stellan Skarsgard, Jessie Buckley
  • Duración: 330 min.
El 26 de abril de 1986, el cuarto reactor de la central nuclear Vladímir Illich Lenin colapsó por una concatenación de desgraciadas medidas adoptadas en lo que se suponía una irrelevante prueba de seguridad tras corte eléctrico provocado para tal fin. Los hechos ocurridos posteriormente se recojen de una manera magistral en el libro Voces de Chernóbil de la periodista bielorrusa y premio Nobel, Svetlana Alexievich. Este detallado ensayo de la tragedia nuclear desde su perspectiva más cercana (la de los ciudadanos anónimos), ha servido como gran fuente de inspiración para que Craig Mazin, elevara sus calidades como guionista hasta cotas insospechadas dado su pasado como plumilla cinematográfico en productos como Scary Movie 3 (2003) o The Hangover Part III (2013). Mazin, elabora una historia impecable desde el punto de vista narrativo, con sus acertadas licencias dramáticas (la personificación-homenaje de los numerosos científicos soviéticos que trabajaron codo con codo en la resolución de la catástrofe, en la físico Ulana Khomyuk -una excepcional Emily Watson, por otra parte- es un claro ejemplo de economía de medios y de simplificar, para poder avanzar en la evolución de la trama). 
 
No es el único caso, no obstante. Chernobyl, es un triunfo incontestable en cuanto a la resurrección del marco geográfico y sus casi milimétricas recreaciones de fauna, flora, edificaciones (se rodó en la central nuclear "gemela" de Ignalia, en Lituania), personajes (con sus vestimentas o no, dependiendo si eras un aguerrido minero, por ejemplo), vehículos y todo lo que los estudiosos sobre aquella época y sobre aquel desastre han tenido a gala en obsequiarme con sus acertados y muchas veces no muy conocidos datos. Son guindas hipersabrosas que vienen a coronar un memorable pastel cocido en metraje y edición perfecta como hacía ya un preocupante tiempo que no veía en HBO (junto con la productora Sky). Y me alegro del éxito en su propuesta por ofertar una mini-serie con el innegable sello de calidad de la cada vez menos reconfortante compañía norteamericana. Espero que esa vana tentativa de llegar a más cota de mercado en detrimento de la calidad que su otrora CEO Richard Plepler propuso hace unos años (y que le ha llevado en poco tiempo a dejar el cargo) sea un fuego fatuo de pasajero recuerdo y vuelvan al redil de lo casi-artesanal en sus productos audiovisuales.
 
Pero volviendo a la serie, debemos destacar que con la excusa de la hecatombe surgida a tres kilómetros de la ciudad de Pripyat (recreada en Vilnius, capital de la patria del gran Arvydas Sabonis), lo que Mazin quiere contar es la descomposición y caída del régimen soviético. Y lo consigue sí, pero de una manera innecesariamente redundante en según qué parlamentos de los principales personajes. A nadie le escapa que las libertades individuales en la extinta U.R.S.S. no eran tan flexibles ni numerosas como en el otro bloque socio-económico antagonista de la época (estaría por ver si en la actualidad, se ha progresado o retrocedido en los Derechos y las Libertades de la ciudadanía de los principales países que adoran el Mercado Libre como si de un becerro de oro se tratara), pero intentar personificar en un gobierno preocupado en resolver la tragedia, como el gran responsable de dicha catástrofe, es atentar contra el esfuerzo heróico y más allá del deber que muchos de sus protagonistas hicieron al coste que fuera necesario. 
 
El accidente se produjo por la ineptitud de los responsables que tenían que supervisar la prueba de seguridad, anclados en esa burocracia aletargada, sin espíritu de superación ni de ambición de mejora profesional que ya el gran Mariano José de Larra acusara en 1833, para un Madrid traumatizado por el declive de sus posesiones de ultramar. Y es que durante el visionado crudo del accidente nuclear y su primigenia  nefasta reacción, está la historia paralela de los ineptos burócratas que lejos de buscar soluciones, dedican sus esfuerzos a señalar chivos expiatorios. Pasó en la Rusia de los zares, en la de los soviets y pasa en cualquier Gobierno que conceda el elogio a la ignorancia como recompensa ante la silente complicidad gubernamental (con o sin censura ante informes técnicos sobre la operatividad de según qué teclas milagrosas hay que pulsar o no). 
 
Por eso no es de extrañar que un personaje tan poco recomendable como Vladimir Putin, arda en deseos de ver realizada su particular "versión patriótica" con espías de la CIA y sus imposibles bombas de sabotaje. Sólo falta que su compañero de correrías de la noche moscotiva, el Agente Naranja, contraataque con sus habituales incontinencias y exabruptos y produzca una lisérgica adaptación de los hechos protagonizada por cualquier trozo de carne vigoréxica de los que pululan por los diferentes formatos del audiovisual estadounidense. No es nada descabellado el planteamiento, aunque suene a imposible chirigota y casos más vergonzantes ya se han visto en forma de aguerridos ministros y embajadores mojándose sus redaños en playas libres, supuestamente, de contaminación (aunque para asegurarse se bañaran a quince kilómetros de la famosa playa de Palomares) o más recientemente, el terrible esperpento que el gobierno nipón (delegando en la yakuza) está gestionando en Fukushima, en donde siguen vertiéndose miles de litros de agua contaminada al océano. De hecho, todo el Pacífico norte está polucionado y ya se tiene constancia científica de la presencia de isótopos procedentes de la central nuclear japonesa en la bahía de San Francisco.
 
La actual energía nuclear, no es la solución a la dependencia energética que tienen los Estados, pero mientras los que deciden sobre estas lides sigan siendo los que son, no habrá esperanza para la salud climática del planeta. Simula un tremendismo exagerado, pero es la dura realidad. La evolución industrial de un planeta se mide en sus primeros filtros, en cómo obtienen sus fuentes y recursos energéticos y mientras sigan dependiendo de los residuos fósiles, continuarán sin salir de la cueva tecnológica en la que se encuentran. Obviar la gratuidad casi infinita de la energía solar (hay más opciones sin duda) es casi vergonzante de cara al primer contacto que tenga la humanidad con otra especie que nos visite. Por fortuna o por desgracia, no creo que llegue a producirse esta llegada y en caso de equivocarme, los alienígenas dudarán en obviarnos por necios (no habrá "ultimatum final") o convertirnos en carne para hamburguesas, como bien profetizó Peter Jackson en su ópera prima Bad Taste (1987).
 
Sé que me he ido a los Cerros de Úbeda en lo que iba a ser una revisión amable de la serie, pero si la infantil especie ¿inteligente? que puebla este planeta continúa jugando con cerillas en un cuarto oscuro lleno de bidones de queroseno más temprano que tarde, los reptiles volverán a dominar el planeta. ¿Suena catastrofista, verdad?. 
 
Si a esta altura, estimado lector, sigues leyendo esta fallida crítica tienes mi agradecimiento eterno, así que intentaré compensar todo este mamotreto indigesto con unas recomendaciones de producciones que tratan con un cierto respeto (algunas más que otras) los dramas que originan estas hecatombes sin solución inmediata.
 
Y empiezo por la cáustica The China Syndrome, profético film estrenado el 16 de marzo de 1979 que impulsó el subgénero de catástrofes nucleares en la década siguiente, motivado en gran medida por el percance ocurrido en la central nuclear de Harrisburg, Pennsylvania el 28 de marzo del mismo año. Ya en el film On The Beach (1959) trasladan la angustia de unos personajes que impotentes intentan escapar de la nube radiactiva que engulle al planeta tras un conflicto bélico terminal. Antes, la energía atómica se veía como la panacea a todas las necesidades de las sociedades industriales, como bien describen los cortos animados que los niños de Springfield degluten en la serie The Simpsons (1989- ).
 
Como decía, en los Ochenta, hubo un aluvión de títulos que alertaban de los riesgos que conlleva tutear a dios (el que más os guste) sin habernos presentado formalmente. Desde las notables Silkwood (1983) o When The Wind Blows (1986) hasta el mediocre telefilm The Day After (1983), pero que curiosamente impactó en el presidente Reagan hasta tal punto que inició un proceso de desmantelamiento de cabezas nucleares junto a su íntimo enemigo soviético.
 
Mención aparte merece el cine japonés, que por razones obvias sigue traumatizado con todo lo que tenga que ver con catástrofes nucleares, desde la famosa Akira (1988), hasta las no tan conocidas Kuroi Ame -Lluvia Negra- (1989) de Imamura o la demoledora Hotaru No Haka (1988) de Takahata, traducida en España como La Tumba de las Luciérnagas. Hay muchas otras que conoceréis y me ahorro comentarios por tanto, pero no me resisto a escribir sobre La Jetée (1962), curioso mediometraje de Chris Maker, en el que Terry Gilliam sospecho se habrá inspirado para su Twelve Monkeys (1995) y la española La Hora Incógnita (1964) de Mariano Ozores (sí, el mismo) que erige un intenso drama insospechado en esa gris España, cautiva por una parte y armada por la otra.
 
Y yo que venía a hablaros de mi libro...
 
 
El Guerrero Mandingo

Genuflexor Imperial en La Estrella de la Muerte y fagocitador audiovisual inmisericorde.

Y además...

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