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Bienvenidos al coliseo: John Rambo, oda a lo salvaje

el  Sábado, 02 February 2008 01:00 Por 
Análisis del estreno del último capítulo en la saga y reflexión sobre el consumo de la violencia en el medio cinematográfico.
Palomitas. Esos delicados copos de maíz, crujiendo como un sueño untuoso en cada bocado. Cogidas con discreción entre el índice o el pulgar o devoradas a puñados, paladeando el ardor de la sal en nuestra lengua seca. Palomitas, la mejor y más fiel amiga del que calienta una butaca.

Pero... ¿Y si ese sabor salado se tornara en ocre, en el regusto cobrizo que deja chupar una moneda oxidada? ¿Y si en cada cucurucho de cartón el maíz inflado nadara untado en sangre como si fuera una mantequilla siniestra? Gritarían aquellos que contemplan, sin un pestañeo, la amplia ventana o seguirían deglutiendo, con las barbillas encostradas por manchas secas y oscuras de carmín...

Sí, volvemos al coliseo y las palomitas son nuestras compañeras de aperitivo al espectáculo de horror y miseria humana al que gustosamente acudimos. Exagerando un poco, por supuesto. ¿Pero cuánto es ese poco? Porque lo que está claro es que el público que acude ansioso a una película como “John Rambo” va con la mente fija en un único objetivo: el disfrute de la violencia, de lo salvaje. Mutilaciones con machetes herrumbrosos, morteros que revientan cabezas como tomates aplastados; médulas trituradas, reducidas a astillas sangrientas con olor a cordita; cabezas decapitadas, mujeres forzadas en orgías de pleistoceno, cuerpos convertidos en tizones ardientes y muerte, sobre todo muerte. Por lo menos ser sinceros con unos mismos; si uno va a ver “John Rambo” y no sale manchado, pedirá que le devuelvan el dinero.

Y con razón, porque el único motivo de existencia de esta nueva película del archifamoso veterano de Vietnam encarnado por Silvester Stallone, es el ofrecer un último homenaje a los fans de aquel cine que conoció la gloria en los ochenta y murió en los noventa. La película es bestial hasta extremos inhumanos, desmedida, orgiástica en su disparatada y tremendamente cruda, no hay ni una pincelada de humor a lo largo de su condensado metraje de apenas hora y media, escenificación de la violencia. También, como lo son todas estas películas, es un film que “defiende” (por decir algo) una ideología fascistoide, un culto al ojo por ojo o más bien a la masacre por masacre, sin olvidar la hipocresía de que la carnicería perpetrada por Rambo responde siempre a un bien mayor. El caso es ¿es “John Rambo” un buen producto dejando a un lado la valoración moral del mismo?

Desde luego, cumple con lo acordado desde que el espectador se sienta en la butaca. Stallone es brutalmente honesto a la hora de plasmar la historia en la pantalla. Un motor argumental exiguo pero efectivo para arrancar la historia —las atrocidades bélicas persistentes de Birmania y el consabido grupo de misioneros dispuestos al auto-sacrificio por defender los derechos de los oprimidos pero sin conocimiento previo de lo que van a encontrarse— y pronto el espectáculo dará comienzo.

La secuencias de acción están bien filmadas, con un estilo moderno en el montaje, a veces rayano a lo ilegible como suele ser habitual, pero desde luego dotado de brío narrativo. Stallone, en su labor como director, cumple con sobriedad en el papel de artífice, aprovechando un presupuesto modesto con la inteligencia del que sabe cómo aprovechar los discursos de los que dispone —uno no puede dejar de recordar el Aliens de James Cameron cuando observa la técnica elegida por Stallone, porque es la misma, planos detalle de los devastadores efectos que provoca la munición y planos intercalados del que dispara, montados con la mayor celeridad posible—.

Lo que sí resulta más interesante a la hora de analizar este film es el minimalismo por el que ha optado Stallone en lo concerniente al libreto. Ha eliminado todo lo superfluo. Todas las premisas que definen la actitud de los personajes antes de que comience la acción y los largos diálogos vacíos tan típicos en las películas clásicas del género durante la década dorada del género (los años 80), han sido purgados, eliminados de raíz, cercenados de un machetazo. El objetivo parece apuntar a una suerte de culto total a la violencia. La violencia siempre ha sido el elemento fundamental en películas como “Arma Letal”, “Jungla de Cristal” o “Depredador”, pero esa violencia se inscribía en el marco de una historia, era, como hemos señalado, elemento fundamental; pero elemento, no el todo.

Así las cosas “John Rambo” resulta ser una de las películas más “puras” de su género, porque no se detiene en otros aspectos secundarios. Concentra todo su metraje en la escenificación de la crueldad para su consumo y disfrute, todo su esfuerzo técnico y artístico en que el espectador sea partícipe en la violencia, que se manche las manos sin preocuparse de ello, incluso lograr que celebre el habérselas manchado.

Desde luego, “John Rambo” resulta una película mucho más entretenida que “Transformers”, “Piratas del Caribe” o, por compararla con otra reciente secuela de un clásico de tiempos pretéritos, “La jungla 4.0” pero el hecho de su disfrute es un asunto algo siniestro, atávico, una vuelta a las cavernas y a la dialéctica del garrote.

Pero nadie le puede negar a Stallone que, si uno se deja llevar y desconecta el piloto de la sesera, disfruta de su espectáculo. Así que, ¿quién puede acusarlo? El coliseo vuelve a vitorear a su gladiador, que refleja en sus pómulos caídos y en sus gruesos labios como filetes de hígado, que su tiempo ha pasado pero que la fascinación que despierta su figura no ha mermado, pues la violencia seguirá idolatrándose mientras el hombre sea hombre.

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