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Crímenes de cartón y piedra

el  Miércoles, 30 January 2008 01:00 Por 
Reseña de “Los Crímenes de Oxford”, lo último de Alex De La Iglesia
Qué importante es la técnica. La verdad, es que viendo “Los Crímenes de Oxford no dejaba de percatarme de este hecho: la importancia de la técnica, la artesanía, el relojero que conoce cómo se mueven las manecillas, sus dorados engranajes, allí donde otros solo vemos la transparencia del cristal. Hay una escena muy sintomática de que lo que sostiene a una película por lo demás inane, completamente insustancial, carente de una sola idea de mérito y poblada de tópicos como es “Los Crímenes de Oxford” es la técnica de su realizador. Y, también, de sus intérpretes.

La secuencia en cuestión es un largísimo plano secuencia a lo largo de las calles de Oxford persiguiendo, ni más ni menos, que a cuatro personajes con su objetivo hasta rematar el largísimo travelling penetrando en una ventana entreabierta donde el primero de los crímenes que dan título a la película, ya se ha consumado. Pues bien, lo que diferencia a este plano secuencia de, por poner un ejemplo, el extraordinario arranque de “Carlito´s Way” —o “Atrapado por su pasado”, si uno prefiere la malversación a la que se somete en nuestro país a muchos títulos que en su conversión a nuestro idioma pierden matiz y sutileza, o nos cuentan la película, como en este caso— es lo que separa a “Se7en” de “Los Crímenes de Oxford”. Arte y artesanía, matemática y sentimiento.

Previsibilidad, es un factor que juega muy en contra de Alex De La Iglesia en esta película. El otro es la imprevisibilidad. Y no, no es un trabalenguas. Ni mucho menos.

Ciñámonos al primer concepto: lo previsible. Pues atañe a toda la narrativa de la película. La relación amorosa de Elijah Wood con las dos jóvenes a las que conocerá en su llegada a Oxford, a una la quiere a otra la respeta como amiga, su admiración mezclada con la envidia por la brillantez inherente del matemático interpretado por John Hurt, la actitud de pragmatismo del típico comisario de policía, la sucesión de crímenes sin relación aparente. Pero todo es de cartón piedra, todo es ya visto. Además, el espíritu deformante, esperpéntico en ocasiones, que es sello de Alex De La Iglesia, no casa con el estilo aparentemente serio y ligero de este producto manufacturado, se ve forzado, poco creíble y resta potencial interpretativo al estupendo material que el realizador español tenía entre manos (ni más ni menos que dos pesos pesados como lo son Hurt y Wood, que simplemente cumplen, con profesionalidad, con el cliché que les ha sido encomendado).

Vayamos al que, seguramente, despierte mayor confusión en quien haya seguido el hilo de reflexión que sustenta este artículo. Hablábamos del factor imprevisible, del problema que existe con este factor.

Para explicarlo me gustaría apoyar mi argumentación en una analogía con una obra maestra del cine reciente que, en mi opinión, cumple allí donde estos crímenes fallan. La película es “El prestigio”, de Christopher Nolan. En dicha película el argumento se desplegaba como un juego de muñecas chinas a ojos del espectador pero, desde el mismo comienzo del film, no había trampas, sólo carencia de los datos que nos permitieran asumir el punto de vista necesario para aplicar un cambio en el enfoque con el que analizábamos lo contemplado. La planificación de Nolan era milimétrica, de tal manera que si uno revisita el film, se da cuenta de que no hay trampa, todo había sido contado con transparencia; cada acontecimiento lleva al siguiente y al siguiente y al siguiente...

El problema con la película de Alex de la Iglesia es análogo al problema de su bello, pero hueco, plano secuencia es que no responde a un plan previsto para ayudar a contar mejor la trama, no es un elemento narrativo; es, simplemente, un ornamento. Está ahí porque queda bonito. Con la trama sucede algo parecido. Como todas estas películas tienen truco, De la Iglesia fuerza a que la suya también lo tenga. Y el resultado suena falso, porque, vista en conjunto la película, resulta que la solución de su trama no estaba bien anticipada, salvo por ligerísimos detalles, en el desarrollo ulterior al desenlace. Es decir, que se saca toda un, o toda una camada, conejo de la chistera para que las piezas encajen, para dar la impresión de que lo que vimos es un puzzle. Pero es que no había puzzle. El puzzle se hizo después, se forzó a ser puzzle.

Así las cosas sólo nos resta dejarnos llevar por la fluidez narrativa que el realizador ostenta a lo largo de todo el metraje. Sí, su película se ve sin esfuerzo, sí, resulta muy entretenida. Pero totalmente olvidable. Y eso no pasó con “La comunidad” o con “El día de la bestia”. A ver si va a resultar que el “enfant terrible” de nuestro cine se nos ha domesticado...

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