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De ...8,9 a 0 (de décadas hablamos)

el  Domingo, 16 September 2007 02:00 Por 
Crítica destructiva a Jungla de Cristal 4.0 y comentario sobre el estado actual del cine de acción hollywoodiense

Cuando los títulos de crédito asomaron a la pantalla, las luces se encienderon, el “silencio” de la sala se quebró con el susurro de los abrigos, zapatos y comentarios en voz baja, por la mente del espectador de La Jungla 4.0 que escribe estas líneas cruzaron —digamos sucesivamente, aunque no sea cierto— tres reflexiones dispares sobre lo que sus ojos acababan de contemplar.

La primera contaba con el protagonismo de una silla, una silla confortable, de asiento acolchado y con una plataforma abisagrada para el reposo de los pies; sobre la silla se encontraba el director de la película —Len Wiseman—, con su descanso cuidadosamente asegurado por una generosa ración de cinta aislante, una mordaza antisuspicacias sellando sus labios y un explosivo plástico adosado al respaldo de la susodicha silla, cuyo detonador se activaba a la mera pulsación de mis neuronas que aguardaban el momento adecuado para perpetrar la Venganza (sí, cómo no recordar, después de sufrir esto, la tercera de las incursiones de Maclane, corriendo bajo la sombra de las palmeras de hormigón y vidrio, en una cuenta atrás para salvar a su querida Nueva York,) regodeándose en el sudor que perlaba la frente del (no supuestamente) culpable de semejante descalabro cinematográfico y del asesinato fílmico de una de las sagas más queridas por este redactor. No hace falta mucha imaginación para hacerse una idea del placer que supuso devolver —aunque fuera en la ficción— el batiburrillo de explosiones a su artífice con una colosal detonación.

El segundo de los pensamientos llevaba asociado la hoja del procesador de textos sobre la que se escriben estas palabras, letra a letra con cada vacilación del cursor que la recorre. El texto de ese hipotético artículo limitaba su desarrollo al de una pataleta infantil; un salivazo rabioso más, lamentando la muerte del cine de antaño, la estupidez que guía hoy en día a los responsables del ocio en celuloide y el armaggedón que abatirá al séptimo arte de seguir por este camino. Afortunadamente, pues nada hay peor que la vanagloria de un crítico contra una película que detesta —labor más que inútil como nos recordaba Antoine Ego, el magnífico juez culinario de la no menos magnífica “Ratatouille”—, la simple acumulación de exabruptos sin rigor analítico en base a unos gustos subjetivos y personales.

El tercero de esos pensamientos se está desvelando en estas mismas palabras, lean, lean.

Lo mejor que se puede hacer cuando se tiene la convicción de que una película atenta contra la lógica, contra el buen gusto y contra los cimientos que sustentan a los personajes de los que se sirve, es lo más simple (cómo casi siempre) enumerar por qué. Jungla de Cristal 4.0 es una película más que mediocre; lo es, el artículo nos dice que lo es, pero ¿por qué? ¿Cuáles son los motivos a juicio del autor del mismo que la convierten en un subproducto?

Es simple y complejo a la vez hablar de los motivos. Simple porque está muy claro qué es lo que no funciona: la nula implicación con los personajes por la total ausencia de historia, motivo que imposibilita la credibilidad de cualquier película. Complejo porque el camino que ha llevado a que productos como éste sean nuestro pan de cada día no es corto. Hollywood ha decidido que la estrategia para explotar la taquilla pasa por la simplificación. Esto es, si una película pertenece al género de acción eso significa que el espectador busca espectáculo, así que eso es lo que el producto debe proporcionarle. Pero si bien en anteriores etapas de la historia del mercado estadounidense se concebía la creación de una película de acción como una suma de elementos (guión simple pero bien hilvanado, personajes con carisma en ambos bandos, diálogos ingeniosos y, sí, escenas espectaculares dosificadas a lo largo del metraje) el estado actual de la tecnología y la decisión de nutrirse de narradores procedentes del mundo del videoclip y la publicidad (los dos medios audiovisuales en los que la única razón de ser de los mismos es el artificio insustancial pero llamativo con el propósito de captar rápidamente la atención del espectador) los han impulsado a tomar la decisión de mandar al, discúlpese la expresión, carajo los demás elementos y potenciar el espectáculo exponencialmente.

Y las taquillas han respondido, de momento. Hay que tener en cuenta que la razón de ser de los efectos especiales en una película radica en su capacidad para sorprender al espectador; pero con el grado tecnológico al que estamos llegando y la creciente exageración y barroquismo de las escenas espectaculares nos está acercando peligrosamente a que ese efecto devenga en aburrimiento, en una falta de entusiasmo total por los colorines y explosiones, por las criaturas polimórficas y las batallas multitudinarias.

Lo que ha motivado desde siempre cualquier arte, también el que tiene como función el entretener, es el establecimiento de un diálogo con el que contempla hasta hacerlo partícipe y no sólo observador, mediante la implicación emocional, de lo contemplado.

Si uno se estremece de emoción cuando el tanque de “Indiana Jones y La última cruzada” se precipita al vacío, con el arqueólogo Indiana Jones acercándose al precipicio de manera aparentemente inexorable, no es porque el tanque se nos aparezca real o el arqueólogo esté cubierto del polvo que levantan las orugas del armatoste del suelo desértico o porque sus cabellos restallen entre el viento por la lógica velocidad que lleva el artefacto. Esos elementos contribuyen a que la escena no se nos aparezca inverosímil a los ojos, pero lo que hace que nos agarremos a los reposabrazos, que el estómago nos dé un vuelco y que la saliva haya desterrado de nuestra garganta es la creencia e implicación emotiva con dicho personaje; lo sentimos vivo no porque las venas de su cuello se hinchen, sus labios tiemblen por la trepidación, o sus ojos reflejen el brillo del sol; lo sentimos vivo porque creemos en él y en su historia.

Hollywood cree —a veces la metáfora que busca el que escribe puede encontrarse aposentada en el estómago— que una hamburguesa puede prescindir de la cebolla, tomate, lechuga, ketchup, mostaza y pan (o lo que el gusto de cada cual conciba en añadirle) con tal de multiplicar hasta el infinito las raciones de carne. Obviamente se equivocan y lo que resulta curioso es que en capítulos anteriores de sus sagas actuales (allá por los jurásicos ochenta y noventa) entendían y aplicaban la lección.

Veremos cuánto tardan en volver a aprenderla. De momento, nos queda el DVD.

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