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¿De verdad llamas remake a 'ESTO'?

el  Jueves, 18 April 2013 02:00 Por 
Nuevo y ácido análisis del Anticrítico, esta vez dedicado al fenómeno del remake.

Todos conocéis la llamada "fiebre del remake" que sacude Hollywood cada vez que sus creativos se quedan sin ideas. Ya no se ven tanto, pero hace unos años parecía que no había película, fuera buena o mala en su versión original, que no pudiera ser susceptible de tener una nueva versión. De hecho, a muchos les sorprendió que películas que aún quedan en el recuerdo (relativamente) reciente del fan, como Depredador o Robocop, estuvieran en la lista.

Sin embargo, cuando Hollywood se pone a hacer remakes (no confundir con los reboots, o como llaman ahora a reimaginar un personaje haciéndolo partir de cero, con un nuevo enfoque y equipo creativo), en realidad no le interesa respetar lo más mínimo la película original. Bueno, no siempre. Sí es cierto que ha habido remakes que, disfrazados de precuelas o con otras máscaras, han sido más que respetuosos e incluso han mejorado aspectos del filme en el que se basan. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a Terminator 2, remake no declarado de la primera parte hecha por el propio autor, o la excelente precuela de The Thing de John Carpenter, toda una declaración de amor y respeto al original.

Por desgracia, esto no siempre es así. Hollywood nos ha sacudido con pestiños infumables con mayor asiduidad de la que nos ha regalado obras maestras. El presente artículo pretende recorrer algunos de esos títulos que prometían mucho, porque tenían ilustres precedentes, y sin embargo tuvieron un resultado final más que dudoso.

No es difícil ponerse a hacer una lista de estos nefastos títulos a poco que uno se ponga a rastrear en la cinematografía reciente. Ahí tenemos aún calentita en nuestra memoria la versión de Conan el bárbaro perpetrada por el dúo Marcus Nispel-Jason Momoa, sin ir más lejos. Decía Kubrick que una buena película no se puede rehacer, que si quieres hacer un remake tienes que elegir forzosamente una peli mediocre o directamente mala, porque si no todo el mundo va a establecer odiosas comparaciones. Este consejo del maestro fue ampliamente ignorado por los  poseedores de los derechos de la franquicia, que, ansiando hacer caja, dieron luz verde a un guión que hacía aguas por todas partes, que presentaba un bárbaro cuyas mayores virtudes consistían en tener un culo de hierro, y que se empeñaba en llenar de sonrisitas y buen humor a un personaje que debió ser más bien una columna inquebrantable, un titán apático e indestructible, tal y como lo pintó con acierto John Milius en la versión de los ochenta. El caso de Momoa y su patán "Conan risitas" es doblemente hiriente cuando vemos su caracterización del rey bárbaro en Juego de Tronos, donde sí que compone, curiosamente, un Conan estupendo.

Parece que las películas de Arnold se prestan como pocas al remake-pestuño, pues ahí tenemos otra, Desafío Total (Len Wiseman, 2012), que intentaba ser un quiero-pero-no-puedo trufado de pasta. Sí, tenían mucho dinero; sí los efectos especiales estaban muy bonitos; sí, el diseño de producción era muy mono. ¿Pero y qué? De nada sirve el dinero, aunque venga a toneladas, si lo más importante para hacer una película, el talento, brilla por su ausencia. El Desafío Total original, dirigida por el travieso Paul Verhoeven en 1990, fue la última película hecha con FX artesanales, la gran epopeya que hizo de bisagra entre el pasado y el futuro... un futuro que llegaría un año después de manos del mismo actor pero con otro director, James Cameron. La nueva versión de Wiseman (director que, a tenor de su triste filmografía, ha demostrado ser muy poco "wise") adolece del mil defectos que son, igual que pasaba con la versión de Conan de Momoa, casi por completo derivables de su insulso guión. Donde en la versión Verhoeven todo parecía tener su tempo y estar orquestado como si de una obra de relojería se tratase, en la moderna pierde fuelle, gracia y orgullo, quedándose en una mera fusión de películas (¿alguien no pensó en Minority Report al ver esas persecuciones por las autopistas?) con unos giros de guión que no venían a cuento. ¿A qué viene lo de la prostituta de los tres pechos, que en la nueva película no tiene ninguna justificación? ¿De verdad alguien se cree que lo del ascensor que es capaz de atravesar el núcleo terrestre sin derretirse y luego explota con un par de bombitas tiene dos dedos de frente?

Otro director al que no le han tratado nada bien los remakes es John Carpenter. No vamos a hablar de los que en mi opinión sí salieron bien, como el de Asalto a la comisaría 13 o el estupendo The Thing de Van Heijningen, sino de los malos, los que jamás debieron haberse hecho. Y el que encabeza la lista, por supuesto, es el de La niebla, un pestuño dirigido en 2007 por Rupert Wainwright. La película original no tenía un guión fuera de serie, de hecho la historia era bastante tontita, pero la maestría y la elegancia en la filmación de Carpenter elevó muchos enteros la valoración de esta cinta. Lo que más duele de la versión moderna no es que hayan sido incapaces de captar la belleza en panorámico de la dirección de Carpenter, sino que le dieran un giro hacia la aventura descerebrada adolescente que hiede a kilómetros. Es como si alguien cogiese como material de partida El resplandor de Stanley Kubrick e hiciera una nueva versión en clave Sé lo que hicisteis en el último hotel. El protagonismo de los guapitos Tom Welling y la "perdida" de Maggie Grace acentúa aún más las deficiencias de un guión que cree que poner al negro simpático filmando a dos putones verbeneros en su barco con una cámara de vídeo va a captar mejor la atención del público objeto, es decir, los quinceañeros descerebrados. Duele, sí, porque cuando uno se fija en los títulos de crédito ve que algunos de los nombres que filmaron la original (Debra Hill y el propio Carpenter) también están acreditados en esta.

Puesta al día para el público moderno, lo llamaban ellos. Derrame cerebral, lo llamo yo.

Aún es excesivamente pronto para hablar de películas que no han llegado a las carteleras, como ese temido remake de Robocop perpetrado por José Padilha, pero es que amigo, ya sólo con ver los afiches que han filtrado a la prensa es para echarse a temblar. No es que la franquicia original de Robocop fuera muy buena (de hecho, creo yo, más allá de la película fundacional de Verhoeven se podría tirar todo lo demás a la basura), pero dejó un personaje para el recuerdo al que no le costó convertirse en un icono pop. La versión moderna parece haberse dejado infectar por el "síndrome Nolan", con esa estética de Robo ágil y flaquito, que seguramente será capaz de dar saltos y piruetas como si fuese Spiderman con armadura de cromo. Espero sinceramente que eso no sea así, porque el concepto de Robocop no es el del héroe ágil y saltimbanqui, sino el del tanque imparable y súper masivo que no corre porque no le hace falta. Él va caminando despacio porque lo aguanta todo. Robocop es un tanque, no un mono saltarín. Espero por su bien que Padilha se dé cuenta de esto o su película va a ser un terrible fracaso.

Sobre el remake de Tron tengo poco que objetar, salvo que fue un desperdicio de película debido a su insulso guión. Visualmente, el film de Kosinski es fascinante, potentísimo, y demuestra el gran talento de este hombre para la imagen. Sin embargo, como suele suceder cuando se les deja a los directores escribir sus propios guiones, la historia que cuenta la película es insulsa y estúpida, un refrito de Star Wars con Obi Wan Kenobi y escena de la cantina incluidos. Tron: legacy pudo ser mucho más de lo que fue si no se hubieran cargado las tintas en el apartado visual, despreciando lo que realmente importa: la historia que estás contando. Y es que, por desgracia, no todos los directores pueden ser buenos guionistas a la vez.

Eso me lleva a pensar en 28 semanas después, la película de zombis de Fresnadillo que continuaba explorando el universo de la original, dirigida en su día por un director mucho más solvente que él, Danny Boyle. No estamos ante un remake en toda regla, pero sí ante una secuela que se apoyaba mucho en las ideas y estilemas de la original, tanto que apenas se diferenciaba de ella ni tenía personalidad alguna. Esta película demostró el escasísimo talento de Fresnadillo, un director tremendamente sobrevalorado al que la taquilla mundial castigó en su siguiente película, Intruders, elevando su recaudación mundial a sólo tres millones de dólares (fuente: box office mojo), lo cual no daba seguramente ni para cubrir su presupuesto.

Muchas esperanzas pusimos también, en su día, en el remake de Pesadilla en Elm Street, dirigido por el vídeoclipero con nombre de aspirina Samuel Bayer. En la propia revista Scifi World recuerdo que se le dedicó un extenso artículo, unas semanas antes de que la película llegara a los cines. Y fue al leer ciertos pasajes de ese artículo cuando las alarmas empezaron a sonar en mi cabeza. Bayer, como todo Cristo sin personalidad en su momento, era un fiel acólito de la estética Nolan, y dijo en la entrevista que le hicieron que "su máximo objetivo era imitar a Christopher Nolan, haciendo la película lo más realista posible". Y yo pensé: Pero amigo, es que el realismo no se le puede aplicar por defecto a cualquier cosa, ni a cualquier personaje. Otro día hablaremos de lo ridículo que queda Batman en manos de Nolan encuadrado en ese universo hiperrealista, que parece un payaso vestido de murciélago cuando todo a su alrededor despide "realidad". Pero centrándonos en el personaje de Freddy Krueger, el realismo visual tampoco le viene nada bien. Freddy es una pesadilla, es la bruja mala del cuento, y como tal quizás le habría venido mejor el malsano ambiente irreal de las pesadillas de verdad. Ahora me estoy acordando de la estupenda "La celda", aquella peli dirigida por el esteta Tarsem con Jennifer Lopez. Esa película sí que captaba el surrealismo inherente al mundo onírico, componiendo una pesadilla de matices surreales de la que bien podría haber tomado el aspirinóico Bayer algún que otro apunte.

Y por fin llegamos al remake-pestuño que, en mi modesta opinión, refleja mejor lo que es intentar duplicar las virtudes de un original y quedarse corto. Y curiosamente no se trata de ninguna buena película, ni de un clásico mayor de la historia del cine. No, estoy hablando del remake de una peliculita más bien modesta, aunque de culto, llamada La carrera de la muerte del año 2000 (Paul Bartel, 1975). Remakeada en 2008 por el terrible Paul W. S. Anderson, la versión moderna nos legó un vídeo-juego que prescindía de toda la carga crítica del original para quedarse en sólo eso, en un pasapantallas descerebrado (¿se han fijado en la cantidad de veces que he usado este adjetivo en el presente artículo? Pero es que amigos, la ocasión lo merece...) El caso es que este señor, Anderson, se había declarado un fan absoluto del original setentero, y llevaba años intentando poner la nueva versión en marcha. Pero cuando en una entrevista dijo que "hemos adaptado la historia al gusto del nuevo público"... me eché a temblar. Y con razón. La película original era una serie B simpaticona y psicotrónica, es cierto, pero tenía una grandísima virtud, y era el exceso de mala leche de su guión, lleno de ideas y de sugerencias que en el mundo políticamente correcto de hoy en día sentarían como una bomba. ¿Un cartel anunciador de la carrera en el que aparecen las personas adultas junto a la cifra de 50 puntos, los ancianos junto a la de 70 puntos, y los bebés y niños pequeños junto a los 100 puntos? ¡Increíble! ¿Unos Estados Unidos totalitarios con un presidente que parece una mixtura de cien tiranos célebres, y que veranea en China mientras le suelta discursos patrióticos a sus ciudadanos? ¡Inconcebible! Todo eso se perdió en la versión descafeinada de Anderson, a quien todos soñamos con que algún día haga puntos con él David Carradine disfrazo de Frankenstain, el gran corredor de la mano mecánica.

En fin. De todo esto podemos extrae una lección muy simple: si no tienes nada que decir, cállate. Y si lo que vas a hacer es repetir las palabras sabias que alguien dijo con anterioridad (o remakear sus obras maestras), esfuérzate por estar a la altura o no hagas nada. Porque de lo único de lo que vas a dejar constancia es de tu propia mediocridad.

Por: El Anticrítico

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