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Death Proof

el  Domingo, 16 September 2007 02:00 Por 
Érase una vez un joven director y su fiel amigo que decidieron dedicar su talento dispar al homenaje del cine que alimentó sus horas de ocio durante su adolescencia y juventud.
Uno de ellos, al que le gustaba hacer mucho ruido pero con pocas nueces, optó por la copia facilota y sin gracia de aquellos cuentos que tanto les habían gustado. El otro amigo era más listo, más ambicioso y más sincero, más preocupado por el sentido de lo que estaba haciendo, ya no sólo por el sentido de su homenaje, sino por su propio sentido ¿Por qué quería contar el más listo de los dos amigos un cuento así? ¿Sólo por diversión? Eso lo acercaría bastante a su colega de fatigas, ¿pero tendría algo de malo, sería una acción deshonesta el buscar el simple entretenimiento de su público? ¿Y no conllevaba algo oculto, una vez aceptada la necesidad de contar esa historia como un mero divertimento, el asumir dicha decisión?

Así, a modo de fábula, se pueden plantear las cuestiones fundamentales que surgen del visionado de Death Proof, porque, si bien su compañera de proyecto, Planet Terror que, como todos sabemos fue estrenada hace un mes (debido a que el fracaso en la taquilla americana del proyecto Grindhouse obligó a sus productores, los hermanos Weinstein, a replantearse su estrategia comercial de cara al mercado europeo), no mostró visos de mayor interés, puesto que su intento de homenaje devino en burda copia de estereotipos y clichés, con algún destello aislado de calidad de puesta en escena, desde luego la película de Tarantino es otra cosa. Ahora bien, ¿por qué?

Para empezar porque Tarantino entiende que el homenaje no puede estar en el simple copia y pega del estilo al que se trashume; Tarantino entiende que toda película u obra narrativa, independientemente de su punto de partida, debe de contar una historia, una historia que interese al espectador, no por los miles de guiños que esta contenga, si no por ser excitante y entretenida por méritos propios. Pero esto sólo explica parte del pastel que Tarantino nos ha cocinado con tanto esmero. Lo que subyace bajo el hojaldre resulta tan interesante, y revelador de la personalidad del cineasta como lo es el merengue y las fresas que endulzan nuestro paladar con un bocado ausente.

Pues sí, a Quentin Tarantino le gusta contar cuentos, pero no sólo contarlos: a Tarantino le apasiona el mismo hecho de cómo se cuentan los cuentos, la construcción oculta entre bastidores que permite establecer ese vínculo mágico con el espectador y una tercera naturaleza de la narración, la vida que adquiere el imaginario como tal. Así que tenemos tres caminos que se superponen y nos permiten entender el esfuerzo de Tarantino por rodar una película como Death Proof. Sintomáticos son los tan mentados (y creo, sinceramente, que escasamente comprendidos) diálogos Tarantino. ¿Por qué hablan tanto los personajes tarantinescos? ¿A santo de qué esas larguísimas peroratas contempladas y filmadas con una minuciosidad casi enfermiza?

La respuesta a esta pregunta está en la tercera de las vías. Para cualquiera que haya tenido el placer de contar una historia, el conocimiento de estos tres caminos, o, mejor dicho, la formulación de la metáfora se le hará más sencilla de comprender. En el caso que nos ocupa el tercero, nos encontraríamos con la magia que toman las buenas historias en lo relativo a la vitalidad de sus personajes, que traspasan el vínculo intelectual con el autor para adquirir vida propia.

Cualquiera que haya narrado alguna vez una historia desde el campo de la creación, independientemente de su calidad, habrá sentido esa magia, aparentemente inexplicable, de la toma de conciencia de la creación por sí misma que parece escaparse del control de su inventor y de los cauces de la lógica intelectual. Pero así es y Tarantino lo sabe y ama esa magia como pocos. Por eso dedica tanto tiempo a rodar a sus personajes enfrascados en complicadas conversaciones multiperspectivistas, durante las cuales se habla de lo banal y lo sublime entre frase y frase y él, como director, se limita al papel de taquígrafo de sus personajes, papel que desempeña con una admirable honestidad y capacidad de asombro.

El segundo de los caminos, y el que menos suele y debe interesar al público, es el entramado del que surge el milagro de la narración, lo que sucede entre bambalinas, vaya: la mano que esconde la moneda, por hacer un símil con el mundo del ilusionismo (que es, así mismo, otro camino de la narración pues la narración es el proceso de institucionalizar el engaño o, mejor dicho, el autoengaño del que contempla, sabiendo que lo que ve, sea cuento, película o truco de magia, no es cierto, pero, aún así quiere creer, debe creer), es decir, es el conjunto de herramientas que permiten al cuentacuentos manipular el estado emocional del espectador en base a cómo cuenta lo que cuenta. Aquí entrarían los sintagmas visuales, pues la frontera entre escritor y director es vaga (ambos buscan la misma verdad, aunque empuñando armas distintas), es decir el travelling, encuadre, tempo narrativo, montajes en paralelo y un sin fin más de recursos que emplea el autor para hacernos testigos complacidos y, si se puede, incluso partícipes de su artificio.

Death Proof ofrece momentos memorables de cómo usar las herramientas de forma inteligente para provocar una determinada respuesta en el espectador, sin necesidad de recurrir a complicados malabarismos infográficos; pura y simple artesanía terrenal es lo que nos propone Tarantino. Así, a lo largo de la que es posiblemente, y junto con Duel, la mejor persecución de coches de toda la historia del cine, asistimos atónitos a un espectáculo de violencia y lucha a vida o muerte que se dilata por más de veinte minutos sin detener su frenético ritmo.

Ejemplos de otros recursos más puntuales dignos de elogio los encontramos a miles, desde los magníficos planos subjetivos (planos de la cámara como vampiro, como voyeur; decidida a observar a los personajes, pero sin tomar partido) desde el interior del coche propiedad del antagonista-protagonista de esta película, el especialista Mike (verdadero alter ego del director, pues obtiene un placer sensual del acto de observar, e interpretado con una maestría que no conoce de adjetivos por un guerrillero de los 80 como es Kurt Russell), hasta los juegos con el deterioro, forzado, de sonido e imagen, pasando por los montajes visuales de pretensiones barrocas (especialmente en una maravillosa escena que se convierte en un orgiástico baño de sangre, un accidente filmado con repetición de la toma alterando temporalmente el orden secuencial para que podamos ver el resultado individual en el físico de cada una de las víctimas,) o los simples, pero siempre efectivos, off´s visuales, recurso de patente elegancia que no vive sus mejores tiempos en esta época de celuloide burdo y desaforado (por lo que se refiere al mainstream americano, claro está.)

Y la última de las sendas (y la más importante para cualquier narrador, Tarantino incluido) es la percepción del público, la satisfacción inmensa de comprobar que la historia ejerce su capacidad de sugestión sobre los ojos que la contemplan, ya sin entrar en si la voluntad intelectual del espectador lo hace partícipe del espectáculo o bien esta adhesión viene dada (y quizás esto sea lo más difícil y fantástico, el hacer los mecanismos invisibles para que el argumento sea permeable al espectador sin presuponerle un conocimiento previo para entrar en el juego) de manera inconsciente. El placer de convertir la ficción en un disfrute para propios y extraños es el motor que impulsa toda creación narrativa.

Por todo lo comentado, poco más se puede decir que el recomendar Death Proof excede el primer camino y promueve la reflexión sobre los otros dos. Una película tremendamente sugerente y tremendamente entretenida. Otro cuento más que guardar en nuestros corazones.
Érase una vez un joven director y su fiel amigo que decidieron dedicar su talento dispar al homenaje del cine que alimentó sus horas de ocio durante su adolescencia y juventud.

Y además...

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