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Del amanecer al crepúsculo y vuelta a empezar: 2001: una odisea en el espacio

el  Sábado, 19 January 2008 01:00 Escrito por 
Corre por ahí un tópico extendido en el universo de la crítica cinematográfica cuando es una obra maestra de las indiscutibles la que, por el motivo que sea, resulta la agraciada del análisis.

Este tópico consiste en no decir nada comprometedor, en alabar las virtudes de la película en cuestión con el mayor énfasis y surtido de epítetos posibles —cuanto más majestuosos, fantásticos o magistrales haya, pues mejor— para evitarse correr el riesgo de dar una interpretación que explique el por qué de esta grandeza. El objetivo del siguiente análisis se cifra en derrotar ese tópico. La tarea no es sencilla. La obra en cuestión lo es menos aún.

Para mí, “2001”, supone el crisol donde el amor que me inspira el celuloide fue forjado. Volviendo la vista atrás, a mis diez años, cuando descubrí, sentado con las rodillas contra el pecho y vestido con un pijama de franela con ositos estampados, el film de Kubrick, algo resonó en mi interior, algo atávico y esencial. La llamada del Olimpo, podría decirse. Y respondí a ella.

Kubrick fue mi Zeus o mejor, mi Moisés particular y “2001” las tablas de la ley. El sofá de mi casa probablemente fuera el Sinaí. Y no, no había cordero de oro. Lo más parecido era un congénere que se encontraba ya en mi estómago.

Así que a continuación me propongo explicar el por qué “2001” es una obra maestra, me propongo explicárselo a ese niño que la vio, envuelto en su pijama de franela con ositos, y a quien quiera escucharlo. Y lo haré en tres partes, tal y como la película se encuentra dividida. Una sola idea antes de empezar, si alguien me preguntara, «A ver, en tres palabras, ¿de qué va “2001?”» Le contestaría. De la evolución humana. Son cuatro, pero sí, de eso va “2001”.

1 Parte. El amanecer del hombre: Amaneciendo a la comprensión.

Inspirar es lo que me propongo, inspirar al análisis cuando uno ve, oye o toca; en definitiva, cuando uno siente el arte. El caso de “2001” es complejo de analizar. Su primer segmento nos revela ya, desde su título, por donde encauzar el sentido de lo narrado.

Lo primero que habría que decir de “2001” es que su narración no es convencional, aunque su pureza cinematográfica no se haya visto igualada ni siquiera por el mudo, pues, “2001”, es la película cinematográfica por excelencia, como veremos a lo largo de este artículo. En esta primera parte se nos presentan los primeros pasos del hombre como especie aún por aparecer. La filmación de Kubrick es cuasi-documental, con un uso matemático del encuadre, del espacio que define el ángulo de la lente, para transmitirnos las dificultades del hombre y su desamparo frente a las bestias antes de encontrarse así mismo.

Este encuentro del hombre con el hombre, se producirá en virtud al elemento en torno al cual gira toda la película. El monolito. De origen incierto, aunque presumiblemente extraterrestre, el monolito es el causante del cambio, es el que llevará al primate la semilla que lo convertirá en humano. Aunque, como todos los nacimientos y cambios evolutivos, éste será traumático.

El descubrimiento del utensilio, de la herramienta y por ende, la liberación de las manos que trae consigo la liberación del pensamiento, tendrá como primer logro la muerte de un individuo de la especie ya estancada. El hombre es hombre asesinando su pasado. El hueso homicida volará de las manos del simio, girará en el aire a ralentí y se transformará, justo al comenzar a descender desde el ápice de su trayectoria vertical, en una nave espacial. En ese momento penetramos en la segunda fase de la historia.

2 Parte. La extinción de lo artificial: Deus ex machina.

La segunda parte de la historia, y la penetración de la misma en el futuro, en ese lejano “2001” que ya es pasado para nosotros es un combate mortal entre el hombre y la máquina, el famoso ordenador Hal-9000, último obstáculo del hombre en la cadena que lo arrastra a un nuevo salto evolutivo.

Éste es el único segmento del film que contiene la presencia de diálogos, y su uso resulta crucial para el combate dialéctico entre la inteligencia artificial y la humana. Kubrick agobia nuestros sentidos en este fragmento, convierte cada objeto brindado por la tecnología como sinónimo de una mejora de nuestro bienestar en un arma homicida. Los encuadres se hacen asfixiantes y los movimientos de cámara agresivos por momentos, aunque predomina el ritmo pausado y constante, el tempo dilatado.

El combate será ganado por el hombre y Hal, al despedirse de la vida, recuerda también su humanidad; recuerda la canción que su instructor le enseñó, sufre un ataque de añoranza mientras su cabeza “se va, se va...”.

3 Parte. Júpiter y más allá: El renacimiento.

La tercera parte de la historia es la más compleja y la que requeriría un desgrane más minucioso, plano a plano. Pero nos tendremos que conformar, en virtud de la paciencia del lector, con unas pinceladas más someras.

David, el astronauta superviviente a la masacre perpetrada por Hall (y finalmente fallida), viaja hacia Júpiter sin que escuchemos un solo diálogo durante los veinticinco minutos finales de la película. Su viaje es iniciático, implica la comprensión de unas verdades que le son ofrecidas y culmina en el monolito, en la penetración al interior del mismo.

Este viaje, que muchos han tildado de desvarío visual y manierista, es el culmen artístico de la película, la secuencia que la enhebra y la sostiene, y el momento más puro de cine que ha habido y habrá. Kubrick obliga a su personaje, al hombre, a aprender sobre sí mismo y sobre el universo y sobre los paralelismos que ligan a ambos. Por eso en el arranque de la secuencia el Big-Bang, la gigantesca explosión atómica que dio lugar al universo, se superpone con el viaje de un espermatozoide a través del vacío oscuro que lo separa del óvulo y con un feto humano. Hombre y universo. Ambos naciendo. A continuación, las masas informes, el caos derivado de esa explosión da paso al nacimiento de el equilibrio geométrico, de las masas definidas por formas regulares y reconocibles. Finalmente, en un tramo magistral en el que la manipulación del negativo supone el hallazgo visual más imprevisto y brillante del film, el hombre asiste al nacimiento de la Tierra el hogar que lo verá nacer y del que se alejará para morir y germinar con su muerte el advenimiento del siguiente paso, el niño estrella.

Al terminar su viaje, David se encuentra en el interior del monolito, un lugar en el cual el espacio y el tiempo no siguen las reglas comunes. Con el extraño don de la ubicuidad que proporciona la misteriosa estancia, David se ve así mismo envejecer, y sólo cuando es consciente de que es su reflejo maduro el que está observando, su yo del pasado desaparece, dejando que el siguiente descubra el próximo estado de decrepitud.

Con su muerte, el “Así habló Zaratustra” regresa y penetramos de nuevo en el monolito, esta vez salimos de él. Y ya no es hombre el que recibe al Universo, el niño-estrella, el siguiente eslabón, y el último, el objetivo final del hombre, contempla con grandes ojos las maravillas del oscuro infinito.

Firmado: Angel Luis Sucasas Fernández

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