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Drácula de Bram Stoker

el  Viernes, 30 January 2009 01:00 Por 
La sangre es la vida.
SINOPSIS:

Siglos después de la muerte de su amada, Elizabetha, el conde Vlad Tepes, conocido como “Drácula”, descubre, gracias a la visita de Jonathan Harker, abogado londinense con el que pretende negociar la adquisición inmobiliaria de diversas propiedades en la capital británica, que su fallecida esposa se ha reencarnado en la prometida de su visitante. Tras capturar a Jonathan y dejarlo a merced de sus vampiresas, Drácula partirá a Londres en busca de su amor…

FICHA TÉCNICA:

Título original: Bram Stoker´s Dracula | Año: 1992 | Duración: 128 min | Color | Sonoro

Director: Francis Ford Coppola | Productor: Francis Ford Coppola | Guión: James V. Hart, según la novela de Bram Stoker “Dracula” | Fotografía: Michael Ballhaus| Música: Wojciech Kilar | Montaje: Anne Goursaud; Glen Scantlebury; Nicholas C. Smith | Efectos especiales: Michael Lantieri

Reparto: Gary Oldman (Dracula), Winona Ryder (Mina Murray / Elisabeta), Anthony Hopkins (Professor Abraham Van Helsing),   Keanu Reeves (Jonathan Harker), Richard E. Grant (Dr. Jack Seward), Cary Elwes (Lord Arthur Holmwood), Bill Campbell (Quincey P. Morris), Sadie Frost (Lucy Westenra), Tom Waits (R.M. Renfield), Monica Bellucci (Dracula's Bride), Michaela Bercu    (Dracula's Bride), Florina Kendric (Dracula's Bride)

COMENTARIO:

“Drácula de Bram Stoker” es, sin duda, uno de esos films que confrontan al analista cinematográfico con un desafío casi inabarcable. Si la penetración en la esencia de un film ha de asumirse como una operación quirúrgica, como un corte preciso de bisturí destinado no a curar una dolencia, sino a revelar el significado oculto que subyace bajo el tejido cinematográfico, esta película, y el cine de Coppola en general, plantean un verdadero problema de enfoque.

Y es que, ¿por dónde empezar? El ideal asumido en la búsqueda de la ontología cinematográfica es, al igual que en cualquier otro campo ensayístico, el encuentro con la verdad de un modo sintético. Pero es que el cine de Coppola es la antítesis de la síntesis. Y en especial “su” Drácula, por mucho que el título indique otra cosa, agrava esta característica particular de su idiosincrasia artística.

Coppola es, cuando su vuelo se eleva a los cielos y se transforma en una de las voces más poderosas que ha dado el cine, un cineasta del exceso. En su mano, toda la gama de herramientas y técnicas cinematográficas se fusionan para conseguir un  objetivo tan ambicioso como megalómano: provocar un goce estético en el espectador semejante al fervor religioso.

Mientras vemos su película, Coppola aspira a ser nuestro Dios. Su cine es un cine de la iluminación, de la trascendencia. Y es curiosamente en una historia ajena y ya mil veces manida, ni más ni menos que Drácula, posiblemente el monstruo cinematográfico más manoseado, donde esta religiosidad de la puesta en escena luce con mayor fuerza.

“Drácula de Bram Stoker” podría llenar un voluminoso libro gracias a la inmensa riqueza de cada aspecto artístico que la compone. No importa demasiado si nos detenemos en la excelsa fotografía de Michael Ballhaus; en el extraordinario diseño de producción; en la calidad de unos efectos especiales que, recurriendo a técnicas tradicionales, resultan de un realismo y belleza al que ya quisieran aspirar muchas producciones del hoy; en la perfección del ritmo narrativo, un carrusel de momentos cumbre que recuerdan a ese imposible que George Lucas y Steven Spielberg lograron en la saga original “Indiana Jones”; en la belleza sin par de los diálogos, otro elemento shakesperiano siempre presente en las obras mayores de este artista; en una banda sonora que provoca de por sí el fervor y las lágrimas, o en lo extraordinario de sus interpretaciones, que en el caso de Gary Oldman alcanza una cota que, sencillamente, es virtualmente imbatible; su Drácula puede ser igualado por otros grandes ejemplos de encarnaciones extraordinarias en la historia del cine; pero nunca superado. Y si ya quisiéramos desmenuzar las peculiaridades de cada secuencia, el cómo Coppola se vale de recursos en decadencia desde la era del cine mudo —sobreimpresiones constantes, hipermontaje, alegorías visuales valiéndose del montaje de atracciones, excelsas transiciones tanto visuales como sonoras y un uso extraordinario del que ha sido, durante toda su filmografía, su sello de fábrica, el montaje en paralelo; y hay aún mucho más que nos dejamos en el tintero— y los resucita para elevarlos a nuevas cimas de expresión cinematográfica, pues… el bosque se haría invisible entre el enmarañado ramaje de los árboles.

Así que apuntemos nuestra dialéctica con ojo de francotirador a lo esencial. Qué hace a esta encarnación de Drácula un evento extraordinario.

El amor, así de simple.

La concepción litúrgica ya nombrada con la que Coppola imbuye los géneros que quiere sacralizar —lo hizo con el género negro en “El Padrino”; con el bélico en “Apocalypse Now”; con el musical en dos ocasiones, “Cotton Club” y “Corazonada” y lo hace aquí mixturando el clásico cine romántico con el terrorífico— alcanza gracias a la relación amorosa entre Drácula y Mina Harper su encarnación más brillante. Este amor existencial, un vínculo de sangre que va mucho más allá del placer físico —en la que, probablemente, sea la mejor secuencia del film y la más trascendente, Drácula y Mina, tumbados sobre el lecho, discuten sobre la vampirización a la que Mina quiere someterse; en un momento dado, Drácula la interpela, con voz quebrada, para convencerla de su locura: “Mina, sufrirás mi maldición y caminarás en la sombra por toda la eternidad ¡Te amo demasiado (pausa) para condenarte!” La contestación de Mina no puede ser más lapidaria: “Pues, entonces, apártame de toda esta muerte”; los amantes condenados a amarse— y que se convierte, en virtud de la extraordinaria imagen de su desenlace, en la unión de dos almas, unión que lava los pecados del pasado y que otorga la paz, más allá de toda esperanza, a quien alzó su arma contra el Padre de los Cielos.

Como colofón, recordemos el extraordinario monólogo en off de Mina Harker que cierra la película:

“Allí, ante los ojos de Dios, comprendí al fin cómo mi amor nos libraría a todos del poder de las tinieblas. Nuestro amor es más fuerte que la muerte”.

Y después de esto, su amante moribundo susurra:

“Dame paz”.

Y el cuchillo cae.  

CURIOSIDADES:

1.    Mientras Lucy yace en su ataúd de cristal, podemos ver cómo el pecho de la actriz Sadie Frost sube y baja.
2.    Coppola, conocido por su perfeccionismo megalómano en la fase del montaje, llegó a realizar 38 versiones distintas del film.
3.    Para salvar a Lucy de la muerte, Van Helsing emplea una técnica de transfusión de sangre conocido como el “Método Landsteiner”. El problema es que dicho método fue descubierto en 1900 y el film se desarrolla en 1897.


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