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El camino de Martyrs

el  Viernes, 13 February 2009 01:00 Por 
Ni la religión acapara toda la inquisición, ni el agnosticismo toda la locura.

La crítica ha confirmado que “Camino” será la película polémica del año. Al igual que “El código Da Vinci”, la tergiversación de la vida interna de los componentes del Opus Dei y el morbo correspondiente llaman a las salas comerciales a todo aquel que quiera consolidar su odio a éstos con tranquilidad, e ignorancia. Es verdad que la nueva película de Javier Fesser no toca los niveles esperpénticos del fantasioso y bizarro Ron Howard, que los numerarios no se flagelan sangrándose en su piel albina, ni componen una jerarquía similar a una mafia italiana, pero sí es cierto que Javier sabe cómo traducir al lenguaje de la ficción las costumbres y caracteres de los componentes de esta fe, realzando algunas restricciones relativas al contacto de las numerarias con sus familiares y sus objetos personales, de su acceso a la cultura, y olvidando un poco la historia real en la que se basa para que los puntos de giro coincidan cada momento con la lágrima que llama el minutaje.

“Camino” habla de la fe, de la fe y el fanatismo. Y son temas que incomodan y echan alcohol a una herida abierta en un país resentido. La Iglesia ha hecho mucho daño, la del Opus en su extremo hermético, y todas sus vertientes más o menos radicales. Y para meter el dedo en la llaga, que la llaga sea de una niña.

Pero creo que se ha hablado demasiado de estos temas de la película, y los debates de la controversia nunca dejan títere con cabeza. Fesser no ha pecado en la elección de la historia, pero ha atacado desde una posición cobarde; juzgando a los personajes de una forma muy sutil, omitiendo situaciones y recalcando otras, colocándolos en momentos que le obligan a evidenciar su ideología, pero sobre todo, creando un velo de realidad que señala con dedo acusatorio en todo momento. Por lo demás, patillazo del guión en la muerte del padre, un “diabolicus ex machina” en toda regla que no se traga ni disuelto en ácido, y un uso excesivo de la música comparable a la orquesta audiovisual de “El camino de los ingleses”, saturando y mezclando sonrisas y lágrimas que causan cortes de digestión. Y esto deriva en un caos total del tono general de la película, sobre todo en su último tercio, donde asistimos a un montaje paralelo ridículo entre Jesús y “Jesús”, la comparación entre la realidad y la fábula, anécdota irrisoria de una Cenicienta alexandrizada.

Pero, sin duda, el punto que más me ha interesado se refiere al estado de “martirio”, y voy a permitirme una comparación estrafalaria. “Martyrs”, de Pascal Laugier, presentada y galardonada este año en Sitges, supone otra reflexión alrededor del fanatismo (ya no religioso) y el estado trascendental del mártir. En ambas películas muestran a cámara fotografías de mártires en su último segundo de vida, “todos con los ojos abiertos, de mirada trascendental, directa al más allá”. Estos seres capaces de aguantar el sufrimiento y el dolor de forma espectacular son tratados con admiración y, tanto en “Camino” como en “Martyrs”, los personajes que rodean a las protagonistas les obligan a convertirse en nuevos mártires. Y no es más cruel despellejar viva a una persona dejándole sólo con piel en la cara como hace Laugier que aceptar la voluntad de Dios en una niña de tan corta edad. Son dos comportamientos igual de extremistas en posiciones ideológicas casi contrarias.


Ni la religión acapara toda la inquisición, ni el agnosticismo toda la locura.

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