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El Increíble Hulk: HOL2YWO2D= La fórmula de la palomita

el  Sábado, 21 June 2008 02:00 Por 
Análisis de la segunda película en solitario de la Marvel Studios, un ejemplo de cómo NO se debe de hacer cine.

Por fin la han encontrado. Han sido muchos años de esfuerzos de madrugada, pletinas contempladas por ojos enrojecidos al microscopio y un rastro de cobayas muertas enrollados en celuloide. Pero por fin lo han conseguido y ya pueden respirar tranquilos. La GRAN $ nunca estuvo tan segura. Hollywood tiene la fórmula. La fórmula de la palomita.

Indicios ya teníamos, por supuesto. En el fondo, la desfachatez argumental a la que asistimos en “El Increíble Hulk” no es inaudita; títulos como “Piratas del Caribe 3: El Fin del Mundo”, “Transformers” o “Shrek 3”, por citar algunos de los más recientes, fueron ya anticipos de cuáles eran las sustancias claves en esa fórmula mágica que se ha convertido en la gallina de los huevos de oro. Si queremos resumirla en una palabra, ciertamente podemos: Ruido; toneladas de ruido.

El cine ya es un arte híbrido, al menos en su vertiente de espectáculo. O incluso un híbrido a secas, un hijo bastardo de todas las artes subsidiaras que ha contribuido a crear: cómic, videojuegos y el video-clip. Curiosamente, el séptimo arte ha acabado por nutrirse de sus propios necrófagos. Carne muerta de la carne muerta.

Y no hay que caer tampoco en el pensamiento obtuso. Con demasiada frecuencia caemos en denominaciones como “video-clip”, o “ritmo de videojuego” o “personajes de cómic”, términos empleados para manifestar nuestro desprecio cinematográfico por una obra en concreto. Este tipo de simplificaciones se olvidan de un importante detalle: que “V for Vendetta” y “From Hell” son cómics, que “Final Fantasy VII” y “Abe´s Oddysee” son videojuegos y que “The Blower´s Daughter” es una obra maestra de la emoción narrada desde el video-clip. No caigamos en la flacidez de pensamiento, en la pereza a la hora de la disección. Analicemos qué tiene de timo esta fórmula y cuáles son sus cualidades, que siempre hay dos caras en la moneda. Aunque, en este caso, el centro de gravedad cae descaradamente hacia un lado. La cruz.

¿Y cuál es esa cruz? La muerte del cine, si queremos ponernos drásticos. O al menos de un cine narrativo, de un cine orientado a los personajes; más aún, de un cine que nos quiera contar algo. “El Increíble Hulk” es un film que no cuenta nada. Absolutamente nada. Son 114 minutos de puro vacío. Los actores no interpretan personajes, se interpretan así mismo. Edward Norton, Liv Tyler, Tim Roth y William Hurt son seres de cartón piedra con carisma; no sostienen ningún personaje, simplemente se atienen a los tópicos y recitan su guión con una desenvoltura simplemente profesional. Y en cuanto a su puesta en escena, hay mucha tela que cortar.

Antes es de recibo comentar brevemente su guión. Su desarrollo argumental se resume en una frase: ¡¡PUNCH, CRUMPF, PAF!! A un lado del ring tenemos a Bruce Banner (Edward Norton), científico que cuando se enfada crece hasta ser la versión verdosa del primo de zumosol. Al otro, Emil Blonsky (Tim Roth), militar de espíritu aguerrido al que sus deseos de revancha lo llevarán a someterse voluntariamente a un experimento científico con el objetivo de equilibrar la balanza con el gigante verdoso. Tres asaltos. Entremedias, como decíamos, no hay nada que contar. No se intenta profundizar en la relación entre Betty Ross (Liv Tyler) y Bruce Banner, no se intenta dotar al villano de la función de un mínimo barniz psicológico, no se intenta siquiera que la trama tenga mayor coherencia. Se salta de una escena a la siguiente y de allí a la siguiente y a la siguiente más... Eso sí, con la fórmula siempre bien presente: el ruido. Es momento de retomar esa tela precisa de cortarse, la puesta en escena de Louis Leterrier.

El ruido no es sólo una sensación acústica. Lo es también visual. El ruido es caos y descontrol. El ruido es confusión. El ruido es la antítesis de la armonía. Es discordancia. Es suciedad. Así es la puesta en escena de Louis Leterrier, sobre-acelerada en su montaje, feísta de estética, prolija en planos tan espectaculares como innecesarios y orquestada con dos marchas: rápida y muy-muy-muy-rápida.

Filme lo que filme, Leterrier no le dedica más que unos segundos. Sus diálogos son fugaces, igual que sus escenas paisajísticas o los simples planos de transición entre bloque y bloque narrativo. Y, por supuesto, la banda sonora no deja de sonar un solo minuto; porque si dejara de hacerlo el artefacto caería por su propio peso. Y ya se sabe que Hulk pesa lo suyo. Ya lo decía un sabio: “aquel que abusa de la banda sonora es que no confía en su talento como director.”

Si la cita anterior es ley, desde luego Louis Leterrier necesita un psicólogo con urgencia. A golpe de efecto, intenta convertir cada minuto de la película en una secuencia de acción. No importa que el personaje esté duchándose, siempre se puede insertar un ridículo plano de una ametralladora giratoria que se confunda con el aspersor de la ducha, porque, claro, esto es un film para tontos, y “los tontos querer tiros y explosiones y grandes Kaboom”. “Los tontos no querer pensar.” “Pensar duele”. Mal vamos por este camino, mal vamos.

Y eso que aún no hemos hablado de la marcha muy-muy-muy-rápida, que es la que emplea Leterrier en las escenas de acción. Parece mentira que uno tenga que repetir una y otra vez lo mismo, pero es que hay que ver qué ocurre. No sólo intuirlo. Si el modelo adoptado por los cineastas sigue optando por esta desintegración total del espacio, acabaremos por “disfrutar” películas completamente indescifrables. Incluso para los espectadores con vista de halcón. El cerebro tiene un límite de asimilación para un montante de imágenes por segundo. Si seguimos empecinados en violarlo impunemente y forzar la marcha al límite de lo discernible, acabaremos por no ver nada. ¿Y no es la muerte del cine a caso un cine que, a propósito, lucha por hacerse invisible?

En fin, que sin hablar ya (que a buen seguro habrá más ocasiones) de la cobarde estrategia comercial que Marvel Studios está siguiendo para disminuir sus riesgos al mínimo y maximizar los beneficios en taquilla, huelga decir que Ang Lee sí nos regaló hace unos años una película francamente estupenda y con seso y que lo que ahora se nos ha intentado colar como la novena maravilla del cine de superhéroes es un gran y divertido desmán, porque sí, ya decíamos que la fórmula tenía sus virtudes, una en concreto. Acompaña de miedo a su nombre. A puñados se las come uno. Eso sí, en OFF cerebral.

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